Mayo 2020

HAIBUN 03

Viaje en el recuerdo I

 Con las primeras luces del amanecer veraniego arribamos a la estación de Santa Clara. Va a partir el tren, esta vez me pertenece el lado de la ventana ¡Mi hermano tan pillo! Con dos besos y un abrazo me compra el asiento. A mi padre se le ha ocurrido llevar a Piruleta la gallina pescuecipelada, he escuchado que en los trenes está prohibido llevar animales. Dice que va a estar bien.

Ya en marcha comienza el juego: veo veo, ¿qué ves? Una cosa, ¿de qué color? Blanca y negra, ya la tengo es una vaca, luego las nubes blancas, una ceiba, un aura tiñosa… después de andar unos kilómetros el tren da marcha atrás: “¿Vamos a volver?” “No, dice mi madre solo cambiamos de locomotora”. No entiendo, pero me tranquiliza que no volvemos. La ferromoza se acerca ponchando los boletos, sus ojos azules pintados de negro forman un raro contraste. Observa por unos instantes los bultos y continúa su trabajo.

Entre equipajes

en la caja con huecos

la gallina

Nos detenemos, hay un cartel de madera que dice Agabama, el nombre de uno de los pueblos por donde pasamos, mi hermano duerme recostado en mi regazo, los vendedores ambulantes se acercan, Padre se baja, pasan los minutos, no sube, me inquieto, el silbato del tren anuncia la partida…Ya viene sonriente con helados y bocaditos. Continuamos viaje. Todos duermen, sigo un rato más observando el paisaje: campos de cañas peinados por el viento, arados con bueyes y detrás las garzas blancas, rebaños de chivos que pastan en los potreros donde la hierba reverdece, el inmenso cielo despejado con bandadas de pájaros que se alejan. El aire tibio del mediodía me golpea el rostro…. Despierto ¡Hemos llegado!

Calles de piedra

Huele a marisco fresco

y aguardiente

 

                                                                                   Mayra Rosa Soris
 (Cuba)

 

-.-

 HAIBUN 04

Quinta semana…

Apenas 70 m2 donde pisar y un trozo de cielo atrapado entre tejados.

Ya empieza a estar lejos lo que tan cerca estuvo… El invierno estancado en los charcos se vuelve asfalto polvoriento.

Asomado a la ventana contemplo la calle… no hay horizonte… solo una ciudad perezosa que muestra su desnudez.

Sopla un viento del este, fresco, enérgico… un viento que se lleva las nubes, allá, al lugar donde las nubes van a morir… En el cielo, renovado, un grupo de gaviotas gira… gira cada vez más alto… y el tiempo pasa y pasa cada vez más lento… un tiempo herrumbroso que por momentos parece dudar.

El pájaro enjaulado de un vecino inicia su canto ancestral… su afán no oculta la languidez que siempre borbotea en la voz de aquel que está encerrado… Y sin más el pájaro calla… y el silencio, en la calle, se quiebra con el sonido de unos pasos… pasos cortos, rápidos… pasos que borbotean al igual que el canto del pájaro enjaulado.

Reverdecen las plantas de la jardinera. Media docena de petunias rojas tiemblan con el roce del viento. En un rincón, la tierra húmeda fue escarbada por alguna paloma… Y canta de nuevo el pájaro del vecino… y en mis recuerdos se vuelven diminutas figuras aquellos que junto a mí caminaron.

Llegan nubes nuevas… gente diferente… un viento distinto… Tras una ventana un gato mira las nubes, mira a la gente… me observa, primero alertado, luego muestra su cautela… termina por girar la cabeza en señal de indiferencia… solo soy un verso suelto escrito en el margen de un folio garabateado…

Se comban
las ramas del jazmín…
Una mosca frota sus patas

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

                                                                                         

Alfredo Benjamín Ramírez Sancho
(España)