Roxana Dávila Peña
mushi
Esta tarde de invierno salgo a descubrir la playa. Me gusta llegar por primera vez aquí. A cualquier lugar. Encontrarme una vez más en tierras nuevas.
Voy descalza. Piso las miles de conchas que el oleaje ha dejado en la orilla.

La marea se retira y deja su escritura sobre la arena. Pliegues sin principio ni fin. El sol bajo entra de lado y marca las crestas con luz y los surcos con sombra. Parecen escultóricos. ¿Será el azar? No lo creo. Son marcas visibles de un ritmo invisible —agua que pasó miles de veces por el mismo sitio.
Algo de la vida de mis padres llega hasta aquí.
El vuelo de los pelícanos suena como una sábana movida por el viento. Las olas se acercan y se alejan. Algunas gaviotas permanecen quietas.
Qué curioso: de un lado, el mar que pasa la página una y otra vez; del otro, el desierto que aprende de memoria sus formas.
Pequeños gusanos de mar han dejado sus excrementos en forma de espiral, son como montañitas hechas de cordones de arena. Sobre esto, también, el brillo del sol.
Va oscureciendo. Siento como mis pies no sienten del todo. El frío aprieta.
Ya nada me mira. Todas las aves se han ido. Me pregunto a dónde. Qué importa.
Silencio. Con cada paso, se escucha más el silencio. A lo lejos, los ojos de un coyote.
Última lluvia del año.
Huelen a sal
las redes tendidas.





