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Haibun 14

DESPERTARES

Abro los ojos: detrás de la cortina desgastada, aparece la estrella de la mañana. Para contemplarla a gusto, sin causar molestias, me deslizo en la oscuridad hasta el desván. Me paro sobre un cajón y me asomo a la ventana. Permanezco ahí hasta que el brillo de Venus se hace imperceptible. Al acomodar las cajas que moví, encuentro en una reja de madera, entre folios y carpetas con olor a moho, un fólder que daba por perdido. A la luz de la mañana releo unas fotocopias de Aurelio Asiain, quien asegura que el verano en Kyoto empieza el cinco de mayo desde hace siglos. Me doy cuenta del porqué de la traducción que hace Antonio Cabezas de samidare, y creo entender por qué los haicaistas brasileños dan otra versión de ese vocablo al traducir el haibun de Bashô, La casa de los caquis caídos, basándose en Bill Higginson, que tuvo en sus manos el original.

Cantan unos pajarillos, de esos comunes, sin nombre específico. Sube un olor a tortilla tostada. Quisiera bajar corriendo; pero, me detiene otro hallazgo: el último enunciado de la prosa que tradujo Rosa Clement, es un guiño, un puente que lleva hacia el contraste del haicai. Con los apuntes en la mano, bajo pensando en Kyorai , ese poeta de la estirpe de Whitman, The Magnificent Idler.

 Luz de sol –
Letras borrosas de niño
en la pared

                                                                                                                    Jor
(Jorge Moreno Bulbarela)
Xalapa, Veracruz (México)

 

 

Enero 2021


Ascender hasta la cumbre por la ladera norte; sin senda, sin camino, monte a través; entre margas horadadas, rocas desprendidas que van descendiendo con lentitud geológica; por el pinar poblado de matas y arbustos… Llegar a la cima y otear el horizonte difuminado bajo la luz anaranjada de la tarde. Aspirar la humedad del relente cuando el sol declina. Observar la variedad de líquenes impresos en el gris de las piedras esculpidas por el viento y las lluvias. Caminar despacio por la cresta que se abisma en el verdor del bosque hasta las tierras yermas que circundan el embalse. Y bajar, al fin, por el mismo lugar del ascenso, sumido en las sombras del crepúsculo, respirando el aire empapado de la última luz.

Pino seco.
Las estrías del agua
en las rocas.

 

Haibun 13

 Atardecer de septiembre. En la ciudad desolada y calurosa decido ir a la farmacia. Mientras espero afuera – por respeto al distanciamiento social y obligatorio – un sonido leve me llama la atención. Levanto la vista y el contraste entre el azul del cielo y el rosado de las flores de lapacho me dejan sin respiración. De repente cae una flor rosada que baja como en suspenso y en caída directa. Vuelvo a mirar hacia el cielo  atraída por  las flores que van cayendo

Cae una flor rosada…
Al levantar la vista
la luna creciente

cof

    Después de comprar el remedio vuelvo a casa disfrutando cada paso. Todavía tengo latente el milagro recién presenciado cuando sucede otro.

Sobre la sombra
de los dientes de león
un caracol

Llego a casa agradecida por tanta maravilla cotidiana.

 

                                     Julia Guzmán (Aniko)
Córdoba, Buenos Aires (Argentina)

 

Noviembre 2020

Haibun 12

La pezuña de vaca

 Desde hace días que se produce un nuevo sonido en la madrugada: el trote de un caballo –que intuyo- tira de un carro. El clap clap   clap clap se amortigua un poco al llegar a la esquina cerca de casa, aún es temprano pero algunos vehículos pasan esporádicamente.

Cruce de calles.
El trote de un caballo
levanta el paso

Me pregunté ¿Qué pasó este lunes que no escuché al caballo?, ¿su conductor se habrá dormido o…le habrá pasado algo…? ¿no estará infectado? El martes me levanté temprano, entre los vahos del té se me produjo una sonrisa, estaba escuchando venir el clap clap  clap clap…

 Aclara el día.
El sonido de un caballo
acercándose

Más tranquilo, el día siguiente escuché desde la cama el –casi para mí- clásico sonido del caballo pasando por mi calle a la misma hora. Pensé “va como si fuese sólo”, ni un sonido a carro, ni un grito del carrero… Humm…¿llevará barbijo? El carrero claro… Mañana me voy a levantar a verlo.

El jueves me desperté justo cuando el caballo estaba pasando…Me dije para adentro mañana me levanto temprano a escribir y a la hora de siempre voy a esperar llegar el sonido… Hablando de sonidos parece que los pichones “del alero” se están poniendo grandecitos…

Lejos un carro
con ruedas de auto…
Piar de pichones

 Hoy viernes sí, hoy voy a ver pasar el caballo tirando del carro con su carrero. ¿Le molestará si le saco una fotografía…?, vaya a saber…     ¡Ahí viene!, pronto abro la puerta de calle y… un auto para al verme en la vereda, el conductor baja el vidrio y me pregunta ¿Señor ésta calle va para el cementerio…? Le hice seña que no sabía y miré las flores de la pezuña de vaca…

Aroma de flores 
El carrero de todos los días
a la misma hora

                                                                  Jorge Alberto Giallorenzi “Hitotsu”
Chivilcoy, Buenos Aires (Argentina)

 

 

 

OCTUBRE 2020

Haibun 11

Bajar cada mañana, bien temprano, por la pista forestal que conduce al embalse. En las laderas del camino van brotando día a día las flores de las tápenas, como una sorpresa, como un humilde milagro. El sol ya se alza entreverado del verde ramaje de los pinos reverdecidos por las lluvias abundantes de la primavera. Aún no cantan las chicharras. De aquí y de allá llegan gorjeos de pájaros desconocidos, camuflados en la fronda, surcando el aire como una exhalación de un árbol a otro con su canto fugitivo.

 

Líquenes en las rocas.

El frescor de la mañana

en el pinar.

 

Paco Ayala      “Lentisco”
La Geja, Ojós, Murcia, España

 

 

Septiembre 2020

Haibun 10

Huerto de las estrellas

Hay silencio en los huertos. Cuando los humanos callamos, aparecen sonidos antes imperceptibles. Los pájaros ocupan entonces el espacio sonoro de esta tarde calurosa.  Lejos, en el pinar, el chirriar incesante de las cigarras. Por encima de los cultivos grazna un cuervo.

Existe una constante música de fondo que siempre suena aunque nadie la oiga.

Se agitan levemente la hojas del cerezo. Unos higos, aún verdes,  reciben la luz del ocaso.

Aletea una y otra vez, sin oírse, la mariposa. ¿Como sonará esta mariquita comiendo pulgones en las hoja del calabacín?. La tierra se hace barro en los surcos regados.

 Los dos molinillos de la niña del vecino no paran de girar. Me pregunto si conseguirán espantar a algún pajarillo. Vuelve de jugar con sus amigos. Tiene cinco años. Lleva unas trenzas africanas que le llegan hasta la cintura.

Cuando le digo que está muy guapa, hace un gesto rápido con las manos y mueve las trenzas. -¡Me las ha hecho mi abuela! -, responde.

Mira hacia arriba y dice: – Sabes?…mi mamá y mi hermanito son dos estrellas del cielo -.

Me enseña un trozo de madera con un cielo pintado donde se lee: “Huerto de las estrellas”.

Su yaya* lo colgará en la verja de la entrada. Le digo que es muy bonito y sale corriendo en busca de su papá.

Vuelven los sonidos de la naturaleza.  ¿Qué pasaría…?., ¿qué pasaría si los humanos adultos calláramos?.

Un petirrojo vuela de un sembrado a otro. El canto del grillo sucede al de las cigarras. En la trampa para mosquitos hecha de vinagre y azúcar ha caído un escarabajo.

¡Cuántas cosas desapercibidas!. ¿Harán ruido al crecer las plantas y los árboles a pesar de que nadie las oiga?,  ¿y las nubes…se desplazan así, en silencio?…

Brisa en la lavanda.

Agarrado a una flor

el saltamontes

* yaya: abuela

María Ángeles Millán
Girona (España)

Agosto 2020

Haibun 9

La misma calle

Atardece, me adentro de prisa en  la callejuela de tierra, a ambos lados una hilera de casas multicolores con sus pequeños jardines luciendo flores de pascua,  algunos vecinos a caballo y en bici regresan del trabajo, sobre los tejados sobrevuelan bandadas de palomas en una franja de cielo sin nubes.

Los charcos medio secos muestran guajacones serpenteando. El anciano que lee un libro sentado en un quicio me sonríe mientras se arregla la bufanda. Embriaga el olor a frituras de maíz del kiosco cercano, dos perros callejeros le hacen ruedo mientras un grupo de niños, todavía en uniformes escolares, juega a la pelota en la calle estrecha.  Tropiezo con una presilla de pelo, la pongo en mi bolso,  dicen que es de buena fortuna.

 

Algarabía de niños

Las piedritas entran

en las sandalias

 

 Casi llegando a las cuatro esquinas, el vendedor de especias arrastra su carretilla embutido en un abrigo impermeable, con voz melodiosa pregona a los cuatro vientos: “El buen comino en grano y molido, llevo ajo puerro pa la yuca con mojo, ají cachucha verde y maduro,  bijol y cilantro pal caldo santo…” Lo intercepto y compro cilantros.

Cierra la calle  una cañada de aguas albañales arrastrando un gallo muerto custodiado por tilapias. Tomo el trillo que separa los sembrados de lechugas, acelgas y zanahorias. Los últimos rayos de sol se reflejan en los surtidores del regadío.

 

De vuelta a casa

En el portón el perro,

la cola: un reguilete

 

  Mayra Rosa Soris
Santa Clara (Cuba)