Archivo de la categoría: Casa de ciguas y de perros (Rafael García Bidó)

Haibuns mensuales

Amiga de Internet

     Sabrán que los viernes suelo enviar a mis amigos un poema de mi gusto vía el correo electrónico. En una ocasión recibí una solicitud de una persona residente en el sur de Chile para que la incluyera en mi lista de correos.

Así hice y resultó que esta señora, de edad avanzada, que vivía en compañía de dos perras, tenía una vida muy activa y era muy conversadora, si es que se puede llamar conversación a un intercambio de mensajes.

Me fue contando de su vida, presente y pasada, de la ciudad donde vivía, de sus gentes y sus actividades, de la geografía de esa zona del mundo y de sus fenómenos naturales: las grandes lluvias, la nieve, el frío, las alturas montañosas, ríos y lagos, bosques, volcanes, terremotos… Y también de su admiración por estas islas de sol y cielo azul donde vivo.

El intercambio duró años (en el interín sucumbió una de sus perras) hasta que se suspendió por semanas. Dada su edad llegué a pensar lo inevitable. Mas me llegó un mensaje donde me pedía que cuando le escribiera lo hiciera con una tipografía grande pues solo así podría leer. Lo hice, pero de nuevo dejé de recibir sus correos. Que ya no he recibido más.

 

Cae la lluvia.

El rumor se propaga

de techo en techo.

Ciguas

Qué día llegaron a mi calle, no sé. Si sé donde llegaron. Hicieron su nido en la palma real de una de las casas de la acera del frente, a tres casas de donde vivo.

Y allí progresaron hasta llenar las ramas de nidos más pequeños y luego vinieron a establecerse también en los huecos del alero de la casa vecina y también en la ventana del baño de nuestra residencia.

Ventana que en ocasiones no se abre o no se acaba de cerrar por no perturbar a sus inquilinos.

Ni qué decir que las mañanas son un encanto con el frescor unido al gorjear de tantos pajaritos. Por aquí, por allá, las delicadas voces impregnan el espacio con un suave clamor mientras el sol remonta el alto cielo y llega la hora de marcharme al trabajo.

 

Sólo una palma

y multitud de ciguas.

Brisa de abril.

 

Una palma, muchas ciguas.

A su faena cada quien.

 

Dando brinquitos

es que la cigua camina.

Primavera.

 

 

 

LA PRIMAVERA

     La vi un día de enero cuando el ruiseñor se posó aquí cerca sobre el hilo del tendido eléctrico. No cantó, no dijo nada.

Más tarde, viajando en la carretera, la vi en las flores naranjas de las amapolas y los tulipanes africanos.

En febrero ya estaba en la avenida y pasaba desapercibida. Algunas escasas caobas, en la parte más alta de su fronda, tenían pequeñas agrupaciones de hojas nuevas que se destacaban por su color verde manzana.

Ahora ya es marzo y llegó a la vista de todos. Son más largos los días, más cálidas sus horas. Su palpitación está en los robles, las acacias florecidas, los piñones, la niebla de la mañana, el concierto de los ruiseñores, la actividad de las ciguas, el sol que cruza más alto en el cielo.

Y unas lluvias tímidas que todavía no llenan los humedales.

 

Le cuesta caminar

al potrillo reciente.

Oh, primavera.

CABALLOS

Por años los he visto en el área verde entre la urbanización donde vivo y el río Isabela. Son una familia o varias familias y de vez en vez hay algún potrillo casi recién nacido.

Suelen pacer en el mismo camino por donde transito con los perros o en áreas aledañas. En ocasiones los he encontrado metidos en el arroyo. Cuando ocupan el camino, a veces me devuelvo para no perturbarlos, a veces les paso con cautela mientras ellos me abren espacio lentamente, también cautelosos. Hay veces que no los veo pero paso por lugares donde queda el olor de su orina.

Son otra nación, ya no pertenecen como antes a los trabajos y hazañas de los hombres, siempre con mucho sacrificio para ellos. Los observo y no he podido penetrar sus conversaciones, como lo hacía Lara, la perra, que se les acercaba y se olía nariz con nariz con alguno de ellos.

Son rojizos, de pelo negro, están bien alimentados y viven en paz, ajenos al mundo de los humanos. Es una dicha encontrarles por el camino con sus ojos grandes y sus cuerpos vigorosos dispuestos a acompañar al viento.

Pasaron los caballos.

En el camino hay huellas

de caballitos.

TARDE DE FEBRERO

En la tarde anduve con los perros por el área verde en las cercanías del río Isabela.

Me interné por sendas que sólo ahora, en la época de sequía, se hacen transitables. Los matojos conservan sus flores secas y el verdor de la yerba comienza a marchitarse.

Aún así hay espacios de yerba tupida, donde Bu, el galguito joven, parecía flotar en los brincos de su veloz carrera.

Y entre la maleza, qué bueno encontrar una corriente de agua, clara y silenciosa, que deja ver las piedrecitas tranquilas de su fondo.

Ya cayendo el sol retornamos. Acompañados por la brisa.

 

Canto de ciguas.

Los perros, detenidos,

olfatean.

 

El agua clara.

Donde se ve la tierra

y se ve el cielo.

AÑO NUEVO

La mañana del día de Año Nuevo es de puro ocio, de un no hacer, ni siquiera pensar.

Me levanté con el sol ya alto, pero aún ascendiendo por los cielos del este, y ahora cantan y revolotean las ciguas, distante se oyó el pájaro bobo, sopla una brisa fresca, ha llegado un colibrí. Todo sobre un gran silencio de los humanos que descansan de sus fiestas, sus afanes y sus máquinas.

El tiempo tiene el encanto de una primavera, de un primer día del mundo, de un transcurrir ilusionado. Nada ha sucedido en el año. Todo es expectativa. La rueda de la fortuna comienza un nuevo giro. A mis pies, como una extensión de mis extremidades, se ha acomodado el perro. Silencio y ciguas acaparan la atención.

Cielo del primer día.

¿A quién le gusta

el té de tilo?

 

Silencio y ciguas.

De repente el ruido

de un motorista.