Los principios energéticos yin y yang que en Japón corresponde a onmyō 陰陽 (in – yō) son dos conceptos del taoísmo que se refieren a la dualidad existente en el universo. La pintura sumi-e proveniente de China trajo consigo estos principio fundantes.
Ellos nos hablan del permanente fluir, de que nada es estático. La existencia de estas dos fuerzas opuestas pero complementarias son esenciales en el universo. El yin (陰 in) representa lo femenino, la pasividad, la luna, la tierra entre otras cosas y el yang (陽 yō) se relaciona con lo masculino, lo activo, el cielo, etc. Siempre complementándose uno con otro. Nada es total ni definitivamente IN ni nada lo es Yō. Como ejemplo para representar lo dicho se pueden observar los elementos del pintor. El suzuri, el tintero construido con una dura piedra abrasiva, es Yō cuando la barra de sumi IN es frotada sobre él para obtener la tinta. Cuando agregamos agua al tintero, la barra que era IN pasa a ser Yō en relación al agua que es IN. Por lo tanto la barra de sumi es IN y también Yō . Hay un fluir permanente de estos dos principios energéticos.
La transmisión de la energía interna al papel se logra a través de la naturalidad de la modulación de la pincelada del trazo, que es una de las características más destacable de la Pintura Oriental, debiendo ser expresivo y vital.
El estilo de Pintura Contemplativa trata de captar la síntesis de la naturaleza y a través de la contemplación encontrar el medio de sentirse uno mismo, descubriendo lo externo y expresando la vida interior en un lenguaje plástico. Su objetivo es la integración del hombre como un elemento más del universo, como medio de expresión de los valores naturales y espirituales.
El haiku do también busca la integración del hombre, persigue como fin entrar en el mundo, sentirse parte de él, estar y ser en él. Es una expresión básicamente relacional, da cuenta de esas vinculaciones existentes entre los seres.
En este camino, el del haiku y el de la práctica del sumie, no se trata de representar o simbolizar a la realidad. Ella misma es la naturaleza, es el ki (energía vital que la anima).
En la pintura japonesa la inmediatez, la espiritualidad, plenitud, creatividad es la vida misma que está aquí y ahora, lo que llamaríamos “el sentido místico del pintor”.
En una obra haiga el haiku se complementa con la pintura haciendo referencia a la alternancia de los Principios del IN (Yin) y del Yō (Yang) siendo necesario el reconocimiento de las características distintivas de la simplicidad, naturalidad y el vacío como parte integrante y armonioso del universo que nos rodea.
Tal vez sea ese espacio no pintado una de las características más visibles en una obra sumie. Más allá de las temáticas representadas, a simple vista se percibe la blancura de los fondos y la ausencia de multiplicidad de imágenes. La simpleza y la sencillez de unos pocos trazos realizados con el negro-gris le dan esa impronta tan sabi wabi.
Los elementos pintados, por su parte se ubicarán en posiciones más laterales, incluso de manera incompleta y asimétrica. De esa manera el ojo observador irá recorriendo toda la obra fluyendo dinámicamente con la energía entre los elementos plasmados en el papel. El vacío es además el continente de la obra.
No debemos caer en la tentación de pensar que el haiku es una especie de adivinanza que el autor le juega al lector, ni que lo no dicho sea algo expresamente omitido para generar una especie de ola de misterio transformando el haiku en un indescifrable.
“Pintarlos como son”, eso es lo difícil, dice Fei Ling en el cuento y también quienes se le animan a la pintura sumie. Tan difícil como lo es escribir un haiku plasmando la realidad, tal y como aparece ante nosotros.
Algo similar ocurre con la pintura oriental tradicional, aquella que también sugiere y no nos muestra todo. La que nos hace estar presentes en la obra, la que también completamos como espectadores y nos hace transformar en co-autores de la misma pintura.
Aunque el estilo pictórico marcaba dos tendencias fundamentales: la detallista y la esencial, en las obras presentadas al concurso se apreciaban dos denominadores comunes: el templo y las montañas.

Comenzó llamándose Taniguchi. En realidad ese era su apellido y Buson era el nombre de pila (en Japón se antepone el apellido al nombre). Como pintor firmaba sus obras como Chootoo, Shain y Shunsei. Como haijin llegó a firmar sus poemas bajo los nombres: Saichoo, Keisoo, Shikoan y Yahantei. Recién a sus 28 años adoptó el nombre que lo trascendió: Yosa Buson.
Si bien las obras pictóricas cuentan con algunos de ellos, un haiga no suele tener más que uno. Esto es acorde al valor espontáneo y despojado que constituye un haiga.

La escuela Kanō ya fue una escuela con identidad más japonesa que se practicó desde el siglo XV hasta el XIX abarcando los períodos Muromachi y Edo. Esta escuela también usaba el negro y sus matices. Los famosos biombos y grandes paneles que separaban los ambientes de los castillos son de ese período. Este tipo de pintura está más ligada a los poemas waka o tanka.




Desde principios del siglo XVII cuando comienza la difusión del haiku durante el período Edo, comenzaron también a crearse los primeros haiga de la mano de quienes practicaban el arte del haiku.



