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Haibun 72

 Haibun 72

 

Papá ha parado en la cuneta y mira hacia unos árboles florecidos cerca del cruce. Melocotoneros o almendros, quizá albaricoqueros. Nos dice lo que son antes de que bajemos del coche.

 El aire huele a tierra. Se ve de lejos con detalle la ladera del Cabezo*. Papá ajusta los cuellos de nuestros abrigos y caminamos entre los árboles.

 A cuatro pasos hay unas ramas cargadísimas de flores. Nos coloca debajo, muy juntas, como para una foto. No vamos a visitar a nadie ni hay a la vista ninguna de esas casas con rejas azules y dompedros que tanto me gustan. Él, que apenas retrocede un par de metros, nos sonríe tranquilo con su bigote de galán de los 50, los brazos en jarras y la ropa de diario.

 Se queda ahí, mirándonos. Atisbo su cara de contento entre el rosa claro de una infinidad de pétalos. Hace frío y también nosotras le sonreímos impacientes. ¿A qué espera? Antes de que podamos preguntar, nos está diciendo que nos vamos. Canturrea por el camino y enseguida nos contagia su humor.

 Yo ya sabía que a veces él se pone a mirarnos. Como cuando jugamos a las cartas. O como cuando nos subió al poyete alto y esperó a que le pidiéramos bajar. Y no creo que en casa hablemos de esta parada junto al cruce, ni siquiera con el tiempo. Lo de hoy es solo una foto que no hemos echado. Una de esas fotos que papá y yo vamos guardando sin hacer.

Almendro en flor.
Sonriendo a mis hijas,
pienso en mi padre

*Cabezo Gordo, Campo de Cartagena.

M.ª Victoria Porras
Murcia (España)

Haibun 71

Haibun 71

El bosque y Don Quijote

Sentada en el jardín de este viejo caserón, el ir y venir de los caballos y el trote del potro me sacan de las páginas del Quijote. En estos días de descanso, este banco de piedra bajo el hórreo invita a la lectura. Hoy aún no he salido de entre estas paredes que tanta historia cuentan. Como la tarde es soleada, aquí en Galicia salgo a dar un paseo hasta la granja más cercana; en el camino, surcado de altos eucaliptos, el silencio y la soledad invaden el espíritu de paz.

 En un cruce de caminos hay un cruceiro de piedra con la imagen labrada de una virgen, símbolo de la cultura de estas tierras. Hay muchas casas abandonadas que están cubiertas de madreselva, y la glicinia ha traspasado dentro a través de las tapias llenas de verdín. ¡Cuánto abandono!

Se nubla el cielo
por el verdín de la tapia
huye un gato

El bosque de eucaliptos va estrechando el camino y, al llegar a un recodo, se abre un claro donde se puede ver la granja de Felipa.

Al acercarme me saluda: está sentada a la sombra de un roble, rodeada de dos perros y de las gallinas que picotean acá y allá. Felipa, a sus 90 años, gusta de charlar; no es raro, pasa el día sola. Hoy, hasta más tarde, no llegará su hija, por eso se alegra de tener compañía. Como solamente habla gallego, hay veces que debo adivinar por sus gestos de qué me está hablando y seguir los derroteros de su conversación. Cuenta que poco o nada ha salido de este entorno.

En el camino de vuelta, los altos eucaliptos, con el viento del nordeste, se inclinan: una sensación extraña para el viajero que anda por aquí por primera vez.

 Me viene otra vez la pregunta de Felipa: “¿Qué te ha traído por aquí?”. Y vuelvo a las páginas que escribió Cervantes, cuando Don Quijote le dice a Sancho: “El andar tierras y comunicar con gentes diversas hace a los hombres discretos”.

Crepúsculo.
Tras las huellas de zorro
 corre el perro

La hiedra, madreselva y la ipomea glicinia

 

Encarna Ortiz
Recas (Toledo) España

Haibun 70

Haibun 70

Baños de San José

 Esta tarde hemos ido a los Baños de San José*, que tras las lluvias del pasado invierno muestran una buena cantidad de agua. Hace un viento fresco que invita a pasear. Encontramos fochas, flamencos adultos e inmaduros, que se distinguen de los anteriores porque son albinos, y tarros blancos; también se ve alguna pareja de azulones a lo lejos. De vez en cuando se aprecia el vuelo de las cigüeñuelas, pequeñas limícolas que suelen moverse por la orilla.

entre malas hierbas
los nazarenos,**
viento en la laguna

Seguimos nuestro camino contemplando las nubes, el verde del campo y el porte majestuoso de las encinas. Tras un suave ascenso aparecen las ruinas de una casa que recuerdan a un castillo. Más adelante llegamos a una laguna sin vida. Un poco más lejos observamos el vuelo de los aguiluchos laguneros.

hierbas de primavera,
en un hueco entre las nubes
la media luna

La tercera laguna que encontramos es más pequeña. En ella nada una pareja de tarros.

En la orilla hay cuatro cigüeñuelas que enseguida emiten sus gritos agudos, alertando a los tarros y provocando que levanten el vuelo.

suave oleaje…
el pico afilado
de las cigüeñuelas

De regreso por el mismo camino, vemos que los tarros han vuelto al lugar del que huyeron, aunque vuelven a volar al advertir nuestra presencia. Los avistamos más adelante, muy lejos, apenas dos puntos blancos, en la segunda laguna, la que antes vimos sin aves.

puesta de sol,
cada vez más estridente
el canto de las ranas

Toñi Sánchez Verdejo
Albacete (España)   

 

*Baños de San José, Corral-Rubio, Albacete

**Nazarenos: Muscari armeniacum, pequeñas flores bulbosas de color azul violáceo que aparecen a finales del invierno. Forman racimos compactos que recuerdan a un pequeño manojo de uvas.

Danzante

Roxana Dávila Peña
(mushi)

Todavía con la luna visible, nado en la isla. Salto al agua sin miedo. Todo es azul y silencio. Me deslizo entre cardúmenes de sardinas que destellan a mi alrededor. Remo despacio, mientras el pensamiento se queda quieto. Floto. Una raya levanta arena al pasar. También yo me inquieto. Siento el roce tibio de la corriente. No sé mucho de peces, solo reconozco al pez trompeta que avanza junto a mí, delgado y silencioso como un recuerdo que no termina de irse. Curioso, desaparece entre las piedras. En lo profundo del mar, sin prisa y ligera, me río de mi propio enredo. La vida y sus pequeñeces toman otro color, incluso veo una caracola rota en el jardín de coral.

Al mirar hacia arriba,
Abre sus alas
una gaviota.

Haibun 69

Haibun 69

Cuando despierta el hayedo

En la suave marcha hacia el bosque hemos dejado atrás praderas llenas de vida, donde se producen pequeños arroyos que planean haciendo curvas -formando un cauce de “aguas torcidas”-, pequeños meandros zigzagueantes entre la hierba.
Junto a ellos brota fuerte la hierba centella, de hojas brillantes y flor luminosa; siempre cerca del agua.
Una rana se esconde bajo la roca…
Hay caballos que pacen tranquilos, con algún correteo de los juguetones potrillos, y entre la hierba lucen pequeñas mayas o margaritas, que invitan a pensar; “marzo mayea”.
Seguimos hasta entrar en el arbolado desnudo.

Aún sin hojas,
traspasan ramas y brotes
rayos de sol.

Arbustos y árboles muestran yemas en los extremos de las ramas; los amentos del sauce llenos de ‘pelillos’ amarillo-verdoso, el espino albar como botones rojos.
Al borde del camino unas violetas.
Más adelante las hayas de color rojizo y, desde la tierra, pequeños hayucos con alas de mariposa.
Entre el hayedo con orientación al sur, amarillea un tramo en el suelo…

Pálido sol,
en laderas, narcisos
y la dens canis.

De cerca se distinguen los narcisos que de tres variedades han nacido por todas partes.

Y una preciosa flor de formas un tanto desafiantes, de color fucsia a la que llaman ‘diente de perro’.

Ya sin árboles, ascendiendo hacia las ruinas del Fuerte…

Buen lugar para avistar el entorno, y en la antigüedad, otear a quien
pudiera acercarse.
Sobre sus viejos muros con fosos defensivos, mira hacia arriba la salamandra, y asoman entre grietas pequeños helechos, redes de araña, musgo, algunos insectos…

Todo de un tamaño diminuto.

Cauce sombrío…
en la humedad del musgo
la prímula.

Contemplo, dentro del ciclo de la naturaleza, el gran milagro del nacimiento.

Carmen García Carnicer
(Pamplona, España)

. . . …………… . . .

 

 

Haibun 68

Haibun 68

Ruta de los Morcillos

Nuestra segunda ruta del curso, nos lleva por el paraje de Los Morcillos, cerca de Munera.
El viaje transcurre entre la niebla de primeros días de otoño, aunque de repente, al pasar la aldea de El Cornudillo, la niebla desaparece, y un cielo azul y limpio de nubes, cambia el color del paisaje.

Campos de trigo
el canto de la calandria,
se detiene.

La tierra de ambiente seudoestepario, con apenas lluvias este verano, es marrón- rojiza y seca, con rastrojos, lindes y bolos de sílice en grandes extensiones de campos de cultivo de secano.

Nuestro profesor, nos explica la transformación de la agricultura de secano a regadío con las fatales consecuencias de pérdida del acuífero y de aguas fósiles, y la modificación del hábitat, con la consiguiente amenaza para las aves esteparias para nidificar en el suelo o en los linderos.
Seguimos con nuestro objetivo de ver alguna avutarda. Pero la reina de la estepa hoy no se deja ver, no encontramos ninguna, tal vez necesitemos más tiempo y otra ocasión, pero el autobús nos espera.


El sol de mediodía de octubre nos recuerda que aunque ya es otoño parece verano, y miramos con nostalgia el campo. El campo de nuestros abuelos, que lo cultivaron, y donde anidan sisones, alondras, calandrias, cogujadas… tan importantes para el control de plagas que repercuten en las cosechas.
Al final, sin esperarlo, unas rapaces aparecen por el horizonte, destacando en el cielo sin nubes de la mañana.

Cambia el viento
el quebrantahuesos
extiende sus alas.

Eulogia Jiménez Juárez
Albacete, La Mancha, España.

ZIHUATANEJO

Roxana Dávila Peña
mushi

Antes de que amanezca, la bahía todavía está en silencio. Las pangas aún en la arena ya casi están listas. No se ven sus colores. Alguien revisa un motor; otro acomoda las hieleras.

Las olas están tranquilas, pegan contra la madera. Huele a sal húmeda y a sudor. Nadie dice mucho. Se tensa un hilo. Por fin se alejan las embarcaciones. Cuando regresan, el sol ya pega de frente.  Busco la sombra de una parota. El agua del mar es de otro color.

Qué curtidas las manos del hombre que acomoda las redes.

Las pangas regresan una tras otra. La pintura de algunas ya tiene tiempo. Aquella lancha se llama “Mi linda Aurora”. Recuerdo a mis hijos.

El pescador del pantalón remangado, salta primero y jala una cuerda. Cada ola deja algo: un hilo de algas, una pluma de gaviota, escamas que brillan un segundo y luego se apagan.

Algunos peces golpean la cubierta; brillan.

Los compradores no tardan. Las mujeres llevan bandejas. Los niños siguen con la vista los peces que aún saltan. Ahora el pescado cambia de manos. Algo queda en las uñas.

Ahuyento las moscas.

El pescador del sombrero roído y sus hijos abren las atarrayas como abanico. Chocan los plomos. ¿Qué cenarán hoy?

Domingo de Ramos.
La niña trenza
hojas de palma.

VALLE DE BRAVO

Roxana Dávila Peña
mushi

Vuelvo al valle una y otra vez. Esta mañana, los gallos cantan. Primero uno. Luego otro que responde desde más lejos.

Los gatitos suben y bajan por entre las hortalizas de la plantación. Son cinco. Su madre parece cansada y apenas comienza el día. Está recogida sobre una manta doblada donde ya pega el sol. 

Se siente un poco de fresco y el agua que corre por el apantle hoy es abundante. La escuché toda la noche.

Al deshojar la menta, un pájaro carpintero picotea el álamo que sembró el abuelo. El viento mueve las hojas altas y deja caer una lluvia ligera de agujas de pino. De pronto, el canto profundo de un jilguero.

Dos mujeres bajo un encino cubren sus risas con las manos. Yo también guardo secretos.

Ya casi están listas las tortillas de maíz azul que se inflan sobre el comal bien caliente. El humo se levanta en espirales finas y se mezcla con el olor a café de olla y a tierra mojada. De vez en cuando, una chispa mínima salta desde la leña y crepita como si celebrara la cosecha de esta semana. Hay toronjil, manzanilla, albahaca y romero.

Una gallina rasguña el pasto bajo las ramas vencidas por el peso de los aguacates maduros que todavía no cortamos.

Quizá por eso uno vuelve: no al valle, sino a la sensación de pertenecer a algo más antiguo que el tiempo.

Hongos de invierno.
Cicatriz en la espalda
bajo la  lluvia.

Haibun 67

Haibun 67

Milagro inesperado

   Cada año volvemos al Sur de nuestra Patagonia, nunca faltamos a la cita en nuestro lugar secreto: Alum Nehuen, el viejo hotel de piedra y su magia.

   Cruzamos la ruta y vamos deteniéndonos en los miradores de madera rústica que nos muestran una panorámica del paisaje, los cerros, el brazo Tristeza del lago, los pájaros de vuelo rasante y, a veces, el sabor de las fresas salvajes.

   Ya en la bahía, la pared gigante del Cerro López, recta, escarpada es límite, también protección.

  El oleaje del lago en la playa desierta es casi un bordado. Los troncos ya roídos de lo que fueron árboles interrumpe la soledad de la playa y las piedras doradas la transforman en un paisaje lunar.

  Silencio y viento. Soledad que invita a la contemplación de lo sagrado.

   A unos metros, un pequeño zorro nos observa. Es un milagro inesperado. Me siento en la tierra cenicienta, lo miro, le hablo, lo espero.

   Se va acercando, al principio con cautela, luego se pone casi al alcance de mi mano, no lo toco, pero durante un tiempo que no puedo medir, nos miramos a los ojos sin curiosidad, confiados como antiguos amigos.

  Recuerdo al Principito diciendo: Los ritos son necesarios

  Al día siguiente vuelvo al lugar del milagro, el zorrito sale de un zarzal y se me acerca confiado

 Lo bauticé con el nombre del cerro. Sé que nos entendimos.

Viento y silencio…
la mirada de un zorro
fija en mis ojos

María Rosalía Gila
Buenos Aires (Argentina)

PEÑASCO

Roxana Dávila Peña
mushi

Esta tarde de invierno salgo a descubrir la playa. Me gusta llegar por primera vez aquí. A cualquier lugar. Encontrarme una vez más en tierras nuevas.

Voy descalza. Piso las miles de conchas que el oleaje ha dejado en la orilla.

La marea se retira y deja su escritura sobre la arena. Pliegues sin principio ni fin. El sol bajo entra de lado y marca las crestas con luz y los surcos con sombra. Parecen escultóricos. ¿Será el azar? No lo creo. Son marcas visibles de un ritmo invisible —agua que pasó miles de veces por el mismo sitio.

Algo de la vida de mis padres llega hasta aquí.

El vuelo de los pelícanos suena como una sábana movida por el viento. Las olas se acercan y se alejan. Algunas gaviotas permanecen quietas.

Qué curioso: de un lado, el mar que pasa la página una y otra vez; del otro, el desierto que aprende de memoria sus formas.

Pequeños gusanos de mar han dejado sus excrementos en forma de espiral, son como montañitas hechas de cordones de arena. Sobre esto, también, el brillo del sol.

Va oscureciendo. Siento como mis pies no sienten del todo. El frío aprieta.

Ya nada me mira. Todas las aves se han ido. Me pregunto a dónde. Qué importa.

Silencio. Con cada paso, se escucha más el silencio. A lo lejos, los ojos de un coyote.

Última lluvia del año.
Huelen a sal
las redes tendidas.