Todas las entradas de: el rincón del haiku

Lázaro Orihuela

 

 

 

 

Unas palabras del autor

Nací en la antigua provincia La Habana, hoy Mayabeque, Cuba, en el verano de 1988.

De mi pueblo natal, Batabanó, me llegan los paisajes costeros del sur y los silencios de la vida campestre. Gracias a mi niñez y gracias al haiku.

Llego al haiku vía literatura; luego de las lecturas de las obras de Vicente Haya y los intercambios en el foro de El Rincón del Haiku lo asumo como un dô, un incesante aprendizaje de la Naturaleza.

Desde el 2020 dirijo Otoño Editorial, una editorial independiente para difundir el haiku como herramienta para conectar con el mundo. La Escuela de haiku Makoto tuvo la gran amabilidad de crearle un espacio en su sitio de internet, donde se pueden descargar todos los libros de forma gratuita:

http://escueladehaiku.blogspot.com/p/otono.html

Algunos de los haikus que he escrito aparecen en las antologías:

Concierto de Haiku –Los cuatro elementos- (Editorial Rompe-silencio, Medellín, Colombia, 2018).

Pisar la hierba (Edición Facultad de Derecho de Albacete, España, 2019).

Con los cinco sentidos (Edición de Concejalía de Cultura, Albacete, España, 2019).

 

Poco oleaje.

Camina en zigzag

un tinguilillo*


*ave pequeña

*

En Buajamey*

cinco cangrejos

que caminan en fila


*zona costera de Surgidero de Batabanó

*

Luna creciente.

Entre los pilotes

da vueltas un róbalo

*

Antes de salir,

en el cuarto de avíos

el olor a mar

*

Una fila de hormigas

se lleva

las pezuñas de un cangrejito

*

Está atardeciendo.

La carnada

se ha llenado de hormigas

*

Fango en las olas.

Por el monte de Batabanó

la sombra de una nube

*

Brisa fría.

Amarillea

el manglar de Batabanó

*

Pegado

a una rama seca de mangle

un cascarón de chicharra

*

Dos mariposas.

A ratos el olor

de las guayabas

*

Mediodía.

La voz de un guajiro*

pidiendo agua


*campesino

*

Abejas.

El sol de la tarde

en la guayaba madura

*

Berreras* enyerbadas.

Desde un arbusto seco

el canto del totí

 

*estanques de berro

*

Sol de febrero.

Un casucho cubierto

por enredaderas

*

 

Lo femenino en la poesía japonesa

“Al principio, la mujer era realmente el sol.
Una persona auténtica. Ahora es la luna, una pálida
y enfermiza, dependiente de otro, reflejando su brillo”.

Hiratsuka Raicho, “La fundación de Seito,
la sociedad de las calcetas azules

Con estas palabras Raicho, poeta, pensadora y activista pionera del feminismo en Japón, daba nacimiento a Seito en 1911: una revista de literatura hecha exclusivamente por mujeres. Desde esta plataforma dio forma a un movimiento literario homónimo que intentaba dar voz a las mujeres durante la restauración Meiji y reivindicar su derecho a sentir y crear. Como Raicho señala, la mujer había sido reducida a un satélite de rostro blanco, orbitando al padre, al marido, al hijo y brillando sólo de su reflejo. En cambio, el propósito de la revista es que, a través de la poesía, vuelva a su estatus de persona auténtica, o sea, recupere su propia voz, su propio brillo.

Pero Raicho lanza también una provocación, una referencia a Amaterasu, la diosa del sol. Es como si, en el Japón arcaico, la mujer hubiera sido el centro poco a poco desplazada y despojada de su brillo. Y es la poesía la herramienta para recuperar el carácter áureo. En su introducción al apartado dedicado a las filósofas en Japanese Philosophy: a sourcebook, Kitgawa Sakiko habla sobre la relación entre lo femenino y la poesía en el Japón antiguo. Señala que la feminidad era vista como una categoría estética, asociada al taoyame-buri (“delicada elegancia”). Se pensaba que algo en las cualidades que en el tiempo eran consideradas parte de la “naturaleza de la mujer”, como tener una interioridad emotiva compleja, eran fundamentales para poder entender la poesía. Este lugar privilegiado de las mujeres en la poesía está simbolizado por Murasaki Shikibu, autora del Genji Monogatari (La historia de Genji), una de las obras más importantes de la literatura japonesa. Es como si, para la tradición griega, Homero hubiera sido mujer.

Pero esta primacía de lo femenino en las artes no se limita a las dicotomías sexo-genéricas tradicionales. A partir del ejemplo del propio príncipe Genji en la antes mencionada novela, Sakiko señala que, para entrar al campo de lo artístico, es necesario participar de lo femenino, aunque en tu sociedad te identifiques como hombre. Nos deja la imagen de que lo femenino era visto como el campo de la poesía en el Japón antiguo y, con ello, para participar de ella, había que feminizarse, fuera cual fuera tu rol de género en la sociedad.

Esto me recordó  un curioso fenómeno en la poesía mística, tanto oriental como occidental. Una estrategia típica de esta poesía es describir la unión con lo sagrado en términos de una unión erótica, usando como analogía las relacione eróticas cotidianas. No es raro ver a la deidad tomando el lugar de “el amado” en el poema. Pero, a su vez, es muy frecuente que el poeta asuma el lugar de “la doncella” añorando la unión erótica con el amado. Y esto pasa aunque muchos de los poetas se identificaran socialmente como hombres. ¿Qué tiene la experiencia mística que lleva al poeta no sólo a codificarla en términos eróticos, sino a hacerlo desde un punto de vista femenino aunque, en su vida cotidiana no se identifique así? Aquí vemos otro fenómeno de feminización en la poesía. Parafraseando a Eckhart, el alma tiene que hacerse mujer para que fructifique el don de dios.

En ambos procesos podemos acusar una especie de hipóstasis de características dadas típicamente al rol de género de la mujer para dar forma a esto “femenino” abstracto en la poesía. Ya sea la emotividad o la pureza o el deseo o incluso la fecundidad, estas categorías asumidas tradicionalmente como parte de la “naturaleza de la mujer” le dan una posición privilegiada a lo femenino ante la poesía. Si aceptamos, por ejemplo, la cuestionable idea de que parte de “ser mujer” es la capacidad de procrear, en nada nos ha de sorprender que se conecte lo femenino con la procreación, con la poesía y, en última instancia, con el sol; la deidad procreadora por antonomasia.

En las siguientes décadas, el pensamiento de Raicho seguiría buscando dar razón de la singularidad femenina, el encuentro de su sacralidad perdida. Reconoce un carácter masculino tendiente a la lucha y la búsqueda de reconocimiento y uno femenino tendiente al amor, al cuidado y la reproducción de la vida. Esto se refleja en la poesía en tanto el hombre siempre busca el reconocimiento a través de su obra. Mientras que las mujeres, oprimidas y sin acceso a dicho reconocimiento, son capaces de articular una poesía más pura que no nace del deseo de ser el mejor sino del de procrear. Esta dicotomía también se presenta en lo político donde el hombre siempre apuesta por el poder y el combate. Frente a esto, ella imagina en 1930 una política articulada desde el carácter femenino del cuidado y la ayuda mutua bajo la forma del cooperativismo; un movimiento articulado desde la cocina y no desde la fábrica.

Recordando a Kawabata

                “Desde ahora, no pienso escribir ni una sola línea que no sea sobre la melancólica belleza del Japón. Y sus montañas y sus ríos serán mi alma… Y yo, ahora, tras la Derrota, torno tan sólo a la intimidad de la tristeza del Japón. No creo ni en las costumbres ni en esta vida de la posguerra. Ni creo en la realidad actual. Siento que estoy completamente apartado, que estuve apartado desde un principio del realismo de la novela moderna”. Estas palabras de Yasunari Kawabata, primer escritor japonés que obtendría el Premio Nobel de Literatura, expresan el desaliento ante la derrota de su país en la Segunda Guerra Mundial, pero expresan también la estética de un escritor decidido a mantener, frente a cualquier influencia foránea, la pureza de la tradición nativa. Nacido en Osaka, en 1899, vivió una infancia marcada por la orfandad y la melancolía. Su padre era médico y murió en 1900; un año después moría su madre. Recogido por sus abuelos en un pueblo solitario del sur, perdió a su abuela a los siete años, y a su abuelo a los quince. A los dieciocho ingresó en la sección de literatura inglesa del Instituto Superior de Tokio y tres años más tarde en la Universidad Imperial. Le gustaba pintar, pero finalmente optó por la literatura, tras haber leído con verdadera pasión a los clásicos japoneses, impregnados del sentimiento del mono no aware, que podríamos traducir como “tristeza compasiva de la belleza efímera”. Sus primeros trabajos literarios, inscritos en el movimiento de los neo-sensacionistas (Shinkankaku-ha), fueron apareciendo en diversas revistas. Aunque Kawabata leyó a escritores extranjeros, como Dostoievski, Chejov, Maeterlinck, Tagore o Maupassant, su tono quedaría marcado para siempre por una refinada melancolía, por la evocación elegante y dolorosa de una cultura antigua que, poco a poco, iba viendo morir…

                Tras el éxito relativo de “La danzarina de Izu” (Izu no Odoriko, 1926), una intensa novela breve, Kawabata se consagró, definitivamente, con “País de nieve” (Yukiguni, 1947), una novela magistral, a la que seguirían, sucesivamente, “Mil grullas” (Sembazuru, 1949-1951), “El clamor de la montaña” (Yama no oto, 1949-1954), “Las bellas durmientes” (Nemureru bijô, 1960), y “Kioto” (1961-1962). En 1968, la Academia Sueca distinguió a Yasunari Kawabata con el Premio Nobel de Literatura “por su maestría narrativa, que, con gran sensibilidad, expresa la esencia del espíritu nipón”. Al recibir el premio, el 12 de octubre de 1968, Kawabata -vestido con kimono- pronunció un discurso que, significativamente, se titulaba “El Japón, la belleza y yo”. En él evocaba a los grandes maestros del arte zen: a Myoe (1173-1232), a Dogen (1200-1253), a Ikkyu (1394-1481); los tres, poetas; los tres, sacerdotes. También, a Ikenobo Senkei, maestro del arreglo floral o ikebana, que floreció en el siglo XV, y al gran maestro de la ceremonia del té, Sen no Rikyu (1522-1591), que abordaba la ceremonia con una actitud “gentilmente respetuosa, limpiamente sosegada”. El espíritu trasmitido por Rikyu es, en esencia, el que impregna, como un perfume levísimo, la obra entera de Kawabata; sugerir, más que señalar; soledad, más que multitud; color blanco, cifra de todos los colores… “La flor solitaria -comentaba Kawabata, siguiendo a Rikyu- contiene mayor gracia que un centenar de flores… Incluso hoy en día, en la ceremonia del té, la práctica general consiste en que haya una sola flor en la sala en donde aquélla se realiza, y que sea una flor en capullo. En el invierno, es elegida una flor especial de la temporada, es decir una camelia, que lleva el nombre de ‘Joya Blanca’ o wabisuke, que literalmente podría traducirse por el de ‘Compañera en la soledad’, y se hace esta elección, de una camelia notable entre las camelias, por su candor y por su levedad, y en la sala se coloca un solo capullo. El blanco, que es el más limpio de los colores, contiene en sí a todos los demás. Y siempre deberá estar con rocío el capullo, humedeciéndolo con unas gotas de agua…”

                En aquel discurso –uno de los más intensos y atípicos en la larga historia del Nobel-, Kawabata aludía, misteriosamente, al suicidio de otro gran escritor, Akutagawa Ryunosuke (1892-1927); en realidad, lo había condenado en un ensayo titulado “Unos ojos en su trance final”: “Por más alienado que uno pueda sentirse en el mundo, el suicidio jamás constituye una forma de iluminación…” Aquella tarde de octubre, en Estocolmo, el autor de “País de nieve” reiteró esa idea: “Yo no admiro ni siento simpatía por el suicidio…” Sin embargo, en abril de 1972, Yasunari Kawabata, enfermo y deprimido, se suicidaba en su estudio de Zushi, cerca de Kamakura: al romper la cadena interior que sujetaba la puerta, apareció el escritor tendido en el suelo, con un tubo de gas en la boca. Algunos recordaron que Kawabata solía comentar: “¿Quién no ha estado a punto de suicidarse alguna vez en la vida? Todo hombre que piensa lo ha estado por lo menos una vez…”  Dos años antes, en 1970, su gran admirador y amigo, Yukio Mishima, se había quitado la vida en una ceremonia espectacular, como protesta por la decadencia japonesa. Es probable que el gesto de Kawabata -más recatado, pero igualmente radical- tuviera, en el fondo, la misma razón: un ahondamiento extremo en la “intimidad de la tristeza”, consciente de haber cumplido ya su destino: “Toda mi vida -había escrito- no es otra cosa que una búsqueda de la belleza interior y la perseguiré hasta mi muerte”.

***

Abril 2021

Fujiwara no Ietaka (1158-1237) estudió poesía con Fujiwara no Toshinari, uno de los grandes poetas y académicos de principios del período Kamakura, y fue pionero de un nuevo estilo de waka a través de su amistad con Sadaie — hijo de Toshinari — y otros. Además de ser uno de los compiladores del Shin Kokin Wakashuu — la octava antología imperial, ordenada por el Emperador Retirado Go-Toba y completada en el 1205 por un pequeño grupo liderado por Fujiwara no Sadaie — también participó en muchas reuniones y competencias poéticas. Gentil y de personalidad sincera, siguió en contacto con Go-Toba In una vez que este fue exiliado a la Isla de Oki.

Este tanka de su autoría está compilado con el número 45 en el rollo 1 de primavera del Shin Kokin Wakashuu.

梅が香に昔を問えば春の月答へぬ影ぞ袖にうつれる

ume ga ka ni mukashi wo toeba haru no tsuki kotahenu kage zo sode ni utsureru

en el aroma de los ciruelos pregunto por el pasado pero la luna de primavera, sin contestar, se refleja en mi manga

Desde la antigüedad se asociaba el aroma de los ciruelos con el pasado, y es así como el incienso con este perfume es muy popular.

En una carta fechada el 13 de febrero de 1694, Matsuo Bashou escribe a su discípulo Baigan con motivo de la muerte del hijo de este, y en ella figura el siguiente haiku, en el cual usa el primer verso del poema de Ietaka.

Si consideramos que el japonés es un idioma que, además de los componentes fonéticos y semánticos, tiene uno visual, vemos cómo Bashou involucra su sentido del olfato, el que percibe el aroma de los ciruelos, el tacto al escribir la carta, y la visión al contemplar el kanji de昔 (mukashi = hace mucho tiempo).

梅が香に昔の一字あはれ也

ume ga ka ni mukashi no ichiji aware nari

en el aroma de los ciruelos el carácter de pasado es triste

O al contemplar esta adaptación más occidentalizada:

en el aroma de los ciruelos la palabra pasado es triste

Hagamos nosotros lo mismo al disfrutar de este bello poema.

Abril 2021

Camina por el bosque absorto en sus pensamientos. La llamada tensa y airada que recibió ayer del director del psiquiátrico donde está internado su hermano, la queja permanente de su nonagenaria madre que sólo ansía ya morir, sin dolor, pero morir al cabo y abandonar para siempre este valle de lágrimas, la inesperada dolencia de su nieta que amaneció con fiebre y plagada de rojeces por todo el cuerpo -proceso vírico, le dijeron en urgencias, sin más-, la necesidad de que su hijo acabe ya la carrera y se ponga al frente del negocio, el peso de los recuerdos a una edad que avanza sin tregua y va dejando huellas en el rostro que cada mañana ve en el espejo, en los músculos y tendones que ya se resienten tras largas caminatas… le impiden recrearse en el paisaje que atraviesa como un autómata: la floración de los romeros y de las rosadas jaras que anuncian la primavera, los charcos que menudean en las oquedades de las rocas tras la escasa lluvia del domingo y reflejan en su fondo oscuro las nubes que llegan del oeste, las enormes piedras desgajadas de la meseta que se precipitan por el acantilado de pinos y arbustos, el roce coriáceo de los espartos que colonizan el llano, el graznido de los cuervos que sobrevuelan la estepa, el plumón amarillo de la oropéndola que sale veloz de su escondite, el canto aflautado del mirlo cruzando la enramada, la niebla que desciende por la ladera de la sierra y se esfuma, el sol poniente tamizado por las nubes… Sale de la espesura del bosque y desemboca en un claro de grandes losas calizas en las que se abren largas y profundas grietas que van cuarteando paulatinamente la placa mesetaria. Se asoma al borde donde se desprenden las moles rocosas y observa con asombro las minúsculas flores rojas de un lentisco que ha agarrado en la sima de una grieta, en el límite entre la planicie y el abismo, suspendido en las alturas sobre lo profundo del valle donde se espejan las aguas esmeraldas del embalse. Por unos instantes, por un sublime momento inefable, sale de su ensimismamiento y se convierte él también en el florido lentisco que contempla. Emprende el regreso. Aminora el paso para degustar la travesía con otros ojos, con otros oídos, con otro olfato, aunados todos los sentidos en la misma percepción, inmerso y fundido con la naturaleza. Ya en casa, sentado en su escritorio, abre su cuaderno, desenfunda su estilográfica y escribe, corrige, reescribe… Pausa. Abandona, da un breve paseo por el jardín, respira el aroma de los bancales que circundan la casa… Regresa. Retoma el pulso de la escritura y concibe y alumbra al fin. Sólo tres líneas, tres mínimos versos que expresen el éxtasis mudo del asombro. Solo.

Canto de perdices.
En la tierra mojada,
caracoles blancos.

Haiku 26

隅/\に殘る寒さやうめの花

Sumizumi ni nokoru samusa ya ume no hana

En los rincones, en las esquinas
el frío permanece-
las flores del ciruelo.

Algunos ciruelos florecieron aun con el frío, otros tienen pocas flores. En todos los rincones se siente el frío.

De nuevo la influencia del poeta y pintor Wang Wei:

“Has llegado a mi lugar natal
Y ciertamente conoces lo que allí ha ocurrido;
El día de tu marcha, frente a la ventana,
¿Habrán los fríos ciruelos abierto ya sus primeras flores?”

襟巻の浅黄にのこる寒さかな

erimaki no asagi ni nokoru samusa kana

En el amarillo claro
de la bufanda
permanece el frío.

Abril 2021

Hierbas que se marchitarán
en cualquier momento
floreciendo y soltando sus semillas

– Taneda Santoka
(trad. Vicente Haya, del libro «El monje desnudo», Miraguano ediciones)

«1. Respetar la Tierra y la vida en toda su diversidad

a. Reconocer que todos los seres son interdependientes y que toda forma de vida independientemente de su utilidad, tiene valor para los seres humanos.
b. Afirmar la fe en la dignidad inherente a todos los seres humanos y en el potencial intelectual, artístico, ético y espiritual de la humanidad.»
(de la Carta de la Tierra)

 

La voz del haiku en Ido

Clicar aquí para ver el vídeo

El ido es una versión reformada del Esperanto que en 1907 fue elegida oficialmente por la Delegación para la Adopción de una Lengua Auxiliar Internacional como el mejor proyecto de lengua  internacional de todas las existentes.

En esta cuarta entrega de Voces del Haiku, agradecemos la colaboración de Antonio Martínez que nos ha traducido al Ido los haikus de haijines cubanos.