Archivo de la categoría: El caserón de la curva (Yordan Rey)

Haibun infantiles

Del veintinueve al treinta y tres

veintinueve

Hace más calor que nunca. Y encima estoy empachado por comer tanto coco. Abuela me ha dado masajes en la barriga y las piernas con el aceite que guarda en un frasco de vidrio. En la vasija tiene hierbas y alacranes muertos. Casi tienen que amarrarme porque estaba seguro que el aceite ese quemaba, pero no.

Luego abuela ha hecho cruces en el aire y en mi frente y me ha hecho dar brincos, tomar agua y vomitar. Pero no vomité.

A esta magia, dice ella, se le llama sobar.

A Helem no le gusta la masa de coco; por eso me comía los suyos y los míos.

No quiero ver un coco más nunca en la vida.

Puesta de sol.

Lanzarnos cubos de agua

al pie del pozo.

 

treinta

En casa solo se escuchan llantos y hay gente que entra y sale constantemente del cuarto de mis abuelos. Nos han sentado en el portal, cada uno en un sillón, y no nos atrevemos a decir una palabra. Helem también llora. Yo no puedo.

Agosto.

Abuelo murió

a las cinco en punto.

 

treinta y uno

Solo quiero estar muy tranquilo viendo el atardecer.

Los colores del campo parecen de mentira. Por un lado, un rojo casi obscuro acompañado de nubes naranjas y al lado contrario los azules.

Pronto comenzarán a cantar los grillos. Una vez leí que el canto de los grillos proviene de un muchacho muy bello llamado Titono, del que se enamoró la diosa del amanecer. Ésta pidió a su padre, el dios Zeus, que hiciera al mozo un dios para que viviera con ella por siempre. Pero la diosa olvidó pedir que le diera también la juventud eterna. Titono fue haciéndose cada vez más viejo y arrugado, pero no se moría porque era un dios. Se encogió tanto que se convirtió en grillo. «Mori mori mori», pide Titono cada día a la diosa. Porque quiere morirse ya.

Tengo que tener cuidado cuando le pida de nuevo algo a la luna.

 

También sobre la yerba

atardece.

Hojas de almendro.

 

treinta y dos

¡Nos llevaron a una cueva! Fue genial. Entramos todos con dos quinqués de los que usaban los alfabetizadores y que dan tremenda luz. Fue impresionante desde el principio por la altura de los techos y la cantidad de murciélagos. Y en esta cueva había agua. Muy fría. Me encantó ver por primera vez las estalactitas y estalagmitas que conocía solo por libros. Luego hicimos un picnic, en la entrada bajo los árboles. Hablaron del abuelo y de sus cosas cómicas.

«¿Por qué lo habrá hecho?», dijo mi madre de pronto.

De la cueva salió un ruido, como si algo hubiese caído en el agua. Seguro fue la caca de un murciélago o una estalactita.

Luego se hizo silencio. Me sentía muy bien, pero entonces vi que Helem estaba llorando.

 

treinta y tres

Ya sé ir solo al río. En casa estaban durmiendo la siesta, pero mi madre me dio permiso. La bajada al río está llena de matas de ateje. Por diversión, como algunos frutos. Dejan las manos muy pegajosas.

Risas apagadas

con flores de majagua.

Ellas lavándose el pelo.

 

 

Del veinticuatro al veintiocho

Veinticuatro

Pasamos la tarde conversando bajo las matas de anón. Hacía un aire riquísimo y hasta dormimos. Dice mi prima que cuando sea mayor será cosmonauta como Yuri Gagarin. Yo no sé ni lo que quiero ser de mayor. Tal como están las cosas con mis padres, ya no importa; además, viviré en este rancho para toda la vida. A lo mejor me toca trabajar en la cooperativa como mi abuelo y el tío David. Eso sí, sería terrible tener que usar dientes postizos.

 

Escondrijo.

Con tallos de hierba seca

jugamos a fumar.

 

veinticinco

Los cocuyos dicen que me voy a casar seis veces y Helem se muere de la risa, pero yo creo que es mentira porque no hay tanta gente de mi edad en este pueblo. Aparte de que eso quiere decir que voy a andar con mis hijos de acá para allá cada vez que me divorcie. Hoy no tengo deseos de hablar con nadie y me he pasado el día leyendo. Abuela está pilando café con mi madre y Nadia. Helem se fue a la cooperativa con su padre y el abuelo. Si uno el canto de los pájaros, el crujir de las ramas de los úpitos y el ruido de abuela en el pilón, parece música.

 

Al robarme el azúcar

de la vitrina,

¡un alacrán!

 

Veintiséis

Tuve hoy mi primera clase de idiomas. Helem me está enseñando a hablar ruso para lucirnos delante de la gente. Tío David nos llevó al pueblo y estuvimos mataperreando; fuimos hasta la biblioteca que es súper chiquitica y dice Helem que ya se sabe casi todos los libros de memoria. Nos encontramos a los tres pesados que me vigilan y le dije a mi prima que corriésemos, pero ella se acercó y empezó a hablarles en ruso. De pronto se viró hacia mí y me dijo “idisudá”, que quiere decir “ven acá”. Yo le dije “vistrá, vistrá”, que significa “rápido, rápido”. Los pesados se quedaron locos. Y uno dijo con admiración “¡vieron, vieron, son extranjeros de verdad!” El otro nos preguntó si no se nos rajaba la lengua como dicen que pasa por hablar otro idioma. Les enseñamos la lengua y nos fuimos. Cuando nos sentamos en la pizzería nos estuvimos riendo de aquellos bobos tremendo tiempo.

 

Una y otra vez.

Contra el cristal

la mariposa.

 

Al regreso, me sentí muy feliz de pronto y le dije a mi tío que estaba contento de quedarme a vivir en el rancho. Él sonrió y me frotó la cabeza.

Caserón de la curva.

El olor del maíz

asado en leña.

 

Veintisiete

Cada día pasa alguien vendiendo leña. Pero mi abuela solo le compra a Deisi. Deisi tiene como mil años. Una vez le preguntamos y mi madre nos regañó porque era de mala educación preguntar la edad. Le dije que entonces en el mundo entero todos son unos maleducados porque la primera pregunta que nos hacen siempre a los niños es “cómo te llamas” o “cuántos años tienes”. Dice Deisi que es viejísima y que vino de Haití en un barquito de papel. Lo de Haití se lo creímos, pero lo del barquito es un paquete. Mi abuela siempre nos dice que debemos respetar mucho a Deisi porque es muy pobre y que a su edad es muy duro estar cargando leña. Por eso la ayudamos con sus bultos hasta la carretera. Esta tarde abuela nos dio un beso a cada uno y nos enseñó los nombres de las plantas medicinales del patio. Nosotros le contamos las historias de nuestros libros. Porque mi abuela no sabe leer.

 

Ruinas del molino.

La abuela nos corona

con flores de maravilla.

 

Veintiocho

Me gustó mucho ir a Ojo de Agua bien temprano. Pasamos por unos campos sembrados que se perdían a lo lejos. ¡Y las vacas! Dice tío que fajan si ven algo rojo. Son muy lindas de todas formas. En la vaquería que pasamos había muchas amontonadas para el ordeño. Yo no quise tocar a ninguna porque había una peste a caca tremenda. Los zapatos se me embarraron. Menos mal que no fui descalzo. En Ojo de Agua hay otro río y allí dos mujeres le daban golpes a la ropa mojada contra las piedras. Siempre me tengo que bañar en la orilla porque no sé nadar. Una de las mujeres nos habló de las madres de agua, que son unos seres con cuerpo de serpiente que se aparecen desde el fondo del río, agarran a un niño y se lo llevan con ella. Luego de esto creo que no aprenderé a nadar, en la orilla se está muy bien. Helem no teme a las madres de agua porque dice que Dios la protege. Ojalá Dios me protegiera. También a mi padre. Pienso de pronto en lo que dijo abuela de las tojosas que llaman a la desgracia.

 

Mediodía.

Vacas en fila india

a campo abierto. 

Dos campesinos.

Una garza les mira

recoger leña.

del diecinueve al veintitrés

diecinueve

Hemos ido recogiendo los trozos de crin que dejan los caballos en la alambrada cuando se rascan. Si uno acerca uno de esos pelos, bien estirado, a la oreja y lo pulsa con los dedos, suena como una guitarra. Helem sabe cruzar rápido por debajo de los alambres, pero yo siempre me raspo la espalda o una pierna o se me rompe el short. Hoy me enseñó el platanal. Fuimos llenando, con rocío de las hojas, la envoltura carnosa de una flor de plátano. Luego jugamos a que eran copas de cristal rojo y hasta brindamos. Cuando cruzamos la alambrada, siempre siento que estamos pasando a otro mundo.

De regreso a casa

llevamos caguayos

en las orejas.

 

veinte

Nos bañamos en el aguacero. Lo más rico fue meter la cabeza bajo el chorro de la canaleta que da al aljibe. Allí no nos metimos porque el agua es oscura y no se puede ver el fondo. A cada rato saltan las biajacas, unos peces que alguien echó ahí y han formado familia. El aljibe lo hicieron de la caldera de un central. Nadie sabe quién trajo esa mole de hierro porque cuando los abuelos se mudaron, ya estaba en el patio. No paró de llover hasta bien tarde. Abuela nos hizo chorote. Es una bebida caliente y muy rica, mezcla del maíz tostado —llamado pinol— con la leche. Por todas partes hay un fanguero enorme. Abuelo ha ensuciado el piso con las botas y mi madre, una vez más, ha limpiado todo. Dice ella que él siempre hace eso como una gracia.

Dejamos escapar

a la jicotea.

No nos castigaron.

 

veintiuno

Cuenta la abuela que antes de venir al caserón de la curva éramos ricos. “Los dueños del pueblo”. Pero que abuelo regaló todo al gobierno y nos trajo a esta pocilga. “A mí me gusta la casa”, le digo para que me abrace como la abuela extraterrestre abraza a su nieto en mi libro. Solo sacude la cabeza mientras masca tabaco, luego escupe en el piso una cosa prieta que me revuelve el estómago. Entonces ríe. Me dice que fumar es malo pero que mascar tabaco es muy rico. “Pruébalo”. Yo salgo corriendo.

Desde la casa abandonada

salen babosas.

El canto del choncholí.

 

veintidós

Dice mi abuela que pronto nos vendrá una desgracia porque las tojosas están cantando encima del pozo. Helem me enseñó a rezar. Si rezamos con fuerza, no vendrá la desgracia de las tojosas. Han traído hielo. Había olvidado cómo era tomar agua fría. En realidad, prefiero el agua fresca del pozo. Hace que me sienta muy feliz. De pronto, siento dolor de cabeza. Dice abuelo que eso es porque ya soy guajiro.

Tarde en el pueblo.

Todos los viejos bailan

al compás del órgano.

 

veintitrés

Nadie nos ha hecho caso hoy y hemos podido hacer todas las excursiones que queríamos: al maizal, al cañaveral a comer caña, dos veces al río, y a montar columpio en casa de la monga. Su nombre es Yuliana, pero le dicen la monga porque no habla y ríe por todo. Le digo que tiene unos ojos achinados muy bonitos. Yuliana ríe mientras se columpia. Helem está celosa. Cuando vengo a darme cuenta, ya se ha ido. La mamá de Yuliana trajo durofrío de leche. Pero yo no quise porque quería buscar a Helem. Me estaba esperando a la entrada del rancho. “Tú eres más bonita que ella”, le dije. Me regaló una ciruela madura.

En el portal

poner a competir

a las babosas.

del catorce al dieciocho

catorce

Anoche mi tío nos llevó al potrero porque una de las yeguas estaba pariendo. Bajo el vientre del animal, solo se veían las patas del potrico y el abuelo, agachado, las fue halando despacio, pero con fuerza, hasta que este cayó al suelo. Fue impresionante. La madre lo lamía y el recién nacido, algo torpe, intentaba levantarse. “¡Es hembra!”, dijo el tío. “Hay que ponerle nombre”.

“¡Daína!”, dije enseguida. A Helem no le gustó y discutimos. Al final el abuelo le puso Rosaura, un nombre feísimo. Me acosté en mi cama muy disgustado con Helem, pero ella vino con unas guindas e hicimos las paces.

“Yo quería ponerle Nieve, extraño la nieve”, dijo y me dio pesadumbre. Fui adonde el abuelo, quien me escuchó paciente bajo su mosquitero.

“Se llamará Nieve entonces”, sentenció y casi inmediatamente ya estaba roncando.

Madrugada.

Al ir a hacer pipi,

salta una rana.

 

 

quince

Esta mañana, mientras escuchábamos la radio, Helem me enseñó lo que era la ópera. La pieza que escuchamos es su favorita y se llama “Nessun dorma”. En español quiere decir “Nadie duerma”. Me quedé fascinado con la voz y tuve ganas de cantar así, como en la radio. Estuvimos toda la tarde jugando a la ópera bajo el árbol de los anones; luego fuimos a ver a Nieve, la potrica. Helem le fue a dar azúcar, pero la mamá empezó a relinchar y salimos corriendo.

 

Truena a lo lejos.

Descolgamos la ropa

de la alambrada.

 

 

dieciséis

Nadia me regañó muy fuerte. Me vio cazando cocuyos y metiéndolos dentro del frasco de Novatropín de mi madre. “¿A ti te gusta estar encerrado?” Le dije que no y me dieron ganas de llorar. Ella los soltó. Yo solo quería hacer una lámpara.

 

Miedo.

Entre las vigas del techo

salta una rata.

 

 

diecisiete

Nadia nos leyó un libro de astronomía. Dice que debemos leer más de ciencias. Nos habló de las estrellas- soles y los cometas. Pero también nos dijo que el sol se apagará y todo dejará de existir. Es la peor noticia del mundo.

Mi madre discutió con ella porque me hizo llorar con lo del sol. Le dijo que era una hipócrita porque hablaba de ciencias pero enseñaba a rezar a su hija. Nadia se molestó tanto que empezó a chillar en ruso. El tío David dijo que recordáramos que nosotros éramos los recién llegados y no ella.

“¡Yo nací aquí!”, gritó mi madre.

 

Atardecer en el río.

Lava el guajiro sus botas

con una tusa.

 

 

dieciocho

El abuelo llegó temprano hoy. Casi nunca está en casa porque trabaja en una cooperativa. La mayor parte del tiempo nos ignora. Por lo de los dientes, sé que es divertido. Sin embargo se hace el serio.

Abuela tiene un altar a San Lázaro en la esquina de la casa y dice que a mi abuelo le gusta burlarse, pero ella es la que manda y pone maíz y una taza de vino seco al santo. Dice que abuelo no cree en nada porque es del Partido Comunista, como papá.

Duerme el abuelo.

Sus chanclas cruzadas

bajo la cama.

 

 

Del nueve al trece

nueve

En el rancho no hay agua en la pila ni tampoco taza de

inodoro. El agua se saca de un pozo viejísimo y la caca

se hace en la letrina de madera o en el monte. Yo prefiero

hacerlo en el monte. La letrina da miedo, como si de

adentro fuera a salir un bicho así de pronto.

Hoy vamos a ir de compras al pueblo. Helem y yo

decidimos hacer un periódico. Contaremos las cosas

que pasan en el rancho y otras inventadas. Hay que

hacer bastante para repartirlo entre la gente.

Al final solo hicimos dos ejemplares. Era muy aburrido

copiar todo a mano. El pueblo estaba un poco feo.

Todas las casas eran iguales, muchísimo polvo y calor.

La gente sí era muy amable con nosotros. Un muchacho que conoce a Helem le preguntó si yo también era ruso. Ella le dijo que sí y le empezamos a decir mentiras

sobre cómo allá en Ucrania hacíamos muñecos de

nieve y cómo era viajar en avión. El muchacho estaba

muy sorprendido.

Al regresar a la casa, decidimos hacer títeres de trapo

para hacer una obra de teatro para los demás niños.

Pero no nos dejaron terminar de picotear la sábana.

 

Castigados.

Jugamos con la luz

y un espejo roto

 

diez

Nos hemos enterado de la historia de la casa abandonada.

Cruzando la carretera hay una casa toda llena

de hierbajos de la que solo quedan algunas paredes

y el piso. Helem misma nunca había entrado, tenía

miedo a que hubiese algún fantasma. Pero estando

los dos juntos era diferente. Acordamos llevar a escondidas

el rosario de la madre de tía Nadia que, según

Helem, protege de las cosas malas. Yo me llené

los bolsillos de piedras, por si acaso.

Entramos a la casa y estaba vacía, salvo una cruz de

madera que había en el medio. Junto a ella, flores secas

en un frasco de cristal. Caminamos por donde se podía;

la hierba crecía muy alta y había montones de mariquitas.

Algo cayó del techo. Me asusté, pensaba que era un fantasma, y

Helem empezó a gritar. Corrimos hacia la calle.

Pasaba un viejo en carretón con caballos: “Anjá,

los cogí haciendo cosas. ¿Qué estaban haciendo

allí?” Después nos preguntó de qué familia éramos.

“De los Oliva”, contestamos. “Nietos de Dora y Manuel”.

“Ah, son de la familia de los locos”, y continuó:

“En esta casa se pegó fuego la hermana de Dora y la

casa también se quemó”. “¡Mentiroso, mentiroso!”

Echamos a correr y lo dejamos gritándonos cosas.

Llegamos al rancho. Le conté a mi madre y se molestó

mucho. Quería saber quién era el hombre del

caballo, pero ya se había ido. “¡Jamás hablen de ese

tema con nadie!”, nos dijo.

En la vieja cruz

hemos puesto a escondidas

marpacíficos.

once

Fui al pueblo de nuevo, pero Helem se quedó en la

casa porque la castigaron. Antes de irme prometí

comprarle algo para que no estuviera triste. Mi tío

David me llevó a caballo. Al principio me emocionó,

pero después era muy incómodo porque se me

acalambraba el fondillo y dolía. Le pregunté si había

alguna librería y, muerto de risa, dijo que me buscara

una novia y dejara los libros en La Habana.

Yo fui a caminar. Había tres muchachos en la esquina y me llamaron para preguntar de dónde era yo. “De La Habana”, murmuré. Se empezaron a reír.

El más grande me preguntó si todos los habaneros

éramos tan raros. Y se volvieron a reír. “Te estaremos vigilando, habanerito”.

Mi tío salió de la bodega y preguntó  qué me habían dicho,

pero le dije mentiras. Al final fuimos a la biblioteca

porque en el pueblo no había librería. Demoramos casi

media hora en hacerme la nueva ficha. Le llevé a Helem

un libro de trabalenguas de David Chericián y un dulce

de coco. Saqué para mí un libro llamado “Fábulas de una

abuela extraterrestre”, de la escritora Daína Chaviano.

 

Luz de quinqué.

Con piedras del sendero

jugar yaquis.

 

doce

Hoy casi provocamos un incendio. Tomamos prestados

los espejuelos de leer de tía Nadia y quemamos

hojas secas usando los cristales como lupa bajo el sol.

Las hojas se inflamaron tanto que un poste del gallinero

empezó a arder. Por suerte, a Helem se le ocurrió

echarle tierra. Pusimos los espejuelos en su sitio y luego

nos fuimos al río como si nada. Le hablé a Helem del libro que estaba leyendo y ella dice que los extraterrestres sí existen.

Esta noche vamos a vigilar el cielo. A lo mejor vemos

alguno.

Ojo de agua.

Justo en la orilla,

tripas y sangre.

 

trece

Al costado de la casona hay un jardín de platanillo,

lleno de ranas. Abuela les tiene pánico. Por eso, cuando

ella sale de casa, va por el otro sendero, el que rodea al

árbol de guindas y pasa por las conejeras.

Mi prima y yo nos divertimos mucho haciendo

muñecos de barro. Imaginamos que son muñecos

de nieve. Los míos llevan sombreros de hojas secas.

Los de ella, flores de cundeamor y algunas plumas

que le robamos a la oca. Dice que cuando vaya a

Ucrania me traerá nieve en un frasco; o mejor, iremos

juntos y así la veo con mis propios ojos.

Está cayendo la tarde, en unas horas comenzarán

a volar las animitas. Aunque lo parezca, las animitas

no son como los cocuyos: ellas alumbran por el fondillo

y los cocuyos por la cabeza. Helem me enseñó

cómo se sabe cuántos novios uno va a tener: se pone

un cocuyo bocarriba y los saltos que vaya dando son

los novios. Lo haremos esta noche.

Abuela nos llamará de un momento a otro para

bañarnos.

Ocultos por los platanillos

sofocamos la risa.

Los gritos de abuela.

cinco, seis, siete y ocho

cinco

El caserón de la curva, así es como le dicen al rancho de mis abuelos. Lo encuentro igualito que en mis re­cuerdos: azulosas paredes de palma, las ventanas con mallas para los bichos, el suelo de mármol. Tengo suerte porque aquí sí me dejan andar descalzo.

Despertaron a mi prima Helem para que nos salu­dara. Es demasiado seria, quizás porque es ucraniana y los extranjeros son raros. Sin embargo, su mamá, Nadia, me dio un beso y me abrazó fuerte.

Me caigo de sueño. Mi abuela me da un vaso de leche tibia y unos queques. Abuelo se sienta cerca y cuando lo miro se pone al revés los dientes postizos con la lengua. Pero no me da risa.

 

Noche cerrada.

A la luz del candil

abuela crece.

 

seis

Ni los gallos me hicieron levantarme a pesar de lo fastidiosos que son. Estaba muerto de cansancio. El desayuno estaba muy rico: pan tostado, huevo hervido y leche con café. Luego abuela nos coló café claro. Aún sigue usando el colador con su gorrito de tela.

Helem quiso ver mis libros y me enseñó los su­yos. Luego de eso, siento que somos los mejores primos. Ni siquiera a Milián le gustan los libros. Helem es la hermana que siempre quise tener. El libro que más le gustó fue “La familia Mumin”, de Tove Jansson. Se lo regalé. A cambio me regaló uno sobre maripo­sas nocturnas. Está en ruso pero tiene unas fotos muy lindas. En el último viaje ella todavía era muy chiqui­ta y casi no jugábamos, pero ahora me doy cuenta de que es genial.

Hoy me llevó al río. “Está cerca”, dijo. Yo no sé lo que es cerca para mi prima porque había que caminar un montón. Por el camino se trepó a una mata de ma­moncillos. Yo esperé abajo mientras ella me lanzaba los más maduros.

 

Ojo de agua.

Robar un mango

de las ofrendas.

 

siete

Abuelo tiene tremendo miedo a las arañas. Nos vio sacándolas de sus madrigueras con un trozo de jabón atado a un hilo y nos regañó desde lejos. Soltamos to­das, menos una que escondimos en un frasco vacío de mayonesa. Luego la olvidamos en la sala y se ha formado tremendo problema porque abuelo la vio y dijo que nos iba a encerrar en el gallinero. Nos gritó cantidad de cosas. Abuela mató a la araña y nos senti­mos culpables.

 

Caída del sol.

Enterramos a la araña

junto a su cueva.

 

 

ocho

 Cosechar café.

Hoy nos han picado

las santanillas.

uno, dos, tres y cuatro

uno

Hace algunos años que no visitamos el rancho de los abuelos. Mi madre ha sacado dos pasajes en tren para mañana a las dos y media de la tarde y estamos prepa­rando las maletas. Son varias a diferencia de otros via­jes. Aun así, me ha pedido que solo tome aquello que me sea muy necesario. Mi padre no nos acompañará esta vez, pero me ha regalado nuestro libro favorito: Sendas de Oku. Es un diario de viajes escrito por un japonés llamado Matsuo Basho. Nos gusta porque al final de cada día, Basho cierra con un poema de tres versos llamado jaiku.

Creo que también haré un diario, como el de Basho.

 

Solos en la estación.

Escondí en la maleta

tu libro.

 

dos

Me he decepcionado un poco del tren. Yo pensaba que, como en otros viajes, tendría un bebedero con vasos de papel para echarlos a volar desde la venta­nilla. Y un vagón-comedor para sentarnos y pedir zumo de mango Taoro que me gusta mucho.

Todo es tan triste. Hasta mi madre. En vez de su termo azul, ha traído el café en un frasco viejo de No­vatropín. Me ofrece pan con tortilla pero no tengo hambre. Por suerte, me ha dejado la ventanilla.

En el vagón del fondo, alguien ha sacado una guitarra.

 

Línea del tren.

En ambos lados

el coralillo.

 

tres

Mi madre dijo algunas cosas muy serias. Primero, que había decidido separarse de mi padre y pasaríamos las vacaciones enteras con los abuelos en el rancho; luego, que yo empezaría en septiembre en la escuela del pueblo. Le pregunté por mis libros y mis amigos. “Te los mandará tu padre poco a poco; y los amigos, ya harás nuevos”.

Ella dice que es emocionante, yo no lo veo así. No me gusta conocer gente nueva y ella lo sabe. Encima ya no dice “pipo” sino “tu padre”, pero lloró cuando me dijo de la separación.

Ahora el viaje es más largo que nunca. Me pongo a pensar en la escuela y el rancho. Creo que me he puesto un poquito más feliz, pero entonces recuerdo a Milián, a Alicia y que ni me despedí de ellos. Por poco lloro también, pero me aguanté.

No me gusta llorar.

Oscurece.

Ya son quince

las polillas en la lámpara.

 

cuatro

Nos estaba esperando mi tío David. Nos abrazó fuer­te. Mi madre de nuevo lloró; pero él le habló brusco, que yo estaba delante, que se comportara. Montamos en un carro que nos dejó en una carretera con caña­verales a los lados. No estaba del todo oscuro gracias a la luna menguante. Ya había olvidado lo que era un cielo pleno de estrellas. Esperé que cayese alguna para pedir un deseo, pero nada.

De todos modos, mientras caminábamos hacia el rancho, pedí bien fuerte a la luna que algo pasara para volver a La Habana. Alicia me dijo que la luna cum­plía deseos, pero que luego de pedirlos no se podía hablar. El deseo se me rompió porque mi tío me pre­guntó unas cuatro veces si tenía novia.

Tuve que contestarle.

Al pasar por el pozo,

el canto de una lechuza

asustó a mi madre.

Presentación

El caserón de la curva

Premio VII Concurso Literario Francisco “Paco” Mir

(literatura para niños)

 

 

Yordan Rey Oliva

(La Habana, 1982)

Poeta y narrador.

Ha publicado el libro para niños y jóvenes Teresa Valdés del Pueblo de Quita y Pon (Editorial Unicornio, 2017).

Ha recibido, entre otros, el XIII Premio Internacional El Arte en Septiembre, de Argentina, (cuento y poesía), el Premio del IV Certamen Internacional de Relatos Premios Lorca, de España, y con este libro el Premio del VII Con­curso Literario Francisco Mir, de Cuba, en su categoría de literatura para niños.

Sus textos han sido incluidos en antologías y publicaciones seriadas de México, Argentina, Perú, España, Francia y Cuba.

 

 

A María Elena Quintana (Mizu-jo): sensei y amiga.

A mis padres.

Al pueblo de Campechuela.

 

 

Edición: Rafael J. Carballosa Batista

Diseño: Ailín G. González

Ilustraciones: Yanet Pérez Rosas

Corrección: Daniel Zayas

© Yordan Rey Oliva, 2017

© Sobre la presente edición:

Ediciones Áncoras, 2017

ISBN: 978-979-248-060-5

EDICIONES ÁNCORAS

c/ 37 s/n (altos) e/ 32 y 34

Nueva Gerona, Isla de la Juventud,

Cuba. CP: 25100

edicionesancoras@gmail.com

 

 

En el pueblo de Ashino están los “sauces temblando en el agua clara”. Se les ve entre los senderillos que dividen un arrozal de otro. Tobe, el alcalde de este lugar, nos había prometido muchas veces que un día nos los mostraría. Ahora por fin podía contemplarlos. Pasé un largo rato frente a un sauce.

 

Quedó plantado

el arrozal cuando le dije

adiós al sauce.

 

Sendas de Oku

Matsuo Basho