Nihonga es el nombre que recibe la pintura tradicional japonesa en general. Su traducción más literal es “pintura al estilo japonés”. Según los materiales, especialmente las tintas y pigmentos que se empleen, existen distintas técnicas japonesas con características propias.
La utilización del sumi (tinta negra) no es exclusividad del sumie. Tambíen se utiliza para pintar obras Suibokuga y Tarashikomi. La diferencia entre el sumie y el Suibokuga radica específicamente en la cantidad de agua. Mientras el primero se pinta sobre el washi seco (papel absorbente de arroz) la técnica Suibokuga se ejecuta sobre el washi previamente humedecido o sea húmedo sobre húmedo, obteniendo así efectos más atmosféricos, más esfumados; aguados y sutiles. El Tarashikomi se realiza sobre washi encolado o cocido no permitiendo una absorción plena, por eso se puede regular la mancha a partir de la cantidad de agua. Otro soporte también utilizado es el papel de algodón (300 gramos aprox, el mismo que se usa para acuarela). Esta técnica se ejecuta colocando el agua previamente sobre el papel en el sector a pintar. Luego se vierte sobre ella la tinta en pequeñas gotas y con el pincel se va llevando el sumi al sector que se desee, dando más o menos intensidad dependiendo del sumi. Si bien el Tarashikomi cambia el soporte respecto al Sumie y Suibokuga, las tres técnicas utilizan el sumi, la tinta negra como único color.
Si en vez de utilizar el sumi se utiliza el color que brindan las pinturas gansai, que son acuarelas japonesas un poco más densas que las acuarelas comunes y menos que las témperas, encontramos dos técnicas posibles. Por un lado las obras Saibokuga y por otro las Kohitsuga. Las primeras se pintan sobre washi con las mismas pinceladas que se emplean en el sumie pero con color. Las Kohitsuga utilizan como soporte el mismo papel que el Tarashikomi, pero en este caso la particularidad es el uso de dos pinceles simultáneos. Con uno se coloca la tinta y con el otro, que solo tiene agua, se va esfumando el color para obtener más transparencia. Se pinta capa sobre capa pudiendo superar las treinta. En este caso puede dibujarse el motivo previamente y admite retoques. Por tal razón se la conoce como “pintura detalle”.
Cuando ambas técnicas, Saibokuga y Kohitsuga se ejecutan con pigmentos naturales, polvo de piedras preciosas o concha de ostra molidas, o polen de algunas flores; se les denomina Nihonga. Como su nombre es igual a las pinturas en general, se han generado algunas confusiones en las técnicas y sus nombres.
Por último están las obras Yoga, “pinturas al estilo occidental” que ilustran temáticas japonesas pintadas con óleos y acrílicos. Sin embargo por no respetar las características compositivas de la pintura oriental y sí poseer muchas características de la pintura occidental, se las reconoce fácilmente. Uno de los puntos más notorios es el lienzo totalmente pintado sin respetar los vacíos tan característicos.
Ahora bien, independientemente de los pigmentos y las técnicas, hay un factor fundamental que hace que a simple vista una obra se reconozca como oriental. Sería lo equivalente a saborear el haimi en un haiku que no está presente en otras expresiones.
La sugerencia, los vacíos / lo no dicho, lo incompleto, la ausencia del yo son algunos de los aspectos que dan constitución a la pintura tradicional japonesa, y también al haiku.
Pintor de rosas.
Las flores no son difíciles
y las hojas peliagudas.
Shiki



Tal vez sea ese espacio no pintado una de las características más visibles en una obra sumie. Más allá de las temáticas representadas, a simple vista se percibe la blancura de los fondos y la ausencia de multiplicidad de imágenes. La simpleza y la sencillez de unos pocos trazos realizados con el negro-gris le dan esa impronta tan sabi wabi.
Los elementos pintados, por su parte se ubicarán en posiciones más laterales, incluso de manera incompleta y asimétrica. De esa manera el ojo observador irá recorriendo toda la obra fluyendo dinámicamente con la energía entre los elementos plasmados en el papel. El vacío es además el continente de la obra.
No debemos caer en la tentación de pensar que el haiku es una especie de adivinanza que el autor le juega al lector, ni que lo no dicho sea algo expresamente omitido para generar una especie de ola de misterio transformando el haiku en un indescifrable.
“Pintarlos como son”, eso es lo difícil, dice Fei Ling en el cuento y también quienes se le animan a la pintura sumie. Tan difícil como lo es escribir un haiku plasmando la realidad, tal y como aparece ante nosotros.
Algo similar ocurre con la pintura oriental tradicional, aquella que también sugiere y no nos muestra todo. La que nos hace estar presentes en la obra, la que también completamos como espectadores y nos hace transformar en co-autores de la misma pintura.
Aunque el estilo pictórico marcaba dos tendencias fundamentales: la detallista y la esencial, en las obras presentadas al concurso se apreciaban dos denominadores comunes: el templo y las montañas.

Comenzó llamándose Taniguchi. En realidad ese era su apellido y Buson era el nombre de pila (en Japón se antepone el apellido al nombre). Como pintor firmaba sus obras como Chootoo, Shain y Shunsei. Como haijin llegó a firmar sus poemas bajo los nombres: Saichoo, Keisoo, Shikoan y Yahantei. Recién a sus 28 años adoptó el nombre que lo trascendió: Yosa Buson.
Si bien las obras pictóricas cuentan con algunos de ellos, un haiga no suele tener más que uno. Esto es acorde al valor espontáneo y despojado que constituye un haiga.

La escuela Kanō ya fue una escuela con identidad más japonesa que se practicó desde el siglo XV hasta el XIX abarcando los períodos Muromachi y Edo. Esta escuela también usaba el negro y sus matices. Los famosos biombos y grandes paneles que separaban los ambientes de los castillos son de ese período. Este tipo de pintura está más ligada a los poemas waka o tanka.




Desde principios del siglo XVII cuando comienza la difusión del haiku durante el período Edo, comenzaron también a crearse los primeros haiga de la mano de quienes practicaban el arte del haiku.
