Mayo en la memoria

A primeros de mayo empiezan a pintar las cerezas y, tras la primera cura de azufre en yema, se aviva el verdor de las viñas (“por la Cruz, la parra reluz”). Suena el canto del cuco, abren sus ojos los lobeznos. La noche del 2 de mayo es la Noche de los Fuegos; cada barrio compite por levantar la hoguera más grande o mejor formada y se va, de una a otra, para admirar y compartir. Junto a la “rimerá” de leña se canta, se baila, se bebe ponche, se asan sardinas… Troncones y ramas chisporrotean exhalando el último vaho, creciéndose en bruscas llamaradas, avivados por los cuidadores del fuego; los mozos saltan a través de las llamas y la gente se aparta con las caras encendidas, y los niños corren con pequeñas cruces de palo, y así va pasando la noche, la larga noche regeneradora en la que se quema lo viejo. Al día siguiente, el pueblo entero sube en romería al robledal del Hoyo de la Erita, espléndido mirador sobre el valle. Tras la misa campestre y la bendición de los campos, se preparan los guisos –la caldereta, la paella-, corre el vino, se sacan los dulces –huesillos, rizos, perronillas- y se celebra, en grupos familiares, la comida de romería.

El árbol de la Cruz sugiere la cristianización de antiguos rituales paganos que giraban en torno al saúco mágico de la fertilidad y de la protección contra los rayos. La savia se renueva y el fuego purificador, hermoso y fuerte, genera la ceniza que vuelve a fecundar la tierra y a alentar las semillas. Algunas supersticiones pastoriles evocan todavía los poderes de la cruz y del fuego: esa “piedra del rayo” que protege de las tormentas, esa cruz de sal en la puerta del chozo, que lo protege de los malos espíritus…

Los machos del ciervo volador se encelan entrechocando sus astas y toda la creación está como de boda. El sol va madurando las cerezas tempranas y empujando la candelilla del castaño, pero aún puede sorprender alguna nevada tardía o alguna plaga de mariposas color ceniza. La abubilla estremece las noches de luna llena con un sonido dulce, corto, espaciado. Es el pájaro misterioso, de largo pico y cresta rosada con puntas blanquinegras, que los niños dibujan en la escuela, antes de ver su vuelo ondulante y nervioso, como el de una mariposa gigante, en los cielos de primavera. El jueves de la Ascensión se sale a coger la flor del cirimomo. Yo recuerdo, sobre todo, las rosas de la calleja de la iglesia, su color encendido, su aroma embriagador, casi venenoso, y el aroma dulzón de las acacias, ya desaparecidas, que jalonaban, a un lado y a otro, las escaleras que conducían al atrio. En aquella plazoleta alta y alargada jugábamos al marro o al “guás”, sentíamos la cercanía de lo sagrado y lo profano; la continuidad de la vida, marcada por los bautizos, las bodas, los entierros…

Mayo es el mes de la Virgen, y el olor de los campos invade los altares –con flores a porfía- cuando las campanas tocan al Rosario y empieza a nacer un niño y resuena en la iglesia el lento oleaje de los cánticos: Toma, Virgen pura,/ nuestros corazones,/ no nos abandones/ jamás, jamás… Días de Primera Comunión: trajes azules de los niños y cruces con cordones dorados al cuello; blancos vestidos de las niñas que llevan entre sus manos los cestillos de mimbre con pétalos de rosas; versos y risas infantiles; el sol radiante; el vuelo de las golondrinas; el chillido de los vencejos persiguiéndose en vuelo…

Ya se ha dado la primera “bina” a las parras, y comienza la cerecera, que se prolonga desde mayo hasta agosto. La gente se acuesta pronto y se levanta muy temprano, antes de que las “Tres Marías” traigan al lucerito de la mañana. La calle se estremece con los cascos de los caballos y el ajetreo de los “cogeores” que comentan cómo viene la orilla. Hay que coger la fruta con la fresca, antes de que apriete el calor. Ya empieza a clarear por el Alto del Puerto y el pueblo se queda silencioso, acunado por el rumor de las fuentes y por el canto de los pájaros… Los abuelos se han quedado al cuidado de los nietos pequeños, y en los campos se aviva el ajetreo de la recogida: los hombres subidos a los cerezos o a las escaleras, con las cestas de castaño al hombro o colgadas al “jorco” con un garabato. Las mujeres, a la sombra del árbol, seleccionando la fruta en el tendal, según su estado, calidad o calibre, y llenando los cajones de madera encamados de helechos que los niños ayudan a cortar en las zonas umbrías, donde crecen también las orquídeas y la lechetrezna. Por orden de maduración, se van cogiendo las cerezas de “alucinio”, y las de Aragón, la gordera, la mollar, la ambrunés especial, la de Monzón, la jarandillana, la garrafal, la ambrunés común, la picota colorada, la picota especial, la guinda garrafal, la guinda silvestre… Por los caminos, a la orilla del río, por los bordes de la carretera, se empiezan a coger las moras…

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