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nanakusa

                             七草や黙って打つも古実顔

nanakusa ya damatte utsu mo kojitsu kao

 

moliendo las siete hierbas…

una sabiduría antigua

su rostro en silencio

Issa Kobayashi

 

Sol, nubes, bosque, una montaña…

Kôfukuji. Esta mañana de enero en el templo junto al río Nakajima que atraviesa Nagasaki. Nanakusa no sekku. El festival de las siete hierbas. Daikon, seri… buf.. apenas me acuerdo de ninguna… Masu me lo explicó en su casa, hace días, en Año Nuevo. Y también el kagami mochi, pastel arroz espejo literalmente, ese adorno tan típico japonés que hay en todas las casas y comercios japoneses por estas fechas. Dos mochi redondos, uno más pequeño sobre otro más grande, la daidai, una especie de naranja agria pequeña con una hoja bien verde sobresaliendo.

Sol, nubes, bosque, una montaña…. Eso me dijo Masu que simbolizaba, según él, esos tres elementos. El sol del daidai apareciendo sobre la blancura de las nubes de mochi. El bosque insinuándose en esa hoja solitaria. Una montaña…. Masu tiene teorías, y buenas, para todo. Da gusto escuchar. Da gusto no saber.

“Antes de que los pájaros de China lleguen, arranca las siete hierbas silvestres y ponlas en tu mano….”

A veces, los ancianos canturreaban esa cancioncilla mientras majaban las siete hierbas en torno al siete de enero, tras las fiestas de Año Nuevo. Esa cancioncilla o algo parecido…. Me dice Masu. Retazos de palabras que hablan de retazos de palabras…

Hace pocos días, justo al volver de Oita, Izumi llamó a mi ventana y me invitó a acercarme al templo principal para asistir a la ceremonia de las siete hierbas.

En los templos es costumbre que el siete de enero se invite a todo el que quiera a participar de este “desayuno” especial a base de nanakusa gayu, una especie de gachas de arroz aderezadas con un majado de las siete hierbas de la fortuna.

En esta mañana de enero el templo junto al río aún brilla con la lluvia de la pasada noche. A la entrada todavía los zapatos de quienes me precedieron.

Una señora sentada sobre sus talones guarda silencio frente a un altar. ¿Ora? Descalzo en el tatami siento un pudor extraño, transparente.

En la estancia más al fondo el abad Matsuo san sirve las gachas a los pocos allí presentes. Asistido en todo momento por Izumi san que abre y cierra la olla que permanece humeante sobre el irori, el tradicional hogar japonés excavado en el suelo y con forma cuadrada. A un lado otro recipiente con el arroz, blanco, sin más, imprescindible en toda comida japonesa. Y el té. El té verde. En mi bandeja busco como por inercia el sol. ¿Podría valer el jengibre? No sé….

El sol, el de verdad, el de afuera, deja su luz sobre las plantas del jardín al que está abierta la sala.

La montaña… Ummm… la montaña casi la puedo oler. Siento su presencia más allá del cementerio que asciende por la colina, tras el templo. Buscando el cielo cubierta de árboles y soledad.

Oigo el silencio de la montaña ahora mismo en una mujer mayor que ora o pide frente a kanjis que no sé leer.

El pastel de arroz espejo. Qué cosas. ¿Será todo esto el reflejo de algo tan grande o tan pequeño que no puedo ni tocar? Tan lejano y tan cercano que ni siquiera puedo ver. Imaginar. Tan antiguo, tan presente. Tan callado…

El sabor del nanakusa gayu es soso. No tiene nada de especial. Como la lluvia, o una montaña, como un hoy cualquiera.

El shimenawa, las sogas hechas con paja de arroz, junto al resto de adornos de Año Nuevo se quemarán en breve. Y el kagami mochi se romperá en pedazos para comerlo en una ocasión especial dentro de un par de sábados o domingos. El kagami biraki, la apertura del espejo.

Intento sacar una foto al vapor que exhala la olla. El miedo a olvidar, a perder momentos como este, me lleva a menudo a ejercicios fatuos e inútiles así. Como fotografiar humo. Las sonrisas de los asistentes rompen en silencio el contraluz de algo que no está dentro ni afuera.

Matsuo san posa incluso cazo en mano, sonriente, para que el gaijin tenga su momento no-momento guardado a buen recaudo.

Al salir del templo me calzo con parsimonia. Por un momento pienso en caminar descalzo sobre la hierba húmeda. Cruzar el jardín bajo el sol de la mañana que se abre y tocar despacio las antiguas vigas de madera que sostienen la montaña que no se ve.

Algunas nubes, muy blancas, parecen llegar del mar y buscar el bosque, más allá de la colina cubierta de tumbas de piedra. La luz brilla sobre una lluvia antigua y transparente.

 

nanakusa…

a nada sabe

el aire de la montaña

 

-*-

 

 

 

 

 

UNO

Cuando abres una puerta que da a la calle… es como si abrieras un libro. Cuando abres un libro… estás abriendo tu alma.

Atrás queda mi casa. Camino avenida abajo… Me gusta la ciudad: quizás porque entre tanta gente la ciudad no es de nadie; quizás porque, aunque camino sobre cloacas, por encima de todo solo hay cielo; quizás porque en la ciudad las noches no son más que un recuerdo.

Callejeo… En el devenir de la ciudad mis pisadas apenas se escuchan. Un paso, una letra… cientos de pasos, cientos de letras… palabras, huellas que me siguen y ya nunca me abandonarán.

Me muevo entre las sombras de antiguos edificios salpicados con cemento fresco. Espero al pie de un semáforo… sobre el asfalto, en una grieta, unas hierbas reverdecidas pregonan su silencio. Sin prisa, recorro las últimas manzanas que ocultan el arenal… El viento irrumpe con viveza, por instantes desordenado. En tan caótico ajetreo la vida huele a mar, sabe a mar en este día gris. Alcanzo El Muro, unos de los paseos marítimos de Gijón… las olas del mar Cantábrico se hacen sentir.

A un lado del paseo, la ciudad… Dos operarios colgados de una espejada fachada, en tarea desmedida, se afanan por sacar lustre a un sinfín de nubes grises. Una ventana se abre… ni siquiera así el cielo muestra su azul. Al otro lado, allí, donde la mar aparenta desbordarse por el margen de un folio… el horizonte… un tenso sedal del que prenden infinitos recuerdos. Embelesado, observo a la bruma avanzar… lo llena todo… el tiempo parece extraviado… La voz de una gaviota me saca de la contemplación… un súbito graznido que cercena el sedal y libera mis recuerdos allí donde han sido hallados, donde aún mantienen su nombre…

Camino, paso a paso. Mi piel se humedece:

 

Bruma en la bahía…

del mundo

solo quedan sus sonidos

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

 

EL CAMINO DE LA INOCENCIA

LA CHOZA DEL HAIJIN

俳人の山小

fotokotori

Hace años, acostumbraba a caminar con mis nietos por la dehesa de Collado Mediano, el pueblo donde vivía en la Sierra de Guadarrama.

Estas caminatas estaban marcadas por las constantes preguntas de los críos, curiosos ante los asombros que nos producían las pequeñas cosas que se aparecían ante nosotros. Todo era fascinante y a la vez natural. La Realidad era pura magia: las aves, las vacas, las flores, los bichos, las nubes, y hasta los guijarros y las rocas gigantescas que se nos antojaban fortalezas. Y digo “nos” porque tenía la fortuna de sentirme con ellos, una niña más.

Y por supuesto, les hablé del haiku, que ya, de alguna forma, nacía de sus observaciones. “Vamos a ver si encontramos haikus en el camino” Y les gustó el juego, tanto, que me apremiaban a anotar en mi libreta todo lo que veían. Estos haikus fueron verbalizados allí mismo, en nuestros paseos, por Rodrigo cuando tenía 6 años de edad.

camino de piedras;

por la curva aparecen

un montón de vacas

 

agachado,

mi hermanito sopla

molinillos de viento*

*vilanos de diente de león

 

mientras hablo con mi abuela

las flores del romero

¡son moradas!

 

viento frío

las moscas quietas

en las flores del romero

 

huele a hierba

por el camino

dos pajaritos verdes

 

No deja de asombrarme la capacidad de conectar con lo que ES de los niños que miran el mundo con sus ojos puros y sin pretensiones.

No sé qué de todo esto que compartimos en la edad de la inocencia, habrá hecho mella en su alma. Espero que algo resuene en ella con la suficiente fuerza como para eclipsar o al menos compensar, la aparición de los Pokemons en sus vidas.

Es mi deseo esperanzado que recuerden con cariño a esta abuela rebelde, que mientras el mundo les empujaba a mirar la pantalla de un móvil, ella les invitaba a observar ese otro mundo que latía, vivo, en las briznas impregnadas de rocío o en las boñigas humeantes de las vacas.

Mercedes Pérez para ERDH 2018

AÑO NUEVO

La mañana del día de Año Nuevo es de puro ocio, de un no hacer, ni siquiera pensar.

Me levanté con el sol ya alto, pero aún ascendiendo por los cielos del este, y ahora cantan y revolotean las ciguas, distante se oyó el pájaro bobo, sopla una brisa fresca, ha llegado un colibrí. Todo sobre un gran silencio de los humanos que descansan de sus fiestas, sus afanes y sus máquinas.

El tiempo tiene el encanto de una primavera, de un primer día del mundo, de un transcurrir ilusionado. Nada ha sucedido en el año. Todo es expectativa. La rueda de la fortuna comienza un nuevo giro. A mis pies, como una extensión de mis extremidades, se ha acomodado el perro. Silencio y ciguas acaparan la atención.

Cielo del primer día.

¿A quién le gusta

el té de tilo?

 

Silencio y ciguas.

De repente el ruido

de un motorista.