Archivo de la categoría: Casa de ciguas y de perros (Rafael García Bidó)

Haibuns mensuales

CAMINO EN SOMBRA

Un camino en sombra es otra cosa. Unos grados menos de temperatura, un espacio proclive a la humedad donde el color verde se acentúa en las yerbas y matojos, una solapada invitación a detenerse.

En la sombra del camino cantan pájaros y se percibe el olor de la tierra, de vez en cuando cae una hoja, se escuchan de allá, de acullá, sonidos que trae el viento, los perros descansan de su respiración más honda.

Frescor de otoño.

Meriendan en la sombra

dos peregrinos.

 

 

 

La puerta de la noche

Cuando a media noche abro la puerta de mi casa abro la puerta de la noche, la noche de mi calle, en que casi todos los vecinos duermen y nadie transita, ni siquiera los gatos.

Camino con Sawyer, un perro beagle que quiere olerlo todo, no solo el pasto de las áreas verdes y los matojos que crecen frente a las casas desocupadas, sino que el propio pavimento es motivo de sus finas indagaciones mientras emite repetidamente un resoplido tenue.

Así las cosas el cielo de la noche nos resulta lejano, apenas visto en los tramos de la calle donde no encienden los faroles.

Y vamos dejando atrás espacios bien iluminados y espacios de suave penumbra según nos acercamos al confín de la calle, desde donde nos devolvemos. En el trayecto hay puntos que Sawyer marca con su orina, siguiendo una lógica que solo él conoce.

Algún perro nos ladra desde su patio, a veces se oye lejano un televisor, pero no perturban nuestra lenta caminata por la calle que sigue siendo silenciosa, tranquila, donde lo importante es el olor, los olores del suelo, bajo el cielo fresco y lejano de la noche.

 

Fin de la calle.

Màs allá el zumbido

de los insectos.

*

 Fin de la calle.

Desde lo más oscuro

una luciérnaga.

 

Tainí

En el bosque junto al río Isabela hay un árbol excepcional. No mucha gente sabe de su existencia y los que lo conocen no visitan el lugar con frecuencia.

El árbol es una ceiba, robusta y callada. Para abarcar su tronco deben unir manos y brazos unas nueve personas. Tiene ramas que se alejan horizontalmente del tronco unos 40 pies.

Esta ceiba se llama Tainí pues pertenece a un tiempo antiguo cuando, como ahora los ríos, todas las ceibas tenían su nombre.

Tainí vive casi al borde del agua, de hecho ayuda con sus formidables raíces a sostener esa orilla que el río socava en sus periódicas crecidas.

Tainí, a pesar de su edad, es asiento de muchas otras vidas que hacen hábitat en su fronda: plantas parásitas, aves, insectos, batracios…

Estoy sentado sobre la yerba al amparo de Tainí, viendo pasar las garzas por el río. En la otra orilla, no tan lejos, se ve el ramaje de Pairiní, otra ceiba.

 

 

Zumban y pican

numerosos mosquitos.

Atardecer.

 

CRIATURAS ALADAS

     Los que frecuentan el patio de mi casa son las ciguas y los perros. Los perros porque me siguen dondequiera que voy si le es permitido. Las ciguas, en su entera libertad, porque les place.

Pero de los patios vecinos, de las afueras de la urbanización, del entorno del río o vaya usted a saber de dónde, llegan ocasionalmente otras visitantes fugaces, aladas y rápidas como un soplo de brisa. Vienen zumbadores a libar en el aire el néctar de las orquídeas y las flores de Pompeya, vienen diminutas avecillas, como las reinitas o el cigüiriyín, a buscar cosas pequeñas que solo ellas ven.

Vienen abejas, trabajadoras y solas, vienen raramente mariposas, vienen o aquí mismo crecen los tenaces mosquitos.

Ya no, pero en otros tiempos tuvimos la dicha de ver en el patio al pájaro bobo, con su largo pico, su vientre bermejo y su extraña calma. Ahora solo oímos de vez en vez su grito ronco en árboles vecinos. También, más armoniosos, gritan los pájaros carpinteros, que no nos visitan nunca, empeñados en su labor en la copa de los árboles altos.

Y en alguna época del año en el atardecer cruzan en bandadas numerosas las madame sagá, de pecho amarillo.

Y el ruiseñor, solitario, del lado de la calle llena el espacio a ratos largos con su melodía de siempre primavera.

Ay, los países del aire.

 

Dìa nublado.

Ruiseñores y ciguas,

¿qué es lo que dicen?

 

 

Amiga de Internet

     Sabrán que los viernes suelo enviar a mis amigos un poema de mi gusto vía el correo electrónico. En una ocasión recibí una solicitud de una persona residente en el sur de Chile para que la incluyera en mi lista de correos.

Así hice y resultó que esta señora, de edad avanzada, que vivía en compañía de dos perras, tenía una vida muy activa y era muy conversadora, si es que se puede llamar conversación a un intercambio de mensajes.

Me fue contando de su vida, presente y pasada, de la ciudad donde vivía, de sus gentes y sus actividades, de la geografía de esa zona del mundo y de sus fenómenos naturales: las grandes lluvias, la nieve, el frío, las alturas montañosas, ríos y lagos, bosques, volcanes, terremotos… Y también de su admiración por estas islas de sol y cielo azul donde vivo.

El intercambio duró años (en el interín sucumbió una de sus perras) hasta que se suspendió por semanas. Dada su edad llegué a pensar lo inevitable. Mas me llegó un mensaje donde me pedía que cuando le escribiera lo hiciera con una tipografía grande pues solo así podría leer. Lo hice, pero de nuevo dejé de recibir sus correos. Que ya no he recibido más.

 

Cae la lluvia.

El rumor se propaga

de techo en techo.

Ciguas

Qué día llegaron a mi calle, no sé. Si sé donde llegaron. Hicieron su nido en la palma real de una de las casas de la acera del frente, a tres casas de donde vivo.

Y allí progresaron hasta llenar las ramas de nidos más pequeños y luego vinieron a establecerse también en los huecos del alero de la casa vecina y también en la ventana del baño de nuestra residencia.

Ventana que en ocasiones no se abre o no se acaba de cerrar por no perturbar a sus inquilinos.

Ni qué decir que las mañanas son un encanto con el frescor unido al gorjear de tantos pajaritos. Por aquí, por allá, las delicadas voces impregnan el espacio con un suave clamor mientras el sol remonta el alto cielo y llega la hora de marcharme al trabajo.

 

Sólo una palma

y multitud de ciguas.

Brisa de abril.

 

Una palma, muchas ciguas.

A su faena cada quien.

 

Dando brinquitos

es que la cigua camina.

Primavera.

 

 

 

LA PRIMAVERA

     La vi un día de enero cuando el ruiseñor se posó aquí cerca sobre el hilo del tendido eléctrico. No cantó, no dijo nada.

Más tarde, viajando en la carretera, la vi en las flores naranjas de las amapolas y los tulipanes africanos.

En febrero ya estaba en la avenida y pasaba desapercibida. Algunas escasas caobas, en la parte más alta de su fronda, tenían pequeñas agrupaciones de hojas nuevas que se destacaban por su color verde manzana.

Ahora ya es marzo y llegó a la vista de todos. Son más largos los días, más cálidas sus horas. Su palpitación está en los robles, las acacias florecidas, los piñones, la niebla de la mañana, el concierto de los ruiseñores, la actividad de las ciguas, el sol que cruza más alto en el cielo.

Y unas lluvias tímidas que todavía no llenan los humedales.

 

Le cuesta caminar

al potrillo reciente.

Oh, primavera.

CABALLOS

Por años los he visto en el área verde entre la urbanización donde vivo y el río Isabela. Son una familia o varias familias y de vez en vez hay algún potrillo casi recién nacido.

Suelen pacer en el mismo camino por donde transito con los perros o en áreas aledañas. En ocasiones los he encontrado metidos en el arroyo. Cuando ocupan el camino, a veces me devuelvo para no perturbarlos, a veces les paso con cautela mientras ellos me abren espacio lentamente, también cautelosos. Hay veces que no los veo pero paso por lugares donde queda el olor de su orina.

Son otra nación, ya no pertenecen como antes a los trabajos y hazañas de los hombres, siempre con mucho sacrificio para ellos. Los observo y no he podido penetrar sus conversaciones, como lo hacía Lara, la perra, que se les acercaba y se olía nariz con nariz con alguno de ellos.

Son rojizos, de pelo negro, están bien alimentados y viven en paz, ajenos al mundo de los humanos. Es una dicha encontrarles por el camino con sus ojos grandes y sus cuerpos vigorosos dispuestos a acompañar al viento.

Pasaron los caballos.

En el camino hay huellas

de caballitos.

TARDE DE FEBRERO

En la tarde anduve con los perros por el área verde en las cercanías del río Isabela.

Me interné por sendas que sólo ahora, en la época de sequía, se hacen transitables. Los matojos conservan sus flores secas y el verdor de la yerba comienza a marchitarse.

Aún así hay espacios de yerba tupida, donde Bu, el galguito joven, parecía flotar en los brincos de su veloz carrera.

Y entre la maleza, qué bueno encontrar una corriente de agua, clara y silenciosa, que deja ver las piedrecitas tranquilas de su fondo.

Ya cayendo el sol retornamos. Acompañados por la brisa.

 

Canto de ciguas.

Los perros, detenidos,

olfatean.

 

El agua clara.

Donde se ve la tierra

y se ve el cielo.

AÑO NUEVO

La mañana del día de Año Nuevo es de puro ocio, de un no hacer, ni siquiera pensar.

Me levanté con el sol ya alto, pero aún ascendiendo por los cielos del este, y ahora cantan y revolotean las ciguas, distante se oyó el pájaro bobo, sopla una brisa fresca, ha llegado un colibrí. Todo sobre un gran silencio de los humanos que descansan de sus fiestas, sus afanes y sus máquinas.

El tiempo tiene el encanto de una primavera, de un primer día del mundo, de un transcurrir ilusionado. Nada ha sucedido en el año. Todo es expectativa. La rueda de la fortuna comienza un nuevo giro. A mis pies, como una extensión de mis extremidades, se ha acomodado el perro. Silencio y ciguas acaparan la atención.

Cielo del primer día.

¿A quién le gusta

el té de tilo?

 

Silencio y ciguas.

De repente el ruido

de un motorista.