Archivo de la categoría: La luna y otros haibun (Antonio Martínez)

RECREO

¡Qué bien lo pasamos en el recreo! Sin duda es la mejor hora de la mañana. Partidos de fútbol, carreras, algunas combas, algunas muñecas, pisar las hojas caídas en otoño, saltar en algún charco sin que nos vean los maestros en primavera, perseguir las mariposas en primavera, lanzarle una bola de nieve a los amigos en invierno…

Pero hay alguien más que también disfruta del recreo…bueno, mejor dicho, después del recreo, cuando suena la sirena: los pajarillos.

Después del recreo, muchos pájaros buscan eso que han tirado los alumnos…bueno, o que se les ha caído…

 

fin del recreo –

picotean los pájaros

trozos de pan

OPORTO…PORTO

Hay ciudades que le llegan a uno al corazón sin saber por qué. Eso me pasa con Oporto…Porto en portugués. Quizá no es una gran ciudad como otras europeas, algunos, incluso, podrían llegar a decir que no es una ciudad bonita…pero para mí es todo lo contrario.

Es verdad que parece que no está cuidada, que sus fachadas no están cubiertas de una pintura nueva y reluciente. Es, quizá, la prueba de una decadencia, la prueba de que fue una de las ciudades más importantes de Europa, cerca del mar y atravesada por el Douro, por el Duero.

Oporto es aún más bonito envuelto en la lluvia. Toma un color especial, melancólico…y pasear por alguna de sus calles empedradas se convierte en un ejercicio pausado de contemplación. La lluvia cae sobre todos. La lluvia va a seguir dando un color aún más decadente a los edificios.

Es por eso que cada vez que leo el haiku del final, recuerdo a la ciudad. Porque un haiku es como una foto, es un recuerdo de algo que vivimos y queremos dejarlo plasmado en diecisiete sílabas, nada más y nada menos. Quise hacer una foto y la hice…pero sin el gato.

calle empedrada –

un gato me cruza

bajo la lluvia

 

 

Grillos

Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de la infancia son las noches de verano regando el maíz (panizo que decimos por La Mancha). El maíz es una planta que hay que regar cada semana, ya sea de día o de noche.

Yo, sin duda, aunque solo hacía compañía a mi padre, prefería regar por las noches. Durante la noche, se aprecian, mejor que por el día, todos los sonidos y todas las luces.

Hay sonidos inconfundibles, como el sonido del agua que recorre las regueras y los surcos. El sonido de mi padre adentrándose y saliendo del maíz. El sonido de los grillos, casi permanente durante todo el verano. El sonido de la radio, esa radio que tanta compañía ha hecho y hará…

Hay también luces inconfundibles y preciosas, como la luz de la luna llena (si hay) reflejada en el agua que corre, la luz del amanecer y la luz de la linterna… Una linterna que ayudaba a mi padre a controlar por dónde iba el agua…

canto de grillos –

la luz de la linterna

entre el maizal

 

 

PASTOR

Una de las profesiones que más admiro es la de pastor. Quizá porque mi padre, además de agricultor, durante muchos años también lo fue.

Lo admiro por su trabajo, por su constancia, por su dureza, por su amor. El pastor conoce a todas y a cada una de sus ovejas. Es verdad que, si se ha perdido una, el pastor lo sabrá y, si hay una oveja suya en otro rebaño, la encontrará.

El pastor está todo el día en el campo. Sólo con su perro, el sol y el viento. Cuentan la leyenda que, antes, los pastores pasaban el tiempo tocando la flauta como único acompañamiento. Mi padre (y alguna vez yo) pasaba el tiempo escuchando la radio. Una radio pequeña que se apoyaba en las piedras mientras descansaba…Una radio que muchas veces perdía la sintonía…Una radio que, algunas veces, solo encontraba una sintonía…

Todavía recuerdo las palabras que se dice en muchos pueblos. Ríiiia, ríiiia… marcando la erre. Esa onomatopeya lo dice todo cuando se vuelve tras una dura jornada al corral. Ríiiia, vamos, vamos…

 

ríiia, ríiia…

el polvo del rebaño

tras el pastor

 

La Vela

Hay lugares en los que uno busca la soledad y otros en los que la encuentra sin buscarla. Siempre me han gustado las pequeñas ermitas en las que no hay casi nadie. Y nunca me han gustado las grandes ermitas en las que hay mucha gente…

Entro en una ermita. Es un lugar de Castilla. En la ermita no hay nadie. Es una ermita fría…más que fría: gélida. Casi no se percibe la luz de la tarde. Entra muy poca luz a través de unas sencillas vidrieras, nada que ver con la de las grandes catedrales.

Pero lo que me sorprende al entrar no es el suelo gastado, como a un conocido amigo haijin1, sino una vela que hay al lado del altar. Esa vela es la única luz, la pequeña luz que hay en la ermita. Alguien la dejó encendida, quizá como ofrenda hace un poco tiempo. Poco tiempo, porque no está muy consumida.

Tiene algo especial esta vela, porque es la única que hay encendida en la ermita…y porque le da un color especial a la ermita…Una pequeña vela en una ermita pequeña…

solo una vela

ilumina la ermita –

atardecer

-.-

1. Frutos Soriano.

más que el sermón

me conmueve el gastado

suelo del templo.

Botas

Muchas veces, hay cosas que nos llaman la atención sin saber por qué. Esas cosas, muchas veces no tienen importancia, son viejas, son usadas o en otra situación cualquiera no te habrías fijado en ellas.

Eso me pasó una vez y, posiblemente, a todos nos ha pasado.

Estaba atardeciendo y salí con la bicicleta por un sendero de tierra. Iba solo. No había ningún ciclista más ni ningún caminante. El campo estaba segado porque era verano y el sol le daba el color especial que tienen los atardeceres en los pueblos.

De repente, sin saber por qué me fijé en unas botas. Unas botas viejas. Paré la bicicleta y me quedé observándolas como si fueran una gran escultura, un gran cuadro o la misma luna llena.

Eran solo unas botas. Viejas, además. ¿De quién serían? ¿Las habría usado mucho? ¿Por qué las dejó ahí? ¿Por qué no esperó a tirarlas en su casa? Son tantas preguntas…Ninguna de ellas las he respondido, pero vuelven a surgir cada vez que releo este haiku:

 atardecer –

unas botas viejas

al borde del camino

Romero

La primavera viene cuando comenzamos a escuchar el trino continuo de los pájaros y empezamos a ver el campo florido y hermoso, como dice una canción.

Pero, para mí, el inicio de la primavera tiene mucho que ver con los olores. La primavera es la estación que más huele. Ese olor de las flores recién salidas, de hierbas desconocidas, de hierbas aromáticas…

Estas hierbas, las aromáticas, llenan de olor el monte, pero también los jardines de las ciudades. Y mis dedos. Desde pequeño, tengo el impulso de coger una rama de romero y pasarle los dedos…y olerlos…En mis dedos, durante algún tiempo está impregnado el olor del romero…

bancos vacíos –
el olor del romero
sigue en mis manos

MURMULLO

Haibun infantil 2

(En la Sierra de Segura, Jaén)

Hay sitios a los que querría ir más a menudo. Puedes escuchar los pájaros, puedes ver las nubes, puedes sentir el viento, puedes oler las flores, puedes escuchar el murmullo del río, puedes escuchar una cascada lejana, puedes sentir la hierba fresca bajo tus pies. ¡Tantas cosas que casi no se pueden hacer en la ciudad!

Esos sitios son los pueblos y las aldeas, algunos y algunas casi abandonados. Sitios donde no vive mucha gente. Sitios donde, a veces, solo vive una persona, o dos, o tres…o casi nadie. Gente que se resiste a irse del sitio en el que han vivido toda la vida porque allí lo tienen todo…o casi todo.

En algunos de estos pueblos y aldeas, hasta hace muy poco tiempo, no había ni luz ni agua. Antes, la luz y el agua eran las de la Naturaleza: la luz del sol (y la de la luna cuando estaba llena) y el agua de la lluvia, de la nieve derretida, del río…Ese río que, cuando llueve, recoge el agua y ese campo que, cuando llueve, recupera los olores perdidos en la ciudad.

huele a romero…

el murmullo del río

es más cercano

La Luna (haibun infantil 1)

Introducción

La luna y otros haibun” es (era) un librito, como su nombre indica, de haibun, pero de haibun para niños que llevaba guardado en los cajones virtuales de internet durante un tiempo. Estuvo a punto de publicarse, pero por problemas económicos…poderoso caballero es don dinero, nunca llegó a ver la luz.

Soy maestro de profesión y siempre he intentado llevar el haiku, como forma poética creativa y activa al aula. Es por ello que me decidí a hacer un librito de haibun infantil. Algunos de estos haibun, no todos, los leyeron mis alumnos.

Cuando se me propuso una serie anual, pensé en esta colección de haibun infantiles ocultos en internet y en mi memoria y creí que la oportunidad que me daba “El Rincón del Haiku” era inmejorable para publicarlo y hacerlo visible.

Gracias.

 LA LUNA

Haibun infantil 1

La luna. Unas veces redonda; algunas veces, oculta y otras veces creciendo o decreciendo…De todas las formas y maneras y a todas las personas nos llama la atención… Nos despierta un “¡oh!”, nos quedamos mirándola asombrados.

Pero, sin duda, la luna que más “¡oh!” nos despierta es precisamente aquella que cabe en la exclamación. La luna llena. Tan redonda, tan luminosa, tan bella.

No hay nadie que no se asombre ante su grandeza. ¿Quién no ha visto la luna llena, grande y redonda, y no ha dicho: “¡mira!”?

La luna no nos deja de asombrar y la vemos desde niños. Esa luz en medio de la noche, en medio de la oscuridad. Esa luz que se reparte igual por toda la Tierra. La podemos ver en la ciudad, en el pueblo, en la aldea…pero donde mejor se ve, sin duda, es en el campo abierto…donde ningún edificio ni ningún rascacielos la puede ocultar…

En las ciudades se oculta en algunas calles…La ocultamos, pero la encontramos…porque la luna está ahí, aunque el hombre, quizá sin pensarlo, quizá sin saberlo, casi la hace desaparecer en algunas zonas de la ciudad.

entre dos calles

que nadie recorre,

la luna llena