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Del treinta y cuatro al treinta y ocho

treinta y cuatro

Están limpiando el gallinero. Nos hemos divertido muchísimo persiguiendo a las gallinas moñudas y a las pescuezopelado, que son tan raras, hasta que nos regañaron. Con la caca de gallina fertilizaron luego los tomates. ¡Qué asco! Debo recordar lavarlos bien antes de comérmelos de la mata.

 

Uno… dos… tres.

Lanzar desde la colina

los huevos cluecos.

treinta y cinco

Abuela no lava en el río porque dice que ya está muy vieja. Mi tío le hizo hace años un lavadero con la goma cortada de un tractor y unos postes de madera. Ella no usa detergente, machaca las hojas de una planta llamada Maguey que hace mucha espuma.

«¿Extrañas al abuelo?, le pregunto.

Ella escupe el tabaco en el suelo y dice que no porque el abuelo la está esperando sentado, al lado del pozo.

 

Sosteniendo

el cordel de la ropa,

el espantapájaros.

 

treinta y seis

Nos han castigado a los dos. Todos vienen a hablarnos de lo feo que es hacer lo que hemos hecho. Han dicho tantas cosas que ya nos convencieron. Juramos no hacerlo más. Helem juró por Dios, yo por mi papá. Mi madre se fue a llorar al patio cuando mencioné a mi padre.

 

Bajo el anón,

hemos asado a escondidas

la carne robada.

 

treinta y siete

¡Ya me sé subir a los árboles! Helem me ha enseñado. Mi favorito es el tamarindo porque entre el follaje parece que estamos en una cueva. El de Helem es el úpito. Dice que ya veré en enero cómo se llena de flores rosas. Al pie del árbol hay unas hormigas que pican durísimo. Les hemos rociado limón para que sepan lo que es bueno.

¡Si Nadia nos ve!

 

Mamoncillos.

Hemos abierto ya cinco,

¡todos jimaguas!

 

treinta y ocho

Ya casi llega el tiempo de escuela. Empiezo a extrañar a mis amigos y a mi papá. Mi madre se ha sentado de nuevo a conversar y me ha dicho que, si quiero, puedo elegir entre irme con mi padre a La Habana o quedarme con todos en el rancho. No sé qué hacer y me quedo en silencio. Ella me pasa la mano por la cabeza.

Creo que me comprende.

 

Sobre el sillón de la abuela

ya no da el sol.

Fin del verano.

 

TUMBA

Una tumba es un sinónimo de recuerdo. Allí, descansan seres queridos y conocidos de nuestros pueblos.

Por eso, te llama la atención cuando alguna tumba no tiene flores o están muy marchitas. Te preguntas qué ha pasado con esa persona, por qué los familiares ya no vienen, por qué no hay tiempo para limpiarla…

Es entonces cuando la naturaleza presta su ramo especial a esas tumbas. Allí donde no hay flores, sí que ha habido lluvia, viento, sol…Todo ello hace que empiece a salir musgo. Un musgo verde muchas veces, pero grisáceo otras tantas. Uno se da cuenta de que la naturaleza lo invade todo, hasta lo que representa la muerte.

Es como un particular homenaje a aquellos que ya no tienen flores en su tumba. Sabes que siempre tendrás la naturaleza.

 

 tarde nublada –

en la tumba enmohecida

no hay flores

 

Del veintinueve al treinta y tres

veintinueve

Hace más calor que nunca. Y encima estoy empachado por comer tanto coco. Abuela me ha dado masajes en la barriga y las piernas con el aceite que guarda en un frasco de vidrio. En la vasija tiene hierbas y alacranes muertos. Casi tienen que amarrarme porque estaba seguro que el aceite ese quemaba, pero no.

Luego abuela ha hecho cruces en el aire y en mi frente y me ha hecho dar brincos, tomar agua y vomitar. Pero no vomité.

A esta magia, dice ella, se le llama sobar.

A Helem no le gusta la masa de coco; por eso me comía los suyos y los míos.

No quiero ver un coco más nunca en la vida.

Puesta de sol.

Lanzarnos cubos de agua

al pie del pozo.

 

treinta

En casa solo se escuchan llantos y hay gente que entra y sale constantemente del cuarto de mis abuelos. Nos han sentado en el portal, cada uno en un sillón, y no nos atrevemos a decir una palabra. Helem también llora. Yo no puedo.

Agosto.

Abuelo murió

a las cinco en punto.

 

treinta y uno

Solo quiero estar muy tranquilo viendo el atardecer.

Los colores del campo parecen de mentira. Por un lado, un rojo casi obscuro acompañado de nubes naranjas y al lado contrario los azules.

Pronto comenzarán a cantar los grillos. Una vez leí que el canto de los grillos proviene de un muchacho muy bello llamado Titono, del que se enamoró la diosa del amanecer. Ésta pidió a su padre, el dios Zeus, que hiciera al mozo un dios para que viviera con ella por siempre. Pero la diosa olvidó pedir que le diera también la juventud eterna. Titono fue haciéndose cada vez más viejo y arrugado, pero no se moría porque era un dios. Se encogió tanto que se convirtió en grillo. «Mori mori mori», pide Titono cada día a la diosa. Porque quiere morirse ya.

Tengo que tener cuidado cuando le pida de nuevo algo a la luna.

 

También sobre la yerba

atardece.

Hojas de almendro.

 

treinta y dos

¡Nos llevaron a una cueva! Fue genial. Entramos todos con dos quinqués de los que usaban los alfabetizadores y que dan tremenda luz. Fue impresionante desde el principio por la altura de los techos y la cantidad de murciélagos. Y en esta cueva había agua. Muy fría. Me encantó ver por primera vez las estalactitas y estalagmitas que conocía solo por libros. Luego hicimos un picnic, en la entrada bajo los árboles. Hablaron del abuelo y de sus cosas cómicas.

«¿Por qué lo habrá hecho?», dijo mi madre de pronto.

De la cueva salió un ruido, como si algo hubiese caído en el agua. Seguro fue la caca de un murciélago o una estalactita.

Luego se hizo silencio. Me sentía muy bien, pero entonces vi que Helem estaba llorando.

 

treinta y tres

Ya sé ir solo al río. En casa estaban durmiendo la siesta, pero mi madre me dio permiso. La bajada al río está llena de matas de ateje. Por diversión, como algunos frutos. Dejan las manos muy pegajosas.

Risas apagadas

con flores de majagua.

Ellas lavándose el pelo.

 

 

Prisa

El hombre, las personas, han ganado mucho en los últimos años. Muchos canales de televisión, contacto instantáneo a través de internet o el teléfono móvil, posibilidad de saber lo que ocurre en cualquier lugar del mundo casi al momento, posibilidad de llegar a un lugar lejano de la Tierra en varias horas, tantas y tantas cosas…

Pero también se conserva, de vez en cuando, quizá en un lugar remoto, esas cosas que nos hacen, por un momento, alejarnos del contacto instantáneo, de la rapidez, de mirar el reloj cada minuto, de consultar el correo electrónico cada segundo y medio…Esos lugares son los pueblos. Las casas de los pueblos…Donde uno aún se tiene que abrigar en invierno, porque en invierno solía hacer frío fuera y dentro de las casas. Un lugar donde tengo que acercarme a la fuente de calor para sentir el calor: la estufa o el fuego.

Un lugar adecuado para relajarse, hablar, contar cuentos o, simplemente, mirar, observar…como el fuego se va consumiendo poco a poco e incluso, para hacer la comida. Una comida que se va haciendo lentamente…pausada, porque aquí no hay prisa.

 

vestida de luto –

da vueltas a las gachas

junto a la lumbre

 

Del veinticuatro al veintiocho

Veinticuatro

Pasamos la tarde conversando bajo las matas de anón. Hacía un aire riquísimo y hasta dormimos. Dice mi prima que cuando sea mayor será cosmonauta como Yuri Gagarin. Yo no sé ni lo que quiero ser de mayor. Tal como están las cosas con mis padres, ya no importa; además, viviré en este rancho para toda la vida. A lo mejor me toca trabajar en la cooperativa como mi abuelo y el tío David. Eso sí, sería terrible tener que usar dientes postizos.

 

Escondrijo.

Con tallos de hierba seca

jugamos a fumar.

 

veinticinco

Los cocuyos dicen que me voy a casar seis veces y Helem se muere de la risa, pero yo creo que es mentira porque no hay tanta gente de mi edad en este pueblo. Aparte de que eso quiere decir que voy a andar con mis hijos de acá para allá cada vez que me divorcie. Hoy no tengo deseos de hablar con nadie y me he pasado el día leyendo. Abuela está pilando café con mi madre y Nadia. Helem se fue a la cooperativa con su padre y el abuelo. Si uno el canto de los pájaros, el crujir de las ramas de los úpitos y el ruido de abuela en el pilón, parece música.

 

Al robarme el azúcar

de la vitrina,

¡un alacrán!

 

Veintiséis

Tuve hoy mi primera clase de idiomas. Helem me está enseñando a hablar ruso para lucirnos delante de la gente. Tío David nos llevó al pueblo y estuvimos mataperreando; fuimos hasta la biblioteca que es súper chiquitica y dice Helem que ya se sabe casi todos los libros de memoria. Nos encontramos a los tres pesados que me vigilan y le dije a mi prima que corriésemos, pero ella se acercó y empezó a hablarles en ruso. De pronto se viró hacia mí y me dijo “idisudá”, que quiere decir “ven acá”. Yo le dije “vistrá, vistrá”, que significa “rápido, rápido”. Los pesados se quedaron locos. Y uno dijo con admiración “¡vieron, vieron, son extranjeros de verdad!” El otro nos preguntó si no se nos rajaba la lengua como dicen que pasa por hablar otro idioma. Les enseñamos la lengua y nos fuimos. Cuando nos sentamos en la pizzería nos estuvimos riendo de aquellos bobos tremendo tiempo.

 

Una y otra vez.

Contra el cristal

la mariposa.

 

Al regreso, me sentí muy feliz de pronto y le dije a mi tío que estaba contento de quedarme a vivir en el rancho. Él sonrió y me frotó la cabeza.

Caserón de la curva.

El olor del maíz

asado en leña.

 

Veintisiete

Cada día pasa alguien vendiendo leña. Pero mi abuela solo le compra a Deisi. Deisi tiene como mil años. Una vez le preguntamos y mi madre nos regañó porque era de mala educación preguntar la edad. Le dije que entonces en el mundo entero todos son unos maleducados porque la primera pregunta que nos hacen siempre a los niños es “cómo te llamas” o “cuántos años tienes”. Dice Deisi que es viejísima y que vino de Haití en un barquito de papel. Lo de Haití se lo creímos, pero lo del barquito es un paquete. Mi abuela siempre nos dice que debemos respetar mucho a Deisi porque es muy pobre y que a su edad es muy duro estar cargando leña. Por eso la ayudamos con sus bultos hasta la carretera. Esta tarde abuela nos dio un beso a cada uno y nos enseñó los nombres de las plantas medicinales del patio. Nosotros le contamos las historias de nuestros libros. Porque mi abuela no sabe leer.

 

Ruinas del molino.

La abuela nos corona

con flores de maravilla.

 

Veintiocho

Me gustó mucho ir a Ojo de Agua bien temprano. Pasamos por unos campos sembrados que se perdían a lo lejos. ¡Y las vacas! Dice tío que fajan si ven algo rojo. Son muy lindas de todas formas. En la vaquería que pasamos había muchas amontonadas para el ordeño. Yo no quise tocar a ninguna porque había una peste a caca tremenda. Los zapatos se me embarraron. Menos mal que no fui descalzo. En Ojo de Agua hay otro río y allí dos mujeres le daban golpes a la ropa mojada contra las piedras. Siempre me tengo que bañar en la orilla porque no sé nadar. Una de las mujeres nos habló de las madres de agua, que son unos seres con cuerpo de serpiente que se aparecen desde el fondo del río, agarran a un niño y se lo llevan con ella. Luego de esto creo que no aprenderé a nadar, en la orilla se está muy bien. Helem no teme a las madres de agua porque dice que Dios la protege. Ojalá Dios me protegiera. También a mi padre. Pienso de pronto en lo que dijo abuela de las tojosas que llaman a la desgracia.

 

Mediodía.

Vacas en fila india

a campo abierto. 

Dos campesinos.

Una garza les mira

recoger leña.

RECREO

¡Qué bien lo pasamos en el recreo! Sin duda es la mejor hora de la mañana. Partidos de fútbol, carreras, algunas combas, algunas muñecas, pisar las hojas caídas en otoño, saltar en algún charco sin que nos vean los maestros en primavera, perseguir las mariposas en primavera, lanzarle una bola de nieve a los amigos en invierno…

Pero hay alguien más que también disfruta del recreo…bueno, mejor dicho, después del recreo, cuando suena la sirena: los pajarillos.

Después del recreo, muchos pájaros buscan eso que han tirado los alumnos…bueno, o que se les ha caído…

 

fin del recreo –

picotean los pájaros

trozos de pan

del diecinueve al veintitrés

diecinueve

Hemos ido recogiendo los trozos de crin que dejan los caballos en la alambrada cuando se rascan. Si uno acerca uno de esos pelos, bien estirado, a la oreja y lo pulsa con los dedos, suena como una guitarra. Helem sabe cruzar rápido por debajo de los alambres, pero yo siempre me raspo la espalda o una pierna o se me rompe el short. Hoy me enseñó el platanal. Fuimos llenando, con rocío de las hojas, la envoltura carnosa de una flor de plátano. Luego jugamos a que eran copas de cristal rojo y hasta brindamos. Cuando cruzamos la alambrada, siempre siento que estamos pasando a otro mundo.

De regreso a casa

llevamos caguayos

en las orejas.

 

veinte

Nos bañamos en el aguacero. Lo más rico fue meter la cabeza bajo el chorro de la canaleta que da al aljibe. Allí no nos metimos porque el agua es oscura y no se puede ver el fondo. A cada rato saltan las biajacas, unos peces que alguien echó ahí y han formado familia. El aljibe lo hicieron de la caldera de un central. Nadie sabe quién trajo esa mole de hierro porque cuando los abuelos se mudaron, ya estaba en el patio. No paró de llover hasta bien tarde. Abuela nos hizo chorote. Es una bebida caliente y muy rica, mezcla del maíz tostado —llamado pinol— con la leche. Por todas partes hay un fanguero enorme. Abuelo ha ensuciado el piso con las botas y mi madre, una vez más, ha limpiado todo. Dice ella que él siempre hace eso como una gracia.

Dejamos escapar

a la jicotea.

No nos castigaron.

 

veintiuno

Cuenta la abuela que antes de venir al caserón de la curva éramos ricos. “Los dueños del pueblo”. Pero que abuelo regaló todo al gobierno y nos trajo a esta pocilga. “A mí me gusta la casa”, le digo para que me abrace como la abuela extraterrestre abraza a su nieto en mi libro. Solo sacude la cabeza mientras masca tabaco, luego escupe en el piso una cosa prieta que me revuelve el estómago. Entonces ríe. Me dice que fumar es malo pero que mascar tabaco es muy rico. “Pruébalo”. Yo salgo corriendo.

Desde la casa abandonada

salen babosas.

El canto del choncholí.

 

veintidós

Dice mi abuela que pronto nos vendrá una desgracia porque las tojosas están cantando encima del pozo. Helem me enseñó a rezar. Si rezamos con fuerza, no vendrá la desgracia de las tojosas. Han traído hielo. Había olvidado cómo era tomar agua fría. En realidad, prefiero el agua fresca del pozo. Hace que me sienta muy feliz. De pronto, siento dolor de cabeza. Dice abuelo que eso es porque ya soy guajiro.

Tarde en el pueblo.

Todos los viejos bailan

al compás del órgano.

 

veintitrés

Nadie nos ha hecho caso hoy y hemos podido hacer todas las excursiones que queríamos: al maizal, al cañaveral a comer caña, dos veces al río, y a montar columpio en casa de la monga. Su nombre es Yuliana, pero le dicen la monga porque no habla y ríe por todo. Le digo que tiene unos ojos achinados muy bonitos. Yuliana ríe mientras se columpia. Helem está celosa. Cuando vengo a darme cuenta, ya se ha ido. La mamá de Yuliana trajo durofrío de leche. Pero yo no quise porque quería buscar a Helem. Me estaba esperando a la entrada del rancho. “Tú eres más bonita que ella”, le dije. Me regaló una ciruela madura.

En el portal

poner a competir

a las babosas.

OPORTO…PORTO

Hay ciudades que le llegan a uno al corazón sin saber por qué. Eso me pasa con Oporto…Porto en portugués. Quizá no es una gran ciudad como otras europeas, algunos, incluso, podrían llegar a decir que no es una ciudad bonita…pero para mí es todo lo contrario.

Es verdad que parece que no está cuidada, que sus fachadas no están cubiertas de una pintura nueva y reluciente. Es, quizá, la prueba de una decadencia, la prueba de que fue una de las ciudades más importantes de Europa, cerca del mar y atravesada por el Douro, por el Duero.

Oporto es aún más bonito envuelto en la lluvia. Toma un color especial, melancólico…y pasear por alguna de sus calles empedradas se convierte en un ejercicio pausado de contemplación. La lluvia cae sobre todos. La lluvia va a seguir dando un color aún más decadente a los edificios.

Es por eso que cada vez que leo el haiku del final, recuerdo a la ciudad. Porque un haiku es como una foto, es un recuerdo de algo que vivimos y queremos dejarlo plasmado en diecisiete sílabas, nada más y nada menos. Quise hacer una foto y la hice…pero sin el gato.

calle empedrada –

un gato me cruza

bajo la lluvia

 

 

del catorce al dieciocho

catorce

Anoche mi tío nos llevó al potrero porque una de las yeguas estaba pariendo. Bajo el vientre del animal, solo se veían las patas del potrico y el abuelo, agachado, las fue halando despacio, pero con fuerza, hasta que este cayó al suelo. Fue impresionante. La madre lo lamía y el recién nacido, algo torpe, intentaba levantarse. “¡Es hembra!”, dijo el tío. “Hay que ponerle nombre”.

“¡Daína!”, dije enseguida. A Helem no le gustó y discutimos. Al final el abuelo le puso Rosaura, un nombre feísimo. Me acosté en mi cama muy disgustado con Helem, pero ella vino con unas guindas e hicimos las paces.

“Yo quería ponerle Nieve, extraño la nieve”, dijo y me dio pesadumbre. Fui adonde el abuelo, quien me escuchó paciente bajo su mosquitero.

“Se llamará Nieve entonces”, sentenció y casi inmediatamente ya estaba roncando.

Madrugada.

Al ir a hacer pipi,

salta una rana.

 

 

quince

Esta mañana, mientras escuchábamos la radio, Helem me enseñó lo que era la ópera. La pieza que escuchamos es su favorita y se llama “Nessun dorma”. En español quiere decir “Nadie duerma”. Me quedé fascinado con la voz y tuve ganas de cantar así, como en la radio. Estuvimos toda la tarde jugando a la ópera bajo el árbol de los anones; luego fuimos a ver a Nieve, la potrica. Helem le fue a dar azúcar, pero la mamá empezó a relinchar y salimos corriendo.

 

Truena a lo lejos.

Descolgamos la ropa

de la alambrada.

 

 

dieciséis

Nadia me regañó muy fuerte. Me vio cazando cocuyos y metiéndolos dentro del frasco de Novatropín de mi madre. “¿A ti te gusta estar encerrado?” Le dije que no y me dieron ganas de llorar. Ella los soltó. Yo solo quería hacer una lámpara.

 

Miedo.

Entre las vigas del techo

salta una rata.

 

 

diecisiete

Nadia nos leyó un libro de astronomía. Dice que debemos leer más de ciencias. Nos habló de las estrellas- soles y los cometas. Pero también nos dijo que el sol se apagará y todo dejará de existir. Es la peor noticia del mundo.

Mi madre discutió con ella porque me hizo llorar con lo del sol. Le dijo que era una hipócrita porque hablaba de ciencias pero enseñaba a rezar a su hija. Nadia se molestó tanto que empezó a chillar en ruso. El tío David dijo que recordáramos que nosotros éramos los recién llegados y no ella.

“¡Yo nací aquí!”, gritó mi madre.

 

Atardecer en el río.

Lava el guajiro sus botas

con una tusa.

 

 

dieciocho

El abuelo llegó temprano hoy. Casi nunca está en casa porque trabaja en una cooperativa. La mayor parte del tiempo nos ignora. Por lo de los dientes, sé que es divertido. Sin embargo se hace el serio.

Abuela tiene un altar a San Lázaro en la esquina de la casa y dice que a mi abuelo le gusta burlarse, pero ella es la que manda y pone maíz y una taza de vino seco al santo. Dice que abuelo no cree en nada porque es del Partido Comunista, como papá.

Duerme el abuelo.

Sus chanclas cruzadas

bajo la cama.