CONSTRUIR
El día rompe
En copas de los árboles
La algarabía.
¿Rompe el día a la algarabía o es la algarabía la que rompe al día? ¡Qué importa! Sujeto y objeto, fundidos en el abrazo de la ambigüedad del haiku.
DECONSTRUIR
Deconstruir es eso, romper un poco el encanto de la indefinición, de la ambigüedad del haiku. Por eso, esta sección de DECONSTRUIR es perfectamente innecesaria para degustar el placer de la lectura del haiku. Pero… mi compromiso con la vocación analítica, racional –en suma con el parloteo de un ocioso– me obliga a rendir cuentas de las circunstancias de composición de este extraño haiku. Quedará claro, con este deconstructivo comentario, quién es el sujeto y quién es el objeto de estos tres versos.
Me los inspiró el oír el canto estridente, alborotado de los pájaros en las copas de media docena pinos que hay junto a la piscina municipal de Talavera de la Reina adonde cada mañana acudo temprano a nadar. A eso de las siete y media estos días de fines de febrero, cuando apenas empieza a clarear el día. Ya está: ya lo he revelado: el sujeto del haiku es «algarabía»; el objeto de la acción de romper es el «día». Pero me gusta siempre que puedo crear ambigüedad en mis versos, pues la indefinición, a mi juicio, es una cualidad del haiku. Tampoco menciono en esos tres versos el verdadero agente de la algarabía: los pájaros. Es innecesario. Y no mencionar lo innecesario en una poesía de economía léxica como es el haiku, me parece otra buena cosa a la hora de escribir haikus. Se entiende de sobra que quien arma alboroto en lo alto de los árboles no pueden ser más que aves.
Originalmente había escrito:
Rompe el día
En lo alto de los árboles
La algarabía.
Pero lo deseché enseguida porque me parecía malsonante la rima producida en el primer y tercer verso. Por otro lado también, juzgué más precisa y, sobre todo, más evocadora la palabra «copa» que «alto».
Que con su piar estridente, un ave rompa o quiebre el día, es una imagen venerable en la poesía épica castellana. Concretamente, en el Cantar de Mío Cid. Está en un verso que es ejemplo de los retazos líricos que, de vez en cuando, asoman en este célebre poema épico. Dice así: «Apriessa cantan los gallos; quieren quebrar albores». En su grafía original:
Sin darnos cuentas, el acervo de metáforas –a pesar de la antipatía natural que el haiku japonés siente hacia estas figuras retóricas–, imágenes y asociaciones en el que nos hemos criado y realizado nuestras primeras lecturas está ahí, en nuestra mente, en nuestra memoria inconsciente. Y cuando el estímulo o la inspiración poética empujan, se cuela en nuestros versos. Como se coló la imagen del día roto por el canto de un ave. Hace mil años para el autor anónimo del Cantar fueron los gallos; hace una semana, unos gorriones con su estridente canto, alborotados por la felicidad de un nuevo día, por el barrunto de la próxima primavera.
Por eso, es un haiku de primavera este que hoy presento a la paciencia de los lectores de El Rincón. Un haiku sin sujeto, ni objeto claramente formulados. Sin mención de «pájaro» ni de «ave». Este agente innombrado, el ruido que arma, el naciente día y el lugar desde donde pía… fundidos en una sensación.
Una sensación acústica percibida en un instante único de un amanecer cualquiera.
