Todas las entradas de: el rincón del haiku

Mayo 2024

CONSTRUIR

Lluvia de primavera.
Entre nubes inmóviles
Se oculta un pato.

 

DECONSTRUIR

Lo compuse uno de estos días de la lluviosa primavera de este año. En el camino de la sierra de San Vicente, que frecuentemente hago, cada vez que subo a El Real desde Talavera. Desde el coche, me llamó la atención el vuelo solitario de un pato, con prisa por llegar al río, que apenas tuve tiempo de ver antes de esconderse en nubes bajas y preñadas de agua. Aunque el vuelo bajo de los patos casi siempre nos parece presuroso, me impresionó su aleteo tan veloz en contraste con unas nubes que me parecieron inmóviles por su gravidez.

Quería comentar hoy la irregularidad del primer verso. Irregular  porque no tiene cinco sílabas como prescribe el haiku japonés.  Tiene siete; dos más de lo que mandan los cánones. Podía haber escribo “Lluvia vernal” y entonces cumpliría el canon métrico (llu-via-ver-nal = cuatro sílabas gramaticales, pero cinco prosódicas por acabar el verso en palabra aguda). Pero no me gusta la palabra “vernal” en el haiku. Aunque es el adjetivo propio para calificar a “primavera”, no deja de ser un cultismo. “Vernal”. No es la palabra que escribiría un niño si compusiera un haiku. El haiku, así lo entiendo, es la poesía de las palabras comunes, del habla cotidiana, de un lenguaje más infantil que intelectual o culto. En aras de esta idea que yo tengo del haiku, he sacrificado la escansión: siete sílabas donde la tradición pide cinco.

Este sacrificio lo hago con gusto. De hecho, el canon y la prescripción son dos ligaduras que me agrada romper cuando en un poema me parecen reñidos con el espíritu poético. Y el espíritu poético del haiku es la inocencia. La forma léxica de la inocencia no me parece que tenga que revestirse de un lenguaje culto porque entonces deja de ser inocente. Admito, eso sí, “otoñal”, porque la derivación de “otoño” la puede deducir un niño; pero no puedo admitir “vernal”. Son criterios que sigo en mis traducciones de poesía japonesa desde hace cuarenta años. Cada traductor o haijin tendrá los suyos. Todo es respetable.

En cierto sentido, elegir entre respeto a la métrica tradicional del haiku y respeto al espíritu poético es un eco de la oposición entre palabra y corazón, o entre kotoba y kokoro en términos del viejo debate poético de la historia literaria de Japón. Era el debate entre la insistencia entre los aspectos formales, entre la importancia absoluta de la dicción (kotoba), y la preeminencia del sentimiento poético (kokoro), de cierta libertad versificadora y expresiva.  ¿Qué elegir si uno se ve obligado a ello? Evidentemente, lo ideal será armonizar ambas nociones en la hechura del haiku. Favorecer la primera –fidelidad a la forma– en detrimento de la segunda –importancia de la inspiración– representó, en la historia de la poética japonesa, la corriente más conservadora y también la más autorizada en un Japón en donde la tradición ha jugado un gran peso. Por el contrario, favorecer a la segunda, ha sido la propuesta de escuelas poéticas más innovadoras y atrevidas, especialmente notorias en los siglos XIII y XIV. En los waka de los poetas de estas escuelas, como la Kyōgoku, representada por poetas tan exquisitas como la emperatriz Eifukumon-in (1271-1342), encontramos bastante casos de irregularidades métricas e, incluso, del uso de palabras ajenas al limitado acerbo léxico preconizado en las antologías poéticas canónicas y hasta de expresiones novedosas.  Yo, cuando compongo un modesto haiku, si me veo en el brete de elegir, me quedo con la adopción de la segunda, con la inspiración poética, con el “corazón”. Es decir, con “lluvia de primavera” antes que con “lluvia vernal”. Y que los kami de la poesía me perdonen.

Por otro lado, la imagen de los nubes inmóviles me parece que ofrece un contraste vivo con la velocidad del vuelo del pato. Las nubes inmóviles me recuerdan un viejo poema del Kokinshū, el número 463 de esta antología del año 905, la más venerada de las colecciones poéticas de Japón. Es este:

Es mi morada
Un monte fragoso
En compañía
De blancas, inmóviles nubes.
¿Qué querrán de mí?

あしひきの              ashihiki no

山辺におれば             yamabe ni oreba

白雲の                shirakumo no

いかにせよとか            ika ni seyo to ka

晴るる時なき             haruru toki naki

El poeta, que en realidad es Ki no Tsurayuki, asume el artificio poético de ser un ermitaño recluido en una montaña para ponderar su soledad. Una soledad, realzada por la única compañía de las nubes, pero rota con la amenaza de un posible reproche o interpelación de estas nubes, demasiado bajas, tal vez, para resultar indiferentes al poeta.

Caminar II

Mayo 2024
Otoño
Córdoba, Argentina

Caminar II

Un año después de ordenarse como monje, Santôka emprende su primer viaje por Honshu, Shikoku, Kyûshû y Shodôjima durante tres años. Sin embargo, a su regreso, agobiado por el alcohol, quemó los diarios que escribió durante su primer viaje dejando registro de ello en un haiku:

 

焼き捨てて日記の灰のこれだけか

yakisubete nikki no hai no kore dake ka

 

El diario que tiré al fuego…

¿sólo estas cenizas?

(Santōka, 2006, p. 196)

Trad. Vicente Haya

 

Renacido de esas esas cenizas, en 1930 emprende su segundo viaje a pie por norte de Kyûshû (isla ubicada al sur del de archipiélago nipón) que duró alrededor de un año. El diario de este viaje evidencia que ante todo, ir a pie, ir sin fin, librar esa batalla cuerpo a cuerpo con la naturaleza de cierta manera un tipo de soledad que garantiza su supervivencia. El juicio contra sí mismo, su memoria, de alguna manera sus karmas no pueden expiarse, solo puede convivir con ellos. La contradicción interna que se revela en los diarios da cuenta de la hipocresía de vivir como monje medicante pero a la vez de una profunda reflexión sobre su propia vida, la composición poética y otras observaciones sobre la sociedad y la época. Sin embargo, Santôka como caminante justifica su existencia como alguien vapuleado por las desgracias e inútil para la vida social por lo que su única opción es entregarse al camino y dejarse afectar al máximo; ya sea por las heridas que le ocasiona o por los eventos imprevisibles que acontecen. En esta ocasión, comparto algunas entradas de los diarios de Santôka que, creo, ilustran los comentarios hechos hasta el momento.

 

9 de septiembre 1930

De nuevo en marcha. Una vez más me doy cuenta de que en realidad no soy más que un monje mendigo. Así, comienzo otro viaje. Voy a caminar tanto como pueda, iré lo más lejos que pueda ir.

(Santōka, 2003, p. 31)

 

20 de octubre de 1930

Tomemos el caso del sake, me gusta el sake, así que no voy a renunciar a él. Eso es todo. No hay nada que hacer al respecto. Pero ¿cuánto mérito obtengo haciéndolo? Si dejo que el sake obtenga lo mejor de mí, entonces soy un esclavo del sake. En otras palabras, ¡soy un caso perdido!

(2003, p. 37)

 

19 de diciembre de 1930

¡No tengo ni un centavo! Por mucho que me moleste, aprieto los dientes y sigo mendigando hasta reunir lo suficiente para una noche de alojamiento y una comida. Cuando llego a una posada, me baño y se me pasa. Pero odio mendigar. Odio deambular. Sobre todo, odio tener que hacer cosas que odio.

 (2003, p. 40)

 

28 de diciembre de 1930

Acostado en la cama, pienso. Soy un desafortunado afortunado, un incrédulo que ha sido bendecido. Puedo morirme tranquilamente en cualquier momento sin ser apaleado por nada. Ya no necesito alcohol, ya no necesito calmotin [remedio calmante], ni Geld, ni Frau. Bueno, una mentira es una mentira, pero un sentimiento que tienes es un sentimiento que tienes.

(2003, p. 40)

 

9 de noviembre de 1930

Cuando Fayan dice, ‘Cada paso es una llegada’, olvida lo caminado, tampoco piensa aquello por caminar. Un paso, otro paso; ni más allá, ni más acá; ni la dirección al este o al oeste: un paso es una totalidad. Llega hasta ahí y entenderás el significado del caminar para el zen.

 (2003, p. 39)

 

1 de octubre de 1930

Hoy, mientras caminaba, no dejaba de pensar: habiendo trenes y automóviles, decido caminar, y encima calzado con sandalias de paja. ¡Qué cosa anticuada! Una manera tan ineficaz y pesada de viajar. De hecho, en el camino que recorrí hoy había autos y bicicletas que pasaban de vez en cuando, pero no encontré casi nadie que caminara. Sin embargo, el hecho de aventurarme a hacer algo tan ridículo, para mí que no soy muy listo, justifica mi existencia.

(2003, p. 34)

 

16 de septiembre de 1930

 De estos vendedores ambulantes que van por el campo, oigo hablar de la miserable suerte de las familias campesinas locales: un jornalero que suda de la mañana a la noche, puede hacer 80 sen; si es mujer, 50 sen. Un carbonero trabajando todo el día hará 25 sen como máximo; alguien pescando eficientemente en el río Kuma (famoso por sus peces dulces) puede obtener 70 u 80 sen por día. Obviamente, esta. Las personas apenas se mantienen con vida. Cuando pienso en ello, la vida que vivo es mucho mejor de lo que merezco. (2003, p. 32)

 

* Los Diarios mendicantes que han sido publicados integran el Volumen 3 de la Obra Completa de Santōka (1986) en idioma japonés. Sin embargo, al no disponer de la versión física de este libro, contamos con la versión digital (que data de septiembre de 1930 a agosto de 1940) en el archivo aozora (archivo de textos digitalizados que, según los derechos de autor, son de dominio público). Para referir a este archivo hemos desistido del uso de la cursiva, pero hemos conservado la mayúscula. Hemos cotejado con este archivo la pertenencia de las citas introducidas en el trabajo desde la selección realizada por Burton Watson y traducida por el mismo autor para la publicación For all my walking. Free-verse Haiku of Taneda Santōka with Exerpts from His Diary (2003). Todas las citas correspondientes a este libro son de traducción propia.

Referencias

Santôka (2003). For all my walking. Free-verse Haiku of Taneda Santōka with Exerpts from His Diary [Introducción y traducción de Burton Watson]. New York: Columbia University Press. La traducción es nuestra.

_______ (2004). Saborear el agua. Trad. Vicente Haya. Madrid: Hiperión.

_______ (2006). El monje desnudo. Trad. Vicente Haya.  Madrid: Miraguano.

_______ (20 de marzo de 2008). 行乞記(一)[Diarios mendicantes (1)]. Aozora Bunko. Recuperado de: https://www.aozora.gr.jp/cards/000146/files/44913_30581.html

La traducción es nuestra.

Mayo en la memoria

A primeros de mayo empiezan a pintar las cerezas y, tras la primera cura de azufre en yema, se aviva el verdor de las viñas (“por la Cruz, la parra reluz”). Suena el canto del cuco, abren sus ojos los lobeznos. La noche del 2 de mayo es la Noche de los Fuegos; cada barrio compite por levantar la hoguera más grande o mejor formada y se va, de una a otra, para admirar y compartir. Junto a la “rimerá” de leña se canta, se baila, se bebe ponche, se asan sardinas… Troncones y ramas chisporrotean exhalando el último vaho, creciéndose en bruscas llamaradas, avivados por los cuidadores del fuego; los mozos saltan a través de las llamas y la gente se aparta con las caras encendidas, y los niños corren con pequeñas cruces de palo, y así va pasando la noche, la larga noche regeneradora en la que se quema lo viejo. Al día siguiente, el pueblo entero sube en romería al robledal del Hoyo de la Erita, espléndido mirador sobre el valle. Tras la misa campestre y la bendición de los campos, se preparan los guisos –la caldereta, la paella-, corre el vino, se sacan los dulces –huesillos, rizos, perronillas- y se celebra, en grupos familiares, la comida de romería.

El árbol de la Cruz sugiere la cristianización de antiguos rituales paganos que giraban en torno al saúco mágico de la fertilidad y de la protección contra los rayos. La savia se renueva y el fuego purificador, hermoso y fuerte, genera la ceniza que vuelve a fecundar la tierra y a alentar las semillas. Algunas supersticiones pastoriles evocan todavía los poderes de la cruz y del fuego: esa “piedra del rayo” que protege de las tormentas, esa cruz de sal en la puerta del chozo, que lo protege de los malos espíritus…

Los machos del ciervo volador se encelan entrechocando sus astas y toda la creación está como de boda. El sol va madurando las cerezas tempranas y empujando la candelilla del castaño, pero aún puede sorprender alguna nevada tardía o alguna plaga de mariposas color ceniza. La abubilla estremece las noches de luna llena con un sonido dulce, corto, espaciado. Es el pájaro misterioso, de largo pico y cresta rosada con puntas blanquinegras, que los niños dibujan en la escuela, antes de ver su vuelo ondulante y nervioso, como el de una mariposa gigante, en los cielos de primavera. El jueves de la Ascensión se sale a coger la flor del cirimomo. Yo recuerdo, sobre todo, las rosas de la calleja de la iglesia, su color encendido, su aroma embriagador, casi venenoso, y el aroma dulzón de las acacias, ya desaparecidas, que jalonaban, a un lado y a otro, las escaleras que conducían al atrio. En aquella plazoleta alta y alargada jugábamos al marro o al “guás”, sentíamos la cercanía de lo sagrado y lo profano; la continuidad de la vida, marcada por los bautizos, las bodas, los entierros…

Mayo es el mes de la Virgen, y el olor de los campos invade los altares –con flores a porfía- cuando las campanas tocan al Rosario y empieza a nacer un niño y resuena en la iglesia el lento oleaje de los cánticos: Toma, Virgen pura,/ nuestros corazones,/ no nos abandones/ jamás, jamás… Días de Primera Comunión: trajes azules de los niños y cruces con cordones dorados al cuello; blancos vestidos de las niñas que llevan entre sus manos los cestillos de mimbre con pétalos de rosas; versos y risas infantiles; el sol radiante; el vuelo de las golondrinas; el chillido de los vencejos persiguiéndose en vuelo…

Ya se ha dado la primera “bina” a las parras, y comienza la cerecera, que se prolonga desde mayo hasta agosto. La gente se acuesta pronto y se levanta muy temprano, antes de que las “Tres Marías” traigan al lucerito de la mañana. La calle se estremece con los cascos de los caballos y el ajetreo de los “cogeores” que comentan cómo viene la orilla. Hay que coger la fruta con la fresca, antes de que apriete el calor. Ya empieza a clarear por el Alto del Puerto y el pueblo se queda silencioso, acunado por el rumor de las fuentes y por el canto de los pájaros… Los abuelos se han quedado al cuidado de los nietos pequeños, y en los campos se aviva el ajetreo de la recogida: los hombres subidos a los cerezos o a las escaleras, con las cestas de castaño al hombro o colgadas al “jorco” con un garabato. Las mujeres, a la sombra del árbol, seleccionando la fruta en el tendal, según su estado, calidad o calibre, y llenando los cajones de madera encamados de helechos que los niños ayudan a cortar en las zonas umbrías, donde crecen también las orquídeas y la lechetrezna. Por orden de maduración, se van cogiendo las cerezas de “alucinio”, y las de Aragón, la gordera, la mollar, la ambrunés especial, la de Monzón, la jarandillana, la garrafal, la ambrunés común, la picota colorada, la picota especial, la guinda garrafal, la guinda silvestre… Por los caminos, a la orilla del río, por los bordes de la carretera, se empiezan a coger las moras…

***

Mayo 2024

Escribo el artículo de este mes desde un Santiago de Chile que, si bien se encuentra en otoño, nos muestra día a día el rostro oscuro y nublado del invierno. Así que centrarme en las estaciones del hemisferio norte, específicamente las de Japón, me ayuda a escapar, aunque sea en mi imaginación, a un mundo de sol y luz.

En el artículo de mayo dejaremos de lado la revisión de las categorías en el kigo y volveremos a la clasificación estacional con el verano o 夏 natsu. Según el calendario lunar, que es el que rige la utilización del kigo, la estación estival abarca desde 立夏 rikka o inicio del verano (alrededor del 06 de mayo) hasta el día anterior a 立秋 risshuu o inicio del otoño, es decir, el 07 de agosto. Si lo vemos desde un punto de vista meteorológico, sería desde el solsticio de verano al equinoccio de otoño. Es la estación más calurosa y con mayor cantidad de luz del sol. Se divide, para efectos del kigo y su uso subsecuente en la composición de haiku, en palabras que se pueden utilizar durante todo el intervalo estacional y cada uno de los tres meses que lo abarcan. 三夏 sanka o tres veranos, corresponden a palabras que representan la estación en su totalidad y se pueden utilizar durante toda su duración. Describen el fresco calor de inicio de verano, la humedad de la temporada de lluvias o 梅雨 tsuyu a mitad de la estación y el calor abrasador al final del período. Luego tenemos 初夏 shoka o inicio del verano; de acuerdo con el calendario solar sería mayo, y con el lunar, Udzuki. El cielo es claro y despejado y el calor todavía no tan intenso, por lo que la gente aprovecha los largos feriados para vacacionar en las montañas o el mar. La siguiente división es仲夏 chuuka, mitad del verano; junio en el calendario actual y Satsuki, el quinto mes del calendario lunar. Coincide con la temporada de lluvias, en la que el verdor de la vegetación parece brillar de lo intenso y la humedad y calor sofocan. Por último, 晩夏 banka, fines del verano; corresponde a julio o el sexto mes del calendario lunar, Minadzuki. A pesar de estar finalizando la temporada el calor sigue muy alto, sin embargo, la pronta venida del otoño se puede notar en el viento que sopla temprano en la mañana y al atardecer.

Como he mencionado en los artículos anteriores, cada una de estas divisiones tiene, a su vez, las siete categorías 時候 jikou, estacional; 天文 tenmon, astronomía; 地理 chiri, geografía; 生活 seikatsu, vida cotidiana; 行事 gyouji, eventos; 動物 doubutsu, animales y 植物 shokubutsu, vegetación.

Los dejo con algunos haikus que seleccioné y traduje, correspondientes a la clasificación 三夏 sanka, que describe toda la estación, y 初夏 shoka o inicio del verano.

 

Kigo: 短夜 mijikayo literalmente significa corta noche; noche de verano, noche estival.
Período: 三夏 sanka o tres veranos
Categoría: 時候 jikou, estacional
Haijin: Takizawa Kazuharu (1953 -)

短夜の鉤爪動く檻の中

mijikayo no kagidzume ugoku ori no naka

dentro de la jaula se mueven las garras de la noche estival

 

 

Kigo: 風薫る kaze kaoru o 薫風 kunpuu; literalmente significa el aroma del viento o brisa fragante; el viento que sopla en verano. También describe el viento que sopla cuando florece fresca vegetación y hojas nuevas.

Período: 三夏 sanka o tres veranos
Categoría: 天文 tenmon, astronomía
Haijin: Yamaguchi Soku (1929-2016)

薫風に風のさざなみ草千里

kunpuu ni kaze no sazanami kusa chisato

brisa fragante, millas de hierba ondulada por el viento

 

 

Kigo: 薄暑 hakusho, suave calor a inicio del verano.
Período: 初夏 shoka o inicio de verano
Categoría: 時候 jikou, estacional
Haijin: Iida Ryuuta (1920-2007)

山の木に風すこしある薄暑かな

yama no ki ni kaze sukoshi aru hakusho kana

en los árboles de la montaña hay un poco de viento y un suave calor

Kigo: ネル neru o franela, tejido suave y ligero que puede utilizarse como material para ropa de dormir veraniega.
Período: 初夏 shoka o inicio de verano
Categoría: 生活 seikatsu, vida cotidiana
Haijin: Shimada Seihou (1882-1944)

ネル着たる肉塊の女に聖書かな

neru kitaru nikukai no onna ni seisho kana

vestir franela es palabra sagrada para el cuerpo femenino

Me despido de esta pausa mental para retornar a este invernal y oscuro Santiago, deseando que, si no puedo disfrutar del verano por los próximos meses, cuando menos el otoño reclame su lugar para alegrarnos los días con su dorada luz. Hasta el próximo artículo, en el cual continuaremos con el análisis de las categorías.

Los capullos del rosal con pulgón

“Siempre hay flores para aquellos que desean verlas”
Henri Matisse

Tradicionalmente, el mes de mayo se asocia con el apogeo de la época vernal, cuando los días son más largos y el frío del invierno cede el paso a la templanza y a la calidez de la primavera. Ya lo afirma la paremiología: “marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso”. En esta entrada, admiraremos el mundo a través de haikus cuyos polos giren en torno a las flores, preámbulos y símbolos del nacimiento de la vida, y de cuya importancia primordial ya eran conocedoras las civilizaciones más pretéritas.

No hay nada mejor que disfrutar de esas flores y aspirar su aroma:

Mientras sonríe
corta del naranjo
un ramito de azahar

 ¿Somos nosotros los únicos a los que los textos que hablan sobre sonrisas nos arrancan una? No hay mayor prueba de la alegría de vivir que una sonrisa. En este haiku espectacular, el agente —haijin o no— es feliz mientras corta esas ramitas de azahar, cuyo delicado olor añade una nota más de pureza e inocencia a la imagen que este haiku nos evoca.

Cerro Siete Colores –
Iluminada
brota la flor de cactus

 El cromatismo de este haiku es exquisito. Destaca en el primer verso del haiku, a modo de encuadre fotográfico, el cerro Siete Colores, cuya originalidad natural ya es suficiente como para admirarnos de su magia. Pero el milagro real acontece en el último verso: esa flor de cactus que, iluminada —no sabemos si por el sol o por la luna, pues deja la interpretación abierta al lector; para nosotros, la primera lectura nos evocó la noche, cuando algunos cactus florecen—, se va abriendo paso hasta que pasa al plano principal de la existencia. El cerro, imponente y masivo, deposita su grandeza y se empequeñece para servir a la flor, pequeña y delicada. El aware, la admiración por convivir el mundo, está ocurriendo continuamente ante nosotros.

La tarde en calma
Unas flores de adelfa
caen al mar

Este haiku destila tranquilidad por sus versos. Apenas corre una breve brisa frente al mar: la tarde está calmada y no hay viento ebullendo en movimiento. El mar que se nos muestra también está tranquilo; ni está bravo, ni hay temporal que lo revuelva. En esa estampa de quietud, unas flores de adelfa ―preciosas― caen al agua y flotan sobre esas olas, como si el mar fuese una cuna que meciese a las flores ofrendadas. Ese leve vaivén, que desencadena al haiku, podría contemplarse durante horas sin perder un ápice de espontaneidad.

 No conseguimos reponernos de un haiku bello cuando viene otro que también demuele el corazón:

Arrullos
Los capullos del rosal
con pulgón

Sinceramente, magistral. Hay una mezcla de elementos, un no sé qué que deja balbuciendo al lector, cuyas conexiones racionales son horadadas por los arrullos, heridas por el pulgón y desgarradas por la compasión por el rosal. Esa última sensación es inmensa: ¿por qué debe sufrir el rosal por el pulgón que lo daña? ¿Por qué? ¿Por qué sentimos compasión por las cosas bonitas, y no tanta por las que no lo son, cuando todas ellas forman parte del mismo mundo por igual? ¿Nos hace todo lo anterior más humanos, o menos? Ante este ensañamiento del mundo con su propia belleza, y ante esa imprecación que nos deja sollozando en la racionalidad ―incapaz de comprender el mundo― al proponer la pregunta del porqué ―no podemos alterar el orden de las cosas―, los arrullos de los pájaros confortan al lector.

 Casi la noche
el canto del cardenal rojo
entre las magnolias

 Concluimos esta sección con otro gran haiku. El canto del cardenal es determinante, pues motiva la escena del haiku, pero su agente se intuye solamente: la luz del crepúsculo parece insuficiente incluso para dibujar la silueta del ave. El agente se esconde en una cama de magnolias, cuyo olor impregna a su cantor y a la escena percibida. Un contraste percibido entre el dulzor de la melodía y el de las flores; la oposición entre el color de las magnolias y de los colores térreos del ocaso, desdibujados por la penumbra que avanza inexorablemente en el tiempo. En definitiva, el haiku presenta unos elementos combinados y unos sentidos evocados difíciles de olvidar para el lector.

(Los autores de los haikus corresponden, en orden de aparición, a Idalberto Tamayo, Bibisan, Piluca C.P., jlcarcas y William Cue).

HIRAIZUMI Y EL SABOR AGRIDULCE DE LOS KAKIS

Roxana Dávila Peña
“mushi”

Veo cientos de ramas que parecen quebradizas, pero están bien cargadas con el peso de abundantes frutos. Son de árboles que me han fascinado al mirar el paisaje desde las ventanas durante los viajes en tren, así como por la subida al Monte Kanzan. Los kakis son firmes y de piel fina, de un anaranjado intenso y brillante como el del sol cuando se pone.

Me pregunto cómo habría sido visitar este sitio en temporada de lluvias y sintiendo en la piel los estragos de las guerras. Pienso en los soldados, esposas, padres e hijos perdidos por las batallas que, entonces y aún hoy, se libran en el mundo y me estremezco.

Las hojas de los árboles caen al suelo, como los enemigos y compañeros. Algunos frutos aguantan en el árbol.

Recuerdo el hokku que Basho escribió inspirado por este lugar: “hierba del verano / los rastros de los sueños / de los guerreros”.

Por la cuesta hacia el Templo de la Luz, penetra el olor de los cedros y, ya dentro de éste destacan los sutras escritos en plata y oro sobre papel oscuro: son como estrellas en el firmamento. La frescura del lugar, el Buda de la Luz Infinita y los boddhisattvas de la compasión y de la sabiduría me devuelven a la paz y la serenidad de una época dorada. No es deslumbrante. Es como si la luz saliera de ellos sutilmente, por contraste con la oscuridad. Al salir de ahí, el sol aparece y desaparece entre las ramas de los pinos del bosque. Recuerdo el jardín de mi madre. ¡Cuántos aromas!

Desciendo y saboreo la pulpa jugosa, dulce y aromática de un kaki. Su consistencia carnosa es blanda y a veces áspera; por momentos, seca, como mis sensaciones en Hiraizumi. Escurre por mi barbilla un poco de jugo.

del vagón al andén
en uniforme de invierno
niños y niñas

Tàpies, la miel de la sabiduría

El centenario de Antoni Tàpies (1923-2012) ha motivado una de las exposiciones más completas dedicadas al artista catalán. Tras su paso por el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, la muestra ha llegado a Madrid y se exhibe -hasta el 24 de junio próximo- en el Museo Nacional Reina Sofía, que albergó ya, en el año 2000, una memorable muestra antológica. En esta ocasión, más de 220 obras acreditan la originalidad y la coherencia de un creador que soñaba ser un chamán y evocaba así sus comienzos: “Para ser chamán hacen falta dos condiciones: haber rozado la muerte o haber padecido una larga enfermedad. Yo he vivido ambas experiencias: a los diecisiete años sufrí un ataque cardíaco y como consecuencia tuve graves problemas de salud. Eso me dio una especie de hipersensibilidad y clarividencia que me permitía ver la interioridad de las cosas…”

Alentado por la figura de su abuelo -librero y editor- y por la curiosidad intelectual de su padre, que poseía una selecta biblioteca, el joven Tàpies se interesó por el existencialismo, el marxismo, el psicoanálisis y la gran literatura rusa -Dostoievski, Chejov-, decantándose muy pronto por el pensamiento extremo-oriental: el “Tao-Te-Ching”, el “Rigveda”, el “Ramayana”, los “Upanishads” o el “Bhagavad Gita”, con especial predilección por la poesía china y japonesa -sobre todo por el haiku- por obras como “El arte japonés”, de Tsuneyoshi Tsudzumi, y “El libro del té”, de Kakuzô Okakura, su favorito. (En su primera exposición personal de París, en 1956, un grupo de japoneses le buscó para decirle que algunos cuadros producían la misma sensación que los jardines de arena de Kioto.)

Escoltada por la reflexión y por la duda fértil, la obra de Tàpies sorprende por su coherencia: desde sus inicios con la vanguardia de Dau al Set, pasando por las distintas fases de experimentación con la materia hasta desembocar en la melancolía de un final presentido. El subtítulo de esta exposición conmemorativa –“La práctica del arte”- sugiere el compromiso de Tàpies con la realidad personal y social, tal como él mismo lo expresa: “El arte continúa siendo, para mí, una gnosis y una moral, como en todas las grandes tradiciones estéticas. El artista trata, a través de la obra, de conocer las cosas, el mundo, la realidad. El arte es, ahora y siempre, un fenómeno de investigación del conocimiento.” Tàpies se repite, como el ruiseñor de Chiyo-ni, y no se cansa. Practica el “samadhi de la tinta”, el equilibrio mental, la espontaneidad pura y vacía transmitida por el pincel; pinta deprisa -porque la tinta china se seca de inmediato- pero intuye que el agotamiento anuncia la iluminación. La apuesta por lo real es irrenunciable. El artista lo expresa rotunda y crudamente: “Confundirse con el polvo, he aquí la profunda identidad, es decir, la profundidad interna entre el hombre y la naturaleza.” La actitud es impecable: “Es aquella sugestión de la unidad primordial, aquella forma directa de amar lo terrenal, de compenetrarnos con todo, y con todos. Y muy especialmente con la valoración de todo lo que es menospreciado, que, en años posteriores incluso se concretaría en la imagen de la paja, de la basura, de los calcetines sucios, del casi nada…”

Comentando la muestra del 2000, decíamos: “En el origen y en el fondo de su aventura artística hay algo que parece nacer de la raíz de su propio apellido: ‘Tàpies’, ‘muro’, un lienzo de pared donde se nos va revelando el pulso de la vida. (…) Sobre ese muro infinito, que nunca renuncia a su esencial austeridad, Tàpies va trazando una historia infinita. Hay, sí, un amor hondo por los objetos cotidianos, que enlaza con los bodegones españoles del siglo XVII -con los ‘cacharros’ de Zurbarán, por ejemplo-, pero hay, sobre todo, un amor, mucho más primitivo, a la materia misma, que se transforma, que vibra, que se hace mágica. A través de ella, sentimos nuestra propia transformación. Ese amor a la materia no es, en absoluto, platónico, sino profundamente sensual. Esa materia es calor, latido, desgarramiento, abrazo…  Esa materia es, siempre, hermosa. Es, sobre todo, vulnerable, como lo es el verdadero amor, y, por eso, se abre a todo: no para devorarlo, sino para darle belleza y dignidad. Sobre ese muro, sometido él mismo al estrago del tiempo y la alquimia de la transformación, brota un lenguaje de signos: letras, rasguños, rayas, incisiones…, que despiertan en nuestra mirada una misteriosa intensidad.”

Uno de los últimos proyectos de Tàpies, fechado hacia 1991, se llama, expresivamente, Celebració de la mel (Celebración de la miel), pues, según el texto sagrado de los Upanishad, la identidad espiritual entre el universo y los seres que lo integran se expresa con la miel: “Dulce como la miel es esta tierra para todos los seres. Dulces como la miel son todos los seres para esta tierra. Dulce como la miel es el Ser radiante e inmortal que ocupa el Cosmos y el Ser radiante e inmortal que habita y ocupa este cuerpo”.  Podríamos intuir, en la misma dirección, celebraciones del aire o de la luz, esas “criaturas” misteriosamente fronterizas, pero Tàpies eligió, de manera muy significativa, la miel: luminosa, pero espesa; sutil, pero intensa; una materia que se palpa y que se saborea, y que se asocia simbólicamente a la sabiduría y a la profecía.

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Abril 2024. Gonzalo Marquina Arcos

Dia de las niñas.
Otra vez, mamá humedece
el peine en el riachuelo

Warmi warmakunapa punchawnin
Mamay mayupi
Ñaqchata nuyuchin

 

Vuelven las gaviotas-
Entre las islas,
los colores del ocaso.

 

“Mira la nube”, dijo
señalando la superficie del agua.
Plaza de Huamanga.

雲を見てと水面を指差してワマンガの広場

Kumo wo mite
to minamo wo shisashite
Wamanga no hiroba

 

Viejo estanque.
La sombra de una hoja
distrae mi lectura.

 

“Y tienes que comer todo”,
le dice el niño
al perro anciano.

 

El vagabundo
también sonríe al contemplar
los colores del ocaso.

Los tlacuachitos saliendo del marsupio

Los tlacuachitos1 saliendo del marsupio

 1 tlacuache: Méx. Zarigüeya

 En esta serie de entradas no podía faltar una que intentara hacer justicia al propio nombre de la sección: Celebrar la vida. Por ello, en esta entrega comentaremos algunos haikus que cantan a la vida y se emocionan con la existencia por el mero hecho de ser y de seguir estando. El misterio de la vida, que suscita más preguntas que respuestas, es el tema principal de lo sagrado —no hay nada más sagrado que la propia vida—, que bien merece una selección y comentario por todo lo alto.

 

Acahuale2
y los tlacuachitos
saliendo del marsupio

2 acahuale: Méx. Derivación paragógica de acahual, ‘girasol’ o ‘hierba alta y de tallo algo grueso de que suelen cubrirse los barbechos’.

 

El exotismo fónico-léxico de este haiku para oídos españoles no resta un ápice de entendimiento en cuanto al sentimiento que transmite: la alegría del haijin por ser testigo de escena tan tierna como ver a esos tlacuachitos que salen, independientes, a continuar con el ciclo de la vida. El primer verso aporta una nota de compasión: los acahuales, que esconden a las zarigüeyas, los protegen de la crueldad del mundo que les espera afuera.

No podría faltar en esta sección un haiku que tratara sobre el agua como generadora y fuente de vida:

 

La Sagra en verano.
Por donde pasa el río
verdean los surcos

 

En este haiku tan delicado, la autora percibe en un entorno privilegiado que aquellas zonas contiguas al río reverdecen más que las más lejanas. Se emociona con el hecho de que el agua posibilita la existencia de vida, y no juzga si dicha vida es más o menos compleja que otra, pues, al fin y al cabo, todas y cada una de las formas de vida existentes tienen ese derecho a existir.

 

Escarcha en la huerta
Los saltos del potrillo
que se ha curado

 

La enfermedad y el dolor, inherentes a la existencia, quedan superados en este haiku magistral que, con palabras y gestos muy sencillos, encierra una gran lección de vida. La alegría del potrillo es evidente: está tan feliz que salta de alegría por haberse recuperado. ¿No es maravilloso que podamos emocionarnos con los sentimientos de otros seres? ¿Acaso no es motivo de alegría saber que otros seres son felices? Completa la escena el primer verso, que imprime una fuerza especial al segundo polo: la antítesis del vigor, asociado de manera inconsciente al calor y a la vitalidad, contrasta con la frialdad y quietud de la escarcha presente en la escena.

 

Pacas de heno
Se tambalea el potro
recién nacido

 

Otro haiku excelente, que canta directamente al nacimiento de un ser: al comienzo de la existencia de otra entidad que antes no estaba. Dicho sentimiento inunda el haiku de ternura y compasión por el potrillo recién nacido.  El olor y el tacto de las pacas de heno, que encuadran perfectamente la escena, amplifican la dimensión y la potencia de este haiku. Nacer es un misterio para la racionalidad: más allá del instinto de procrear y perpetuar la especie; ¿acaso no hay mayor muestra de amor que regalar la vida y cuidar a otra criatura?

 

d’una flor a una altre
es van aparellant
dos papallones

 

de una flor a otra
se van apareando
dos mariposas

 

Este haiku tan elegante describe la cópula de dos lepidópteros de flor en flor. La imagen es muy bella y delicada: el vuelo intermitente de las mariposas, con cuyo movimiento doblan los tallos de las flores mientras cantan a la vida, es el aware demoledor que nos hace enmudecer ante esta estampa tan sagrada. En definitiva, un haiku de primera que revela la sensibilidad extraordinaria del autor.

 

Brisa helada.
En la mano,
un huevo recién puesto

 

Este haiku es una explosión de sensaciones. El huevo, receptáculo de vida, aún caliente, se siente casi palpitante en la mano de la autora. Contrasta el calor inherente a la vida con la brisa helada que, probablemente, haya enfriado las manos antes de tocar el huevo y cuyo calor le transmite de nuevo: ese hosomi tactual anticipa el perfecto nibutsushougeki (contraposición de dos polos no armónicos: brisa helada/calor del huevo). Dicha oposición cierra esta obra maestra con el sello propio de la vida, a saber: la conjugación acumulativa de realidades antagónicas, que, sin ser paradójicas ni excluirse mutuamente, se potencian y realzan entre sí hasta el extremo.

(Los haikus seleccionados, en orden de aparición, pertenecen a Jorge Moreno Bulbarela, Encarna, Piluca C.P., Idalberto Tamayo, mencs6 y Mavi).