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Cuatro

Un cielo gris, una luz acerada… un frío blanco que se hace notar allí donde poso la mirada… un silencio que borra, del principio al fin, aquello que creo ser… Hoy, excepcionalmente, nieva en la ciudad…

Recorro otro de los lugares principales de Gijón, el parque de los Pericones, asiento del cementerio urbano de la ciudad… Paso a paso camino junto a los muros en donde se deslindan la muerte y la vida, el sueño y el soñador…

No muy lejos, y como en todo parque, hay una zona de juegos infantiles; hoy está vacía… no hay risas que se persigan, que se atrapen, que se asomen vertiginosas al final del tobogán. Hoy los bancos no tienen sombras en las que cobijarse, ni ancianos sentados que aparenten esperar mientras observan un velado horizonte. Hoy solo una mariposa vuela entre los últimos copos del invierno… parece no encontrar lugar en donde posarse; hoy, quizás como ella, tampoco sé donde pararme… Paso a paso, camino sin dejar de preguntarme: ¿en este silencio, cuántos silencios hay?

Cruzo una de las puertas que me lleva al otro lado del muro… un laberinto de nichos y tumbas donde el sonido es amordazado por el cemento, donde el tiempo es una cuña que agrieta los sepulcros… Me muevo entre ese todo que es la nada… y allí, en un rincón, donde aún respira la luz del mediodía, saludo a mi padre… el frío de la lápida y su recuerdo me hablan.

Retorno al parque… en mis labios el sabor de la nieve… mis sentidos tratan de aferrarse a todo aquello que me rodea. Atrás queda el ángel de granito con su ala quebrada… atrás queda ese espacio en el que miles de flores van a morir…

 

… cuando solo se escucha

el crujir de la nieve

al ser pisada

 

A mi padre, fallecido el mes de marzo de hace 39 años en el día más triste de mi vida.

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

LA PRIMAVERA

     La vi un día de enero cuando el ruiseñor se posó aquí cerca sobre el hilo del tendido eléctrico. No cantó, no dijo nada.

Más tarde, viajando en la carretera, la vi en las flores naranjas de las amapolas y los tulipanes africanos.

En febrero ya estaba en la avenida y pasaba desapercibida. Algunas escasas caobas, en la parte más alta de su fronda, tenían pequeñas agrupaciones de hojas nuevas que se destacaban por su color verde manzana.

Ahora ya es marzo y llegó a la vista de todos. Son más largos los días, más cálidas sus horas. Su palpitación está en los robles, las acacias florecidas, los piñones, la niebla de la mañana, el concierto de los ruiseñores, la actividad de las ciguas, el sol que cruza más alto en el cielo.

Y unas lluvias tímidas que todavía no llenan los humedales.

 

Le cuesta caminar

al potrillo reciente.

Oh, primavera.

hirado

弔旗へんぽんとしてうらゝか

chôki henpon to shite ura ka

 

luminosa

se agita la bandera

a media asta

 – ¡Fueron tan famosos durante la guerra, el gobierno japonés hizo una canción para mostrar lo valientes que eran! Eran tiempos de guerra…

Hotta-san se recoge el vestido y se acerca a la foto desvaída por el tiempo. Yo también, casi de rodillas sobre el tatami. Parecen niños. Niños vestidos de uniforme junto a lo que parece un gran árbol. Tres hijos de esta tierra.

Sería la guerra sino-japonesa pienso para mis adentros. Por los años en que vivió Santôka… calculo un poco así al albur.

Sobre la mesita de madera, al lado de la fotografía de los niños, de los soldados, hay dos poemas de Santôka. Uno caligrafiado sobre un papel, otro sobre un plato de cerámica bellamente decorado en tonos azules. Un alguien que camina, que se aleja, que descansa. Los kanjis y kanas son estilizados y apenas reconozco nada salvo el nombre de Santôka.

– Recuerdo a mi madre cantar esa canción, ella era una niña de la escuela en ese momento.

Hotta-san guarda silencio y entorna ligeramente los ojos. Parece que descansa, o se aleja hacia algún lugar lejano, pequeño, teñido de azul.

Sakino, Nagayama. Una hermosa casa de antiguos comerciantes de la época Meiji. No acabo de entender por qué esa foto y esos poemas de Santôka están aquí. Hotta-san, antigua maestra de cha-dô, me guía por la casa con pasos cortos y ligeros. La madera antigua apenas cruje al subir escaleras y descorrer y volver a correr los shôji que separan unas estancias de otras. – Por aquí se escapaban los contrabandistas- me dice con una sonrisa de niña traviesa mientras señala una trampilla entre lo que parecen dos armarios. – Y aquí se escondían los ninjas- ríe. Me meto en esa especie de recoveco umbrío al cobijo de una escalera. Ninjas y gaijines debe ser un binomio tan hilarante y natural para un japonés como las ranas gordas y la lluvia.

En la luz del sol tamizada por las celosías de madera el polvo, de siglos iba a decir, no, el polvo sin más, brilla ahora sí, ahora no, en la soledad de esa casa vacía, cerrada la mayor parte del tiempo. Al salir fuera, en el coche junto a Hotta-san para retomar la ruta por Hirado, es en lo único que pienso. Qué cosas.

Hirado es una isla en el extremo noroccidental de Kyushu. Un puente rojo que recuerda también en su forma al famoso Golden Gate de la bahía de San Francisco lo une a Kyushu, otra isla al fin y al cabo.

Ascendemos por una colina con lo que parecen amplios escalones excavados en la ladera cubierta de hierba amarilla. Desde allí se puede ver casi todo Hirado y parte de las prefecturas de Nagasaki y Saga. Bajo un cielo encapotado los penachos de las altas susuki ondean al viento con una luminosidad vacilante.

Hotta-san vive en Tenkeiji, el templo del que su marido se encarga desde hace muchos años. Mientras tomamos un té verde servido primorosamente por ella, claro, admiro el pequeño jardín interior que parece rodearnos y penetrar las estancias cubiertas de tatami. Ella cuenta que es probable que el funeral de uno de esos tres soldados de la foto se celebrara en este mismo templo. Quizá Santôka asistiera a aquel funeral y escribiera el haiku caligrafiado sobre el papel que vimos esta mañana en Nagayama, me dice.

Afuera, en el jardín de entrada, sobre una enorme piedra está tallado un haiku. Esta vez no solo reconozco el nombre de Santôka, también el hiragana “pottori”. Solo puede ser un haiku:

笠へぽつとり椿だつた

kasa e pottori tsubaki data

 

¡pot! me cae una camelia en el sombrero

 

Siempre me ha encantado este haiku. Y esa onomatopeya. Pottori. De hecho la uso bastante a menudo sin darme cuenta. Pottori. Como caen las camelias y los días tristes, o los niños que van a la guerra. Por completo y de una sola vez.

Mientras vuelvo a casa en el autobús, justo tras cruzar el puente rojo de Hirado, puedo ver perfectamente el castillo dominando desde lo alto la ciudad, recortado en el cielo claro de la tarde. El azul se ha abierto paso entre las nubes que se han hecho jirones en el transcurso del día.

Pienso en Santôka con su sombrero entre las manos, serio, mirando una bandera a media asta y pensando vete tú a saber qué.

A veces pienso que pienso pero no.

春寒い島から島へ渡される

haru samui shima kara shima e watasareru

 

pasando de isla en isla

con el frescor

de la primavera

 

Pienso en el otro poema escrito por Santôka que vi esta mañana. El que estaba pintado en azul sobre un plato de cerámica.

Pienso en un alguien sobre una colina, o recogido en un recoveco, en el silencio antiguo de una vacía casa de madera. En pequeñas siluetas junto a un gran árbol, que sin saberlo se convierten ya en azul. En la maestra de cha-dô que mira el mar sin decir nada mientras los penachos de las susuki brillan ahora sí, ahora no, en el viento de la mañana, ajenos a todo.

En islas unidas por puentes rojos…

Quizá mi alma, como Japón, es una isla y por eso aquí camina sin más, un algo que se aleja, que descansa.

Pienso…

 

CABALLOS

Por años los he visto en el área verde entre la urbanización donde vivo y el río Isabela. Son una familia o varias familias y de vez en vez hay algún potrillo casi recién nacido.

Suelen pacer en el mismo camino por donde transito con los perros o en áreas aledañas. En ocasiones los he encontrado metidos en el arroyo. Cuando ocupan el camino, a veces me devuelvo para no perturbarlos, a veces les paso con cautela mientras ellos me abren espacio lentamente, también cautelosos. Hay veces que no los veo pero paso por lugares donde queda el olor de su orina.

Son otra nación, ya no pertenecen como antes a los trabajos y hazañas de los hombres, siempre con mucho sacrificio para ellos. Los observo y no he podido penetrar sus conversaciones, como lo hacía Lara, la perra, que se les acercaba y se olía nariz con nariz con alguno de ellos.

Son rojizos, de pelo negro, están bien alimentados y viven en paz, ajenos al mundo de los humanos. Es una dicha encontrarles por el camino con sus ojos grandes y sus cuerpos vigorosos dispuestos a acompañar al viento.

Pasaron los caballos.

En el camino hay huellas

de caballitos.

tres

En el parque es otoño… la luz sonríe débil… es tiempo de nidos faltos de calor, de despedidas, de vuelos largos… es tiempo de futuros blancos.

El parque, con el paso de los días, va perdiendo su tono verde. El olor de la pinaza y el agitado aleteo de los pequeños pájaros llenan los huecos que dejan las hojas caídas. Apenas a un par de metros de mí, sobre un tallo cimbreante, se posa un resuelto carbonero*… inclina su cabeza hacia un lado… me mira, le miro hasta abandonarme en el brillo de sus diminutos ojos negros… parece observarme con extrañeza… puede que tan solo busque una mano tendida en la que picotear alguna semilla… o tal vez, solo tal vez, se pregunte quién es el insólito ser que está ante él y no tiene alas.

Un paso y luego otro… Cámara de fotos en mano me muevo alrededor de la laguna más grande del parque. Las garcetas bueyeras, con sus crías ya crecidas, se han ido… Ocho o nueve cormoranes, encaramados en lo más alto de un árbol, secan sus plumajes al tibio sol del mediodía; su quietud convive con el bullicio de decenas de gaviotas que parecen no encontrar su lugar.

El cielo, por momentos, oscurece… las sombras se disuelven. Cae la primera gota… otra… cientos… llegan como música sin partitura a seguir… Busco refugio bajo un pino que aún mantiene sus ramas tupidas. Con la lluvia brota la esencia de las cosas… redescubro todo lo que me rodea… en cada gota un improvisado acorde al que parece contestar la voz rasgada de un ave… hoy la lluvia suena a viejo blues.

Bajo los árboles contemplo el aguacero… el parque despunta en los charcos… el silencio se muestra desnudo.

 

Suena el agua en el viejo canal…

las hierbas altas

comienzan a doblarse

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

*Ave insectívora pequeña, muy llamativa, de colores azulados y amarillentos.

shakuhachi

けいこ笛田はことごとく青みけり
keiko fue ta wa kotogotoku aomi keri

 

práctica de flauta

campos de arroz

un verdor que lo cubre todo

Issa Kobayashi

 

Sentado en seiza el maestro de shakuhachi espera a su alumno. Un sencillo té verde sobre el tatami. Llega un señor tan mayor como el propio maestro. Reverencias, apenas un susurro que no alcanzo a entender.

El alumno hace una reverencia al cojín sobre el tatami, como en el zen pienso yo, y se sienta también en seiza frente al maestro. Un pañuelo delante de las rodillas. Despacio, tranquilamente. El maestro examina las partituras y extiende una sobre el cojín, frente a su alumno. Este le corresponde con una reverencia.

Silencio.

El único requisito para estar aquí es que guarde silencio. Miro como el alumno toma entre sus manos el shakuhachi, la flauta tradicional japonesa de ocho pies (literalmente shakuhachi) y se lo acerca a los labios.

Silencio.

Un silencio que se alarga hasta tensar el mío. Por un momento pienso que le pasa algo, que se le ha olvidado tocar, que no ve la partitura….

De pronto ese silencio se rompe, bueno no, en realidad no se rompe. Ese silencio… no sé… De pronto suena un leve viento que no sé cómo ni de dónde viene.

Las notas… las no-notas, no sé… ese sonido de ese viento parece llegar desde las montañas que rodean la ciudad, se transforman unas en otras como deslizándose por el filo de las hojas del bambú.

Un sonido que se hace silencio, un silencio que se hace sonido…

Levemente sinuosas, las hileras de arroz joven recorren el campo recién anegado. En el fondo, o en el cielo, unas pocas nubes se mueven apenas con el viento que sopla levemente. La mochila me pesa cada vez más desde que el sendero comenzó a empinarse. Aún queda un trecho hasta el santuario y el sol a esta hora de la tarde cae de plano sobre los arrozales.

Sentado junto al agua cristalina miro los renacuajos quietos junto a los brotes de arroz mientras bebo agua y como un onigiri. Qué silencio hay aquí. Ahora. Justo cuando el viento mueve un poquillo las hojas verdes del arroz y alivia mi pies recalentados. Me quito el kasa, el sombrero de junco, para sentir ese viento en el pelo aunque sea por un momento.

Shinmai. Así se llama al arroz joven. Recuerdo de pronto. También significa “principiante”. Qué bonito, pienso sin saber por qué. Como el arroz joven. Un principiante en todo. Lleno del verdor de las cosas que comienzan a vivir. Abarcarlo todo con una mirada tan transparente como esta agua que se llena de todo sin aferrarse a nada y sustenta el arroz que será. Ajeno al peso de las cosas o su voluntad, como el viento…

Qué silencio hay aquí. Sí.

Un silencio que se hace sonido, un sonido que se hace silencio…

El alumno ha finalizado. Un nuevo silencio que desde el aire va depositándose sobre todas las cosas. Una reverencia al maestro. Serenidad.

El maestro da la vuelta al cojín y repite algunos fragmentos. En frente, su alumno no mueve ni un músculo. Asiente tan levemente con los ojos entornados que apenas alcanzo a verlo.

El maestro concluye y sonríe. Hace una reverencia a su alumno.

Suena un claxon. Ah, estamos en la ciudad, es verdad. Se me había olvidado. Sobra la ciudad aquí y ahora.

Después de la clase el maestro me muestra su casa. La colección de shakuhachi, las fotografías de sus maestros, ilustraciones de los “monjes de la nada”, los kumosô, esos tan llamativos de la secta fuke con la cesta en la cabeza para no distraerse absolutamente con nada. Caminar y tocar el shakuhachi, y ya está. Por un momento me imagino así. Con un cesto en la cabeza. Pero sin tocar nada. Y dando tumbos a trompicones de aquí para allá.

Al salir de la casa del maestro ya es de noche. Algunos copos de nieve parecen materializarse desde la oscuridad hasta adquirir blancura. Son muy pocos. Quizá los primeros de la nevada que vendrá.

No hay viento y caen sobre mi cara haciéndose nada serenamente. Su sabor es frío y breve.

Boroboro. Pienso de pronto, no sé por qué. Una onomatopeya. Algo que se desmorona, algo que está cayendo, como las lágrimas o el arroz. Qué cosas tienen los japoneses… lágrimas o arroz… Recuerdo a Santôka con sus manitas lamentándose del arroz derramado…

En la serena quietud de la noche parece que los primeros copos han sido también los últimos. No hay viento. No hay nada.

Silencio.

Pienso en el verano que fue, en el que será. En el verdor recién estrenado del arroz joven.

dos

Arrancamos hojas del calendario como si el tiempo fuese algo que se pueda desvanecer… pero el tiempo es memoria… es la urdimbre de la que todo está hecho.

Bajo el orbayu*… paso a paso, de sur a norte, recorro las calles… las observo, las siento… las vivo hasta no diferenciar su pulso del mío; la ciudad es como una sombra de la que no te puedes separar.

Voy camino del Cerro de Santa Catalina –origen de la ciudad de Gijón-, una roca cortada por la mar. Mi primer recuerdo del paraje es de muy niño… allí arriba parecían soplar todos los vientos mientras la mano de mi abuelo apretaba la mía con fuerza. Nunca sé con certeza lo que me lleva hasta ese lugar… quizás no soy más que un péndulo que siempre termina por detenerse en el mismo punto.

Asciendo la cuesta que por tramos llega a ser muy empinada. La lluvia se intensifica, me gusta sentir como cae sobre mí. Una vez en lo más alto, la frontera en la que ciudad y mar comparten silencios, diviso unas gaviotas que flotan en el aire ajenas a todo. En soledad, contemplo la mar… la eternidad. Busco… tal vez tratando de encontrar el paso del tiempo. Doy la espalda al Cantábrico y escudriño entre miles de tejados que parecen achicarse al pie de lejanas montañas. Lo miro todo hasta llenarme… llenarme de nada.

Y así, igual que llegué, regreso con la lluvia resbalando por mi cara, con el sonido de la hierba al ser pisada… He dejado de buscar… el tiempo reposa, adormecido, entre mi mano y la mano de mi abuelo.

Pronto se hará de noche…

mi corazón atrapado

en el vaivén de las olas

 Asturias, donde la tierra siempre es verde.

 

*En Asturias, lluvia muy menuda.

EL CAMINO DE LA SINCERIDAD

Miscelánea en torno al haiku

俳人の山小

No sé quién es el autor de esta preciosa fotografía. Siempre que la veo me hace sonreír con el corazón y me alegra el alma. Me atrapa su curiosa perspectiva, esa desde la que nos observan los gatos, las ranas y puede que hasta las hormigas. Y cómo no, imposible evitar que me evoque al Onitsura niño, que con tan sólo siete años escribió el que, según Blyth, fue “el primer haiku real”:

Koi koi to iedo hotaru ga tonde yuku

 

“ven, ven”, le dije

pero la luciérnaga

se fue volando

 

Fue Onitsura (1661-1738) el que habló de la necesidad de “sinceridad del arte” del haiku:

makoto no hoga ni haikai nashi.

 Sin autenticidad no hay haiku.

Y curiosamente, coincidía con Bashô (1644-1694) en este punto de vista con respecto al haiku, aunque no se conocían. La aparición en el S. XVII de estos dos haijines , “Bashô en el Este y Onitsura en el Oeste”, supuso un punto de inflexión que marcaría el comienzo del Haiku-dô tal y como lo conocemos hoy en día.

A Onitsura se le atribuyen estas palabras:

“Un buen poeta es alguien que puede hacer un verso interesante. 
Un maestro es alguien cuyo verso no suena interesante, pero tiene un sabor profundo.
Una etapa aún más alta es cuando un poeta ha alcanzado lo máximo del arte y su poema no presenta ni color ni fragancia. Sólo en esa etapa se puede acreditar que ha alcanzado la quintaesencia de haikai. “

 

Sora ni naku ya mizuta no soko no hototogisu

 

canta el cuco

desde el fondo del arrozal

y su canto resuena en el cielo

 

Me pregunto si este valiente y original haijin, que optó por alejarse del juego de palabras y de superficialidad, encontró al final de sus días su camino de sinceridad para poder plasmar lo que él mismo describe como la quintaesencia del haikai: un poema sin color ni fragancia.

 

Al despedirse de la vida, dejó para la posteridad su haiku jisei:

Yume kase karasu nosamasu kiri no tsuki

 

¡devolvedme el sueño!

me han despertado los cuervos

la neblina de la luna

 

Mercedes Pérez para ERDH 2018

 

*Fuentes:

– Palabras de Luz (Tomoshibi no kotoba) 90 Haikus Ueshima Onitsura Edición de Yoshihiko Uchida, Vicente Haya y Akiko Yamada.   Miraguano Ediciones.

wkdhaikutopics.blogspot.com

 

TARDE DE FEBRERO

En la tarde anduve con los perros por el área verde en las cercanías del río Isabela.

Me interné por sendas que sólo ahora, en la época de sequía, se hacen transitables. Los matojos conservan sus flores secas y el verdor de la yerba comienza a marchitarse.

Aún así hay espacios de yerba tupida, donde Bu, el galguito joven, parecía flotar en los brincos de su veloz carrera.

Y entre la maleza, qué bueno encontrar una corriente de agua, clara y silenciosa, que deja ver las piedrecitas tranquilas de su fondo.

Ya cayendo el sol retornamos. Acompañados por la brisa.

 

Canto de ciguas.

Los perros, detenidos,

olfatean.

 

El agua clara.

Donde se ve la tierra

y se ve el cielo.

nanakusa

                             七草や黙って打つも古実顔

nanakusa ya damatte utsu mo kojitsu kao

 

moliendo las siete hierbas…

una sabiduría antigua

su rostro en silencio

Issa Kobayashi

 

Sol, nubes, bosque, una montaña…

Kôfukuji. Esta mañana de enero en el templo junto al río Nakajima que atraviesa Nagasaki. Nanakusa no sekku. El festival de las siete hierbas. Daikon, seri… buf.. apenas me acuerdo de ninguna… Masu me lo explicó en su casa, hace días, en Año Nuevo. Y también el kagami mochi, pastel arroz espejo literalmente, ese adorno tan típico japonés que hay en todas las casas y comercios japoneses por estas fechas. Dos mochi redondos, uno más pequeño sobre otro más grande, la daidai, una especie de naranja agria pequeña con una hoja bien verde sobresaliendo.

Sol, nubes, bosque, una montaña…. Eso me dijo Masu que simbolizaba, según él, esos tres elementos. El sol del daidai apareciendo sobre la blancura de las nubes de mochi. El bosque insinuándose en esa hoja solitaria. Una montaña…. Masu tiene teorías, y buenas, para todo. Da gusto escuchar. Da gusto no saber.

“Antes de que los pájaros de China lleguen, arranca las siete hierbas silvestres y ponlas en tu mano….”

A veces, los ancianos canturreaban esa cancioncilla mientras majaban las siete hierbas en torno al siete de enero, tras las fiestas de Año Nuevo. Esa cancioncilla o algo parecido…. Me dice Masu. Retazos de palabras que hablan de retazos de palabras…

Hace pocos días, justo al volver de Oita, Izumi llamó a mi ventana y me invitó a acercarme al templo principal para asistir a la ceremonia de las siete hierbas.

En los templos es costumbre que el siete de enero se invite a todo el que quiera a participar de este “desayuno” especial a base de nanakusa gayu, una especie de gachas de arroz aderezadas con un majado de las siete hierbas de la fortuna.

En esta mañana de enero el templo junto al río aún brilla con la lluvia de la pasada noche. A la entrada todavía los zapatos de quienes me precedieron.

Una señora sentada sobre sus talones guarda silencio frente a un altar. ¿Ora? Descalzo en el tatami siento un pudor extraño, transparente.

En la estancia más al fondo el abad Matsuo san sirve las gachas a los pocos allí presentes. Asistido en todo momento por Izumi san que abre y cierra la olla que permanece humeante sobre el irori, el tradicional hogar japonés excavado en el suelo y con forma cuadrada. A un lado otro recipiente con el arroz, blanco, sin más, imprescindible en toda comida japonesa. Y el té. El té verde. En mi bandeja busco como por inercia el sol. ¿Podría valer el jengibre? No sé….

El sol, el de verdad, el de afuera, deja su luz sobre las plantas del jardín al que está abierta la sala.

La montaña… Ummm… la montaña casi la puedo oler. Siento su presencia más allá del cementerio que asciende por la colina, tras el templo. Buscando el cielo cubierta de árboles y soledad.

Oigo el silencio de la montaña ahora mismo en una mujer mayor que ora o pide frente a kanjis que no sé leer.

El pastel de arroz espejo. Qué cosas. ¿Será todo esto el reflejo de algo tan grande o tan pequeño que no puedo ni tocar? Tan lejano y tan cercano que ni siquiera puedo ver. Imaginar. Tan antiguo, tan presente. Tan callado…

El sabor del nanakusa gayu es soso. No tiene nada de especial. Como la lluvia, o una montaña, como un hoy cualquiera.

El shimenawa, las sogas hechas con paja de arroz, junto al resto de adornos de Año Nuevo se quemarán en breve. Y el kagami mochi se romperá en pedazos para comerlo en una ocasión especial dentro de un par de sábados o domingos. El kagami biraki, la apertura del espejo.

Intento sacar una foto al vapor que exhala la olla. El miedo a olvidar, a perder momentos como este, me lleva a menudo a ejercicios fatuos e inútiles así. Como fotografiar humo. Las sonrisas de los asistentes rompen en silencio el contraluz de algo que no está dentro ni afuera.

Matsuo san posa incluso cazo en mano, sonriente, para que el gaijin tenga su momento no-momento guardado a buen recaudo.

Al salir del templo me calzo con parsimonia. Por un momento pienso en caminar descalzo sobre la hierba húmeda. Cruzar el jardín bajo el sol de la mañana que se abre y tocar despacio las antiguas vigas de madera que sostienen la montaña que no se ve.

Algunas nubes, muy blancas, parecen llegar del mar y buscar el bosque, más allá de la colina cubierta de tumbas de piedra. La luz brilla sobre una lluvia antigua y transparente.

 

nanakusa…

a nada sabe

el aire de la montaña

 

-*-