Archivo de la categoría: SERIES EN CURSO 1

Series que se van actualizando con periodicidad variable. Por lo general unas el día 1 y otras el 15 de cada mes.

tres

En el parque es otoño… la luz sonríe débil… es tiempo de nidos faltos de calor, de despedidas, de vuelos largos… es tiempo de futuros blancos.

El parque, con el paso de los días, va perdiendo su tono verde. El olor de la pinaza y el agitado aleteo de los pequeños pájaros llenan los huecos que dejan las hojas caídas. Apenas a un par de metros de mí, sobre un tallo cimbreante, se posa un resuelto carbonero*… inclina su cabeza hacia un lado… me mira, le miro hasta abandonarme en el brillo de sus diminutos ojos negros… parece observarme con extrañeza… puede que tan solo busque una mano tendida en la que picotear alguna semilla… o tal vez, solo tal vez, se pregunte quién es el insólito ser que está ante él y no tiene alas.

Un paso y luego otro… Cámara de fotos en mano me muevo alrededor de la laguna más grande del parque. Las garcetas bueyeras, con sus crías ya crecidas, se han ido… Ocho o nueve cormoranes, encaramados en lo más alto de un árbol, secan sus plumajes al tibio sol del mediodía; su quietud convive con el bullicio de decenas de gaviotas que parecen no encontrar su lugar.

El cielo, por momentos, oscurece… las sombras se disuelven. Cae la primera gota… otra… cientos… llegan como música sin partitura a seguir… Busco refugio bajo un pino que aún mantiene sus ramas tupidas. Con la lluvia brota la esencia de las cosas… redescubro todo lo que me rodea… en cada gota un improvisado acorde al que parece contestar la voz rasgada de un ave… hoy la lluvia suena a viejo blues.

Bajo los árboles contemplo el aguacero… el parque despunta en los charcos… el silencio se muestra desnudo.

 

Suena el agua en el viejo canal…

las hierbas altas

comienzan a doblarse

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

*Ave insectívora pequeña, muy llamativa, de colores azulados y amarillentos.

shakuhachi

けいこ笛田はことごとく青みけり
keiko fue ta wa kotogotoku aomi keri

 

práctica de flauta

campos de arroz

un verdor que lo cubre todo

Issa Kobayashi

 

Sentado en seiza el maestro de shakuhachi espera a su alumno. Un sencillo té verde sobre el tatami. Llega un señor tan mayor como el propio maestro. Reverencias, apenas un susurro que no alcanzo a entender.

El alumno hace una reverencia al cojín sobre el tatami, como en el zen pienso yo, y se sienta también en seiza frente al maestro. Un pañuelo delante de las rodillas. Despacio, tranquilamente. El maestro examina las partituras y extiende una sobre el cojín, frente a su alumno. Este le corresponde con una reverencia.

Silencio.

El único requisito para estar aquí es que guarde silencio. Miro como el alumno toma entre sus manos el shakuhachi, la flauta tradicional japonesa de ocho pies (literalmente shakuhachi) y se lo acerca a los labios.

Silencio.

Un silencio que se alarga hasta tensar el mío. Por un momento pienso que le pasa algo, que se le ha olvidado tocar, que no ve la partitura….

De pronto ese silencio se rompe, bueno no, en realidad no se rompe. Ese silencio… no sé… De pronto suena un leve viento que no sé cómo ni de dónde viene.

Las notas… las no-notas, no sé… ese sonido de ese viento parece llegar desde las montañas que rodean la ciudad, se transforman unas en otras como deslizándose por el filo de las hojas del bambú.

Un sonido que se hace silencio, un silencio que se hace sonido…

Levemente sinuosas, las hileras de arroz joven recorren el campo recién anegado. En el fondo, o en el cielo, unas pocas nubes se mueven apenas con el viento que sopla levemente. La mochila me pesa cada vez más desde que el sendero comenzó a empinarse. Aún queda un trecho hasta el santuario y el sol a esta hora de la tarde cae de plano sobre los arrozales.

Sentado junto al agua cristalina miro los renacuajos quietos junto a los brotes de arroz mientras bebo agua y como un onigiri. Qué silencio hay aquí. Ahora. Justo cuando el viento mueve un poquillo las hojas verdes del arroz y alivia mi pies recalentados. Me quito el kasa, el sombrero de junco, para sentir ese viento en el pelo aunque sea por un momento.

Shinmai. Así se llama al arroz joven. Recuerdo de pronto. También significa “principiante”. Qué bonito, pienso sin saber por qué. Como el arroz joven. Un principiante en todo. Lleno del verdor de las cosas que comienzan a vivir. Abarcarlo todo con una mirada tan transparente como esta agua que se llena de todo sin aferrarse a nada y sustenta el arroz que será. Ajeno al peso de las cosas o su voluntad, como el viento…

Qué silencio hay aquí. Sí.

Un silencio que se hace sonido, un sonido que se hace silencio…

El alumno ha finalizado. Un nuevo silencio que desde el aire va depositándose sobre todas las cosas. Una reverencia al maestro. Serenidad.

El maestro da la vuelta al cojín y repite algunos fragmentos. En frente, su alumno no mueve ni un músculo. Asiente tan levemente con los ojos entornados que apenas alcanzo a verlo.

El maestro concluye y sonríe. Hace una reverencia a su alumno.

Suena un claxon. Ah, estamos en la ciudad, es verdad. Se me había olvidado. Sobra la ciudad aquí y ahora.

Después de la clase el maestro me muestra su casa. La colección de shakuhachi, las fotografías de sus maestros, ilustraciones de los “monjes de la nada”, los kumosô, esos tan llamativos de la secta fuke con la cesta en la cabeza para no distraerse absolutamente con nada. Caminar y tocar el shakuhachi, y ya está. Por un momento me imagino así. Con un cesto en la cabeza. Pero sin tocar nada. Y dando tumbos a trompicones de aquí para allá.

Al salir de la casa del maestro ya es de noche. Algunos copos de nieve parecen materializarse desde la oscuridad hasta adquirir blancura. Son muy pocos. Quizá los primeros de la nevada que vendrá.

No hay viento y caen sobre mi cara haciéndose nada serenamente. Su sabor es frío y breve.

Boroboro. Pienso de pronto, no sé por qué. Una onomatopeya. Algo que se desmorona, algo que está cayendo, como las lágrimas o el arroz. Qué cosas tienen los japoneses… lágrimas o arroz… Recuerdo a Santôka con sus manitas lamentándose del arroz derramado…

En la serena quietud de la noche parece que los primeros copos han sido también los últimos. No hay viento. No hay nada.

Silencio.

Pienso en el verano que fue, en el que será. En el verdor recién estrenado del arroz joven.

febrero 2018

por Xaro Ortolá “destellos”

ANIMALITOS DE DIOS

Calendario oriental

 

A Grego Dávila, un ser todo bondad, un Bodhisattva de incógnito

 

cae la noche… 

la perra más pequeña 

ladra a los truenos 

 

-Xaro La, destellos

 *

El día 16 de febrero, se celebra el Año nuevo lunar del “Perro de Tierra” LOSAR. Reorganizamos pues el almanaque lunar para poder celebrar el evento aportando por consiguiente los haikus pertinentes a dicho tema.

Este tipo de astrología de cálculo de los ciclos temporales lunares, está considerado como un arte sagrado, el conocimiento de las estaciones y de los elementos permite predecir las circunstancias auspiciosas.

Los cinco Kham o cinco elementos externos: madera, fuego, tierra, metal y agua, se relacionan directamente de forma interna con los doce signos del zodiaco, aportando sus distintas características y peculiaridades de cada signo y de forma secreta, por la observación de los ciclos de la energía cósmica, que siempre ha estado implícita en la verdadera luminosidad de la naturaleza humana.

El estudio del (llamémoslo) milagro de la naturaleza y sus ciclos: flores de ciruelo en primavera, calor en verano, caquis en otoño, nieve en el invierno… tienen un tiempo que corresponde más o menos a lo calculado. La naturaleza (no manipulada) en su pureza intrínseca se guía libremente por todos esos elementos climáticos tales como las lluvias, la sequía, el calor o el frío, la nieve o el deshielo…etc. No es de extrañar pues que haya haikus donde aparecen kigos de distintas estaciones, porque la naturaleza lo establece de esta manera y el haijin lo recoge con completa autenticidad (así debería de ser) como buen notario. ¡Cuánta responsabilidad!

En este haiku de Sampû (discípulo de Bashô) encontramos todas las estaciones aconteciendo simultáneamente en el mismo tiempo con una deliciosa sincronía.

Flor de cerezo,

cuco, luna, nieve…

y acaba el año

-Sugiyama Sampû (1647-1732)

Flor de cerezo: primavera.
Cuco: verano.
Luna: otoño.
Nieve: invierno.

 

PERRO

16 de febrero 2018

“Año del Perro de Tierra”

Perros, perritos, perrazos

Queridos compañeritos de camino, protectores terrenales, bonachones, fieros, cariñosos, pesaaaados, juguetones, gruñones, saltarines, dormilones…

 *

Perro de fuego

 Echado el perro

al resol de la siesta,

se lame el pene.

-Juan Francisco Pérez “Raijo”

 

Perro de tierra 

Luz de las brasas.

En las uñas del perro,

barro incrustado

– María Victoria Porras “Mavi”

 

Perro de hierro

Tarde estival,

las caricias del niño

al perro muerto

-Félix Arce “momiji”

 

Perro de aire

Cada día

camina más despacio…

la perra ciega

José Julio Sastre “Unsui”

Perro de agua

Perro en la hierba.

El rocío brillando

sobre su hocico.

-Susana Benet “Palmira”

 

Perro de madera 

juego de niños:

un perro se une, aunque

no entiende nada

-Fructuoso Soriano ”Frutos”

 

¡FELIZ AÑO DEL PERRO DE TIERRA!

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febrero

 

Árbol sin hojas- / ya no se oye el canto / de los pájaros

 

Entre la niebla  / las cañas de invierno;  / ruido de agua

 

Viento del norte, / en mitad del camino / un viejo nido

 

WABI-SABI

En el invierno los árboles pierden la hoja, los pájaros casi parecen desaparecer y el frío silencio lo inunda todo. Ante las ramas desnudas del árbol que fue frondoso en primavera nos encontramos ahora con la inquietante imperfección, la desnuda crudeza y el espíritu austero de esta época del año que nos recuerda el silencio y al vacío de nuestra propia alma.

Todo parece volver a su más pura esencia y muestra sin adornos la arquitectura esencial, despojada y desnuda de la belleza de la misma manera que lo hace el haiku.

Guiados por nuestra incansable búsqueda de la belleza esta época de vacíos y silencios nos lleva de forma casi imperceptible al encuentro con la raíz que sostiene el acontecimiento estético del aware y que en su imperfecta manifestación sugiere, sin embargo, una nueva comprensión que nos puede acercar al espíritu esquivo e inasible del propio haiku.

Es el espíritu del Wabi-Sabi que emanando del silencio y la ausencia se manifiesta a través del haiku para contar de manera humilde y concisa lo que acontece dotando a este del espíritu imperecedero del zen.

Este espíritu del Wabi-Sabi cultiva todo lo que es verdadero, esencial y puro reconociendo que todo es impermanente, todo es incompleto y todo se manifiesta a través de una perfecta imperfección.

Wabi nos indica el camino de lo simple, de lo natural de lo que es sin artificio y posee la frescura o quietud de lo sencillo. Es también el espíritu ascético de soledad y silencio del que vive en la naturaleza lejos de la sociedad.

Sabi es aquello que es frío, flaco o marchito, la belleza o serenidad que aparece incolora y sencilla resultado del sol, el viento, la lluvia, el calor y el frío en un lenguaje de decoloración, torsión, despojamiento e imperfecciones.

Ambos conceptos, wabi y sabi, sugieren sentimientos de soledad que nos recuerda el espíritu esencial del haiku que, en su simplicidad, busca expresar la belleza en su mínima expresión, en su más pura y descarnada esencia.

Así entramos en ese mundo de lo natural, lo esencial, lo austero e incluso lo imperfecto para expresar esa parte de nuestra alma que se despoja de lo superfluo para encontrar su esencia.

Así en los haikus de motocicleta de este mes he utilizado de manera premeditada los mínimos recursos técnicos y estilísticos para expresar el sentimiento de soledad y contemplación que ha inundado nuestra alma en su encuentro con el Wabi-Sabi.

La imagen en su mínima expresión acompañando al haiku que también es la mínima expresión para trazar un camino que trasmite el mensaje silencioso de lo que ya no está…

 

 

dos

Arrancamos hojas del calendario como si el tiempo fuese algo que se pueda desvanecer… pero el tiempo es memoria… es la urdimbre de la que todo está hecho.

Bajo el orbayu*… paso a paso, de sur a norte, recorro las calles… las observo, las siento… las vivo hasta no diferenciar su pulso del mío; la ciudad es como una sombra de la que no te puedes separar.

Voy camino del Cerro de Santa Catalina –origen de la ciudad de Gijón-, una roca cortada por la mar. Mi primer recuerdo del paraje es de muy niño… allí arriba parecían soplar todos los vientos mientras la mano de mi abuelo apretaba la mía con fuerza. Nunca sé con certeza lo que me lleva hasta ese lugar… quizás no soy más que un péndulo que siempre termina por detenerse en el mismo punto.

Asciendo la cuesta que por tramos llega a ser muy empinada. La lluvia se intensifica, me gusta sentir como cae sobre mí. Una vez en lo más alto, la frontera en la que ciudad y mar comparten silencios, diviso unas gaviotas que flotan en el aire ajenas a todo. En soledad, contemplo la mar… la eternidad. Busco… tal vez tratando de encontrar el paso del tiempo. Doy la espalda al Cantábrico y escudriño entre miles de tejados que parecen achicarse al pie de lejanas montañas. Lo miro todo hasta llenarme… llenarme de nada.

Y así, igual que llegué, regreso con la lluvia resbalando por mi cara, con el sonido de la hierba al ser pisada… He dejado de buscar… el tiempo reposa, adormecido, entre mi mano y la mano de mi abuelo.

Pronto se hará de noche…

mi corazón atrapado

en el vaivén de las olas

 Asturias, donde la tierra siempre es verde.

 

*En Asturias, lluvia muy menuda.

EL CAMINO DE LA SINCERIDAD

Miscelánea en torno al haiku

俳人の山小

No sé quién es el autor de esta preciosa fotografía. Siempre que la veo me hace sonreír con el corazón y me alegra el alma. Me atrapa su curiosa perspectiva, esa desde la que nos observan los gatos, las ranas y puede que hasta las hormigas. Y cómo no, imposible evitar que me evoque al Onitsura niño, que con tan sólo siete años escribió el que, según Blyth, fue “el primer haiku real”:

Koi koi to iedo hotaru ga tonde yuku

 

“ven, ven”, le dije

pero la luciérnaga

se fue volando

 

Fue Onitsura (1661-1738) el que habló de la necesidad de “sinceridad del arte” del haiku:

makoto no hoga ni haikai nashi.

 Sin autenticidad no hay haiku.

Y curiosamente, coincidía con Bashô (1644-1694) en este punto de vista con respecto al haiku, aunque no se conocían. La aparición en el S. XVII de estos dos haijines , “Bashô en el Este y Onitsura en el Oeste”, supuso un punto de inflexión que marcaría el comienzo del Haiku-dô tal y como lo conocemos hoy en día.

A Onitsura se le atribuyen estas palabras:

“Un buen poeta es alguien que puede hacer un verso interesante. 
Un maestro es alguien cuyo verso no suena interesante, pero tiene un sabor profundo.
Una etapa aún más alta es cuando un poeta ha alcanzado lo máximo del arte y su poema no presenta ni color ni fragancia. Sólo en esa etapa se puede acreditar que ha alcanzado la quintaesencia de haikai. “

 

Sora ni naku ya mizuta no soko no hototogisu

 

canta el cuco

desde el fondo del arrozal

y su canto resuena en el cielo

 

Me pregunto si este valiente y original haijin, que optó por alejarse del juego de palabras y de superficialidad, encontró al final de sus días su camino de sinceridad para poder plasmar lo que él mismo describe como la quintaesencia del haikai: un poema sin color ni fragancia.

 

Al despedirse de la vida, dejó para la posteridad su haiku jisei:

Yume kase karasu nosamasu kiri no tsuki

 

¡devolvedme el sueño!

me han despertado los cuervos

la neblina de la luna

 

Mercedes Pérez para ERDH 2018

 

*Fuentes:

– Palabras de Luz (Tomoshibi no kotoba) 90 Haikus Ueshima Onitsura Edición de Yoshihiko Uchida, Vicente Haya y Akiko Yamada.   Miraguano Ediciones.

wkdhaikutopics.blogspot.com

 

LADRONES

Reginald Horace Blyth

Traducción y selección: Jorge Braulio

 

Mitsukatte uma nusubito wa notte nige

Cuando sorprendieron

al ladrón del caballo,

escapó montado en él.

Hay algo cómico, incluso profundo, en el hecho de que el hombre use el objeto de su crimen para escapar de las consecuencias.

***

ANÓNIMO

Nusubito wo   toraete haha wa   koe wo sage

 

Al sorprender al ladrón

la madre

baja la voz.

La virtud de este verso está en la manera en que el escritor del senryu percibe y expresa lo más significativo, la parte más simbólica de la historia, el descenso de la voz, desde el grito hasta el susurro, la súbita conversión de una mujer en madre.

***

ANÓNIMO

 

Hana-nusuto   chô wa mugon de   okkakeru

Ladrón de flores.

Le persigue en silencio

la mariposa.

***

ANÓNIMO

Kaki-nusuto   me wo mitsuketa to   shiri wo fuki

“¡Al fin descubro

al que roba los nísperos!”

Se limpia el trasero.

 

Posiblemente está en una letrina, con la puerta entreabierta, o quizás tras un seto. En cualquier caso, se encuentra por azar en una posición privilegiada para descubrir al ladrón.

***

YASHARÔ

Dorobô no   kaeri ni marui   tsuki wo home

Al regreso del robo,

ensalza la redondez

de la luna.

 

La sátira aquí es muy delicada. Este hombre ha robado, se ha introducido en algunas casas para apropiarse de cuanto pueda convertirse en dinero. Una vez satisfechas sus necesidades más groseras y materiales, aflora su naturaleza espiritual y contempla la encantadora redondez de la luna con la mente tranquila, apaciguada.

 

Fuentes:

H. Blyth

Oriental Humour. Hokuseido Press. Tokyo, 1959 [I]

Japanese Life and Character in Senryu. Hokuseido Press. Tokyo, 1960 [II]

 

 

TARDE DE FEBRERO

En la tarde anduve con los perros por el área verde en las cercanías del río Isabela.

Me interné por sendas que sólo ahora, en la época de sequía, se hacen transitables. Los matojos conservan sus flores secas y el verdor de la yerba comienza a marchitarse.

Aún así hay espacios de yerba tupida, donde Bu, el galguito joven, parecía flotar en los brincos de su veloz carrera.

Y entre la maleza, qué bueno encontrar una corriente de agua, clara y silenciosa, que deja ver las piedrecitas tranquilas de su fondo.

Ya cayendo el sol retornamos. Acompañados por la brisa.

 

Canto de ciguas.

Los perros, detenidos,

olfatean.

 

El agua clara.

Donde se ve la tierra

y se ve el cielo.

nanakusa

                             七草や黙って打つも古実顔

nanakusa ya damatte utsu mo kojitsu kao

 

moliendo las siete hierbas…

una sabiduría antigua

su rostro en silencio

Issa Kobayashi

 

Sol, nubes, bosque, una montaña…

Kôfukuji. Esta mañana de enero en el templo junto al río Nakajima que atraviesa Nagasaki. Nanakusa no sekku. El festival de las siete hierbas. Daikon, seri… buf.. apenas me acuerdo de ninguna… Masu me lo explicó en su casa, hace días, en Año Nuevo. Y también el kagami mochi, pastel arroz espejo literalmente, ese adorno tan típico japonés que hay en todas las casas y comercios japoneses por estas fechas. Dos mochi redondos, uno más pequeño sobre otro más grande, la daidai, una especie de naranja agria pequeña con una hoja bien verde sobresaliendo.

Sol, nubes, bosque, una montaña…. Eso me dijo Masu que simbolizaba, según él, esos tres elementos. El sol del daidai apareciendo sobre la blancura de las nubes de mochi. El bosque insinuándose en esa hoja solitaria. Una montaña…. Masu tiene teorías, y buenas, para todo. Da gusto escuchar. Da gusto no saber.

“Antes de que los pájaros de China lleguen, arranca las siete hierbas silvestres y ponlas en tu mano….”

A veces, los ancianos canturreaban esa cancioncilla mientras majaban las siete hierbas en torno al siete de enero, tras las fiestas de Año Nuevo. Esa cancioncilla o algo parecido…. Me dice Masu. Retazos de palabras que hablan de retazos de palabras…

Hace pocos días, justo al volver de Oita, Izumi llamó a mi ventana y me invitó a acercarme al templo principal para asistir a la ceremonia de las siete hierbas.

En los templos es costumbre que el siete de enero se invite a todo el que quiera a participar de este “desayuno” especial a base de nanakusa gayu, una especie de gachas de arroz aderezadas con un majado de las siete hierbas de la fortuna.

En esta mañana de enero el templo junto al río aún brilla con la lluvia de la pasada noche. A la entrada todavía los zapatos de quienes me precedieron.

Una señora sentada sobre sus talones guarda silencio frente a un altar. ¿Ora? Descalzo en el tatami siento un pudor extraño, transparente.

En la estancia más al fondo el abad Matsuo san sirve las gachas a los pocos allí presentes. Asistido en todo momento por Izumi san que abre y cierra la olla que permanece humeante sobre el irori, el tradicional hogar japonés excavado en el suelo y con forma cuadrada. A un lado otro recipiente con el arroz, blanco, sin más, imprescindible en toda comida japonesa. Y el té. El té verde. En mi bandeja busco como por inercia el sol. ¿Podría valer el jengibre? No sé….

El sol, el de verdad, el de afuera, deja su luz sobre las plantas del jardín al que está abierta la sala.

La montaña… Ummm… la montaña casi la puedo oler. Siento su presencia más allá del cementerio que asciende por la colina, tras el templo. Buscando el cielo cubierta de árboles y soledad.

Oigo el silencio de la montaña ahora mismo en una mujer mayor que ora o pide frente a kanjis que no sé leer.

El pastel de arroz espejo. Qué cosas. ¿Será todo esto el reflejo de algo tan grande o tan pequeño que no puedo ni tocar? Tan lejano y tan cercano que ni siquiera puedo ver. Imaginar. Tan antiguo, tan presente. Tan callado…

El sabor del nanakusa gayu es soso. No tiene nada de especial. Como la lluvia, o una montaña, como un hoy cualquiera.

El shimenawa, las sogas hechas con paja de arroz, junto al resto de adornos de Año Nuevo se quemarán en breve. Y el kagami mochi se romperá en pedazos para comerlo en una ocasión especial dentro de un par de sábados o domingos. El kagami biraki, la apertura del espejo.

Intento sacar una foto al vapor que exhala la olla. El miedo a olvidar, a perder momentos como este, me lleva a menudo a ejercicios fatuos e inútiles así. Como fotografiar humo. Las sonrisas de los asistentes rompen en silencio el contraluz de algo que no está dentro ni afuera.

Matsuo san posa incluso cazo en mano, sonriente, para que el gaijin tenga su momento no-momento guardado a buen recaudo.

Al salir del templo me calzo con parsimonia. Por un momento pienso en caminar descalzo sobre la hierba húmeda. Cruzar el jardín bajo el sol de la mañana que se abre y tocar despacio las antiguas vigas de madera que sostienen la montaña que no se ve.

Algunas nubes, muy blancas, parecen llegar del mar y buscar el bosque, más allá de la colina cubierta de tumbas de piedra. La luz brilla sobre una lluvia antigua y transparente.

 

nanakusa…

a nada sabe

el aire de la montaña

 

-*-