Archivo de la categoría: Un paso y luego otro… kilómetro 8 (Alfredo Benjamín -Alberasan-)

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Once

Llueve… una lluvia mansa que parece hastiada de caer, cansada ya de hacerse oír una y otra vez. Llueve… y, sin embargo, allá donde miro todo brilla y el mundo parece por estrenar.

Camino, paso a paso. La lluvia resbala por mi cara… Flota en el aire, ajena a todo, una gaviota. La mar, brava, rompe contra los acantilados.

Desciendo por una de las escaleras que dan al arenal. En cada paso que doy una huella, una parte de mí… con cada gota de lluvia un vestigio, un trozo de cielo sobre la arena. La playa está desierta. Una ola muere a mis pies… la mar devora los recónditos silencios que brotan de una ligera bruma. Abandono la playa y retomo el paseo marítimo… por un instante, al igual que la gaviota, me siento ajeno a todo… puede que la mar también quiera devorar mis silencios.

Mientras camino observo un grupo numeroso de vuelvepiedras; apenas se les distingue entre las rocas, su quietud contrasta con todo el dinamismo que les rodea… sigue la lluvia, sigue el viento y el rugido de la mar, siguen las nubes su deriva… solo se detiene el mundo bajo el plumaje de estos minúsculos pájaros… Atrapado en su sosiego, también me detengo… por un momento soy mundo… por un momento soy eterno.

Atrás dejo el paseo marítimo… Mis pasos por las calles se vuelven agua. La ciudad alza su voz, áspera y enconada. Camino, entre coches, entre gente, camino por otro mundo… un mundo que nunca para. Se hace tarde, la ciudad se ilumina. La lluvia se acrecienta.

 

Bajo la tormenta

enmudece la ciudad…

un hombre camina descalzo

 

Ya en casa… aún perdura el recuerdo de la lluvia sobre mi cara.

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

diez

Cuántas veces, buscando lo que creemos es un final, solo hayamos el principio de algo nuevo.

Llegó el otoño, retraído…con su melancólica mezcla del ayer y del hoy.

Alzo la vista. En lo más alto de un cedro cinco garzas reales apuntan con sus picos al cielo azul. Tres de ellas extienden sus alas… en suave planeo se dejan conducir por el viento… un vuelo que es viento, un viento que es aliento y suena a estertor.

Camino paso a paso… El sol, como si realizase un último esfuerzo, se aferra a mi piel. El corazón me late al ritmo de las hojas que caen… Las pisadas crujen. La luz del mediodía se desparrama sobre los árboles. El parque, poco apoco, pierde su voz mientras, lentamente, se desnuda como lo haría una amante primeriza.

Observo las aves, es tiempo de idas y venidas… unas llegan de la estepa rusa, otras inician su retorno hacia África… la vida continúa su ciclo. Una pareja de martín pescador muestra sus metálicos colores entre la maleza. Las libélulas se aparean antes de su letargo. El vacío que dejó el interminable ajetreo de las garcetas bueyeras se llena con el silencioso estar de los cormoranes. Y yo allí, viéndolo todo… sintiéndolo todo… como el mismo otoño, un poco retraído, colmado con un algo del ayer y otro algo del hoy.

Guardo la cámara fotográfica en la mochila. Pronto serán las tres, la hora de comer. Desde la rama de un castaño me observa una ardilla… no suelta su fruto. Gira en el aire la hoja de un arce… cierro los ojos… el aire lleva un sereno olor a bosque…

Paso a paso, regreso a casa arropado de otoño…

 

La luz del sol

entre las hojas mustias del ciruelo…

palpita el pecho de un raitán

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde

Nueve

Tenemos un único cuerpo, un cuerpo en el que solamente cabe un alma… un alma formada con pequeños trozos de otras muchas almas…

La senda transcurre paralela al acantilado. Un par de cormoranes descansan, mientras secan sus plumajes, amparados por los resquicios de la abrupta pared. Camino, paso a paso. Queda a mi izquierda la mar… una mar eterna castigada a no reposar… una mar convertida, un día y otro, en camposanto de las esperanzas… una mar que en un mismo gesto se violenta contra las rocas para transformarse en infinitas gotas con las que acariciar una piel… La mar… no sé con certeza que es lo que me atrapa de ella; quizás sean sus cortos pero desgarradores silencios, quizás sea que es la dueña de la voz primigenia que habita en nuestro instinto ancestral.

A mi espalda el sol sigue su ascenso… Gijón se hace pequeño. Asomada al acantilado una máquina desbroza decenas de eucaliptos talados… el paisaje recupera su antiguo esplendor. El viento pega de cara… un viento que parece de otro tiempo, lleno de recuerdos… un viento fuerte que acorta los pasos y se lleva del camino las sombras de unas gaviotas. Avanzo… las flores, marchitas por el estío, cabecean en la cuneta.

Siempre que recorro esta senda me acompaña el recuerdo de mi hermano… diez años ya que se fue… sus manos colocaron cientos de las lajas que hicieron de este pasaje un camino transitable. Por delante 13 km… una memoria que late y miles de piedras que dan forma a las emociones…

La mañana se transforma en tarde. Un pequeño colirrojo vuela a un lado y otro del sendero. Una lagartija, sin cola, se da un baño de sol entre los restos de un muro. Y camino, paso a paso… he de llegar al final… llegar para volver antes que la mar se vuelva un manto negro…

Flores resecas…

nadie detiene su andar

en este camino

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

Ocho

Con el suceder de los años, en ocasiones, caemos en la falsa sensación de que todo aquello que nos rodea no es más que una redundancia… tal vez, el mismo tránsito de los años nos ha hecho olvidar que solamente permanece inmutable aquello que ya está muerto…

Camino, paso a paso… ¿pero, qué cabe en un paso?

Detengo mi andar al pie de una cuneta. Descuelgo la cámara fotográfica que llevo colgada al hombro, me agacho… a través del visor de la cámara contemplo las gotas que la lluvia de la mañana descargó sobre la hierba… Enfoco una de las gotas… en ella, atrapada, se arquea la nube que, quizás, dejó escapar esa misma gota de agua…

Escampa… Un poco más allá, sobre la alambrada de espinos que rodea una finca, se alza la cabeza de un caballo. Una nube de moscas revolotea a su alrededor… cuatro o cinco de ellas bordean uno de sus ojos y beben del lagrimal… Puedo verme en ese ojo… apenas alcanzo el tamaño de una de las moscas… también se deja ver el sol asomándose entre las nubes… El viejo camino, que tantas veces he recorrido, se curva y se vuelve infinito en el iris del noble animal… Una de las moscas lleva en su boca una minúscula gota de agua… ¿cabrá otro mundo dentro de ese mundo?

Disparo una foto. Mientras miro la pantalla de visualización no puedo evitar un gesto de pesar… en la foto todo parece haber muerto… al otro lado de la cámara ya nada es igual… El intenso olor a estiércol del famélico caballo y su triste mirada me acompañan en el paseo.

Camino, un paso y luego otro… Allá donde miremos siempre hay algo más…

 

Desando el camino…

se llenan de lluvia

las alas de una libélula

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

Siete

Todo viaje tiene algo de vagabundeo, de búsqueda interior, de despedida… aunque, quizás, viajar no es más que una excusa para renovar todo aquello que ya creemos desgastado…

En la estación de tren un efervescente trajín aviva la mañana. El calor se hace notar… el sol parece haber puesto en fuga hasta las mismísimas sombras. Contemplo las vías… en ellas siempre cabe la esperanza de que exista algo más allá.

A la indicación de un pitido, sin los titubeos de las viejas locomotoras, se pone en marcha el tren… busca el destino que marcan las solitarias vías. Lentamente la ciudad cambia su pelaje. Las residencias, alineadas milimétricamente, dan paso a los nuevos polígonos industriales… enmascarados con fachadas espejadas absorben todo lo que les rodea. Avanza el tren, a mi izquierda puede verse la vieja siderurgia amodorrada bajo un eterno manto rojizo, al otro lado, por tramos, se vislumbra una carretera paralela a las vías. Un camión cargado de carbón se dirige hacia la central termoeléctrica -una hacedora de luz que ennegrece el agua de la ría-. Con un pequeño traqueteo el tren se sacude los últimos restos de la ciudad.

Se angosta la ruta… el roce del convoy con la maleza se hace sentir dentro del vagón… Un poco más allá un maizal agranda el espacio… bajo un cielo sin nubes posan dos cuervos sobre una rama seca.

Lentamente el paisaje se detiene… el tren abre sus puertas… se cuelan en el vagón aires de fiesta… El pequeño pueblo costero, Candás, está concurrido… tenderetes, terrazas, banderines de colores colgando entre las fachadas… y gente, mucha gente que se desenvuelve entre los olores de la sidra y las sardinas a la plancha…

Tras la comida, busco las afueras para darme un descanso… las casas blancas destacan sobre una mar azul…

Huele a eucalipto…

en el bosque

hay una fuente que gotea

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

Seis

Delineado por el viento… mudo… quizás sabedor de que simplemente con su presencia queda articulado todo vocablo. Ancestral… sagrado y mundano… custodio de todo y de nada… sobre su alcorque se yergue el árbol.

Salgo de casa, apenas necesito treinta o cuarenta pasos para encontrarme con los primeros árboles… si te paras a contemplarlos se diría que cantan… mas sólo es el algarabío de unos gorriones que encuentran refugio entre sus ramas. Como llevado por la brisa, prosigo con el paseo… la ciudad también parece hablar… mas sólo es el algarabío de una multitud que busca refugio en unas calles abarrotadas.

Hileras de ciruelos rojos, de aligustres, de plátanos de sombra agitados al son que determina el viento del nordeste, tamarindos, magnolios, tilos, abedules, encinas y un largo etc. que hacen de ellos infinitos ríos vegetales sobre cauces de asfalto.

Un paso… otro… y otro… un deambular por las aceras de la ciudad que casi siempre termina por llevarme a un parque… allí, donde más árboles hay, donde más puedo admirarlos, donde más siento su alma… un alma de otro mundo que se aferra a la tierra como si fuese humana. El tiempo se diluye entre el hipnótico agitar de millares de hojas. Me siento atrapado en un vaivén en el que no puedo dejar de preguntarme si los árboles, sin su ceguera, podrían vivir en la ciudad… y así, sin saber, soy como el ave que halla amparo entre esos indescifrables seres leñosos.

Desciendo por una escalinata de piedra que me acerca a lo más hondo del parque… El vacío, unido a uno de los bancos de madera que flanquean los peldaños de piedra, acapara mi atención…

 

Los años han tronchado

al viejo ciruelo…

sigue su vuelo el mirlo

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

cinco

Se quebró el invierno… hoy huele a primavera… y aunque su esencia, abrigada por miles de años, no aporta nada nuevo, sí nos deja algo renovado… Es como regresar… regresar a un lugar en el que nunca has estado, un lugar en donde los ecos traen sonidos libres de artificios… donde la vida y la muerte comparten el mismo lecho.

Camina entre la hierba, apenas alcanza la altura de las margaritas recién brotadas. Se mueve con pasos dubitativos, imprecisos… son sus primeros pasos… Avanza, paso a paso… nunca será consciente del reto que le propone la vida… Junto a él ocho o nueve pollos de la misma nidada… su madre parpa con firmeza manifestando su cercanía.

A mí alrededor todo parece buscar su lugar. No hay resquicio por el que no asome la vida… brota el verde… un verde distinto, lleva el brillo de lo naciente. Una garceta arranca pequeñas ramas de un árbol… pronto tendrá compañía… Una pareja de ardillas escarba en busca de los frutos enterrados durante el último otoño…Yo sigo mi camino… un paso y luego otro… por momentos como el pequeño pato… dubitativo, inconsciente.

Alzo la vista al cielo… en apenas unos minutos ha perdido su azul; primaveratan pronto todo se llena de agua como un rayo de luz borra el luto que dormita en las oquedades del árbol caído. Un pequeño pájaro insiste con su canto. Los ciruelos pierden sus últimas flores.

Sigo con el paseo… mis pasos marchan describiendo un gran círculo… Los círculos tienen algo de magia y mucho de eterno… cuando los recorres, y llegas a su final, es suficiente un solo paso para alcanzar el principio…

Cesa la lluvia…

Del pico de una gaviota

cuelga la cría de un ánade

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

Cuatro

Un cielo gris, una luz acerada… un frío blanco que se hace notar allí donde poso la mirada… un silencio que borra, del principio al fin, aquello que creo ser… Hoy, excepcionalmente, nieva en la ciudad…

Recorro otro de los lugares principales de Gijón, el parque de los Pericones, asiento del cementerio urbano de la ciudad… Paso a paso camino junto a los muros en donde se deslindan la muerte y la vida, el sueño y el soñador…

No muy lejos, y como en todo parque, hay una zona de juegos infantiles; hoy está vacía… no hay risas que se persigan, que se atrapen, que se asomen vertiginosas al final del tobogán. Hoy los bancos no tienen sombras en las que cobijarse, ni ancianos sentados que aparenten esperar mientras observan un velado horizonte. Hoy solo una mariposa vuela entre los últimos copos del invierno… parece no encontrar lugar en donde posarse; hoy, quizás como ella, tampoco sé donde pararme… Paso a paso, camino sin dejar de preguntarme: ¿en este silencio, cuántos silencios hay?

Cruzo una de las puertas que me lleva al otro lado del muro… un laberinto de nichos y tumbas donde el sonido es amordazado por el cemento, donde el tiempo es una cuña que agrieta los sepulcros… Me muevo entre ese todo que es la nada… y allí, en un rincón, donde aún respira la luz del mediodía, saludo a mi padre… el frío de la lápida y su recuerdo me hablan.

Retorno al parque… en mis labios el sabor de la nieve… mis sentidos tratan de aferrarse a todo aquello que me rodea. Atrás queda el ángel de granito con su ala quebrada… atrás queda ese espacio en el que miles de flores van a morir…

 

… cuando solo se escucha

el crujir de la nieve

al ser pisada

 

A mi padre, fallecido el mes de marzo de hace 39 años en el día más triste de mi vida.

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

tres

En el parque es otoño… la luz sonríe débil… es tiempo de nidos faltos de calor, de despedidas, de vuelos largos… es tiempo de futuros blancos.

El parque, con el paso de los días, va perdiendo su tono verde. El olor de la pinaza y el agitado aleteo de los pequeños pájaros llenan los huecos que dejan las hojas caídas. Apenas a un par de metros de mí, sobre un tallo cimbreante, se posa un resuelto carbonero*… inclina su cabeza hacia un lado… me mira, le miro hasta abandonarme en el brillo de sus diminutos ojos negros… parece observarme con extrañeza… puede que tan solo busque una mano tendida en la que picotear alguna semilla… o tal vez, solo tal vez, se pregunte quién es el insólito ser que está ante él y no tiene alas.

Un paso y luego otro… Cámara de fotos en mano me muevo alrededor de la laguna más grande del parque. Las garcetas bueyeras, con sus crías ya crecidas, se han ido… Ocho o nueve cormoranes, encaramados en lo más alto de un árbol, secan sus plumajes al tibio sol del mediodía; su quietud convive con el bullicio de decenas de gaviotas que parecen no encontrar su lugar.

El cielo, por momentos, oscurece… las sombras se disuelven. Cae la primera gota… otra… cientos… llegan como música sin partitura a seguir… Busco refugio bajo un pino que aún mantiene sus ramas tupidas. Con la lluvia brota la esencia de las cosas… redescubro todo lo que me rodea… en cada gota un improvisado acorde al que parece contestar la voz rasgada de un ave… hoy la lluvia suena a viejo blues.

Bajo los árboles contemplo el aguacero… el parque despunta en los charcos… el silencio se muestra desnudo.

 

Suena el agua en el viejo canal…

las hierbas altas

comienzan a doblarse

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

*Ave insectívora pequeña, muy llamativa, de colores azulados y amarillentos.

dos

Arrancamos hojas del calendario como si el tiempo fuese algo que se pueda desvanecer… pero el tiempo es memoria… es la urdimbre de la que todo está hecho.

Bajo el orbayu*… paso a paso, de sur a norte, recorro las calles… las observo, las siento… las vivo hasta no diferenciar su pulso del mío; la ciudad es como una sombra de la que no te puedes separar.

Voy camino del Cerro de Santa Catalina –origen de la ciudad de Gijón-, una roca cortada por la mar. Mi primer recuerdo del paraje es de muy niño… allí arriba parecían soplar todos los vientos mientras la mano de mi abuelo apretaba la mía con fuerza. Nunca sé con certeza lo que me lleva hasta ese lugar… quizás no soy más que un péndulo que siempre termina por detenerse en el mismo punto.

Asciendo la cuesta que por tramos llega a ser muy empinada. La lluvia se intensifica, me gusta sentir como cae sobre mí. Una vez en lo más alto, la frontera en la que ciudad y mar comparten silencios, diviso unas gaviotas que flotan en el aire ajenas a todo. En soledad, contemplo la mar… la eternidad. Busco… tal vez tratando de encontrar el paso del tiempo. Doy la espalda al Cantábrico y escudriño entre miles de tejados que parecen achicarse al pie de lejanas montañas. Lo miro todo hasta llenarme… llenarme de nada.

Y así, igual que llegué, regreso con la lluvia resbalando por mi cara, con el sonido de la hierba al ser pisada… He dejado de buscar… el tiempo reposa, adormecido, entre mi mano y la mano de mi abuelo.

Pronto se hará de noche…

mi corazón atrapado

en el vaivén de las olas

 Asturias, donde la tierra siempre es verde.

 

*En Asturias, lluvia muy menuda.