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El mes sin dioses

En el calendario lunar japonés, octubre es “el mes sin dioses” (kami nashi zuki), cuando -según un relato mítico- los kami o deidades de todo el país abandonan Ise para reunirse en Izumo y decidir las bodas del año siguiente; por eso, en el santuario y en la región de Izumo, octubre es “el mes de los dioses” (kami ari zuki), cuya presencia es acogida con todos los honores. La religión originaria, el sintoísmo, diviniza las fuerzas naturales o sobrenaturales, alentando a vivir en armonía con ellas y a mantener el culto a los antepasados. El budismo zen busca el “despertar”, la iluminación o satori, a través de la meditación y otras prácticas; un camino difícil pero abierto a todos, en un proceso que se resume así: «Antes de la iluminación, los ríos eran ríos y las montañas eran montañas. Cuando empecé a experimentar la iluminación, los ríos dejaron de ser ríos y las montañas dejaron de ser montañas. Ahora, desde que estoy iluminado, los ríos vuelven a ser ríos y las montañas son montañas».

Con el tiempo, sintoísmo y budismo se han ido entreverando e incluso diluyéndose uno en otro.  Bonchô, un poeta del siglo XVII, relaciona ya ambos mundos: “un templo zen: / caen agujas de pino, / el mes sin dioses”. El templo (con la esvástica nipona o la rueda del dharma, las puertas, las campanas y las grandes estatuas de Amida o de Kannon) se asocia más al budismo, pero el último verso de Bonchô reafirma la tradición del santuario sintoísta, precedido por el rojo encendido de los torii, las cuerdas trenzadas de papel de arroz y los perros leones guardianes, antes de adentrarse en el espacio de oración y de ofrenda, umbral del reino de las divinidades. El santuario de Ise, corazón del shinto –“camino de los dioses”-, guarda uno de los tres tesoros sagrados de Japón: el espejo que hizo salir a Amaterasu, diosa del sol, de la cueva donde se había recluido dejando al mundo entero en tinieblas… (Los otros dos tesoros son la espada -que se encuentra en el templo Atsuta de Nagoya- y la joya -custodiada en el Palacio Imperial de Tokio-).

                Octubre, mes sin dioses, sugiere melancolía y recogimiento. En el silencio de las largas noches frías, el murmullo sagrado del Gloria al Buda Amida, el nembutsu, se extiende en oleadas por el espacio infinito, como si reclamase una presencia por ausencia… Pero octubre es también la estación que evoca la serie pintada por Hiroshige a mediados del siglo XIX: “Flores de otoño a la luz de la luna”, entre ellas el clavel silvestre (nadeshiko), incluido por Sei Shônagon entre las “cosas encantadoras”, junto al rostro de un niño dibujado en un melón, los huevos de pato y también sus nidos…  Octubre es el mes de la caza del halcón, el mes del sake nuevo -vino de arroz que se ofrece como primicia a las deidades-, y el pretexto para recordar a Bashô, fallecido el 12 de octubre de 1694, que había escrito en uno de sus diarios: “¡Ay, no fui capaz de escribir un solo poema…! Sin embargo, en ese preciso momento, la luz de la luna caía en un ángulo de mi habitación, pasando por las hojas y grietas de la pared.  Al prestar atención al ruido de las aldabas de madera, y a las voces de los aldeanos cazando gamos silvestres, sentí en mi corazón la soledad del otoño y dije a mis acompañantes: ‘Vamos a beber bajo el brillante resplandor de la luna…’”

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Luna de otoño

Asoma ya el otoño y, en el imaginario estético japonés, emerge la gran luna. Hay otros signos otoñales -como la brama del ciervo, las hojas de arce, las hierbas marchitas o el rocío-, pero en la sucesiva “trinidad de belleza” -nieve, luna, flores-, ninguno tan intenso como la luna. No es la primaveral, velada por la niebla; ni la que se adivina, pálida, bajo la lluvia; es la que brilla en todo su esplendor, “tierna, impecablemente inmaculada”, evocada también por una bella canción española del siglo XVI: “¡Ay, luna, que reluzes, / toda la noche m’alumbres!”. Virgilio imagina el avance de las naves argivas amparadas por su silencioso fulgor, y Borges recuerda -junto a la mariposa de Chuang-Tzu y las arenas del Ganges- “la luna que miraban los caldeos”. En los jisei no ku -poemas del “adiós”-, la luna simboliza la vida entera: última imagen, dos años más, de un mundo pasajero; despedida cortés; gratitud por su contemplación antes de regresar a casa con la propia sombra; fulgor que se refleja en el espejo del corazón ya limpio…

Pasión y sutileza. En el “Genji monogatari”, el príncipe resplandeciente seduce a la Dama de la Noche de la Luna brumosa, y en el diario de su autora, Murasaki Shikibu, se relata el episodio en que dos jóvenes cortesanos juegan a mantener prisionera a Murasaki en su habitación, mientras fuera la luna se refleja en las orillas cubiertas de musgo de un riachuelo que recorre el jardín imperial… En su “Libro de la almohada”, la deliciosa y perspicaz Sei Shônagon cita, entre las cosas que le dan placer, cruzar un río una noche de luna llena y ver brillar los guijarros en el fondo… Bashô, eterno viajero, se deja guiar por el viento de otoño, se obsesiona con las lunas del monte Obasuté y de la isla Sarashima, y pasa la noche entera rodeando el lago de la contemplación. Desde su sensibilidad femenina, Chiyo-ni compara las flores blancas de yûgao, la “flor de luna”, con su piel de mujer al desnudarse (Yûgao da nombre a una de las amantes secretas del príncipe Genji). Issa sorprende al niño que, sollozando, pide imperiosamente la luna llena… Y cuando alguien pregunta por el camino de la poesía, un maestro responde: “La luna creciente sobre las altas hierbas de un páramo seco”.

Lunas y más lunas: concentrando la energía de la meditación más poderosa, consolando a los solitarios, jugando al escondite, enamorándose de las flores, tomando el fresco sobre un puente… Luna que marcha a grandes pasos y luna solitaria sobre campos nevados. Su brillo y su frescor en la red goteante y en la campanilla que se mece al viento… La secreta energía de la fugacidad. Un escritor del siglo XVII, Asai Ryoi, describe así los matices del “mundo flotante” (ukiyo), tan cercano al sentimiento del aware: “Vivir sólo para este momento; concentrar toda la atención en la belleza de la luna, de la nieve, de los cerezos en flor y de las hojas de arce; cantar canciones, beber sake, abandonarse simplemente al placer, fluyendo, fluyendo; no preocuparse en lo más mínimo por la pobreza inminente, ahuyentar todas las tribulaciones, comportarse como la calabaza en la corriente del río…”

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Luciérnagas

Agosto evoca, en la memoria de la infancia, el misterio de las luciérnagas. Íbamos, ya de noche cerrada, hacia el arroyo o la fuentecilla donde solían esconderse, entre matas de presta o hierbabuena. Aquel fulgor intermitente era, al mismo tiempo, una sorpresa y una tentación. Cogíamos una luciérnaga con delicadeza y corríamos hacia un patio oscuro, y allí, apiñados, conteniendo el aliento, abríamos la mano y se nos revelaba, en todo su esplendor, el milagro, la magia. La luciérnaga ibérica, conocida popularmente como gusanito de luz, es terrestre y emite un resplandor verdoso amarillento que, en el recuerdo, es más bien un fulgor azulado. Las de Japón, tan celebradas por los poetas, son acuáticas y aladas. A principios de verano, coincidiendo con la temporada de las lluvias, inician al anochecer su danza ritual al borde de las aguas, como diminutas estrellas fugaces.

                Las dos variedades clásicas de luciérnaga japonesa (hotaru) evocan los clanes guerreros: Genji y Heike. La genji-hotaru crece en las corrientes de agua limpia; la heike-hotaru prefiere los arrozales y otras aguas estancadas. El imaginario popular las relaciona con las almas de los samuráis muertos en combate y, en general, con los antepasados (cuya presencia evocan, en la mitología vikinga, las auroras boreales). Esta criatura tan fascinante aparece ya en la antología poética más antigua, el Man’yôshû (siglo VIII), como metáfora del amor apasionado, y ha dado origen a un pasatiempo nacional, el hotaru-gari o caza de luciérnagas –ya en desuso- y al mágico espectáculo de su vuelo de seducción. Murasaki Shikibu, la genial escritora del Genji monogatari, introduce en su obra un pasaje largamente ilustrado durante mil años: el de las luciérnagas. El príncipe, enamorado de Tamakazura, las suelta para que iluminen el espacio nocturno, pudiendo entrever así la figura de su amada, oculta tras una cortina.

La luciérnaga, imagen del esplendor efímero, aparece y reaparece constantemente en el haiku. Aon constata –asombrado o desilusionado- que, al amanecer, ese punto de luz vuelve a ser insecto; a Bashô su reflejo sobre el río Seta le recuerda el fulgor de la luna en cada arrozal en terraza; Chiyo-ni ve fluir la oscuridad cuando cesa su danza; Issa ve volar la primera luciérnaga y siente que sólo queda el viento en su mano, la mano en la que Shiki percibe la frialdad de su luz… Hoy el toque de melancolía lo provoca la amenaza de su extinción, real en todo el planeta: la contaminación de los ecosistemas acuáticos, la pérdida del hábitat generada por los humanos y la contaminación lumínica –enemiga de su ciclo reproductivo- están acabando con esas joyas de la creación… Persiste en la memoria el resplandor del gusano de luz en la mata y en la oscuridad de los patios, el espectáculo alado y luminoso del verano japonés, y una imagen antigua: la de un ejército que avanza de noche contra el enemigo alumbrándose con la tenue luz de los faroles llenos de luciérnagas…

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La delicia de leer

El largo y cálido verano nos regala más tiempo y más luz; es hora de abandonarnos a la delicia de leer. En gran medida, somos lo que leemos. Han cambiado los tiempos, han cambiado las técnicas, pero el libro, tal como lo soñó Gutenberg (como una expansión del conocimiento), mantiene su fuerza y su sentido. Incluso tras la irrupción avasalladora de la galaxia Internet, que, si lo pensamos un poco, no es nada más -y nada menos- que una proyección de la galaxia Gutenberg. Las razones de no leer nunca -o casi nunca- se nos escapan, pues la estadística suele darnos el dato frío, no su razón o su consecuencia. En cualquier caso, desde la experiencia maravillosa que es la lectura, más importante que regalar un libro es regalar la pasión de la lectura. En realidad, regalamos vida. Una vida tan intensa como inagotable.  

 

El placer de la lectura no tiene rival: equivale a un soñar despierto. Pero el libro también nos transforma, nos despierta. Lo dijo Rilke y lo dice también un escritor de nuestro tiempo, E. M. Cioran: «Yo creo que un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar la vida del lector de un modo u otro. Mi idea al escribir un libro es despertar a alguien, azotarle…» En realidad, un libro es una proyección invisible de los narradores que han educado, durante miles de años, a la humanidad. En el leer, como en el escuchar, se nos va transmitiendo una antigua sabiduría que, poco a poco, nos va transformando. Los grandes mitos son, en el fondo, narraciones en las que aflora nuestra identidad. Vivimos, en gran parte, de lo que hemos leído o hemos escuchado, y es esa misma energía la que después podemos transmitir. Pero leer no es suficiente: es preciso aprender a leer, es decir a penetrar y a interpretar. Cuando se alcanza ese nivel de comprensión, que implica un diálogo vivo con aquello que se está leyendo, es cuando la lectura adquiere todo su poder. Es el «entender» como «leer dentro». Es el «recuerdo», como lo que vuelve a pasar por el corazón. El libro es el lugar de la memoria. En esa memoria está la experiencia -negativa o positiva- y la clave para interpretarla. El libro guarda entre sus páginas nuestro mejor tesoro: el de la palabra compartida. El libro silencioso nos habla al oído del corazón, en la intimidad verdadera, y en ese diálogo silencioso, el que lee responde y se aclara.  

No es que el libro nos dé todas las respuestas. En realidad, el libro más valioso es el que nos pregunta, el que nos interpela, o el que deja pasar -como un aire puro- el soplo de la realidad y el soplo del misterio. Narrar es, en cierto modo, hacer nuevas todas las cosas. Esa novedad la éramos vivir. Y el lector se convierte, en cierta manera, en cómplice y en creador de esos sueños. Tiene tanto poder el libro que, sin él, no seríamos lo que somos. Cuando la experiencia parece agotada, reverdece en los libros, esos amigos fieles, silenciosos, estimulantes, incansables. Una distribución convencional en el gran teatro del mundo pretende dividir al escritor y al lector. En realidad, escritor y lector acaban siendo intercambiables en la página escrita.  Pues el que lee vuelve a escribir y a recrear esa página como si fuera propia. Sería interesante experimentar, de manera real, esa extraordinaria experiencia: la de un escritor que fuera modificando el texto en la medida en que lo fueran exigiendo sus múltiples lectores. Esa es, en realidad, la función de la lectura: escuchar y reescribir, interpretar una partitura inacabada. Mil lectores suponen mil lecturas. Un libro son mil libros. Y todo lo que puede decirse de ese intercambio creador es que la luz más blanca contiene todos los colores del arco iris.   

Es verano, pero cualquier estación invita al gozo de la lectura: según un antiguo texto chino, no hay mayor placer que leer un libro prohibido junto al fuego, en una noche de invierno, mientras afuera ruge la tempestad…  

 

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Mágica noche de San Juan

No hay, en la cultura popular de Occidente, una fiesta más mágica. La mañana de San Juan, tan maravillosamente cantada por el romancero y por el cancionero español, viene precedida por la gran noche de la purificación y de la luz. Solsticio de verano, cuando el “sol inmóvil” (que es lo que significa “solsticio”) parece detenido en algún punto del ecuador celeste. En el hemisferio austral, ese momento ocurre hacia el 21 de diciembre. Aquí, en el hemisferio boreal, es ahora, hacia el 21 de junio, cuando la noche más corta y el día más largo del año evocan una suerte de iluminación cósmica. Para los griegos, el solsticio de verano era la “puerta de los hombres” -a diferencia del solsticio de invierno, la “puerta de los dioses”-, como si se quisiera subrayar, al hilo de la luz, la exaltación pagana del verano. El cristianismo asumió los ritos estacionales y los rebautizó, en un intento de fijar, en el calendario litúrgico, los momentos estelares, coincidiendo, aproximadamente, con los solsticios y con los equinoccios: la Navidad, la Pascua, el nacimiento de San Juan Bautista, la fiesta de San Miguel Arcángel.

                Muchas veces hemos recordado el prodigio del rayo de sol que ilumina, en ambos equinoccios, el capitel de la Anunciación de la iglesia burgalesa de San Juan de Ortega: prodigio de una técnica sutil, que implica un profundo conocimiento de la astronomía, pero que es, al mismo tiempo, y quizá en primer lugar, el símbolo de un misterio teológico. En relación con los cambios estacionales en general, hay testimonios mucho más remotos: La orientación de los cuatro círculos concéntricos de Stonehenge está determinada por el solsticio de verano: se sospecha que la llamada Piedra Talón tenía mucho que ver con la observación de esa primera mañana del solsticio, pero, en general, esos conjuntos circulares de la Edad del Bronce debieron funcionar como observatorios astronómicos para la predicción de los cambios estacionales y, paralelamente, como centros ceremoniales relacionados con ellos.

En Egipto, las sombras producidas por la pirámide de Keops marcaban, con exactitud matemática, las fechas de los equinoccios de primavera y otoño y los solsticios de invierno y verano. Al otro lado del mundo, los mayas orientaban sus ciudades en relación con el movimiento de la bóveda celeste; y en la fortaleza de Chichén Itzá se observa el descenso de serpiente Kukulkán, formada por las sombras que se crean en los vértices de la fortaleza cuando comienzan el verano y el invierno… Los incas celebraban, el 24 de junio, el Inti-Raymi o Fiesta del Sol en la explanada de Sacsayhuamán, cerca de Cuzco. Al despuntar la primera mañana de verano, el inca levantaba sus brazos al cielo y exclamaba: «¡Oh, mi Sol! ¡Oh, mi Sol! Envíanos tu calor, que el frío desaparezca. ¡Oh, mi Sol!»

                Los rituales del fuego sugieren el simbolismo de darle fuerza al sol, fuente de la vida, en el momento en que en empieza a crecer o a declinar. Los celtas celebraban, el primero de mayo, el festival del Beltane o “buen fuego”, con hogueras coronadas por pértigas, y hacían pasar al ganado entre las llamas para purificarlo. Las hogueras purificadoras se encendían y se encienden por todo el mundo, sobre todo en las culturas agrarias, para asegurar las cosechas, pero esos rituales de fuego tienen también otro sentido más profundo, como observa Mircea Eliade: “»una combustión, una anulación de los pecados y de las faltas del individuo y de la comunidad en su conjunto, y no una simple purificación”, pues «la regeneración es, como lo indica su nombre, un nuevo nacimiento».

                Y, junto al fuego, el agua, el “agua de gracia” de San Juan: las nueve olas de la fertilidad en la playa gallega de La Lanzada, o el agua de los “baños de amor”, enramada de trébol, albahaca, romero, lavanda y ruda… La iglesia visigótica de Baños de Cerrato (Palencia), dedicada a San Juan Bautista, fue erigida, en el siglo VII, por el rey godo de Toledo, Recesvinto, tras ser curado allí mismo por las aguas de unas fuentes o baños consagrados a las ninfas. En numerosos lugares, se suele recoger esa noche el agua de una fuente o manantial señalado, dejándola reposar a la luz de la luna; a la mañana siguiente, las muchachas se lavan la cara con esa agua revitalizadora, seguras de conservar la belleza y la juventud.

                Noche mágica por excelencia, la noche de San Juan. Noche en la que es posible ver, como en un instante de iluminación, la “flor de agua”; abrir las puertas invisibles y trasladarse al otro lado del espejo; liberarse de los encantamientos; encontrar el amor… Noche para el ensueño y para la purificación evocada por el bautismo en el Jordán. Mañana también mágica, en la que el conde Olinos madruga para dar agua a su caballo en las orillas del mar, y en la que

el infante Arnaldos ve venir una galera y escucha la misteriosa canción de un marinero, poderosa, pero reservada:

“yo no digo mi canción

sino a quien conmigo va”.

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Rosas

Vicente Huidobro advertía en su “Arte poética”: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema”. Así incitaba a la perfección, como lo haría Juan Ramón Jiménez, advirtiendo ante el poema acabado: “¡No le toques ya más, / que así es la rosa!” ¿Cómo apresar ese lujo sospechoso en la divagación de un artículo, sumando un peso más a la vasta y suntuosa bibliografía sobre las rosas de este mundo? Ninguna flor ha gravitado tanto sobre la cultura de Occidente, hasta ahogarla con su mórbido perfume. Traspuesta, idealizada, esculpida, la rosa ha enseñoreado las artes, ha refinado y enloquecido a sus amantes, se ha erigido en símbolo de la perfección absoluta. En la Edad Media era símbolo de silencio: su presencia en una reunión obligaba al secreto… ¿Cómo no recordar el “Roman de la Rose”, iniciado en el siglo XIII por el joven poeta Guillaume de Lorris, delicado compendio del Arte del Amor? ¿Cómo olvidar a todos los poetas que cantaron a esta flor divina? Rilke esculpió con ella el famoso epitafio que guarda su sueño en Raron:

“Rosa, oh contradicción pura, delicia

de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados”.

                A Borges el perfume de la rosa y del jazmín le trae la certidumbre de la dicha perdida. La rosa uruguaya de Matilde Bianqui es rosa de lucha y de perdón y también “rosa verde de mar y de arena”. Pedro Salinas ve palpitar el pecho del océano en la “rosa frágil, de espuma, blanquísima”. Adscrita a la fugacidad, como si anticipara toda despedida, la rosa ha escapado del sino barroco para entrar, audazmente, en la inmortalidad, como si apelara a su origen divino, pues cuenta la leyenda que fue naciendo blanca y perfecta de las pisadas de Afrodita cuando, recién nacida de la espuma, la diosa erraba por las solitarias playas de Citerea. Otra leyenda siria explica la transformación de la rosa blanca en rosa roja: fue la misma diosa la que, al ir a socorrer a su amado Adonis, se pinchó con las espinas de un blanco rosal, tiñendo con su sangre las flores.

                Ya nunca dejará la rosa de ser símbolo de amor ruboroso y ardiente. Su culto prende arrebatado en los dioses y en los mortales. Su perfume trasmina e Oriente a Occidente, desdibujando las fronteras entre la muerte y la vida. En las tumbas egipcias se han encontrado restos de rosas, pero también los muertos han alimentado desde su oscuridad orgánica la semilla inmortal. Millares de volúmenes hablan de su éxito entre los eruditos. Se dice que un emperador chino tenía en su biblioteca más de quinientos volúmenes sobre el cultivo de las rosas. El escritor portugués Eça de Queiroz recuerda en un espléndido ensayo los rumbos de esta flor: su misterioso nacimiento en Citerea; aquel Jardín de Midas donde sólo crecían los rosales que Baco regaba con el agua purísima que, desde la fuente Castalia, traían las Náyades; las rosas que los pontífices del imperio romano cortaban al amanecer con la hoz de plata para perfumar las aras de Venus; la “capitular” de Carlomagno sobre el cultivo de la flor; los “torneos de rosas” en España y Provenza, donde damas y caballeros se arrojaban pesados ramos; la rosa bautizada como flor de María, “Rosa Mystica”; la rosa roja de los rosacruces, símbolo del amor divino, con su alegoría -“Dat rosa mel apibus”-; la esquiva rosa azul, posible e imposible, cifra de lo maravilloso y del olvido…

                En la metamorfosis de su color, cada superstición o creencia ha ido retocándola con inflexiones propias. La blanca rosa original, que primero fue roja por la sangre de Afrodita, lo será luego por la sangre redentora de Cristo. Pero hoy la rosa arrastra una existencia vergonzante y furtiva, como si hubiera consentido un mal pensamiento. Arrojada del paraíso, ya no inunda la vida, sino que la roza como al descuido, asustada de su propio rubor. Ya no es norma, sino lujo marginal. Madrid cuenta con la más bella rosaleda de Europa, pero esa espléndida excepción, apenas advertida, no puede con las tristes transmigraciones de los invernaderos ni con el oprobio de nuestra prisa. Ya no arrojan los novios su ramo ardiente a las puertas de sus enamoradas, esperando con ansia el “sí” o el “no”. Los amantes ya no se tiran rosas a la cara. Se diría que es ésta una edad bárbara que ha canjeado la pasión por la rutina, recordando vagamente que la rosa fue siempre ornato de banquetes y triunfos, gloria de los manteles y del vino, compañera de viaje, reclamo de los muertos que no querían sufrir el desaire de su ausencia.

                Anacreonte llegó a exagerar deliciosamente: “¿Qué sería de la humanidad sin la rosa?” Ella dio nombre, aunque simbólico, a la guerra entre York y Lancaster, las dos ramas de los Plantagenet, cuyos blasones respectivos eran una rosa blanca y una rosa roja. Mucho antes de esa incivil derivación, las primeras rosas del año eran ofrecidas en Roma, en las calendas de mayo, a la gran diosa de las cortesanas, que marchaban en procesión, envueltas en velos amarillos, al son de las cítaras. La diosa de los campos, la Dea-Dia, recibía también la ofrenda de los panes cubiertos de rosas. Ya el padre Homero nos contaba cómo había ungido Afrodita el cuerpo de Héctor con el óleo de la rosa silvestre, mientras inauguraba la metáfora insigne sobre la aurora, “la de rosados dedos”. Rosas en el agua del baño y en el vino de las libaciones. Rosas en los manteles de las bodas y en las apoteosis. Un mundo densamente embriagado. En la antigüedad fueron célebres las rosas de Damasco, Malta, la Campania y Poestum. También las de Persia que, junto con los pavos reales, forman la simbólica quintaesencia de aquel viejo país. La rosa sigue teniendo sus adeptos, pero ese culto apasionado se me antoja un culto de “gehto”. La rosa encarcelada, la rosa de las catacumbas se ve obligada a convivir con el hacinamiento. Ya no despliega su esplendor deslumbrante con su rica e íntima lentitud. La rosa urbana acelera su ciclo frágil, como si no fuera ya de este mundo, “sueño de nadie bajo tantos párpados”… Pero quien la regala da su alma.

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Cerezos

El cerezo nos regala belleza, nos regala vida. “Imán de los sentidos” –recordando a Calderón-, el cerezo es luz, armonía, fragancia, alimento y abrazo. Si Herodoto llamó a Egipto “don del Nilo”, podemos decir que el Valle del Jerte ha llegado a ser el “don del cerezo”. Se cree que fueron los árabes quienes bautizaron al río y al valle como “Xerit” o “Xerete” –con el doble significado de aguas cristalinas y paraje angosto- y quienes implantaron o perfeccionaron el cultivo del cerezo. Todo es bello en el árbol: el raso gris de la corteza, el satén deslumbrante y delicado de las flores, la forma y el color del fruto, las hojas verdes del verano, sus tonos ocres y leonados en la melancolía del otoño…

El cerezo es un mundo: junto al frutal originario del Asia Menor, que nos brinda, en sus múltiples variedades, la “perla roja” –que aquí, en el Valle del Jerte, alcanza su máxima calidad reconocida-, se despliega el cerezo ornamental, nacido en el corazón de Asia y reimplantado en China y en Japón. Los remotos antepasados del Neolítico ya conocían y disfrutaban de los frutos del cerezo salvaje. Las primeras referencias de cultivo se remontan a la Grecia clásica, y los romanos cultivaban más de diez variedades, entre ellas la afamada cereza de Lusitania, probable antecesora de la nuestra. Según cuenta Plinio, fue Lúculo, general romano, quien importó algunas variedades de cerezo desde la colonia griega de Kerassos, ubicada en la costa del Mar Negro, tras combatir contra Mitrídates, rey del Ponto, a finales del siglo I a. C. Ahí podría estar también el origen de la palabra “cerezo” (del griego “kerassos”, que habría derivado en el latín “cerasus”).

En la cultura japonesa, la flor del cerezo –asociada con el ruiseñor, uguisu– llegó a imponerse como símbolo de belleza y de afirmación nacional frente a la cultura china, simbolizada por la flor del ciruelo. Hoy como ayer –en una larga persistencia popular y culta- las flores por excelencia, hana, son las del cerezo, sakura, que resumen, al mismo tiempo, toda la primavera, como recordaba Dogen, poeta y monje del siglo XIII: “En primavera, las flores de cerezo; en verano, el cuco; en otoño, la luna llena; en invierno, la nieve límpida y fría; si la mente está serena, ésa es la estación más feliz del año”. En la estética japonesa, “nieve, luna y flores” forman la “trinidad de la belleza” que sigue el paso de las estaciones y representa la totalidad de la naturaleza y de los sentimientos humanos. Ryôkan (1758-1831) lo expresó maravillosamente en su “poema final”:

 

«¿cuál será mi legado?

las flores de la primavera

el cuco en las montañas

las hojas del otoño”. 

                No hay nada más bello ni más frágil. La flor del cerezo nos recuerda, en su fugacidad, que, aunque estamos de paso, debemos valorar cada instante y aprender a morir bellamente. Por eso simboliza el honor del guerrero o samurai: porque cae antes de perder su integridad, y porque encarna las cualidades esenciales del ideal caballeresco: pureza, lealtad, honestidad y valor. El samurai se parece a la flor del cerezo, presta a morir al primer soplo de la brisa matinal. Cada primavera, desde el siglo VIII, los japoneses celebran el festival de hanami (“contemplar las flores”), cuando los cerezos ornamentales despliegan su floración rosada. Una leyenda dice que la flor del cerezo japonés es, en origen, blanca –como la nuestra-, pero que toma esa tonalidad rosa de la sangre de los antepasados que yacen bajo el árbol… La celebración del hanami reúne, en comunión gozosa, a nativos y a forasteros, tal como dice un célebre haiku de Issa:

“bajo la sombra

del cerezo florido,

nadie es extraño”.

La gente suele llevarse una esterilla –que se llama gozâ– y, a la sombra de los cerezos en flor, se bebe sake (vino de arroz), se canta y se baila., en una fiesta que se prolonga hasta muy tarde con la contemplación de los “cerezos de noche”. Todo el país sigue con expectación los partes meteorológicos que anuncian, con varios días de antelación, el acontecimiento, y se disponen trenes especiales, los “trenes de las flores”, para visitar los parajes más célebres. Los primeros cerezos florecen, en enero, en las islas de Okinawa (al sur), y los últimos, en mayo, en la isla de Hokkaido (al norte). Son muy populares los hanami de Kyoto, Tokio y Yokohama, pero el más famoso es el del monte Yoshino, en la región de Nara, donde unos cien mil cerezos, agrupados en masas discontinuas, florecen hacia el 10 o el 15 de abril. Se dice que los primeros cerezos fueron plantados en Yoshino por el sacerdote budista Enno Ozunu (a finales del siglo VII), poniéndolos bajo la protección de Zaô Gongen, divinidad de la montaña, que representa la fuerza y la cólera contra el espíritu del mal. Otra leyenda habla de la diosa de la primavera, cuyo espíritu habría tomado posesión de un cerezo que habría hecho descender del cielo.

                En la pintura clásica coreana aparece con frecuencia el tema de las “cuatro plantas nobles”: la flor de cerezo, la orquídea, el crisantemo y el bambú, pero el cerezo tiene también una larga e intensa simbología en Europa. Bajo su sombra bailan las hadas eslavas y los duendes nórdicos, en una ambigua danza de protección o de amenaza; sus flores representan el incesante ciclo del vivir, el morir y el renacer, y el árbol mismo entra de lleno en la “leyenda dorada”: floreciendo o reverdeciendo a destiempo, quemándose en el solsticio invernal para fortalecer al sol o para asegurar la fertilidad, dando nombre a numerosas advocaciones marianas… El “tiempo de las cerezas” evoca la primavera, pero es también el título de una canción alegre y subversiva que alentó a los revolucionarios de la Comuna de París.

En el imaginario colectivo, el cerezo –consagrado a Venus- favorece el amor, permite expresar los tres deseos de los cuentos y adivinar el futuro, protege a las personas y a los bienes, modula los sueños con diversa fortuna… También aquí, en el Valle del Jerte, protagoniza la “enramá” de la noche mágica de San Juan y el caudal de las coplas:

“A tu puerta puse un guindo,

y a tu ventana, un cerezo,

por cada guinda, un abrazo

por cada cereza, un beso.”

La cereza es el “fruto del paraíso” que se sugiere en algunas obras del arte cristiano medieval, pero es, directamente, el alimento prodigioso –entre la necesidad y la gula- que remite a la niñez, al robo furtivo, a la libertad de los campos. Rica en potasio y en vitaminas A y C, baja en calorías, la cereza despliega sus poderes con adjetivos rotundos: diurética, refrescante, astringente, reconstituyente, antirreumática, cardiotónica, cicatrizante… En sí misma, o en sus conexiones naturales con el árbol que la regala, participa en el “agua de vida” -ese aguardiente insuperable de 42 grados- y aviva la imaginación gastronómica en toda su gama. Y aquí, precisamente aquí, contamos con las mejores cerezas del mundo, ésas que han merecido el sello de denominación de origen: la “navalinda” con rabo, y las cuatro picotas que son como los cuatro ases de la baraja: la “ambrunés”, la “pico negro”, la “pico limón negro” y la “pico colorado”.

                El cerezo requiere aire, altura, frescor: todo un ideal de vida. Un millón de cerezos aguardan al viajero en el Valle del Jerte. Uno solo sería suficiente para la felicidad. A finales del siglo XII, el poeta japonés Saigyô –que tanto amó este árbol- se despedía del mundo con este deseo:

Quiero morir

bajo los cerezos floridos

en este mes primaveral

cuando sea luna llena.

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Elogio de la penumbra

                Releo, en la indecisa luz que anticipa ya la primavera, un célebre ensayo de Junichiro Tanizaki (1886-1965): “El elogio de la sombra”. Borges plagió ese bello título en otro libro que aludía a su condición de ciego, añadiendo los temas de la vejez y la ética a su universo de espejos, laberintos y espadas. En un texto conmovedor, que en realidad es “una oración”, Borges nos dice: “Pedir que no anochezcan mis ojos sería una locura; sé de millares de personas que ven y que no son particularmente felices, justas o sabias…” Tanizaki aborda la sombra, no como contrafigura de la visión, sino como trasfondo y fermento de la percepción estética del Japón tradicional.

                   De manera sutil, con la precisión de un poeta, Tanizaki nos va revelando en este breve ensayo -que muchos consideran su obra maestra- los fulgurantes secretos de la sombra: una sombra que, no siendo absoluta, va siempre de la mano de la luz, evocando el silencio, la penumbra, una cierta austeridad callada. No es, sin embargo, un ensayo sombrío, sino luminoso, vivísimo, volcado hacia la totalidad de lo real, abarcando en el arco de la belleza lo más refinado y lo más rutinario. Tanizaki sintoniza con el gran poeta Bashô, que definía el haiku -ese breve poema de 17 sonidos- como “el camino ordinario”, “lo que ocurre aquí, en este momento”. En el haiku, que trata de fijar la eternidad del instante, abundan las observaciones de penumbra: en la oscuridad muere y se aja el crisantemo, se adensa la nieve, se olvida el ciego de sí mismo, se desdibuja una colina anónima, se aviva la brasa, se expande el sonido de una campana o el canto ensimismado del ruiseñor, se funden los enamorados…

                Partiendo de elementos corrientes, como los tabiques móviles o shôji, con la lechosa claridad del espeso papel blanco, Tanizaki defiende una estética basada en la naturalidad y en la sencillez, tratando de conciliar las pautas de la vivienda tradicional japonesa con las comodidades de la técnica: cañerías, ventanas de cristal, estufas de gas o estufas eléctricas. El ensayo discurre, deliciosamente, a través de una nostalgia razonada, haciéndonos ver, por ejemplo, la sensualidad del retrete de estilo japonés, concebido para la paz del espíritu, “donde, al amparo de sencillas paredes de superficies lisas, puedes contemplar el azul del cielo y el verdor del follaje”: “Aun a riesgo de repetirme, añadiré que cierto matiz de penumbra, una absoluta limpieza y un silencio tal que el zumbido de un mosquito pueda lastimar el oído, son también indispensables.” Este ejemplo es bien expresivo, porque demuestra la impregnación poética del lugar más sórdido de la casa, merced a una estrecha asociación con la naturaleza, armonizando con el sonido de la lluvia, el canto de los insectos, el gorjeo de los pájaros y las noches de luna.

                El escritor se ocupa también de otras cosas “divinas”, como el papel hôsho, “similar a la aterciopelada superficie de la primera nieve”; la pátina que va oscureciendo los objetos de metal; la exquisita turbiedad del jade o las ligeras nubes que turban el cristal del Japón; la intimidad que exhala la luz de los viejos candelabros, realzando las belleza de las lacas y sus reflejos profundos y espesos en las superficies negras, marrones o rojas, con infinitas “capas de oscuridad”: “No es que tengamos ninguna prevención a priori contra todo lo que reluce, pero siempre hemos preferido los reflejos profundos, algo velados, al brillo superficial y gélido; es decir, tanto en las piedras naturales como en las materias artificiales, ese brillo alterado que evoca irresistiblemente los efectos del tiempo…”

                La verdadera contemplación requiere penumbra: la densidad indefinida de la sopa roja de miso estancada en el fondo del cuenco; los colores de ese dulce gelatinoso llamado yôkan sobre una bandeja lacada; el realce de los alimentos blancos cuando emergen de la oscuridad… Y, en el teatro nôh, la sensualidad de los rostros, realzada por los trajes marrón mate o verde sobrio y por la oscuridad del escenario. Los edificios religiosos y civiles reiteran ese “sabor de zen” en la sombra vasta y profunda que proyectan los aleros y en la luz indirecta y difusa que filtran los shôji, equilibrada en la sala de estar por la relativa profundidad del cuadro o la composición floral que adornan el hueco del tokonoma.

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Poetas en el camino: Shiki

En la confusa efervescencia de la recién iniciada era Meiji, Shiki Masaoka (1867-1902) aborda, con determinación y valentía, la renovación del tanka y del haiku: difícil equilibrio entre lo genuino y lo foráneo, lo tradicional y lo moderno; no sólo en las formas, sino también -y sobre todo- en el lenguaje y en los contenidos. Es él quien fija y renombra con la palabra “haiku” la poesía breve anterior, derivada del tanka, combinando las palabras “haikai” (del poema enlazado colectivo “haikai-no-renga”) y “hokku” (verso inicial de esa secuencia). Shiki reconoce el peso de esa poesía breve, que sigue muy viva en la cultura japonesa, pero advierte también el agotamiento de las formas tradicionales, con un claro dilema: o renovarse, o morir.

                A finales del siglo XIX, el tanka lleva siglos ahogado por una rigidez normativa que conduce a la rutina; de ahí que Shiki prefiera la frescura del Man’yoshû (siglo VIII) al canon refinado, pero un tanto rígido, del Kokinshû (antología imperial del siglo X). Más libre, pero aquejado igualmente por cierta esclerosis de convencionalismo, el haiku afronta el cambio con mayor libertad, anticipada ya por poetas tan originales como Issa. La vida de Shiki es tan breve como intensa. Nacido en la ciudad de Matsuyama, se queda huérfano a los cinco años. A los dieciséis comienza el estudio sistemático del haiku, culminándolo en la Universidad de Tokio. En 1892 comienza a trabajar en el periódico “Nihon”, donde publica, al año siguiente, su polémica “Conversación sobre el haiku”. Impetuoso y agnóstico, asume el liderazgo de la renovación y se atreve a criticar a Bashô, el maestro intocable; se alinea abiertamente con el ideal estético y objetivo de Buson, y reivindica, de paso, la genialidad de Taigi (“después de Buson, no hay ninguno igual a Taigi”).

                En 1895, recién llegado del frente de Manchuria -donde ha servido como corresponsal de guerra-, Shiki logra el reconocimiento de su “escuela Nihon” y, a través de la revista “Hototogisu”, va difundiendo los ideales de su  de grupo: a los que empiezan, les recomienda naturalidad, discernimiento en la lectura de los clásicos y autocrítica positiva en su entusiasmo por la poesía; a los más avanzados, sentido de la perspectiva, refinamiento en la descripción de los objetos, naturales, intuición y precisión; y a los maestros, estudio profundo y crítico de todo tipo de haiku, estilo propio, material nuevo tomado directamente de la realidad, y apertura a los demás géneros y al arte en general. Abriendo la puerta al haiku libre, incluso irregular, aboga por un lenguaje simple, preciso, sin armónicos, sin estratos, sin juegos de palabras. Con tres reglas de oro: apunte de la Naturaleza, descripción objetiva y yuxtaposición. Todo ello resplandece austeramente en su propia poesía: la pureza del cuco para el oído estragado por los sermones; el frescor del mar a través de la linterna de piedra; la luz de la lámpara dándole a cada muñeca su propia sombra… Y dos homenajes: al autor anónimo de un poema maestro sobre la primavera en el Man’yoshû, y a su admirado Buson, al haiku de la mariposa dormida sobre la campana del templo -cuyo sueño transforma Shiki en el brillo de una luciérnaga-…

                Como editor de la revista “Hototogisu”, Shiki se ve obligado a seleccionar miles de haikus para su publicación mensual, y ahí aflora, de pronto, su pasión por la fruta favorita (“examinando / hasta trescientos haikus: / sólo dos caquis”). Mientras tanto, la tuberculosis que le venía minando desde mayo de 1889 se agrava a finales de 1895. Poemas y diarios íntimos van dando fe de su dolor. Confinado por la enfermedad, pregunta por el espesor de la nieve o se abandona a la añoranza luminosa de los cerezos en flor… El 19 de septiembre de 1902, Shiki Masaoka se despide de sus amigos y fallece, a los treinta y cinco años. Su adiós no puede ser más expresivo:

“recordadme

como al que amó los caquis

y la poesía”.

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Poetas en el camino: Buson

En el cuarteto de maestros de haiku -integrado por Bashô, Buson, Issa y Shiki-, Yosa Buson (1715-1783) se distingue por su refinamiento y su originalidad. Artista completo, brilló como pintor, poeta y calígrafo, dejando una obra extensa y variada que revela su gusto por el color, la forma, el movimiento. Nacido en una aldea cercana a Osaka, perdió a sus padres cuando apenas tenía trece años. En 1723 se trasladó a Edo, y allí estudió haikai con Hajin Sôa  y se inició en la pintura, de manera autodidacta, a través de manuales y de pinturas chinas y japonesas. Al morir su maestro de haikai, en 1742, Buson inició un largo viaje de diez años por diversas zonas de Japón, comenzando por el itinerario del “Camino estrecho hacia el norte profundo” (Oku no hosomichi) de Bashô. En 1751 se dirigió a Kioto y durante tres años pudo estudiar de cerca las grandes obras pictóricas conservadas en templos y santuarios, conocimiento que ampliaría en Tango, tres años más, antes de establecerse definitivamente en Kioto, en 1757.

                Buson se consolida como pintor y como poeta en sus años de madurez. La pintura le da fama. En 1771 se consagra realizando el álbum “Diez placeres”, que acompaña al álbum “Diez comodidades”, de Ike no Taiga, proyecto conjunto que ilustra veinte poemas del chino Li Yu. La pintura es su medio de vida, pero impulsa también su creatividad poética, en magnífica simbiosis con la caligrafía, a través del haiga (haiku -a menudo caligrafiado-, con dibujo a la tinta o sumi-e, que acompaña al poema y lo completa). La simbiosis entre escritura y sumi-e es muy antigua, procede de China y está muy vinculada al zen. Ryûho, Saikaku y Bashô ilustraban ya sus poemas -como lo hará Issa-, pero Buson eleva el haiga a un nivel superior, con una pincelada rápida y suelta, flexible y fluida, logrando obras maestras como la titulada “Jóvenes bambúes”, donde se pregunta, entre la realidad y el sueño, si los bambúes y las cortesanas de Hashimoto está ahí o no…

                Poco sabemos de su vida personal. Al poco tiempo de afincarse en Kioto, se casó y tuvo una hija, sin perder su afición a la buena vida, a las reuniones de amigos, a las geishas.  Asentado como pintor profesional, nunca olvidó el haiku. Lo aprendió, lo practicó, lo enseñó; pero alcanzó su plenitud como poeta a partir de los 55 años, liderando el movimiento “Regreso a Bashô” y publicando tardíamente algunos libros como “Luz de la nieve” (1772) y “Un cuervo al amanecer” (1773). En 1776 participó, con su grupo, en la reconstrucción de la cabaña de hierba de Bashô, al este de Kioto: un homenaje más al gran maestro, cuya elegante sencillez y sensibilidad añoraba. “La esencia del haiku -decía Buson- consiste en usar palabras ordinarias y, sin embargo, separarse de lo ordinario”. A fuerza de observarlo con intensidad, todo se vuelve interesante. Buson canta a su flor favorita -la del espino albar-, a la peonía que ha perdido sus flores, y a la roja flor de ciruelo que arde sobre el estiércol. Nos acerca, con la habilidad de un mago, la gracia y la melancolía de un mundo flotante que parecía ido y aflora en la memoria, una y otra vez, como las olas del mar en primavera…

Poesía con cierto aire proustiano, impregnada de sutileza (el brillo del aire por el vuelo de un insecto desconocido); de refinamiento (el asombro ante unas violetas al bajar de la barca); de percepción compasiva de la belleza efímera –aware– (el paso del tiempo en el canto del ruiseñor o en el paisaje que se va ensombreciendo); de romanticismo (esa extraña pareja bajo un macizo de glicinas…). Imágenes y sonidos inolvidables: la mariposa dormida sobre la campana del templo; el murmullo sagrado de las diez noches de otoño cantando el Gloria al Buda Amida, el nembutsu. Y ya, en la hora del adiós, el misterioso jisei celebrando el año nuevo primaveral: “blanco ciruelo: / en sus flores, la noche / da paso al alba”.

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