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Haibun 69

Haibun 69

Cuando despierta el hayedo

En la suave marcha hacia el bosque hemos dejado atrás praderas llenas de vida, donde se producen pequeños arroyos que planean haciendo curvas -formando un cauce de “aguas torcidas”-, pequeños meandros zigzagueantes entre la hierba.
Junto a ellos brota fuerte la hierba centella, de hojas brillantes y flor luminosa; siempre cerca del agua.
Una rana se esconde bajo la roca…
Hay caballos que pacen tranquilos, con algún correteo de los juguetones potrillos, y entre la hierba lucen pequeñas mayas o margaritas, que invitan a pensar; “marzo mayea”.
Seguimos hasta entrar en el arbolado desnudo.

Aún sin hojas,
traspasan ramas y brotes
rayos de sol.

Arbustos y árboles muestran yemas en los extremos de las ramas; los amentos del sauce llenos de ‘pelillos’ amarillo-verdoso, el espino albar como botones rojos.
Al borde del camino unas violetas.
Más adelante las hayas de color rojizo y, desde la tierra, pequeños hayucos con alas de mariposa.
Entre el hayedo con orientación al sur, amarillea un tramo en el suelo…

Pálido sol,
en laderas, narcisos
y la dens canis.

De cerca se distinguen los narcisos que de tres variedades han nacido por todas partes.

Y una preciosa flor de formas un tanto desafiantes, de color fucsia a la que llaman ‘diente de perro’.

Ya sin árboles, ascendiendo hacia las ruinas del Fuerte…

Buen lugar para avistar el entorno, y en la antigüedad, otear a quien
pudiera acercarse.
Sobre sus viejos muros con fosos defensivos, mira hacia arriba la salamandra, y asoman entre grietas pequeños helechos, redes de araña, musgo, algunos insectos…

Todo de un tamaño diminuto.

Cauce sombrío…
en la humedad del musgo
la prímula.

Contemplo, dentro del ciclo de la naturaleza, el gran milagro del nacimiento.

Carmen García Carnicer
(Pamplona, España)

. . . …………… . . .

 

 

Haibun 68

Haibun 68

Ruta de los Morcillos

Nuestra segunda ruta del curso, nos lleva por el paraje de Los Morcillos, cerca de Munera.
El viaje transcurre entre la niebla de primeros días de otoño, aunque de repente, al pasar la aldea de El Cornudillo, la niebla desaparece, y un cielo azul y limpio de nubes, cambia el color del paisaje.

Campos de trigo
el canto de la calandria,
se detiene.

La tierra de ambiente seudoestepario, con apenas lluvias este verano, es marrón- rojiza y seca, con rastrojos, lindes y bolos de sílice en grandes extensiones de campos de cultivo de secano.

Nuestro profesor, nos explica la transformación de la agricultura de secano a regadío con las fatales consecuencias de pérdida del acuífero y de aguas fósiles, y la modificación del hábitat, con la consiguiente amenaza para las aves esteparias para nidificar en el suelo o en los linderos.
Seguimos con nuestro objetivo de ver alguna avutarda. Pero la reina de la estepa hoy no se deja ver, no encontramos ninguna, tal vez necesitemos más tiempo y otra ocasión, pero el autobús nos espera.


El sol de mediodía de octubre nos recuerda que aunque ya es otoño parece verano, y miramos con nostalgia el campo. El campo de nuestros abuelos, que lo cultivaron, y donde anidan sisones, alondras, calandrias, cogujadas… tan importantes para el control de plagas que repercuten en las cosechas.
Al final, sin esperarlo, unas rapaces aparecen por el horizonte, destacando en el cielo sin nubes de la mañana.

Cambia el viento
el quebrantahuesos
extiende sus alas.

Eulogia Jiménez Juárez
Albacete, La Mancha, España.

ZIHUATANEJO

Roxana Dávila Peña
mushi

Antes de que amanezca, la bahía todavía está en silencio. Las pangas aún en la arena ya casi están listas. No se ven sus colores. Alguien revisa un motor; otro acomoda las hieleras.

Las olas están tranquilas, pegan contra la madera. Huele a sal húmeda y a sudor. Nadie dice mucho. Se tensa un hilo. Por fin se alejan las embarcaciones. Cuando regresan, el sol ya pega de frente.  Busco la sombra de una parota. El agua del mar es de otro color.

Qué curtidas las manos del hombre que acomoda las redes.

Las pangas regresan una tras otra. La pintura de algunas ya tiene tiempo. Aquella lancha se llama “Mi linda Aurora”. Recuerdo a mis hijos.

El pescador del pantalón remangado, salta primero y jala una cuerda. Cada ola deja algo: un hilo de algas, una pluma de gaviota, escamas que brillan un segundo y luego se apagan.

Algunos peces golpean la cubierta; brillan.

Los compradores no tardan. Las mujeres llevan bandejas. Los niños siguen con la vista los peces que aún saltan. Ahora el pescado cambia de manos. Algo queda en las uñas.

Ahuyento las moscas.

El pescador del sombrero roído y sus hijos abren las atarrayas como abanico. Chocan los plomos. ¿Qué cenarán hoy?

Domingo de Ramos.
La niña trenza
hojas de palma.

VALLE DE BRAVO

Roxana Dávila Peña
mushi

Vuelvo al valle una y otra vez. Esta mañana, los gallos cantan. Primero uno. Luego otro que responde desde más lejos.

Los gatitos suben y bajan por entre las hortalizas de la plantación. Son cinco. Su madre parece cansada y apenas comienza el día. Está recogida sobre una manta doblada donde ya pega el sol. 

Se siente un poco de fresco y el agua que corre por el apantle hoy es abundante. La escuché toda la noche.

Al deshojar la menta, un pájaro carpintero picotea el álamo que sembró el abuelo. El viento mueve las hojas altas y deja caer una lluvia ligera de agujas de pino. De pronto, el canto profundo de un jilguero.

Dos mujeres bajo un encino cubren sus risas con las manos. Yo también guardo secretos.

Ya casi están listas las tortillas de maíz azul que se inflan sobre el comal bien caliente. El humo se levanta en espirales finas y se mezcla con el olor a café de olla y a tierra mojada. De vez en cuando, una chispa mínima salta desde la leña y crepita como si celebrara la cosecha de esta semana. Hay toronjil, manzanilla, albahaca y romero.

Una gallina rasguña el pasto bajo las ramas vencidas por el peso de los aguacates maduros que todavía no cortamos.

Quizá por eso uno vuelve: no al valle, sino a la sensación de pertenecer a algo más antiguo que el tiempo.

Hongos de invierno.
Cicatriz en la espalda
bajo la  lluvia.

Haibun 67

Haibun 67

Milagro inesperado

   Cada año volvemos al Sur de nuestra Patagonia, nunca faltamos a la cita en nuestro lugar secreto: Alum Nehuen, el viejo hotel de piedra y su magia.

   Cruzamos la ruta y vamos deteniéndonos en los miradores de madera rústica que nos muestran una panorámica del paisaje, los cerros, el brazo Tristeza del lago, los pájaros de vuelo rasante y, a veces, el sabor de las fresas salvajes.

   Ya en la bahía, la pared gigante del Cerro López, recta, escarpada es límite, también protección.

  El oleaje del lago en la playa desierta es casi un bordado. Los troncos ya roídos de lo que fueron árboles interrumpe la soledad de la playa y las piedras doradas la transforman en un paisaje lunar.

  Silencio y viento. Soledad que invita a la contemplación de lo sagrado.

   A unos metros, un pequeño zorro nos observa. Es un milagro inesperado. Me siento en la tierra cenicienta, lo miro, le hablo, lo espero.

   Se va acercando, al principio con cautela, luego se pone casi al alcance de mi mano, no lo toco, pero durante un tiempo que no puedo medir, nos miramos a los ojos sin curiosidad, confiados como antiguos amigos.

  Recuerdo al Principito diciendo: Los ritos son necesarios

  Al día siguiente vuelvo al lugar del milagro, el zorrito sale de un zarzal y se me acerca confiado

 Lo bauticé con el nombre del cerro. Sé que nos entendimos.

Viento y silencio…
la mirada de un zorro
fija en mis ojos

María Rosalía Gila
Buenos Aires (Argentina)

PEÑASCO

Roxana Dávila Peña
mushi

Esta tarde de invierno salgo a descubrir la playa. Me gusta llegar por primera vez aquí. A cualquier lugar. Encontrarme una vez más en tierras nuevas.

Voy descalza. Piso las miles de conchas que el oleaje ha dejado en la orilla.

La marea se retira y deja su escritura sobre la arena. Pliegues sin principio ni fin. El sol bajo entra de lado y marca las crestas con luz y los surcos con sombra. Parecen escultóricos. ¿Será el azar? No lo creo. Son marcas visibles de un ritmo invisible —agua que pasó miles de veces por el mismo sitio.

Algo de la vida de mis padres llega hasta aquí.

El vuelo de los pelícanos suena como una sábana movida por el viento. Las olas se acercan y se alejan. Algunas gaviotas permanecen quietas.

Qué curioso: de un lado, el mar que pasa la página una y otra vez; del otro, el desierto que aprende de memoria sus formas.

Pequeños gusanos de mar han dejado sus excrementos en forma de espiral, son como montañitas hechas de cordones de arena. Sobre esto, también, el brillo del sol.

Va oscureciendo. Siento como mis pies no sienten del todo. El frío aprieta.

Ya nada me mira. Todas las aves se han ido. Me pregunto a dónde. Qué importa.

Silencio. Con cada paso, se escucha más el silencio. A lo lejos, los ojos de un coyote.

Última lluvia del año.
Huelen a sal
las redes tendidas.

Haibun 66

Haibun 66

Olor a espliego en las manos de mi padre. Al volver a casa. Lo he recordado de pronto. Justo al arrancar una brizna de hinojo con los dedos mientras caminaba por la calle.
Me gustaría ver estas obras terminadas. Eso pensaba mientras caminaba. Las nuevas aceras y los jardines que bordean la bahía. Recorrer todo este paseo que bordea los antiguos muelles escuchando el zumbido de las abejas, intuyendo el olor de las flores.

Sobre pilotes medio hundidos, los cormoranes que no pescan. El brillo del sol.

A veces también olían a tomillo, o a romero, las manos de mi padre.  Cuando volvía a casa después de ir a pescar o a buscar setas. Salir de casa era para él sinónimo de salir al campo. A la montaña, al bosque. Al río.
Es curioso. Deambulo sin rumbo por las calles y a menudo, tarde o temprano, acabo frente al agua. La bahía. O los canales.
También pizcando ramitas de hinojo. Eso también.

 Dos gaviotas comparten algo en el aire. Un cielo sin una sola nube.

Camino con cuidado para no asustar a las palomas resguardadas a la sombra de los parterres. La brisa llega realmente cálida no sé de dónde. Aquí apoyado en el pretil frente a la bahía me revuelve el pelo una y otra vez.
–Una gorrita –eso me diría mi padre– Al campo siempre se sale con una gorrita. Y un palito. –Eso también. Qué bueno.  Salir al campo. Qué si no.

Marea baja. Sobre el balanceo de las algas, una libélula que ya no está.

¿Será eso? Salir al campo. Inevitable. A lo mejor solo me gustaría creerlo. Caminar sin rumbo por ahí y volver a casa siempre con el olor del espliego entre los dedos. Con una pizca de hinojo en el bolsillo.
Sería tan hermoso. Que las flores nuevas y las abejas me recuerden siempre al sol de mi infancia. A las manos que la construyeron y la cuidaron.

Esperando a que vuelva a aparecer el cangrejo por detrás de la roca. El olor del agua.

La ciudad de las flores. En los jardines y los bordes de las aceras. En las tiendas y en los supermercados. La ciudad del viento. También eso.
Creo que esta mañana juegan los Giants. Las ovaciones llegan hasta aquí como olas en el aire. Seguro que en el canal de Mission Bay la gente aguarda en sus kayaks a que alguna bola salga del estadio y caiga al agua.
No sé qué diría mi padre de esa pesca…. Aquí en la bahía, un pescador, uno de verdad, lanza una y otra vez el sedal. Nada. Algunos niños reman con las manos sobre sus tablas. Risas. Qué sol… Qué sol tan nuevo.

Parece que habla al viento. Una chica gesticula frente al agua sin decir nada.

Me gusta salir al campo. Me gusta caminar siguiendo el borde del agua. Sin saber muy bien dónde estará la próxima montaña o las manos que la sostienen.
La ciudad de las montañas y la niebla. Del sol.

En el último giro, un pelícano se une al bando sobre la bahía.

Parecen laberintos. La sombra de las ramas de acacia sobre la acera. No sé si hay que salir o llegar al centro. En los laberintos. Nunca me acuerdo.
Sombras que se balancean en la brisa cálida. Mis pasos. Un abejorro. Parecen otros colores sus colores. Algo se agita entre las flores. Un sonido que se derrama, que escapa hacia alguna parte.
Tenía que haber cogido la gorra. Sí. Tenía que haberlo recordado. Cuando sales al campo es necesario recordar. Todo. Quizá sea inevitable. ¿Será eso?  No lo sé.
Me gusta caminar, donde el agua me lleve. El viento. Probar por primera vez cada pizca de hinojo, el olor del espliego. Unas manos. Estrenar la luz del sol. Sin poder evitarlo.

no sé dónde,
 cada vez más intensa
 la llamada del petirrojo

 

                                                                                             Félix Arce Araiz “Momiji”

Haibun 65

Haibun 65

Rambla del  Tuerto

Comenzamos ilusionados la primera ruta de senderismo cerca de Tarazona de la Mancha, en un paraje llamado la Rambla del Tuerto.

Una brisa suave de primeros días de otoño nos recibe al bajar del autobús. Los colores empiezan a amarillear el paisaje.

Lo primero que nos encontramos es un majuelo:

Luz de otoño,
en las viñas recolectadas
algún racimo olvidado.

Siguiendo el sendero pronto llegamos a la Casa del Tuerto. Antaño, grandes olmos daban sombra a la casa y al camino, pero ahora, afectados por la grafiosis, solo quedan los viejos troncos de donde han brotado otros nuevos y jóvenes.

Guardo en mi bolsillo una hoja para recordar su forma asimétrica y rugosa.

Llegamos al río Júcar, con su bosque de ribera, nos llaman la atención dos espinos, uno albar y otro negro, que han crecido juntos.

Más adelante, el porte de los pinos piñoneros nos impresiona por su altura y por su forma graciosa de parasol chino. Su corteza, de color marrón rojizo, grueso y libre de ramas, que el propio árbol va podando.

Al final, Juan nos explica en qué consisten las minas de agua, túneles excavados en este caso en la tierra arenosa, para conducir el agua subterránea a los cultivos. Nosotros, mientras, observamos asombrados los respiraderos del túnel.

El canto de la solitaria totovía alegra nuestro camino de regreso al autobús.

Octubre de 2025.

Eulogia Jiménez.
Albacete, España.

LA NOCHE DE LA ALUMBRADA

Roxana Dávila Peña
mushi

 

Ya atardece. Tiemblan con el viento las luces de las velas que las familias encienden poco a poco en el cementerio.

Mi madre, como cada año, vuelve a indicarme el camino hacia la tumba de mi abuelo.

—Aquí das vuelta a la izquierda y, en esa subidita, la tercera a la derecha lo encuentras —me dice. Me gusta seguirla y ayudarle a cargar el agua y las ofrendas.

Parece que las flores de cempasúchil iluminadas derraman el color del sol sobre la noche. También la mayoría de las tumbas y los caminos se alumbran con las veladoras.

Camino entre las ofrendas y pienso que mi propia vida ha sido un sendero hecho de luces y despedidas.

Las sombras en movimiento se vuelven cálidas. El aire huele a copal y a pan recién puesto.

Mi jarrito de café aún humea. Hoy no ha llegado nadie a la tumba de junto.

El papel picado se mece con el viento, como si saludara. Hay música allá, hacia la capilla. Este año hay tumultos.

La noche está más fría. Me abrigo un poco más. En cambio, mi madre nunca tiene frío. Comienzan los rezos.

Un poco de cera cae sobre mis dedos mientras esparzo pétalos de flores de terciopelo sobre la placa de mi abuelo Samuel. Le hablo bajito y, aunque no lo recuerdo con claridad, sí me acuerdo de que, de niña, me impresionaban sus manos que olían a tabaco.

Nos despedimos. Ya nos veremos hasta el próximo año.

La cara de mi madre,
resplandeciente,
colocando la pipa.

Haibun 64

Haibun 64

La mirada del niño

Son Los ojos del niño, junto con su sonrisa, los que anuncian lo maravilloso del descubrimiento de la naturaleza. Esta mañana de verano caminamos hasta el arroyo de la cañada, allí abundan los cangrejos autóctonos de rio de la región de Castilla La Mancha. Al acercamos al pilón que recoge el agua para abastecer al ganado, nos recibe el canto de las ranas; con las manos recogemos el agua del caño para saciar la sed y refrescarnos.

Con los pasos cercanos
salta una rana-
El susto del niño

Nos adentramos en el arroyo; no discurre una vereda constante siguiendo al agua. Vamos apartando los filamentos de las algas como si fuera un juego, las plantas enraizadas en el fondo no son un problema para sus pequeños pies, camina pisando por los declives que forma el curso del arroyo y sin apartar la mirada de todo lo que el agua arrastra. En la charca, formada por un meandro el abuelo introduce los reteles, el niño mete sus pequeñas manos entre los junquillos donde duermen los peces para que las trampas queden sujetas, hay que esperar unos minutos para que los cangrejos entren en el retel, cuando ya hay varios dentro, el niño grita ¡ya hay tres cangrejos! el abuelo saca el retel y el niño con las manos retira los cangrejos y así se va llenando el cubo.

En las manos del niño
los cangrejos
que devuelve al agua

Encarna Ortiz “Encarna”
Recas, Toledo (España)