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series abiertas que se van actualizando, generalmente al mes

Junio de 2016

  Violeta…
con la ventana abierta
coge el pincel.

 Aomame

 

La entrega de ese mes intenta ser una especie de homenaje a dos grandes pintores de siglos pasados. Nos referimos a  Mokkei (en japonés)- Muqi Fachang (en chino) (1210-1269) y a Maruyama Okyo (1733-1795).

“Seis caquis” y “Garzas blancas”, ambas obras, conforman estos dos haiga. La  autoría de los haiku corresponden a Chiyo ni y Shiki.

Danzante

Roxana Dávila Peña
(mushi)

Todavía con la luna visible, nado en la isla. Salto al agua sin miedo. Todo es azul y silencio. Me deslizo entre cardúmenes de sardinas que destellan a mi alrededor. Remo despacio, mientras el pensamiento se queda quieto. Floto. Una raya levanta arena al pasar. También yo me inquieto. Siento el roce tibio de la corriente. No sé mucho de peces, solo reconozco al pez trompeta que avanza junto a mí, delgado y silencioso como un recuerdo que no termina de irse. Curioso, desaparece entre las piedras. En lo profundo del mar, sin prisa y ligera, me río de mi propio enredo. La vida y sus pequeñeces toman otro color, incluso veo una caracola rota en el jardín de coral.

Al mirar hacia arriba,
Abre sus alas
una gaviota.

Mayo de 2026

Indiferente
al pincel que la roza…
la mariquita

Luezei
Luis Plaquín

Compartimos en esta oportunidad dos haigas.

Las obras que lo conforman son autoría de Claudia Morikone, discípula de la sensei Cristina Ishikawa. Los peces están realizados con la técnica Kōhitsuga.

Los haiku corresponden al monje budista Diagu Ryōkan y al poeta Yamaguchi Sodō.

 

 

ZIHUATANEJO

Roxana Dávila Peña
mushi

Antes de que amanezca, la bahía todavía está en silencio. Las pangas aún en la arena ya casi están listas. No se ven sus colores. Alguien revisa un motor; otro acomoda las hieleras.

Las olas están tranquilas, pegan contra la madera. Huele a sal húmeda y a sudor. Nadie dice mucho. Se tensa un hilo. Por fin se alejan las embarcaciones. Cuando regresan, el sol ya pega de frente.  Busco la sombra de una parota. El agua del mar es de otro color.

Qué curtidas las manos del hombre que acomoda las redes.

Las pangas regresan una tras otra. La pintura de algunas ya tiene tiempo. Aquella lancha se llama “Mi linda Aurora”. Recuerdo a mis hijos.

El pescador del pantalón remangado, salta primero y jala una cuerda. Cada ola deja algo: un hilo de algas, una pluma de gaviota, escamas que brillan un segundo y luego se apagan.

Algunos peces golpean la cubierta; brillan.

Los compradores no tardan. Las mujeres llevan bandejas. Los niños siguen con la vista los peces que aún saltan. Ahora el pescado cambia de manos. Algo queda en las uñas.

Ahuyento las moscas.

El pescador del sombrero roído y sus hijos abren las atarrayas como abanico. Chocan los plomos. ¿Qué cenarán hoy?

Domingo de Ramos.
La niña trenza
hojas de palma.

VALLE DE BRAVO

Roxana Dávila Peña
mushi

Vuelvo al valle una y otra vez. Esta mañana, los gallos cantan. Primero uno. Luego otro que responde desde más lejos.

Los gatitos suben y bajan por entre las hortalizas de la plantación. Son cinco. Su madre parece cansada y apenas comienza el día. Está recogida sobre una manta doblada donde ya pega el sol. 

Se siente un poco de fresco y el agua que corre por el apantle hoy es abundante. La escuché toda la noche.

Al deshojar la menta, un pájaro carpintero picotea el álamo que sembró el abuelo. El viento mueve las hojas altas y deja caer una lluvia ligera de agujas de pino. De pronto, el canto profundo de un jilguero.

Dos mujeres bajo un encino cubren sus risas con las manos. Yo también guardo secretos.

Ya casi están listas las tortillas de maíz azul que se inflan sobre el comal bien caliente. El humo se levanta en espirales finas y se mezcla con el olor a café de olla y a tierra mojada. De vez en cuando, una chispa mínima salta desde la leña y crepita como si celebrara la cosecha de esta semana. Hay toronjil, manzanilla, albahaca y romero.

Una gallina rasguña el pasto bajo las ramas vencidas por el peso de los aguacates maduros que todavía no cortamos.

Quizá por eso uno vuelve: no al valle, sino a la sensación de pertenecer a algo más antiguo que el tiempo.

Hongos de invierno.
Cicatriz en la espalda
bajo la  lluvia.

PEÑASCO

Roxana Dávila Peña
mushi

Esta tarde de invierno salgo a descubrir la playa. Me gusta llegar por primera vez aquí. A cualquier lugar. Encontrarme una vez más en tierras nuevas.

Voy descalza. Piso las miles de conchas que el oleaje ha dejado en la orilla.

La marea se retira y deja su escritura sobre la arena. Pliegues sin principio ni fin. El sol bajo entra de lado y marca las crestas con luz y los surcos con sombra. Parecen escultóricos. ¿Será el azar? No lo creo. Son marcas visibles de un ritmo invisible —agua que pasó miles de veces por el mismo sitio.

Algo de la vida de mis padres llega hasta aquí.

El vuelo de los pelícanos suena como una sábana movida por el viento. Las olas se acercan y se alejan. Algunas gaviotas permanecen quietas.

Qué curioso: de un lado, el mar que pasa la página una y otra vez; del otro, el desierto que aprende de memoria sus formas.

Pequeños gusanos de mar han dejado sus excrementos en forma de espiral, son como montañitas hechas de cordones de arena. Sobre esto, también, el brillo del sol.

Va oscureciendo. Siento como mis pies no sienten del todo. El frío aprieta.

Ya nada me mira. Todas las aves se han ido. Me pregunto a dónde. Qué importa.

Silencio. Con cada paso, se escucha más el silencio. A lo lejos, los ojos de un coyote.

Última lluvia del año.
Huelen a sal
las redes tendidas.