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Julio 2024

CONSTRUIR

¡Ah, jacarandas,
jacarandas de Málaga!
Las jacarandas.

DECONSTRUIR

Este poema me lo inspiró una foto enviada amablemente por Susana Rodríguez, una alumna malagueña. En contra de lo que parezca, los tres versos de este haiku son algo más que una expresión admirativa de la belleza de estos árboles en flor. Son, más bien, el resultado de un impacto visual que traduce la vivencia del estar asociado a un lugar (a Málaga). De hecho, mi primera tentativa de haiku, al contemplar extasiado esta foto, fue esta:

Ahí están,
Las jacarandas de Málaga.
¡Ah, jacarandas!

Me pareció, sin embargo, que el verbo “estar” era redundante en este último haiku. Lo rehice y me salió el que ahora envío como mi modesta aportación a los amigos de El Rincón para este mes de julio. Porque el haiku es, ya de por sí, poesía del estar, así que este verbo de “estar” estaba de más. Y, por dar más razones: porque me gustan los haikus con el mínimo de adverbios posible. Y de adjetivos. Y de verbos.

    El haiku es poesía de nombres, de sustantivos (también de topónimos), percibidos a la luz del relámpago del estar, a percibidos por la resonancia de los truenos de sensaciones. Por eso, tal vez, en otros haikus míos,  o en traducciones de haikus famosos (en concreto del frecuente verso japonés de “aki no kure”), yo prefiero escribir “tarde de otoño” y no “tarde otoñal”. Me parece que esto tiene una curiosa correspondencia con el lenguaje infantil en el cual se usan pocos adjetivos y, proporcionalmente, muchos nombres. La realidad percibida por los niños –me fijo atentamente en el lenguaje de mis tres nietos que ahora tienen 3, 5 y 7 años de edad– empieza a ser comunicada a partir de nombres, sustantivaciones de la realidad que los rodea, de sustantivos; la adquisición lingüística de los verbos y de los adjetivos la realiza el niño de seis años en una fase ligeramente posterior. No soy ningún experto en lenguaje infantil, por lo que estas impresiones tal vez estén equivocadas.

   Seguramente, al leer este haiku de las jacarandas algún lector haya pensado en un famoso haiku, apócrifamente atribuido a Matsuo Bashō [hay estudiosos que lo atribuyen a Tawarabo, un haijin de senryū], sobre la impresión producida por la visión de uno de los paisajes tradicionalmente más bellos de Japón: Matsushima. Es este:

松島や          Matsushima ya
ああ松島や                                         Aa Matsushima ya
松島や                                                   Matsushima ya.

Una traducción posible:

Matsushima ¡sí!
¡Ah, Matsushima, sí!
¡Matsushima sí!

 

Mi haiku de las jacarandas puede parecer tonto. La poesía haiku puede PARECER tonta, claro. Pero la “tontería” o “trivialidad” del haiku enmascara con frecuencia una profunda incomprensión del espíritu del haiku, de la cual ahora no es el momento de hablar. En este momento me interesa más subrayar la situación concreta que estimula la irrupción de los tres versos, los relativos a Matsushima o a las jacarandas malagueñas: es la situación en que se encuentra alguien perdido por falta de palabras ante algo, ante la belleza o ante una fuerte impresión percibida por los sentidos. Es una situación que uno le pasa a veces en la vida. Es la vida que pasa. La vida que pasa. Esto tiene mucha miga.

   Cuando, al final de un reciente curso online sobre Poesía Japonesa, pedí a los alumnos, a modo de resumen del curso, que contestaran brevemente a la pregunta de “¿qué es poesía?”, uno de ellos, José Segura, de Mallorca,  me escribió para responder así: “Poesía es la vida que está pasando. Solo se trata de estar atento a lo que nos rodea”. ¡Magnífica definición! Otras definiciones fueron estas:

“Poesía es sacar un momento el absoluto real” (una definición que hubiera firmado Daisetz Suzuki, aunque él hubiera puesto en mayúscula el término de “absoluto”).

“Es desenterrar el inconsciente” (esta definición es la que ofrece una extraordinaria poeta y mujer, aún felizmente activa, Hiromi Itō).

“Es perder el yo”.

“Es simplemente perderse”.

Y, la última, mi favorita porque encaja admirablemente en mi idea de lo que es un buen haiku: “No sé lo que es. Estoy y eso me basta”.

   Y, como accidentalmente estoy en Málaga o me siento transportado a ella gracias a la foto de Susana, yo, sin necesidad de muchas palabras, afirmo a modo de reacción cuando observo tal explosión de color en Málaga:

¡Ah, jacarandas,
jacarandas de Málaga!
Las jacarandas.

Noches

“Qué hay de la noche?”, pregunta alguien a un centinela en el libro de Isaías. Y el centinela responde: “Ya viene la mañana, pero viene también la noche”. En su aparente sencillez, la cita bíblica esconde todo el misterio de la sucesión de las cosas, el mito del eterno retorno, tan esperanzador como inquietante. Ya hemos hablado de la perfecta flor de fuego que estalla al filo de la medianoche con luz cegadora, otorgando un poder ilimitado a su dueño, pero recordamos que, para merecerla, hay que trazar un círculo mágico en torno a sí y resistir a los monstruos y a la seducción de las sirenas… ¿Será ésa la “flor de agua”, que es posible ver, en un instante de iluminación, la noche de San Juan?

En uno de los poemas colectivos de haikai-no-renga aparece la imagen de un paseo nocturno sobre el hielo: al caminar, a la luz de su linterna, el poeta va pisando relámpagos…  Las antologías recogen una rica secuencia de alusiones nocturnas: por ejemplo, la siesta de los que trasnocharon tomando el fresco o contemplando la luna llena, la luna que acelera las floraciones y aviva el trino intenso, melodioso y variado del ruiseñor. Bashô disfruta de la noche primaveral y se extraña: “¿qué hacen rezando ahí en el templo?”. Ryôkan prefiere dormirla a pierna suelta bajo un cerezo en flor, y Santôka siente la delicia de ver anochecer en el camino, rodeado de agua… Sora pasa toda la noche oyendo el viento de la montaña, y Suzuki Masajo, también desvelada, escucha el mar que nunca duerme, y recuerda tal vez a Safo: “Es medianoche. Se ocultan las Pléyades, y yo sigo durmiendo sola”. Esa es también la soledad que Uemura Tengyô siente en la habitación de un hotel, oyendo el bramar de los ciervos, y la que le sugiere a Sumitaku Kenshin el brillo de un teléfono, o a Saitô Sanki el ascensor que sube en silencio y retumba en la noche.

La Vía Láctea se despliega sobre los arrozales de Asia y sobre nuestros campos. Allí y aquí, los riegos nocturnos parecen más lentos, a la luz de las estrellas o bajo el resplandor de la luna que se enturbia en los cauces y arranca brillos fugaces a la azada… Aquí y allí se percibe un drama que amenaza al planeta: la extinción de las luciérnagas, esas misteriosas criaturas que Chiyo-ni evocaba poco antes de morir. Se las veía mejor en las noches sin luna, viniendo del campo por las trochas oscuras y pedregosas, junto a los cauces y los manaderos de agua, brillando como pequeñas estrellas caídas entre la maleza… Un niño se duerme contemplando los racimos de uva que cuelgan del techo y acunado por el rumor de la fuente de la plaza: un rumor incesante que le recuerda el molinillo de junco que sigue girando entre dos piedrecillas, día y noche, en la corriente de un regato. Ojalá vuelvan las luciérnagas, pues, como dice un refrán sefardí -con su peculiar ortografía-, “la ora, la más escura es para amanescer”.

***

El olor del hinojo al granizar

“Con lluvia, este camino sería otro camino, este bosque otro bosque”.
Patrick Rothfuss

 

¿Qué tendrá la lluvia para sobrecoger con su repiqueteo silencioso?

El olor del hinojo
al granizar –
Arrecia la lluvia

 La fuerza de la imagen transmitida es formidable. En este haiku se aprecia la violencia de la escena: llueve y graniza con fuerza, y el hinojo, que es golpeado sin piedad por las inclemencias meteorológicas, huele más aún por la lluvia que le cae. ¿Acaso no es mágico percatarse de que el agua, amén de dadora de vida, también realza y dignifica las cualidades inherentes a las propias realidades? En medio de la crudeza de la escena, el haijin se percata de que la lluvia acentúa el olor del hinojo, y lo pone por escrito con este potentísimo aware.

De pronto lluvia…
el olor de la tierra
en el cachorro

 Nos encontramos ante otro haiku cuyo detonante, el agua de la lluvia, actúa como amplificador de las sensaciones percibidas. El cachorro ya tiene su olor característico, pero la tierra empapada de lluvia lo impregna de petricor1, el cual se mezcla con su propio olor. La potencia de ambos olores combinados parece percibirse aún mayor con la escena a oscuras. La lluvia, al restar luminosidad a la escena, reduce el marco espacial del haiku, y concentra más sus elementos en torno a un punto, de suerte que confiere más importancia a los demás sentidos al centrar la atención en lo que no se ve. Una combinación atávica, la del olor de la tierra mojada con el de los propios seres, que conduce sin temor a este aware tan potente.

 1 Petricor: m. Olor a tierra mojada.

 

la lluvia de anoche
centellea
en los kakis maduros

 Este haiku de un solo polo muestra una imagen bellísima. Sobre los kakis, todavía colgando del árbol, permanece la lluvia del día anterior, que brilla con el reflejo del sol y el leve movimiento de los frutos. Se percibe también una humedad templada y el olor de la tierra mojada, cuyos tonos térreos armonizan con el color de los kakis maduros. En definitiva, un haiku de aware fino que nos invita a reparar en las deliciosas relaciones sutiles de la naturaleza.

Sabemos que la unidad temática y formal del haiku están en continua revisión, pero nosotros estamos plenamente convencidos de que el fondo del haiku determina si algo breve es haiku o no. Por ello, este de dos versos es excepcional:

Grillos…
La lluvia de otoño

 ¿Hay que decir algo más? ¿Se puede describir mejor esta escena con menos palabras? Para nosotros, no: está todo dicho, no encontramos palabras para explicar lo que acontece. El haiku no puede celebrar la vida con más intensidad que de esta forma. Solo nos queda invitar a releer de nuevo este magnífico haiku con el fin de saborearlo y deleitarnos con su sublime sencillez.

Pasa un mirlo.
De la col se derrama
la lluvia de anoche

 Este haiku rebosa tanta sutileza como agua derramada de las hojas de las verduras de la huerta. La haijin nos dice que ha llovido, y que esa lluvia permanece acumulada en las hojas de las coles. Y, al planear bajo un mirlo, provoca una onda lo suficientemente expansiva como para derramar el agua de dichas hojas. ¿Acaso hay algo más bonito que ser consciente de las relaciones que conectan todas las cosas, que este musubi entretejido que, gracias a la mirada fina de la haijin, nos deja extáticos por habernos descubierto semejante momento tan hermoso? Este haiku nos enseña que el sentido de la vida, en este aware colosal, está en el agua y el viento entremezclados.

 Cambia el tiempo
Con las primeras gotas
chirrían las brasas

Concluimos esta sección con otro contraste prehistórico: el contacto del agua con el fuego. Empieza a llover sobre las brasas, que sollozan al apagarse con ese sonido tan característico y cicatrizan en tizón que huele a madera quemada. La paleta de colores del haiku se oscurece y la atención cromática se focaliza en las brasas incandescentes, condenadas a extinguirse si sigue lloviendo. Además del contraste visual, olfativo y sensorial —el olor de esos nubarrones, el tacto de la lluvia, el crepitar de la hoguera, la madera quemada—, precioso de por sí, el aware se amplifica al tener lugar en la dimensión vertical: el humo asciende del suelo al cielo, y la lluvia cae al revés: del cielo al suelo. En el eje horizontal se sitúa el plano de la escena, pero el aware transcurre a lo largo del eje vertical. El mundo, tal como demuestra este haiku mágico, es un milagro tras otro en todas las direcciones de los ejes cardinales.

(Los haikus seleccionados pertenece, en orden de aparición, a Gorka Arellano, Bibisan, Mavi, Gorka Arellano, Hikari e Idalberto Tamayo).

Julio 2024

El artículo de este mes lo escribo mientras vivimos una serie de temporales; eventos climáticos de intensa lluvia y fuertes vientos, que me traen el recuerdo del clima de mi niñez. Días y días de lluvias continuas, que, dado el fenómeno de la Niña —o eso es lo que dicen los meteorólogos— prácticamente olvidamos y las nuevas generaciones nunca conocieron. Pero este año nos visitó el Niño y, por lo tanto, hemos tenido el otoño más lluvioso en décadas. Estos cambios en el comportamiento de las estaciones me llevan a pensar en lo interesante de un estilo poético que no sólo incorpora su utilización, algo bastante usual en la poesía de muchos países, pero que además, lo regula y sistematiza. Uno de los desafíos más evidentes es la desconexión entre los términos que se pueden utilizar y la correcta representación de la estación que el poeta está contemplando y quiere expresar. Porque debemos recordar que el kigo en japonés es una palabra establecida, aceptada e integrada a los diccionarios con la fecha o el período desde el cual se usa; no cualquier palabra es válida como kigo. Este desafío, o problema, según se quiera mirar, tal vez sea una de las razones de que el haiku contemporáneo no lo considere como obligatorio. Pero, por otra parte, también nos ofrece una ventana al pasado, una forma de conocer de qué manera se manifestaban los cambios durante el año en épocas más o menos lejanas.

Luego de esta larga reflexión, comenzaremos con el tema a tratar en julio. En nuestra revisión de las categorías en que se dividen los kigos ya hemos visto 時候 jikou o estacional, 天文 tenmon o astronomía y 地理 chiri o geografía; este mes le toca el turno a 生活 seikatsu o vida diaria. Tal como su nombre indica, se refiere a los aspectos cotidianos de las personas. Los kanjis que componen el término son 生 sei o vida y 活 katsu o actividad. Se divide, a su vez, en cinco grupos: general, trabajo y estudio; juego y deportes; ropa y accesorios; comidas y cocina; vivienda y utensilios o herramientas. Es de las categorías con más palabras, junto con 植物 shokubutsu o vegetación, y también la que incorpora mejor el cambio en las costumbres y tecnologías a través de las épocas. Por ejemplo, si analizamos algunos de los correspondientes a fin del verano, nos encontramos con palabras como 梅酒 o umeshu: sake hecho en base a remojar ciruelas verdes en shochu junto con azúcar y dejándolo envejecer. Suele madurar durante el verano y es una excelente bebida fresca para combatir el calor. Otro término es ナイター o naitaa, el que hace referencia a un partido de beisbol que se juega en la noche con iluminación artificial. Jugar bajo el calor abrasador es agotador tanto para los jugadores como para los espectadores, por lo que los partidos comienzan al atardecer y continúan hasta medianoche. O 砂日傘 o sunahigasa, gran parasol para utilizar en la playa y protegerse de los rayos del sol.

Para completar la estación, los haikus que traduje este mes corresponden a 晩夏 banka, fines del verano; período que comprende julio en el calendario actual o el sexto mes del calendario lunar, Minadzuki.

Kigo: 夏休み natsu yasumi; vacaciones de verano. Con la variación 暑中休暇 shochuukyuuka. En la mayoría de las escuelas va desde la segunda mitad de julio hasta fines de agosto, en muchas compañías dura una semana, habitualmente para el festival de Obon. El propósito principal de este descanso extendido es pasar tiempo con la familia y amigos, o viajar de vuelta al hogar a visitar familiares.

Período: 晩夏 banka; fines del verano

Categoría: 生活 seikatsu; vida diaria

Haijin: Fukunaga Kouji (1938-1980)

黒板にわが文字のこす夏休み

kokuban ni waga moji nokosu natsu yasumi

dejo mis palabras en el pizarrón, vacaciones de verano

Kigo: 水着mizugi; traje de baño. Con la variación 海水着 kaisuigi. Se comenzó a utilizar como kigo a partir del período Taishou (1912-1926).

Período: 晩夏 banka; fines del verano

Categoría: 生活 seikatsu; vida diaria

Haijin: Gotou Hinao (1917-2020)

父母に𠮟られさうな水着買ふ

fubo ni shikararesou na mizugi kau

compro el traje de baño por el que probablemente seré regañado por mis padres

Kigo: 避暑 hisho o escape del calor. Para escapar el calor del verano la gente viaja fuera de la ciudad en busca de lugares más frescos, como el mar, las montañas. Pueden ser viajes cortos de algunos días.

Período: 晩夏 banka; fines del verano

Categoría: 生活 seikatsu; vida diaria

Haijin: Takama Reiko

避暑散歩手作りジャムの小店まで

hisho sanpo tedzukuri jamu no shouten made

paseo para escapar del calor hasta la pequeña tienda de mermelada casera

Kigo: 虫干 mushiboshi o aireado de ropas. Con las variaciones 土用干 doyouboshi y 曝書 bakusho. Durante el período de 土用 o doyou (los 18 días previos al cambio de estación) de verano, se sacan al sol la ropa, libros, rollos decorativos, etc. para airearlos y evitar el daño por moho e insectos.

Período: 晩夏 banka; fines del verano

Categoría: 生活 seikatsu; vida diaria

Haijin: Kutsuwada Suzumu (1923-1999)

虫干や遺影の兄は椰子に凭り

mushiboshi ya iei no ani wa yashi ni yori

mi hermano, aireando las ropas y el retrato del fallecido, se reclina en la palmera

Espero que, independientemente de la estación que estén viviendo, y de cómo esta se manifieste, puedan disfrutar de bella poesía, entre ella estos haikus que les traje este mes, como el del haijin Gotou Hinao, quien vivió hasta sus 103 años componiendo en este hermoso estilo poético. Gracias por caminar conmigo este sendero que mes a mes profundiza más en El mundo del kigo.

¡Hasta el próximo mes!

Junio 2024

CONSTRUIR

Muñeca rota
En la calle tirada.
Cae la tarde.

DECONSTRUIR

Al contemplar ese juguete de piernas rotas tirado al suelo. Fue en el curso de un paseo realizado al final de la tarde de un día de estos. Me pareció una visión triste y me vino a la cabeza la imagen de una desconocida mano infantil y amorosa que algún día, sin duda no hace mucho tiempo, se entretuvo jugando con esta muñeca. Hoy la muñeca tiene las piernas rotas y está abandonada en el suelo de un parque.

Pensando esto, pude haber escrito estos otros versos:

Abandonada
De manos infantiles,
Las piernas rotas.

O estos otros:

 El sueño roto
con manos infantiles
de esta muñeca.

 O

 En plena calle,
Muñeco abandonado.
Final de mayo.

O bien estos:

 

La larga sombra
De un muñeco tirado.
Al caer la tarde.

Pero a estos cuatro haikus me parecía que les faltaba ese asiento de sencillez e inocencia que, a mi juicio, sobre el que debe descansar un buen haiku. Eran rebuscados. Así que me decidí por el primero, el de CONSTRUIR, el de la muñeca rota. Incluso en este, apurando aún más la búsqueda de la sencillez, pudiera cambiar el tercer verso por este otro: Ya es tarde. Tiene una sílaba menos y aporta otro significado distinto, pero le da una variación más espontánea. Aún más sencillo, podría ser este otro

Una muñeca
Tirada en la calle.
Cae la tarde.

Hablando de juguetes rotos, me viene a la cabeza un poemario titulado «Juguetes tristes» (Kanashiki gangu / kanashiki). De Takuboku Ishikawa (1886-1912). Fue publicado póstumamente a su temprana muerte. Takuboku, un seudónimo con el hermoso significado de «el árbol que susurra», revolucionó la poesía de su tiempo aportando sentimiento individual, frescura,  sinceridad sin filtros, lo que entonces se llamaba realismo, un ideal poético perseguido por muchos autores de su tiempo a raíz del descubrimiento de la poesía inglesa y francesa. De este gran poeta, quiero ofrecer algunos poemas en traducción de Atsuko Tanabe:

¡Ay, el silencio de muerte
de la arena
que se cuela entre mis dedos!

O este otro, en forma de tanka, pero con aires de senryū:

Mis recuerdos
Se parecen mucho
Al mal humor
Cuando me pongo
Calcetines sucios.

Más famosos son los tankas de su poemario Puñado de arena, como este, tristísimo, del juego con el cangrejo (trad. de Antonio Cabezas):

En la playa de una islita oriental
En la arena blanca
Jugaba yo
Con un cangrejito
Y lloraba, lloraba.

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Aún aprendo

Antonio Machado nos recuerda -a través de su heterónimo Juan de Mairena- algo que oyó decir a un aceitunero sevillano: “Todo lo que sabemos lo sabemos entre todos”. Quizá por eso, Machado decía que la mayor gloria para un poeta es escuchar sus versos en boca del pueblo, como si fueran anónimos. (Anónimo es, según un conocido haiku de Shiki. el autor de un poema magistral sobre la primavera). Bashô acertó a definir en varias pinceladas la esencia del haikai: novedad, inmediatez, ligereza, inocencia, equilibrio entre lo perenne y lo efímero, y, en definitiva, sinceridad. Una y otra vez vuelven a nuestra memoria, iluminándola, sus aforismos: “No sigas las huellas de los viejos maestros; busca lo que ellos buscaron”; “Aprende las reglas y, luego, olvídalas”; “el haikai no está en la letra, sino en el corazón”…

Evocando la difícil facilidad del poema, recordamos a una Chiyo-ni insomne, bloqueada en su intento de escribir sobre el cuco, que, al ver amanecer, encuentra por fin la inspiración en su propio bloqueo. Y recordamos a Setsuko Nozawa, que expresa su desconcierto al recibir de manos de su maestro una nuez, como si fuera un enigma. Pero entre todos sabemos lo que sabemos, y frente a la crispación y a la vanidad, un proverbio yoruba nos dice que “el trato con personas sencillas refresca la mente”.  Sin olvidar la energía de algunos mensajes silenciosos: el de Buda, haciendo girar una flor en su mano; el de la niña que -según Dostoievski- señala con su dedo acusador a quien la ha violado; o el del monje Shisui, que se despide de la vida dibujando en el suelo un círculo, símbolo del vacío y de la iluminación.

En la Academia de Bellas Artes de Madrid sigue abierta -hasta el 23 de junio- la exposición “Goya. El despertar de la conciencia”, junto a las planchas de todos los grabados del genio aragonés, recientemente restauradas. Asombra la intensidad con que el pintor vive la vida en todo su arco palpitante, exaltándola -incluso en sus vertientes más sombrías- y ensanchándola infinitamente con su arte genial, de pie entre un mundo viejo que agoniza resistiéndose y un mundo nuevo que no acaba de cuajar. En sus últimos años, de 1819 a 1828, Goya abraza la litografía, un nuevo recurso pictórico que le permite seguir desarrollándose como artista y que le lleva a un renacimiento personal y vital. La litografía “Aún aprendo”, realizada en 1826 (dos años antes de su muerte) lo dice todo. También Basó aprendió a pintar al final de su vida, ilustrando algunos de sus propios poemas, en la reciente tradición del haiga. También Sócrates y Fernando Zóbel aprendieron a tocar la flauta poco antes de morir. Toda una confesión de humildad y todo un desafío.

***

De noche aún arrancan patatas

En esta entrada, de carácter más teórico, quisiera hablar sobre un valor estético típicamente japonés denominado yûgen. Podemos aproximarnos a la comprensión de yûgen por su etimología: está formado por composición de dos caracteres chinos: (profundidad, oscuridad), y gen (misterio, sublimidad). En sentido estricto, yûgen sería el misterio que encierra algo oscuro o profundo cuyo fondo no llega a percibirse por el hecho de serlo, como si hubiese una cortina vaporosa que separase la realidad de lo que hay más allá de ese medio. Nosotros entendemos que el yûgen se manifiesta a través del medio físico en el que acontece el haiku, que debe tener un carácter absorbente, en el cual las demás realidades entran y dejan de percibirse por sumirse en dicho medio:

Entre la niebla
esparcen el estiércol –
no calla el sapo

El haiku anterior tiene yûgen por la niebla: dentro de ella, las personas que esparcen el estiércol parecen perder entidad; no se ven con definición sus movimientos, sino simplemente se intuyen. La corporeidad de los entes se difumina porque no se oponen al medio que los absorbe. No ocurre así, por el contrario, con el sapo, cuya presencia se manifiesta en su croar incesante. No sabemos dónde está, pero se le escucha: tiene algo que lo distingue de la niebla y no es absorbido por ella. Los humanos, por el contrario, no tienen nada con que resaltar: su entidad “sin reforzar” es subsumida por la niebla, y desaparecen en ella.

No es descabellado, pues, pensar en que el yûgen es un valor principalmente visual, pues es el sentido que mejor permite percibir ese adentrarse, ese ser absorbido en las cosas, y desaparecer en ellas. En la atmósfera de yûgen, la identificación parcial —tradicionalmente occidental— entre lo que se ve y lo que está es aún más evidente (vid. serie “Bashô”, §1.º Transparencia, Mavi Porras, El Rincón del Haiku, sección Debates). Es más; esa identificación apunta a la propia impermanencia de la existencia en cierto modo, pues el ser, aun estando, deja de estar por desaparecer en el medio, por dejar de percibirse.

Otra imagen tradicional que evoca yûgen es la oscuridad de la noche:

Se va haciendo de noche
Hacia la ciénaga
miles de grullas

 En este haiku se combinan las grullas, que se alejan del campo visual, con el anochecer. La oscuridad asociada con la noche acentúa aún más esa sensación de que las grullas son engullidas por un fondo oscuro, que no se resisten a ser atrapadas por el medio. A la sensación de atrapamiento quizá contribuya también la viscosidad de la ciénaga. Un haiku de similitudes que resulta una delicia formal para el paladar de los sentidos.

Noche de enero.
Los ojos del cacomixtle1
en el sabino.

1 Cacomixtle: Hond. Mamífero de la familia de los vivérridos, de color pardo y cola anillada, emparentado con los mapaches.

En este haiku, elegido a propósito con afán ejemplificador, se evidencia que no posee yûgen —que no es ni bueno ni malo, dicho sea de paso—, pues si bien la oscuridad de la noche sume en ella a las realidades que acontecen, no es capaz de absorber la luz brillante de los ojos del cacomixtle. Dichos ojos, al destacar en las tinieblas, no desaparecen en ella: se muestran como son, sin confundirse progresivamente con el medio absorbente hasta formar parte de él.

Finalmente, mostramos otro haiku que rebosa yûgen, donde los hombres quedan sumergidos en la combinación de la noche y la arena del desierto:

Calina.
De noche aún
arrancan patatas

Esperamos que esta entrada acerque la comprensión de un valor estético tan escurridizo como el yûgen, tal como nosotros lo entendemos.

 

(Los haikus seleccionados pertenecen, en orden de aparición, a Hikari, Encarna, Roxana Dávila y Mavi, respectivamente).

Viento

Junio 2024
Otoño – invierno
Córdoba, Argentina

Viento

A la hora de enfrentarnos a poetas como Santôka (cuya irreverencia a las reglas formales propicia su originalidad) podemos abrirnos hacia un campo de exploración sumamente interesante para configurar líneas de lectura cuando entendemos que el haiku trasciende sus tópicos, sus estereotipos, su código poético. Creo que si seguimos sosteniendo que ciertos kigo o kireji tienen un sentido determinado y leemos el haiku contando silabas y apostando por la acreditación o desacreditación de estas, tal vez logremos saber poco y nada de los desafíos que presenta esta escritura poética y el modo en que se modernizó durante el siglo XX. Por esta razón, en esta entrada de ir sin fin, quisiera ampliar el título de esa columna hacia otro lugar: ir sin fin en la lectura, esto es, prescindir de los diccionarios y manuales de haiku para abrirnos a la lectura creativa. Y digo prescindir, lo que no significa abandonar. Sino permitirnos el delirio de una lectura, no solo por el placer de él sino también por el entusiasmo de descubrir lo que hay entre los trazos del haiku.

Tetsuro Watsuji en Antropología del paisaje (Fudô) elabora una hipótesis en torno a las relaciones entre los distintos agentes que participan del clima y los paisajes en relación con el hombre. Específicamente, Watsuji propone una fenomenología del paisaje donde el hombre se explica a través de su entorno. Para argumentar esta hipótesis recurre al concepto de kimochi, “un temple o disposición anímica” que no es un simple rasgo psicológico sino que evidencia un estado de existencia que involucra, al clima, al paisaje y al conjunto de relaciones de existencia humana. Sin embargo, este kimochi no es experiencia cultural codificada, sino que se modula cuando se presta atención a las posibles interpretaciones del haiku.

  Para esta ocasión elegí, el viento. Y elegí el viento para presentar esta idea porque creo que es uno de los fenómenos atmosféricos con más variaciones y una amplitud de kimochi, o diré, de temple, en el haiku. El viento es vendaval, es brisa, el soplo de otoño, pero también se aparece en la forma de los pinos, en el sonido de un furin, en los remolinos de hojas secas. En todas estas manifestaciones el viento moviliza un temple imprevisible, inesperado, particular en uno y cada uno de los haikus. Si el sonido de la campana es manifestación de un viento suave con la fuerza justa para hacer sonar la sutileza del furin, es porque para dar cuenta de él hay un yo que pone el oído antes de la escritura. Watsuji denomina esta relación como “el peso del paisaje [y el clima] en nuestras vidas” (39). Y particularmente, para el filósofo japonés, las expresiones tópicas del haiku expresan mejor que cualquier otro elemento cultural ese peso. Detengámonos un minuto a leer las siguientes líneas de Watsuji:

El estado de ánimo luminoso de un día claro de atmósfera diáfana, el kimochi oscuro de un día de humedad densa y calor sofocante, el sentirse rebosante de vida al contemplar el nuevo reverdecer o el frescor de lluvias primaverales, el temor ante la tempestad…Podríamos seguir enumerando así todas las expresiones poéticas tópicas de los versos haiku japoneses y aún no habríamos expresado por completo el peso del clima y del paisaje sobre nuestra vida, que ofrece una gama tan rica de determinaciones ambientales. Ciertamente, no sólo llevamos con nosotros un pasado sino también uno ambientes y unos paisajes. (Watsuji, 2006: 40)

Sin embargo, dudaría de afirmar que ese peso se manifiesta de una manera tópica, en otras palabras, siempre del mismo modo. Esto significa que la caída de las flores de cerezo evoca cierto sentimiento invariable en el “alma poética” japonesa. Efectivamente, existe un kimochi específico en relación con ese fenómeno, pero podríamos afirmar que a todos los lectores afecta de la misma manera. Y no solo pienso en los occidentales, sino también en los japoneses, porque creo que no deberíamos desestimar la creatividad que reside en los lectores, cuya predilección por este tipo de poema no solo es un poco excéntrica, sino también de cierto entusiasmo. En este punto se abre otro cantar, que requeriría una investigación en antropología de la lectura con lectores de haiku japoneses que llevaría años y creo sería imposible reponer. Pero me atrevo a quedarme con esta idea, y confirmar en la potencia de la lectura poética así como en la potencia significativa del haiku.

Ahora bien, creo que Santôka, ante al viento, muestra un temple bastante distinto. Si se me preguntara por qué creo esto, no podría precisar exactamente de dónde proviene ese gusto por el viento, por el aire, por lo invisible; una preferencia por la levedad y lo invisible que clausura las preguntas y las respuestas. En la antología El monje desnudo, Vicente Haya ante el siguiente haiku de la sección “viento”:

秋風の石を拾う

Akikaze no ishi wo hirou

Con viento de otoño
recojo una piedra

(2006, 174)

Haya encuentra este haiku “perfecto”. Lo es: breve, sencillo, simple en su escritura; expone una imagen fuerte. Ante el viento de otoño, el poeta recoge una piedra. Nada motiva este gesto, como nada motiva al viento. Esta falta de motivación se convierte en el motivo poético del haiku. Es maravilloso: con una sola frase, resume, y me atrevo a decir con mucho pudor, una verdad vital: una vida lo es por imprevisible. Aunque busquemos certezas en los pasados y creamos en la racionalidad que instaura el orden de la causalidad, lo cierto es que si nos entregamos a la vida poética es porque ahí reside el alivio de lo no calculable. Suponiendo, si es que esto es posible, que lo poético contradice el orden de los racionales, lo imprevisible “el gesto inocente” de recoger una piedra sin motivos nos introduce en el orden de lo poético como aquello que, parecido a la vida, no tiene fines, ni destino, demuestra un sin razón y la validez de esa sin-razón, de la estupidez.

どうすることもできない矛盾を風ふく

dō suru koto mo dekinai mujun o kaze fuku

No hay remedio
El viento sopla
contra mis incoherencias

(2006, 104)

*

さて、どちらへ行かう風がふく

Sate, dochira e ikô kaze ga fuku

 Bien, ¿a dónde vamos?..
Sopla el viento

(2004, 33)

*

何を求める風の中ゆく

Nani o motomeru kaze no naka yuku

¿Qué pretendo encontrar
internándome en el viento?

(2004: 159)

*

山から風が風鈴へ生きていたいよおもふ

Yama kara kaze ga furin e ikite itai to omou

Un viento que va
de la montaña a la campanilla…
Yo quiero seguir viviendo…

(2006: 181)

Trad. Vicente Haya

*

あれこれ食べるものはあって風の一日

arekore taberumono wa atte kaze no ichinichi

Picando de esto y aquello, viento todo el día.

*

松風すずしく人も食べ馬も食べ

Matsukaze suzushiku hito mo tabe uma mo tabe

Confesión: Algunos haikus dejan solos a los traductores. Si solo nos guiamos por nuestros conocimientos del vocabulario poético, inicialmente traduciríamos matsukaze como “el sonido del viento entre los pinos”. Una imagen preciosa, una de esas palabras japonesas que particularizan lo más ínfimo. No es solo el viento o el sonido, sino específicamente un sonido envolvente, que embota a quien lo percibe dentro de un bosque y solo ocurre entre los pinos, solo cuando el viento sopla. Este sentido de matsukaze se combina muy bien con susushiku, que es fresco y agradable. Pero veamos las imágenes siguientes: Alguien come, un caballo también. Y es ahí cuando el haiku nos hace volver al principio. Podríamos traducirlo como: «El sonido del viento entre los pinos. Refresca, alguien come y el caballo también»; podrían comer cualquier cosa, pero inmediatamente se asoma otro sentido de matsukaze: un tipo de galleta espolvoreada con azúcar y semillas de sésamo. Así habría otro tipo de traducción: “Alguien come galletas frescas, el caballo también”. En esta última traducción, habría cierta gracia que distaría mucho del contenido elevadamente estético de “el sonido del viento entre los pinos”. Pero lo grandioso es que ambos sentidos se combinen en un mismo haiku.

Pienso que este tipo de haikus merecen menos traducción que explicación; así, cada lector puede construir la pluralidad de la imagen en la cabeza, reírse y emocionarse a la vez, recordar las valencias del sentido del poema aunque no lo recuerde en japonés. O bien, habrá quienes decidan, con valentía, enfrentarse al instante de decisión sobre la lengua e imponer su traducción, tarea igualmente válida. Pero, insisto, en aprender a abrazar la poesía más allá de sus palabras, cultivar el sentimiento poético, esas variaciones del kimochi que se producen por el olor a galletas recién horneadas, por el sonido del viento y el frescor que trae junto al aroma de los pinos.

*

けふもいちにち風をあるいてきた

Kefu mo ichinichi kaze wo aruitekita

También hoy: caminé todo el día contra el viento.

*

春風の鉢の子一つ

Harukaze no hachi no ko hitotsu

 Solo brisa de primavera en el cuenco de un niño.

*

ふる郷忘れがたい夕風が出た

furu sato wasure gatai yūfū ga deta

Sopla, el inolvidable viento nocturno de mi pueblo natal.

*

秋風の鶏を闘はせてゐる

akikaze no niwatori o hasete iru

Viento de otoño. Los gallos salen de riña.

Trad. Julia Jorge

Referencias

Santôka (2004). Saborear el agua. Trad. Vicente Haya. Madrid: Hiperión.

_______ (2006). El monje desnudo. Trad. Vicente Haya.  Madrid: Miraguano.

_______ (16 de septiembre de 2014) 草木塔 [Pagoda vegetal (selección de haikus)]. Aozora Bunko. Recuperado de: https://www.aozora.gr.jp/cards/000146/files/749_34457.html La traducción es nuestra.

Watsuji, Tetsuro. (2006) Antropología del paisaje. Trad. Juan Masiá y Anselmo Mataix. Salamanca: Ediciones Sígueme.

Junio 2024

Escribo el artículo para junio en una fría noche, en espera del frente lluvioso anunciado para los próximos días. Abrigada y con la estufa como fiel compañera, recuerdo con los kigos de este mes el verano del 2019, en el que estuve estudiando en Japón y sufriendo con la temporada de lluvias, cuando el calor sofocante y la alta humedad hacían la vida compleja, pero también ofrecían una vegetación hermosa y unos cielos azules radiantes.

Este mes volvemos a nuestra revisión de las categorías en que se clasifican los kigos. Ya hemos visto 時候 jikou o estacional y 天文 tenmon o astronomía, por lo que este mes corresponde 地理 chiri o geografía.

Los kigos que pertenecen a esta categoría muestran cómo las estaciones afectan a diversos accidentes geográficos como montañas, ríos, lagos, cascadas, y cómo se muestran el océano y el terreno. Por ejemplo, 井水増す imizumasu o pozo (noria) creciente, se refiere a un pozo que ha aumentado su nivel durante la temporada de lluvias, el cual, si está en malas condiciones, puede volverse turbio. También tenemos 五月山 satsuki yama o montañas del Quinto Mes. Habla de las montañas durante la temporada de lluvias o 梅雨 tsuyu, en la cual la vegetación que cubre sus faldas y cimas es vibrante. Otro ejemplo es 梅雨穴 tsuyu ana o brecha (abertura, orificio, perforación) de época de lluvias. Durante este período las carreteras colapsan debido a las continuas lluvias. Si se produce un derrumbe importante, podría provocar deslizamientos de tierra, lo que, a su vez, generaría grandes desastres.

Los haikus que les traigo este mes corresponden al período de 仲夏 chuuka o mitad del verano, el que abarca, según el calendario actual, junio o Satsuki, el quinto mes del calendario lunar.

Kigo: 植田 ueta, recién plantado campo de arroz. El campo se llena con agua para evitar que los vástagos se muevan, reflejando el cielo y el paisaje circundante.

Período: 仲夏 chuuka, mitad del verano

Categoría: 地理 chiri, geografía

Haijin: Kojima Ken (1946 -)

鴇色の夕雲放つ植田かな

tokiiro no yuugumo hanatsu ueta kana

los campos con el arroz recién plantado emiten nubes rosadas al atardecer

Kigo: 富士の雪解 fuji no yukidoke, nieve derretida del Fuji. La nieve del monte Fuji se derrite alrededor de junio. Los árboles en la base de este monte son exuberantes, y el propio monte parece negro y majestuoso. Variaciones 雪解富士 yukige fuji, 富士雪解fuji yukige, 富士の農男 fuji no nou otoko.

Período: 仲夏 chuuka, mitad del verano

Categoría: 地理 chiri, geografía

Haijin: Watanabe Suiha (1882 – 1946)

雪解富士幽かに凍みる月夜かな

yukige fuji kasuka ni shimiru tsukiyo kana

nieve derretida del Fuji, noche de luna ligeramente helada

Kigo: 出水 demizu, inundaciones. Las fuertes precipitaciones durante la temporada de lluvias provocan que los ríos crezcan y se desborden. Por otra parte, las inundaciones causadas por tifones se llaman 秋出水 akidemizu y son kigo de otoño.

Período: 仲夏 chuuka, mitad del verano

Categoría: 地理 chiri, geografía

Haijin: Matsumo Takashi (1906 – 1956)

木曽川の出水告げ去る小作かな

kiso gawa no demizu tsuge saru kosaku kana

la pequeña historia que revela la inundación del río Kiso

Kigo: 皐月波 satsuki nami, olas del Quinto Mes. Se refiere a las olas que se levantan en el mar alrededor del quinto mes del calendario lunar (sexto mes del calendario solar). Es la temporada de lluvias, y a menudo soplan fuertes vientos del sur comúnmente conocidos como 荒南風 arahae.

Período: 仲夏 chuuka, mitad del verano

Categoría: 地理 chiri, geografía

Haijin: Suzuki Hanamino (1881 – 1942)

引いてゆく長きひゞきや五月波

hiite yuku nagaki hibiki ya satsuki nami

arrancan un prolongado sonido, las olas del Quinto Mes

Esperando disfruten de los haikus que elegí para ustedes me despido por este mes. Les agradezco su compañía en este viaje de descubrimiento del fascinante mundo del kigo. ¡Hasta el próximo artículo!

Mayo 2024

CONSTRUIR

Lluvia de primavera.
Entre nubes inmóviles
Se oculta un pato.

 

DECONSTRUIR

Lo compuse uno de estos días de la lluviosa primavera de este año. En el camino de la sierra de San Vicente, que frecuentemente hago, cada vez que subo a El Real desde Talavera. Desde el coche, me llamó la atención el vuelo solitario de un pato, con prisa por llegar al río, que apenas tuve tiempo de ver antes de esconderse en nubes bajas y preñadas de agua. Aunque el vuelo bajo de los patos casi siempre nos parece presuroso, me impresionó su aleteo tan veloz en contraste con unas nubes que me parecieron inmóviles por su gravidez.

Quería comentar hoy la irregularidad del primer verso. Irregular  porque no tiene cinco sílabas como prescribe el haiku japonés.  Tiene siete; dos más de lo que mandan los cánones. Podía haber escribo “Lluvia vernal” y entonces cumpliría el canon métrico (llu-via-ver-nal = cuatro sílabas gramaticales, pero cinco prosódicas por acabar el verso en palabra aguda). Pero no me gusta la palabra “vernal” en el haiku. Aunque es el adjetivo propio para calificar a “primavera”, no deja de ser un cultismo. “Vernal”. No es la palabra que escribiría un niño si compusiera un haiku. El haiku, así lo entiendo, es la poesía de las palabras comunes, del habla cotidiana, de un lenguaje más infantil que intelectual o culto. En aras de esta idea que yo tengo del haiku, he sacrificado la escansión: siete sílabas donde la tradición pide cinco.

Este sacrificio lo hago con gusto. De hecho, el canon y la prescripción son dos ligaduras que me agrada romper cuando en un poema me parecen reñidos con el espíritu poético. Y el espíritu poético del haiku es la inocencia. La forma léxica de la inocencia no me parece que tenga que revestirse de un lenguaje culto porque entonces deja de ser inocente. Admito, eso sí, “otoñal”, porque la derivación de “otoño” la puede deducir un niño; pero no puedo admitir “vernal”. Son criterios que sigo en mis traducciones de poesía japonesa desde hace cuarenta años. Cada traductor o haijin tendrá los suyos. Todo es respetable.

En cierto sentido, elegir entre respeto a la métrica tradicional del haiku y respeto al espíritu poético es un eco de la oposición entre palabra y corazón, o entre kotoba y kokoro en términos del viejo debate poético de la historia literaria de Japón. Era el debate entre la insistencia entre los aspectos formales, entre la importancia absoluta de la dicción (kotoba), y la preeminencia del sentimiento poético (kokoro), de cierta libertad versificadora y expresiva.  ¿Qué elegir si uno se ve obligado a ello? Evidentemente, lo ideal será armonizar ambas nociones en la hechura del haiku. Favorecer la primera –fidelidad a la forma– en detrimento de la segunda –importancia de la inspiración– representó, en la historia de la poética japonesa, la corriente más conservadora y también la más autorizada en un Japón en donde la tradición ha jugado un gran peso. Por el contrario, favorecer a la segunda, ha sido la propuesta de escuelas poéticas más innovadoras y atrevidas, especialmente notorias en los siglos XIII y XIV. En los waka de los poetas de estas escuelas, como la Kyōgoku, representada por poetas tan exquisitas como la emperatriz Eifukumon-in (1271-1342), encontramos bastante casos de irregularidades métricas e, incluso, del uso de palabras ajenas al limitado acerbo léxico preconizado en las antologías poéticas canónicas y hasta de expresiones novedosas.  Yo, cuando compongo un modesto haiku, si me veo en el brete de elegir, me quedo con la adopción de la segunda, con la inspiración poética, con el “corazón”. Es decir, con “lluvia de primavera” antes que con “lluvia vernal”. Y que los kami de la poesía me perdonen.

Por otro lado, la imagen de los nubes inmóviles me parece que ofrece un contraste vivo con la velocidad del vuelo del pato. Las nubes inmóviles me recuerdan un viejo poema del Kokinshū, el número 463 de esta antología del año 905, la más venerada de las colecciones poéticas de Japón. Es este:

Es mi morada
Un monte fragoso
En compañía
De blancas, inmóviles nubes.
¿Qué querrán de mí?

あしひきの              ashihiki no

山辺におれば             yamabe ni oreba

白雲の                shirakumo no

いかにせよとか            ika ni seyo to ka

晴るる時なき             haruru toki naki

El poeta, que en realidad es Ki no Tsurayuki, asume el artificio poético de ser un ermitaño recluido en una montaña para ponderar su soledad. Una soledad, realzada por la única compañía de las nubes, pero rota con la amenaza de un posible reproche o interpelación de estas nubes, demasiado bajas, tal vez, para resultar indiferentes al poeta.