Archivo de la categoría: El alma de las flores (Andrés González)

Gorriones y gusanos

1

Comienzan las lluvias fuertes en gran parte de Chile mientras las condiciones de vida empeoran rápidamente con el gobierno de Kast.

La columna de este mes nace de un error: quería hablar de un haiku que creía que era de Bashō pero no, era de Issa.

Sin embargo, mientras buscaba sin suerte en los diarios de viaje y antologías, encontré un haiku de Bashō que me pareció que podía acompañar al de Issa:

En un campo de canola,
gorriones
con cara de hanami[1]

El de Issa, en traducción de Sam Hamill:

El perro viejo escucha
atento, como si oyera las
canciones de trabajo de los gusanos[2]

2

El haiku de Bashō es como una semilla de lo que será la poética de Issa. Nos revela de súbito que el mundo no consiste únicamente en las percepciones, sensaciones y emociones de los seres humanos, que hay otros seres que observan, sienten, escuchan, se emocionan y viven sus vidas.

Si bien Bashō no es un poeta animista, su camino poético busca aproximarse de una forma más directa y abierta al mundo natural. A diferencia de la poesía clásica aristocrática, en la que los animales y las plantas tienden a aparecer para expresar las emociones humanas, Bashō insiste en que “para saber del pino hay que aprender del pino; para saber del bambú hay que aprender del bambú”. Su haiku busca captar la verdad íntima, la sinceridad, del mundo.

En el haiku de Bashō se nos presenta una escena que para otro poeta podría ser trivial, pero él distingue en los gorriones, al ver la canola en flor, la cara de hanami. El hanami[3] es la tradición de contemplar flores en Japón, especialmente los cerezos, y nace el s. VIII cuando la clase aristocrática copia la costumbre china de recitar poesía y beber vino contemplando los ciruelos en flor[4].  En este haiku Bashō vincula esta actividad cultural de la nobleza con la forma de hacer mundo de un ave tan común y corriente como el gorrión.

Uno de los aspectos más importantes del proyecto poético de Bashō es su búsqueda por hablar del mundo cotidiano, el mundo de los plebeyos y los campesinos, con un lenguaje en el que resuenen Sogi, Saigyo, Du Fu o Li Bai. A diferencia del haiku popular, que “rebajaba” lo “alto”, su propósito es “elevar” lo “bajo”[5].

Siguiendo con el haiku del que hablamos, me parece muy bello el gesto de Bashō al ver en los rostros de los gorriones una expresión similar a la de los humanos que miran fascinados los cerezos. De pronto nos abre un mundo donde no sólo los humanos pueden practicar el hanami, sino también los gorriones y todos los seres vivos. También los caballos, los ratones y las moscas desean ver flores. Podríamos decir acaso que el hanami es una intensidad que pueden todos los rostros al contemplar las flores.

3

Bashō busca contemplar, escuchar, aprender directamente de los seres y las cosas, y muchas veces anula su perspectiva como sujeto, pero Issa es distinto de él y la mayoría de los haijin, e interviene directamente en los acontecimientos.

Por ejemplo, frente al famoso haiku sobre el viejo estanque (“Un viejo estanque; / salta una rana, / ruido de agua”[6]), Issa responde:

El viejo estanque…
¡déjenme adelantarme!
ranas que saltan[7]

Issa interviene en el mundo porque quiere aliviar el sufrimiento, acompañar la soledad, expandir la alegría, prestar atención a la belleza y celebrarla.

Vicente Haya dice: “Los haijin no hablan con los seres vivos en sus haikus, no intervienen en las escenas que recogen, no enjuician la realidad. (…) Pero es imposible controlar a Issa. Él habla con los seres fuera y dentro de sus haikus”[8].

En el caso del haiku que estaba buscando para esta columna, un perro pone atención, quizá pega la oreja al suelo, como si escuchara los cantos de trabajo de los gusanos.

De los gorriones con cara de hanami de Bashō pasamos a unos gusanos que cantan mientras trabajan. Podríamos decir que hay un desplazamiento en las formas de traducir los mundos animales: mientras Bashō vincula a los gorriones con una actividad de ocio de la aristocracia, Issa vincula a los gusanos con las prácticas y costumbres de los trabajadores[9].

Sin embargo, este haiku de Issa me recuerda a uno de Bashō en Sendas de Oku:

Aquí en Oku
plantan arroz cantando:
¡nace la poesía![10]

Y de pronto, entre los cantos de los campesinos y los de los gusanos puede nacer la poesía.

Creo que esa es la semilla de Bashō. En la cara de hanami de los gorriones hay una intuición: ve en ellos la posibilidad de la poesía.

Dos siglos más tarde, Issa, que parte del hecho de que todos los seres están vivos, piensan, sufren, dudan o se alegran, se vincula y dialoga con ellos como seres capaces de hacer belleza, de hacer poemas.

Si para Bashō el poeta debe deponer su propia intención para captar directamente el mundo, en Issa el mundo está lleno de intenciones y puntos de vista. Todos tienen algo que decir, así como sus propias formas de contemplar y hacer mundo. Todos siguen creativamente lo creador, todos pueden hacer poemas.

Frente a la realidad del sufrimiento que revela Buda, Issa insiste en una poética del “sin embargo”[11], que radicaliza la concepción de la dignidad ontológica de todo lo existente. Todos los seres sufren, pero también todos los seres buscan el alivio de ese sufrimiento.

Así, para Issa el poema es también un tejido ético donde tejer entre los diversos seres vivos el mundo desde la compasión, la compañía, la ternura y la belleza.

Issa escucha, como el perro, a los seres trabajar, esforzarse, pero también escucha los cantos que crean para acompañar el trabajo. Y siguiendo el haiku de Bashō sobre el nacimiento de la poesía, podríamos decir que Issa comprende que la poesía es aquello que nace cuando los seres se esfuerzan por crear un mundo mejor.

Quizá Issa también nos está diciendo que tenemos que volver a aprender a escuchar el mundo. En ese sentido, me recuerda a la señora Tokue Yoshii, de la novela Dorayaki, de Durian Sukegawa. En una carta le cuenta al protagonista, Sentaro, qué entiende ella por Escuchar:

“Presto atención al lenguaje de las cosas que existen en el mundo pero que no pueden usar palabras. (…) Cuando hago pasta de azuki miro de cerca el color de la cara de cada poroto. Les doy mi consentimiento para que me hablen. Imagino un día de lluvia o uno despejado del que ellos han sido testigos. Escucho lo que tienen para contarme sobre el viento que los hizo llegar hasta mí.

Creo que todas las cosas de este mundo tienen su lenguaje propio. (…) Creo que no hay nada que nuestros oídos no sean capaces de escuchar”

Más tarde, en otra carta, cuenta cómo una noche vio de pronto la luna llena:

“¡Cuánta belleza! Estaba extasiada, incluso me olvidé de todo lo que había sufrido (…). Después sentí que escuchaba una voz muy parecida a los susurros de la luna. Decía: Quería que me vieras. Por eso brillo de esta forma”.

Quizá también los gusanos querían que el perro los escuchara cantar mientras trabajaban la tierra: “escucha el canto de los que remueven por amor los suelos”.

Quizá Issa y el perro están escuchando cómo todos los seres trabajan para transformar este mundo, para que vuelva a ser una canción de las trabajadoras y los trabajadores.

-.-

[1] Esta es una adaptación de la traducción de Alberto Silva y Masateru Ito: he cambiado colza por canola, y “con cara de admirar las flores” por “con cara de hanami”. El original dice: Nabatake ni / hanamigao naru / suzume kana. En Diario de una calavera a la intemperie (1684).

[2] Furu inu ya / mimizu no uta ni / kanji-gao. En Kobayashi Issa, The Spring of my life.

[3] Literalmente “ver flores”. Se escribe con los kanjis de flor y ojo: 花見

[4] En los primeros siglos, las flores predilectas de la aristocracia japonesa eran los ciruelos y las wisterias. Es en la era Heian, y con la antología Kokin Wakashu (s. XI), que la contemplación de flores comienza a referirse especialmente a los cerezos.

[5] Este aspecto de la poesía de Bashō, que se denomina Kogo Kizaku (“despertar a lo alto, volver a lo bajo”), se suele tomar en occidente como si fuera una característica propia del haiku como género.

[6] En traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya

[7] Traducción de Yaxkin Melchy

[8] Vicente Haya, “Haiku-dō: el haiku como camino espiritual”

[9] Aquí quisiera aclarar que el original sólo habla de las canciones de los gusanos (mimizu no uta), es Robert Hass quien introduce lo de las “canciones de trabajo”, pero creo que cualquiera que haya leído a Issa podrá comprender que se ajusta profundamente a su poética

[10] Traducción de Paz y Hayashiya

[11] Su haiku más famoso, escrito tras la muerte de su pequeña hija: “Este mundo de rocío / es sólo el mundo de rocío / y sin embargo… y sin embargo…” (siguiendo la traducción de Sam Hamill)

KANEKO MISUZU

KANEKO MISUZU

Abril llega a su final. Aquí en Santiago el otoño ha sido un cambio a veces brusco, a veces vacilante, desde el calor hacia el frío del invierno, muy diferente del otoño en la ciudad de México, donde más bien es una estación posterior a la temporada de lluvias, en la que el cielo se queda azul, inmenso y vibrátil después de tanto lavarse, y las temperaturas se mantienen relativamente cálidas.

Aquí hace cada vez más frío, hay muchos días nublados, las hojas de los árboles han anaranjado, enrojecido y otras ya se caen. Los picaflores chicos han regresado de sus viajes por el sur y los archipiélagos de la Patagonia.

La columna anterior hablaba del Man’yoshu y la instrumentalización de la naturaleza, de la producción de una segunda naturaleza (Shirane) por parte de la clase de los nobles. A pesar de que mi plan original para estas columnas era más o menos diacrónico, voy a preferir desviarme de la senda, como decía Saigyo (que es de quien iba a escribir), para ir en busca de otras flores, más recientes.

Porque quiero desviarme de la poesía imperial japonesa y el canon histórico para ir hacia la poesía niña de Kaneko Misuzu. Porque, como dice:

Más allá de este camino,
hay algo, hay algo, esperando.

*

La vida de Kaneko Misuzu fue en algún momento prometedora. Su familia tenía una pequeña librería en el pueblo pesquero de Senzaki, y le permitió concluir sus estudios escolares. Comenzó a escribir, y luego a frecuentar círculos literarios, y mandar sus poemas a revistas. No alcanzó a publicar un libro. Su matrimonio con uno de los trabajadores de la librería sería el final de su carrera literaria.

El esposo de Misuzu le prohibió escribir y seguir su carrera, le obligó a dedicarse a su hija y las labores domésticas, mientras él la engañaba. Acabó por contagiarle una enfermedad de transmisión sexual. A los cuatro años de matrimonio, Misuzu lograría divorciarse, sin embargo, esto implicó perder la custodia de su hija. Desesperada, se quita la vida como protesta, y le envía una carta a su exesposo para pedirle que deje que su madre se quede con su hija.

Sus poemas, la mayoría inéditos, fueron descubiertos (y redescubiertos) en la década de los 80, gracias a la investigación de Setsuo Yazaki (y a su hermano menor, que había conservado sus cuadernos). Son el testimonio de que su vida no sólo fue una historia de sufrimiento ni se limitó al mandato de su esposo.

En sus poemas, Misuzu nos revela una apuesta radical por una práctica poética centrada en la compasión y en la dignidad de todas las formas de vida.

Mientras su vida se llenaba de prohibiciones y sufrimientos, Misuzu consideraba con una ternura abarcadora el dolor de todos los seres vivos.

En la tierra oscura y solitaria
¿qué mira el pez dorado?
Las flores del estanque, en verano,
y los fantasmas parpadeantes de la luz.

En la tierra quieta y quieta,
¿qué escucha el pez dorado?
El sonido de llovizna en la noche,
que pisa despacio las hojas caídas.

En la tierra fría y fría,
¿en qué piensa el pez dorado?
Viejos, viejos amigos,
entre las mercancías del vendedor de peces.

 

*

En Japón, por diversas razones, el budismo empezó a mezclarse e impregnarse de las diversas creencias animistas. Acaso este contacto con las creencias en los kami influyera en ciertas corrientes del budismo japonés que ampliaron el Dharma a seres que antes no se consideraban sintientes, como los árboles y las plantas, las piedras, las montañas y los ríos. Esta veta, a la que pertenecen tanto Dogen como Issa, es la que parece seguir Misuzu.

Misuzu propone, de una manera incluso más consistente y radical que Issa, una poética de la compasión mediante una escritura niña. Una escritura que no se trata tanto de ser una niña o un niño, sino de abrirse a y seguir una perspectiva niña, un tono de asombro, inocencia y amplitud. Una escritura que insiste en la alianza de la imaginación y la ternura.

La ética de Misuzu no es emanada del deber, no solicita a la razón sino a la imaginación, y lo que busca es hacer visibles las perspectivas, mundos y afectos de los otros seres vivos.

Los poemas de Misuzu nos ponen de súbito, de un verso a otro, en los mundos y en las lágrimas de las ballenas, en los funerales de los peces, en los anhelos de las flores. Los animales y distintos los seres vivos (o la lluvia y la nieve) tienen sentimientos, pensamientos, y mundos tan diversos y complejos como los de los seres humanos. Y al contrario de lo que la mayoría de los humanos adultos creen, no estamos fundamentalmente separados, sino íntima, ética y afectivamente implicados con la nieve, las flores y las sardinas.

*

Nacida en un pueblo pesquero, Misuzu dedica varios poemas a dar testimonio de los sufrimientos de los seres del mar, y gracias a un súbito cambio de perspectiva, nos muestra cómo una gran pesca, que es motivo de alegría para la gente que vive de ella, son experimentadas como tragedias por parte de los peces y las ballenas.

Amanecer,
espléndido amanecer.
Gran captura,
gran captura de sardinas.

Arriba en la playa
hay una fiesta,
pero en el mar
celebrarán funerales
por decenas de miles.

En este poema, Misuzu revela como los peces no sólo sufren, sino que también le dan una forma ritual a su sufrimiento. Al decir que los peces celebran funerales, al igual que los seres humanos, está diciendo que atraviesan procesos de duelo, que realizan rituales, que sus mundos son culturalmente densos y complejos. Que sus relaciones son importantes y significativas para ellos, y las honran de diversas maneras. No son simples seres que viven en la ceguera de los instintos, sino, como decíamos, personas con sentimientos y pensamientos, con agencia.

Para Misuzu, no obstante, la consciencia de la interdependencia entre todos los seres no sólo está marcada por el sufrimiento, sino que también implica que el mundo se compone de una diversidad de perspectivas, de formas de vivir y hacer mundo. Y la relación de todos los seres entre sí es asimismo una red infinita de belleza. Un entretejimiento en el que los diferentes seres se complementan[1]:

Por más que extienda mis brazos,
nunca podré volar por el cielo.
Y el pájaro que vuela no podrá correr
rápido por la tierra, como yo.

Por más que me balancee
no se producirá un bello sonido.
Y la campana que suena,
nunca podrá saber tantas canciones como yo.

 

La campana, el pájaro y yo,
todos diferentes, todos buenos.

*

Como decía al principio, quería desviarme de la poesía aristocrática japonesa, y para ello quería recurrir a Misuzu como una persona que encarna un desvío radical en su compasión, su ternura y su imaginación.

Porque hay poemas suyos que despejan con versos los nubarrones con los que históricamente han cubierto los cielos las clases explotadoras. En “El rey que amaba el oro”, un rey transforma todo el mundo en oro, sin embargo, el poema cierra diciendo:

Pero, pero…
todo ese tiempo
el cielo se mantuvo azul

Misuzu nos muestra que la poesía puede ser un camino diferente al del poder, un camino que tiene múltiples formas y está abierto para todos los seres. Como en este poema, que es mi favorito, porque en él vibra en el lenguaje la invitación hacia una realización colectiva: un bosque, un océano, una gran ciudad —un mundo mejor:

ESTE CAMINO

Más allá de este camino,
hay un gran bosque.
Oye, arce solitario,
vamos por este camino.

Más allá de este camino,
hay un gran océano.
Oye, rana, en tu estanque de lotos,
vamos por este camino.

Más allá de este camino,
hay una gran ciudad.
Oye, espantapájaros triste,
vamos por este camino.

Más allá de este camino,
hay algo, hay algo, esperando.
Todos, vamos, todos juntos.
Vamos por este camino.

[1] Una idea no muy lejana de la noción de incompletitud y complementariedad que el PRATEC distingue en el mundo andino.

UNA MIRÍADA DE HOJAS

UNA MIRÍADA DE HOJAS

Después de un mes sin columna (estuve de mudanza, regresé de México a Chile: del invierno seco al verano seco), regreso para seguir intentando escuchar a las flores.

Este mes me gustaría invitarles a revisar una de las raíces de la poesía japonesa: el Many’ōshū, la “colección de una miríada de hojas”.

Quisiera leer un par de poemas de Kakinomoto no Hitomaro. Hitomaro, que nació en el siglo VII y murió a comienzos del VIII, es uno de los principales poetas del Many’ōshū, así como uno de los “inmortales” de la poesía japonesa, que con el paso de los siglos comenzó a ser considerado el “dios de la poesía”.

Del primero, el 38, voy a tomar sólo algunos versos:

The overlapping mountains,
rising like green walls,
offer the blossoms in spring,
and with autumn, show their tinted leaves,
as godly tributes to the Throne.
The godo f the Yū River, to provide the royal table,
holds the cormorant-fishing
in its upper shallows,
and sinks the fishing-nets
in the lower stream.

 Thus the mountains and the river
serve our Sovereign, one in will;
it is truly the reign of a divinity.[1]

Y el 239:

El serenísimo, nuestro príncipe augusto,
hijo del sol altirresplandeciente,
juntó caballos y fue de cacería
a Val-Kariyi el de jóvenes luellos,
donde los ciervos postrados le adoraban,
las codornices le servían.
Como los ciervos postrados le adoramos;
cual codornices postrados le servimos;
respetuosos le atendíamos todos;
como el que mira los cielos sempiternos
vimos su rostro: espejo perpulido,
vivo frescor como el de los retoños
el del príncipe augusto.[2]

Desde fuera de Japón, solemos ver su literatura y su poesía como profundamente vinculadas con la naturaleza. Sin embargo, como podemos ver en estos poemas, compuestos entre los siglos VII y VIII (que es el periodo de formación del estado japonés), las relaciones con el mundo natural parecen ser mucho más complejas que lo que creemos en el archipiélago.

En 2012, Haruo Shirane publicó un libro que recomiendo muchísimo, Japan and the Culture of the Four Seasons: Nature, Literature, and the Arts. Shirane cuenta cómo el estudio del haiku y de los diccionarios de kigo (las palabras estacionales) lo llevó a una investigación ecopoética del desarrollo histórico de la cultura de las cuatro estaciones y la representación de la naturaleza en la literatura japonesa.

En la introducción y el primer capítulo, Shirane muestra cómo la naturaleza que aparece en la poesía japonesa clásica es la naturaleza que se percibe desde los jardines de las mansiones de la nobleza de Heian (Kioto), así como aquella que eligen contemplar en sus paseos de ocio. “El énfasis estaba no en lo que la naturaleza es sino en lo que debe ser; en el waka, particularmente, debía tener una forma grácil y elegante”[3]. Los cantos de los pájaros, el croar de las ranas, el melancólico bramido de los ciervos, las floraciones de los ciruelos, las wisterias y los cerezos, el verdor inmortal de los pinos, el rojo de las hojas de los arces.

La poesía clásica japonesa creó “una representación altamente estetizada e ideológica de las cuatro estaciones”, y las antologías imperiales (como el Kokin Wakashū, del s. XI) “tenían como propósito manifestar la armonía del estado y el cosmos”[4].

Y es que para el estado japonés se volvió clave presentarse y representarse como aquello que garantiza y sustenta la armonía de la naturaleza. Así, la armonía de la naturaleza refleja carácter armónico del gobierno del estado y la casa imperial.

Lo que se desprende de estas articulaciones ideológicas entre política y estética es que los estados y las élites pueden instrumentalizar la naturaleza para sus propósitos.

En estos dos poemas de Hitomaro, el poeta fundacional nos muestra cómo las montañas, los ríos y los animales honran, tributan y se ponen al servicio de la casa imperial. O, más bien, nos permite asomarnos al momento en que la casa imperial se declara gobernadora de todo lo que hay entre el cielo y la tierra, tanto de los seres humanos como de los ríos y los ciervos.

Y es que si Aristóteles clausuraba el espacio de lo político a los dioses y las bestias, el naciente estado de Yamato extendía su esfera de dominio político a los kami y los diez mil seres que habitaban el archipiélago japonés.

2

¿Por qué hablar del estado japonés y su instrumentalización de la naturaleza en una columna sobre poesía japonesa y animismo? ¿Por qué no simplemente escoger un haiku de Bashō o Buson y señalar cómo presentan a un ser vivo no como objeto sino como sujeto, persona, ser con agencia?

Porque, hasta donde entiendo, el animismo ha sido un campo de disputa. Lo que se denomina Shinto no es tanto un culto ancestral del pueblo japonés a los espíritus de la naturaleza, como muchas veces se dice desde occidente, sino (a grandes rasgos) una mezcla de la mitología de la casa imperial con diversas creencias populares, la cual terminó por articularse políticamente como “religión de estado” en el s. XIX para contrarrestar la posible influencia del cristianismo en Japón[5].

Los estados y las élites hablan fuerte y espectacularmente, y no dudan en utilizar a uno o muchos dioses. El Shinto de estado muestra que también una forma de animismo puede ser utilizada por un estado como marco ideológico para políticas autoritarias y colonialistas.

Mi intención al empezar a hablar de estas cuestiones no es decir simplemente que la literatura clásica japonesa es una literatura imperial o cancelar al Many’ōshū y al Kokin Wakashū, sino algo que más bien se acerca a la experiencia que atravesó Hayao Miyazaki en los setenta. Me refiero a su encuentro con la obra del etnobotánico Nakao Sasuke[6].

La investigación de Sasuke sobre el área cultural del bosque perenne de hojas anchas[7] le mostró a Miyazaki que la cultura japonesa estaba conectada con el resto de Asia, que la historia del archipiélago no era sólo la historia del estado, los emperadores y los nobles, que había tradiciones e historias de profunda vinculación con la naturaleza, los espíritus, las montañas, las plantas y los animales.

Es esa otra historia la que quiero atender.

Porque mientras los poetas del Many’ōshū componían sus poemas y se inmortalizaban en una antología, el estado japonés estaba en plena campaña de exterminio y borramiento de los pueblos emishi, en el norte de Honshu[8].

Y sin embargo, atender a las otras historias tampoco significa, como decía, tener que dejar de leer y apreciar el Many’ōshū o el Kokin Wakashū, sino aproximarnos con un oído crítico.

Por lo mismo, quiero terminar esta columna con un tercer texto.

Es un extracto muy breve del prefacio en kana al Kokin Wakashū, escrito por Ki no Tsurayuki (uno de los principales compiladores y poetas de la antología, también parte de los “inmortales de la poesía”):

“Ya que oímos la voz del ruiseñor [ugüisu] cantando entre las flores, de la rana que vive en el agua, entre todos los seres vivientes, ¿acaso hay alguno que no componga poemas?”.

Leí este pasaje por primera vez cuando tenía 20 años y no entendía nada. Con el tiempo, y a medida que me fui interesando en la ecología y los pensamientos ambientales, he aprendido a escucharlo con asombro.

A pesar de todo lo dicho anteriormente, en este pasaje florece un mundo donde la poesía no es una actividad cultural exclusivamente humana, un mundo más amplio, que para un poeta occidental contemporáneo, implica detenerse y reconsiderar su propio mundo, y preguntarse quiénes componen poemas, quiénes pueden componer poemas.

La poesía japonesa puede ser generosa, abrir nuestros corazones, regalarnos una nueva escucha del mundo, por eso importa buscar también aquellos poemas que son como hojas que el estado no puede recopilar.

[1] The Manyoshu. The Nippon Gakujutsu Shinkōkai Translation of One Thousand Poems, Columbia University Press, 1965, p. 29.

[2] Manioshu. Colección para diez mil generaciones, traducción de Antonio Cabezas García, Hiperión, 1980, p. 46.

[3] Shirane, p. 8.

[4] Ibíd., p. 12.

[5] Para un estudio sobre la relación entre Shinto y estado: Isomae Jun’ichi, Religious Discourse in Modern Japan: Religion, State, and Shintō (2014).

[6] En una entrevista con Hiroaki Ikeda, Totoro was not made as a Nostalgia Piece (1988), en Hayao Miyazaki, Starting Point: 1979-1996 (2009). Podemos decir que gracias a Sasuke tenemos películas como Totoro, La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro.

[7] Que marca a la antropología japonesa de postguerra y la teoría del origen múltiple y la composición heterogénea de los grupos humanos de Japón. Al respecto, en castellano, puede revisarse el libro de Sasaki Kōmei, La estructura múltiple de la cultura japonesa. Repensando la cultura japonesa desde una perspectiva asiática (2009).

[8] Precisamente, una muestra de ese deseo de Miyazaki de contar las otras historias de Japón es que Ashitaka, el protagonista de La princesa Mononoke, sea un emishi. Es el primer y único protagonista emishi de la historia del cine japonés.

Presentación. Enero 2026

EL ALMA DE LAS FLORES

 El alma de las flores es el título de un poema de Kaneko Misuzu que quiero tomar prestado para florearle un nombre a esta columna.

Hace unas semanas, el equipo de El rincón del haiku me propuso escribir una columna mensual sobre haiku y animismo, o más ampliamente, sobre poesía japonesa y animismo.

Antes que partir dando definiciones sobre qué es el animismo y referir historias, me gustaría más bien comenzar con un gesto que nos conduzca hacia los mundos animistas: la escucha.

Este 2025 las vociferaciones de los poderosos parecieron saturar el mundo entero: como si sólo sus voces, sus intereses, sus vidas y sus futuros importaran.

Por lo mismo, se hace cada vez más necesario escuchar la diversidad de voces que el ruido más furioso silencia. Y sostener, también, el poema y su posibilidad de ser un espacio de escucha. Un ámbito donde escuchar las voces de los innumerables seres vivos con los que cohabitamos y componemos este planeta.

Pensando en las vidas que son consideradas silenciables y descartables, quisiera partir invitándoles a leer la segunda entrada del haibun más famoso de Kobayashi Issa, el Ora ga haru (“Primavera mía” en la traducción de Rubén Silva y Gonzalo Marquina, y “La primavera de mi vida” en la de Sam Hamill)[1].

Aquí, Issa cuenta la historia de un novicio de 11 años, Takamaru, que al comenzar la primavera fue junto con un monje a recoger flores y hierbas, pero en el camino de regreso, mientras cruzaban un puente, resbaló y cayó al río. El río lo arrastró sin que su compañero pudiera hacer nada. Al enterarse, la gente del pueblo lo busca durante horas hasta que lo encuentran entre unas rocas, y descubren un puñado de flores de petacita en uno de sus bolsillos.

“Probablemente el niño las había guardado para dárselas a sus padres cuando volviera a casa. Fue en ese instante que todos rompimos a llorar”

Luego cuenta cómo sus padres, “seguidores del Camino”, que “siempre habían hablado sobre la trascendencia del dolor y las miserias de este mundo”, lloran amargamente y sin contención. “El amor hacia su hijo los había destrozado. Por eso lloraban. Por eso…”

Sin embargo, a continuación, Issa intercala un waka en el que se desplaza de la muerte del niño, el dolor de los padres y los habitantes del pueblo, hacia las hierbas:

¿Quién lo habría imaginado?
Tantas hierbas, aún tiernas,
que apenas comenzaban a brotar,
entregadas al fuego, alzándose en humo
que flota sobre el campo.

Y luego, pasando de las hierbas a las flores, nos hace ver que:

“Al igual que los padres del pequeño Takamaru, acaso también las flores lloran al presentir que pueden ser cortadas o quemadas justo cuando abren su rostro al sol de primavera tras la nieve invernal. ¿No son sus vidas tan frágiles y breves como las nuestras? Y si comparten el destino de todo ser que nace y se extingue, ¿no podrían, también ellas, alcanzar el nirvana al final?”

En Japón, los debates entre las escuelas budistas sobre la posibilidad de la iluminación de las plantas y los árboles son bien conocidos y comenzaron alrededor del s. XII[2], sin embargo, Issa no se está refiriendo a los debates teológicos, sino a la experiencia de la compasión, la apertura al valor de las vidas de las plantas y de todos los seres. Nos habla de su fragilidad, su miedo, sus rostros que anhelan el sol.

También las flores, las plantas, tienen vidas, y esas vidas importan tanto como todas las otras vidas.

Issa, que además de haijin era sacerdote del Jodo Shinshu, sabía bien que los seres no tienen una esencia propia, y que comparten una existencia de sufrimiento. El camino hacia la cesación, en lo profundo del corazón de Issa, era necesariamente colectivo. Una red, pero también, como nos recordaba hace un tiempo Yaxkin Melchy aquí mismo[3], un vecindario, una comunidad.

Para Issa todos los seres buscan el despertar, la iluminación, y el cese del sufrimiento: las mariposas, las moscas, los gatos, la nieve, las hierbas. A veces se detienen para escuchar el Dharma, otras frotan sus patitas rezando, y hay pájaros, como el ugüisu, que pueden recitar el Sutra del Loto[4].

De manera más amplia, y saliéndonos del marco budista, podríamos decir que cada ser vivo busca, desea y expresa un futuro.

Tantos seres y futuros se han perdido en este año y los años recientes que la desazón pesa como una gruesa capa de nieve sobre nuestros corazones.

Mientras la Tierra inclina su órbita en relación al sol, y en el hemisferio sur es solsticio de verano, y en el hemisferio norte es solsticio de invierno, los corazones de los diversos seres de este planeta volverán a intentar abrirse, y yo, siguiendo a Issa, voy a intentar confiar una vez más en el oído de los pueblos, las flores y la nieve. Porque todavía nadie conoce todo lo que puede el alma de las flores.

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[1] Aquí voy a seguir la traducción de Silva y Marquina, la única en español, que actualmente se está publicando en Retama Escuela de haiku.

[2] Al respecto, William Lafleur, Saigyo and the Buddhist Value of Nature, o el más breve Sattva. Enlightenment for Plants & Trees, en Dharma Gaia: A Harvest of Essays in Buddhism and Ecology.

[3] La bella verdad del mundo. Haikus de insectos y otros animales de Issa Kobayashi.

[4] La asociación del canto del ugüisu con el Sutra del Loto precede, por supuesto, a Issa, pero forma parte importante de la siguiente entrada del Ora ga haru.