KANEKO MISUZU
Abril llega a su final. Aquí en Santiago el otoño ha sido un cambio a veces brusco, a veces vacilante, desde el calor hacia el frío del invierno, muy diferente del otoño en la ciudad de México, donde más bien es una estación posterior a la temporada de lluvias, en la que el cielo se queda azul, inmenso y vibrátil después de tanto lavarse, y las temperaturas se mantienen relativamente cálidas.
Aquí hace cada vez más frío, hay muchos días nublados, las hojas de los árboles han anaranjado, enrojecido y otras ya se caen. Los picaflores chicos han regresado de sus viajes por el sur y los archipiélagos de la Patagonia.
La columna anterior hablaba del Man’yoshu y la instrumentalización de la naturaleza, de la producción de una segunda naturaleza (Shirane) por parte de la clase de los nobles. A pesar de que mi plan original para estas columnas era más o menos diacrónico, voy a preferir desviarme de la senda, como decía Saigyo (que es de quien iba a escribir), para ir en busca de otras flores, más recientes.
Porque quiero desviarme de la poesía imperial japonesa y el canon histórico para ir hacia la poesía niña de Kaneko Misuzu. Porque, como dice:
Más allá de este camino,
hay algo, hay algo, esperando.
*
La vida de Kaneko Misuzu fue en algún momento prometedora. Su familia tenía una pequeña librería en el pueblo pesquero de Senzaki, y le permitió concluir sus estudios escolares. Comenzó a escribir, y luego a frecuentar círculos literarios, y mandar sus poemas a revistas. No alcanzó a publicar un libro. Su matrimonio con uno de los trabajadores de la librería sería el final de su carrera literaria.
El esposo de Misuzu le prohibió escribir y seguir su carrera, le obligó a dedicarse a su hija y las labores domésticas, mientras él la engañaba. Acabó por contagiarle una enfermedad de transmisión sexual. A los cuatro años de matrimonio, Misuzu lograría divorciarse, sin embargo, esto implicó perder la custodia de su hija. Desesperada, se quita la vida como protesta, y le envía una carta a su exesposo para pedirle que deje que su madre se quede con su hija.
Sus poemas, la mayoría inéditos, fueron descubiertos (y redescubiertos) en la década de los 80, gracias a la investigación de Setsuo Yazaki (y a su hermano menor, que había conservado sus cuadernos). Son el testimonio de que su vida no sólo fue una historia de sufrimiento ni se limitó al mandato de su esposo.
En sus poemas, Misuzu nos revela una apuesta radical por una práctica poética centrada en la compasión y en la dignidad de todas las formas de vida.
Mientras su vida se llenaba de prohibiciones y sufrimientos, Misuzu consideraba con una ternura abarcadora el dolor de todos los seres vivos.
En la tierra oscura y solitaria
¿qué mira el pez dorado?
Las flores del estanque, en verano,
y los fantasmas parpadeantes de la luz.
En la tierra quieta y quieta,
¿qué escucha el pez dorado?
El sonido de llovizna en la noche,
que pisa despacio las hojas caídas.
En la tierra fría y fría,
¿en qué piensa el pez dorado?
Viejos, viejos amigos,
entre las mercancías del vendedor de peces.
*
En Japón, por diversas razones, el budismo empezó a mezclarse e impregnarse de las diversas creencias animistas. Acaso este contacto con las creencias en los kami influyera en ciertas corrientes del budismo japonés que ampliaron el Dharma a seres que antes no se consideraban sintientes, como los árboles y las plantas, las piedras, las montañas y los ríos. Esta veta, a la que pertenecen tanto Dogen como Issa, es la que parece seguir Misuzu.
Misuzu propone, de una manera incluso más consistente y radical que Issa, una poética de la compasión mediante una escritura niña. Una escritura que no se trata tanto de ser una niña o un niño, sino de abrirse a y seguir una perspectiva niña, un tono de asombro, inocencia y amplitud. Una escritura que insiste en la alianza de la imaginación y la ternura.
La ética de Misuzu no es emanada del deber, no solicita a la razón sino a la imaginación, y lo que busca es hacer visibles las perspectivas, mundos y afectos de los otros seres vivos.
Los poemas de Misuzu nos ponen de súbito, de un verso a otro, en los mundos y en las lágrimas de las ballenas, en los funerales de los peces, en los anhelos de las flores. Los animales y distintos los seres vivos (o la lluvia y la nieve) tienen sentimientos, pensamientos, y mundos tan diversos y complejos como los de los seres humanos. Y al contrario de lo que la mayoría de los humanos adultos creen, no estamos fundamentalmente separados, sino íntima, ética y afectivamente implicados con la nieve, las flores y las sardinas.
*
Nacida en un pueblo pesquero, Misuzu dedica varios poemas a dar testimonio de los sufrimientos de los seres del mar, y gracias a un súbito cambio de perspectiva, nos muestra cómo una gran pesca, que es motivo de alegría para la gente que vive de ella, son experimentadas como tragedias por parte de los peces y las ballenas.
Amanecer,
espléndido amanecer.
Gran captura,
gran captura de sardinas.
Arriba en la playa
hay una fiesta,
pero en el mar
celebrarán funerales
por decenas de miles.
En este poema, Misuzu revela como los peces no sólo sufren, sino que también le dan una forma ritual a su sufrimiento. Al decir que los peces celebran funerales, al igual que los seres humanos, está diciendo que atraviesan procesos de duelo, que realizan rituales, que sus mundos son culturalmente densos y complejos. Que sus relaciones son importantes y significativas para ellos, y las honran de diversas maneras. No son simples seres que viven en la ceguera de los instintos, sino, como decíamos, personas con sentimientos y pensamientos, con agencia.
Para Misuzu, no obstante, la consciencia de la interdependencia entre todos los seres no sólo está marcada por el sufrimiento, sino que también implica que el mundo se compone de una diversidad de perspectivas, de formas de vivir y hacer mundo. Y la relación de todos los seres entre sí es asimismo una red infinita de belleza. Un entretejimiento en el que los diferentes seres se complementan[1]:
Por más que extienda mis brazos,
nunca podré volar por el cielo.
Y el pájaro que vuela no podrá correr
rápido por la tierra, como yo.
Por más que me balancee
no se producirá un bello sonido.
Y la campana que suena,
nunca podrá saber tantas canciones como yo.
La campana, el pájaro y yo,
todos diferentes, todos buenos.
*
Como decía al principio, quería desviarme de la poesía aristocrática japonesa, y para ello quería recurrir a Misuzu como una persona que encarna un desvío radical en su compasión, su ternura y su imaginación.
Porque hay poemas suyos que despejan con versos los nubarrones con los que históricamente han cubierto los cielos las clases explotadoras. En “El rey que amaba el oro”, un rey transforma todo el mundo en oro, sin embargo, el poema cierra diciendo:
Pero, pero…
todo ese tiempo
el cielo se mantuvo azul
Misuzu nos muestra que la poesía puede ser un camino diferente al del poder, un camino que tiene múltiples formas y está abierto para todos los seres. Como en este poema, que es mi favorito, porque en él vibra en el lenguaje la invitación hacia una realización colectiva: un bosque, un océano, una gran ciudad —un mundo mejor:
ESTE CAMINO
Más allá de este camino,
hay un gran bosque.
Oye, arce solitario,
vamos por este camino.
Más allá de este camino,
hay un gran océano.
Oye, rana, en tu estanque de lotos,
vamos por este camino.
Más allá de este camino,
hay una gran ciudad.
Oye, espantapájaros triste,
vamos por este camino.
Más allá de este camino,
hay algo, hay algo, esperando.
Todos, vamos, todos juntos.
Vamos por este camino.
[1] Una idea no muy lejana de la noción de incompletitud y complementariedad que el PRATEC distingue en el mundo andino.