Archivo de la categoría: El alma de las flores (Andrés González)

UNA MIRÍADA DE HOJAS

UNA MIRÍADA DE HOJAS

Después de un mes sin columna (estuve de mudanza, regresé de México a Chile: del invierno seco al verano seco), regreso para seguir intentando escuchar a las flores.

Este mes me gustaría invitarles a revisar una de las raíces de la poesía japonesa: el Many’ōshū, la “colección de una miríada de hojas”.

Quisiera leer un par de poemas de Kakinomoto no Hitomaro. Hitomaro, que nació en el siglo VII y murió a comienzos del VIII, es uno de los principales poetas del Many’ōshū, así como uno de los “inmortales” de la poesía japonesa, que con el paso de los siglos comenzó a ser considerado el “dios de la poesía”.

Del primero, el 38, voy a tomar sólo algunos versos:

The overlapping mountains,
rising like green walls,
offer the blossoms in spring,
and with autumn, show their tinted leaves,
as godly tributes to the Throne.
The godo f the Yū River, to provide the royal table,
holds the cormorant-fishing
in its upper shallows,
and sinks the fishing-nets
in the lower stream.

 Thus the mountains and the river
serve our Sovereign, one in will;
it is truly the reign of a divinity.[1]

Y el 239:

El serenísimo, nuestro príncipe augusto,
hijo del sol altirresplandeciente,
juntó caballos y fue de cacería
a Val-Kariyi el de jóvenes luellos,
donde los ciervos postrados le adoraban,
las codornices le servían.
Como los ciervos postrados le adoramos;
cual codornices postrados le servimos;
respetuosos le atendíamos todos;
como el que mira los cielos sempiternos
vimos su rostro: espejo perpulido,
vivo frescor como el de los retoños
el del príncipe augusto.[2]

Desde fuera de Japón, solemos ver su literatura y su poesía como profundamente vinculadas con la naturaleza. Sin embargo, como podemos ver en estos poemas, compuestos entre los siglos VII y VIII (que es el periodo de formación del estado japonés), las relaciones con el mundo natural parecen ser mucho más complejas que lo que creemos en el archipiélago.

En 2012, Haruo Shirane publicó un libro que recomiendo muchísimo, Japan and the Culture of the Four Seasons: Nature, Literature, and the Arts. Shirane cuenta cómo el estudio del haiku y de los diccionarios de kigo (las palabras estacionales) lo llevó a una investigación ecopoética del desarrollo histórico de la cultura de las cuatro estaciones y la representación de la naturaleza en la literatura japonesa.

En la introducción y el primer capítulo, Shirane muestra cómo la naturaleza que aparece en la poesía japonesa clásica es la naturaleza que se percibe desde los jardines de las mansiones de la nobleza de Heian (Kioto), así como aquella que eligen contemplar en sus paseos de ocio. “El énfasis estaba no en lo que la naturaleza es sino en lo que debe ser; en el waka, particularmente, debía tener una forma grácil y elegante”[3]. Los cantos de los pájaros, el croar de las ranas, el melancólico bramido de los ciervos, las floraciones de los ciruelos, las wisterias y los cerezos, el verdor inmortal de los pinos, el rojo de las hojas de los arces.

La poesía clásica japonesa creó “una representación altamente estetizada e ideológica de las cuatro estaciones”, y las antologías imperiales (como el Kokin Wakashū, del s. XI) “tenían como propósito manifestar la armonía del estado y el cosmos”[4].

Y es que para el estado japonés se volvió clave presentarse y representarse como aquello que garantiza y sustenta la armonía de la naturaleza. Así, la armonía de la naturaleza refleja carácter armónico del gobierno del estado y la casa imperial.

Lo que se desprende de estas articulaciones ideológicas entre política y estética es que los estados y las élites pueden instrumentalizar la naturaleza para sus propósitos.

En estos dos poemas de Hitomaro, el poeta fundacional nos muestra cómo las montañas, los ríos y los animales honran, tributan y se ponen al servicio de la casa imperial. O, más bien, nos permite asomarnos al momento en que la casa imperial se declara gobernadora de todo lo que hay entre el cielo y la tierra, tanto de los seres humanos como de los ríos y los ciervos.

Y es que si Aristóteles clausuraba el espacio de lo político a los dioses y las bestias, el naciente estado de Yamato extendía su esfera de dominio político a los kami y los diez mil seres que habitaban el archipiélago japonés.

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¿Por qué hablar del estado japonés y su instrumentalización de la naturaleza en una columna sobre poesía japonesa y animismo? ¿Por qué no simplemente escoger un haiku de Bashō o Buson y señalar cómo presentan a un ser vivo no como objeto sino como sujeto, persona, ser con agencia?

Porque, hasta donde entiendo, el animismo ha sido un campo de disputa. Lo que se denomina Shinto no es tanto un culto ancestral del pueblo japonés a los espíritus de la naturaleza, como muchas veces se dice desde occidente, sino (a grandes rasgos) una mezcla de la mitología de la casa imperial con diversas creencias populares, la cual terminó por articularse políticamente como “religión de estado” en el s. XIX para contrarrestar la posible influencia del cristianismo en Japón[5].

Los estados y las élites hablan fuerte y espectacularmente, y no dudan en utilizar a uno o muchos dioses. El Shinto de estado muestra que también una forma de animismo puede ser utilizada por un estado como marco ideológico para políticas autoritarias y colonialistas.

Mi intención al empezar a hablar de estas cuestiones no es decir simplemente que la literatura clásica japonesa es una literatura imperial o cancelar al Many’ōshū y al Kokin Wakashū, sino algo que más bien se acerca a la experiencia que atravesó Hayao Miyazaki en los setenta. Me refiero a su encuentro con la obra del etnobotánico Nakao Sasuke[6].

La investigación de Sasuke sobre el área cultural del bosque perenne de hojas anchas[7] le mostró a Miyazaki que la cultura japonesa estaba conectada con el resto de Asia, que la historia del archipiélago no era sólo la historia del estado, los emperadores y los nobles, que había tradiciones e historias de profunda vinculación con la naturaleza, los espíritus, las montañas, las plantas y los animales.

Es esa otra historia la que quiero atender.

Porque mientras los poetas del Many’ōshū componían sus poemas y se inmortalizaban en una antología, el estado japonés estaba en plena campaña de exterminio y borramiento de los pueblos emishi, en el norte de Honshu[8].

Y sin embargo, atender a las otras historias tampoco significa, como decía, tener que dejar de leer y apreciar el Many’ōshū o el Kokin Wakashū, sino aproximarnos con un oído crítico.

Por lo mismo, quiero terminar esta columna con un tercer texto.

Es un extracto muy breve del prefacio en kana al Kokin Wakashū, escrito por Ki no Tsurayuki (uno de los principales compiladores y poetas de la antología, también parte de los “inmortales de la poesía”):

“Ya que oímos la voz del ruiseñor [ugüisu] cantando entre las flores, de la rana que vive en el agua, entre todos los seres vivientes, ¿acaso hay alguno que no componga poemas?”.

Leí este pasaje por primera vez cuando tenía 20 años y no entendía nada. Con el tiempo, y a medida que me fui interesando en la ecología y los pensamientos ambientales, he aprendido a escucharlo con asombro.

A pesar de todo lo dicho anteriormente, en este pasaje florece un mundo donde la poesía no es una actividad cultural exclusivamente humana, un mundo más amplio, que para un poeta occidental contemporáneo, implica detenerse y reconsiderar su propio mundo, y preguntarse quiénes componen poemas, quiénes pueden componer poemas.

La poesía japonesa puede ser generosa, abrir nuestros corazones, regalarnos una nueva escucha del mundo, por eso importa buscar también aquellos poemas que son como hojas que el estado no puede recopilar.

[1] The Manyoshu. The Nippon Gakujutsu Shinkōkai Translation of One Thousand Poems, Columbia University Press, 1965, p. 29.

[2] Manioshu. Colección para diez mil generaciones, traducción de Antonio Cabezas García, Hiperión, 1980, p. 46.

[3] Shirane, p. 8.

[4] Ibíd., p. 12.

[5] Para un estudio sobre la relación entre Shinto y estado: Isomae Jun’ichi, Religious Discourse in Modern Japan: Religion, State, and Shintō (2014).

[6] En una entrevista con Hiroaki Ikeda, Totoro was not made as a Nostalgia Piece (1988), en Hayao Miyazaki, Starting Point: 1979-1996 (2009). Podemos decir que gracias a Sasuke tenemos películas como Totoro, La princesa Mononoke o El viaje de Chihiro.

[7] Que marca a la antropología japonesa de postguerra y la teoría del origen múltiple y la composición heterogénea de los grupos humanos de Japón. Al respecto, en castellano, puede revisarse el libro de Sasaki Kōmei, La estructura múltiple de la cultura japonesa. Repensando la cultura japonesa desde una perspectiva asiática (2009).

[8] Precisamente, una muestra de ese deseo de Miyazaki de contar las otras historias de Japón es que Ashitaka, el protagonista de La princesa Mononoke, sea un emishi. Es el primer y único protagonista emishi de la historia del cine japonés.

Presentación. Enero 2026

EL ALMA DE LAS FLORES

 El alma de las flores es el título de un poema de Kaneko Misuzu que quiero tomar prestado para florearle un nombre a esta columna.

Hace unas semanas, el equipo de El rincón del haiku me propuso escribir una columna mensual sobre haiku y animismo, o más ampliamente, sobre poesía japonesa y animismo.

Antes que partir dando definiciones sobre qué es el animismo y referir historias, me gustaría más bien comenzar con un gesto que nos conduzca hacia los mundos animistas: la escucha.

Este 2025 las vociferaciones de los poderosos parecieron saturar el mundo entero: como si sólo sus voces, sus intereses, sus vidas y sus futuros importaran.

Por lo mismo, se hace cada vez más necesario escuchar la diversidad de voces que el ruido más furioso silencia. Y sostener, también, el poema y su posibilidad de ser un espacio de escucha. Un ámbito donde escuchar las voces de los innumerables seres vivos con los que cohabitamos y componemos este planeta.

Pensando en las vidas que son consideradas silenciables y descartables, quisiera partir invitándoles a leer la segunda entrada del haibun más famoso de Kobayashi Issa, el Ora ga haru (“Primavera mía” en la traducción de Rubén Silva y Gonzalo Marquina, y “La primavera de mi vida” en la de Sam Hamill)[1].

Aquí, Issa cuenta la historia de un novicio de 11 años, Takamaru, que al comenzar la primavera fue junto con un monje a recoger flores y hierbas, pero en el camino de regreso, mientras cruzaban un puente, resbaló y cayó al río. El río lo arrastró sin que su compañero pudiera hacer nada. Al enterarse, la gente del pueblo lo busca durante horas hasta que lo encuentran entre unas rocas, y descubren un puñado de flores de petacita en uno de sus bolsillos.

“Probablemente el niño las había guardado para dárselas a sus padres cuando volviera a casa. Fue en ese instante que todos rompimos a llorar”

Luego cuenta cómo sus padres, “seguidores del Camino”, que “siempre habían hablado sobre la trascendencia del dolor y las miserias de este mundo”, lloran amargamente y sin contención. “El amor hacia su hijo los había destrozado. Por eso lloraban. Por eso…”

Sin embargo, a continuación, Issa intercala un waka en el que se desplaza de la muerte del niño, el dolor de los padres y los habitantes del pueblo, hacia las hierbas:

¿Quién lo habría imaginado?
Tantas hierbas, aún tiernas,
que apenas comenzaban a brotar,
entregadas al fuego, alzándose en humo
que flota sobre el campo.

Y luego, pasando de las hierbas a las flores, nos hace ver que:

“Al igual que los padres del pequeño Takamaru, acaso también las flores lloran al presentir que pueden ser cortadas o quemadas justo cuando abren su rostro al sol de primavera tras la nieve invernal. ¿No son sus vidas tan frágiles y breves como las nuestras? Y si comparten el destino de todo ser que nace y se extingue, ¿no podrían, también ellas, alcanzar el nirvana al final?”

En Japón, los debates entre las escuelas budistas sobre la posibilidad de la iluminación de las plantas y los árboles son bien conocidos y comenzaron alrededor del s. XII[2], sin embargo, Issa no se está refiriendo a los debates teológicos, sino a la experiencia de la compasión, la apertura al valor de las vidas de las plantas y de todos los seres. Nos habla de su fragilidad, su miedo, sus rostros que anhelan el sol.

También las flores, las plantas, tienen vidas, y esas vidas importan tanto como todas las otras vidas.

Issa, que además de haijin era sacerdote del Jodo Shinshu, sabía bien que los seres no tienen una esencia propia, y que comparten una existencia de sufrimiento. El camino hacia la cesación, en lo profundo del corazón de Issa, era necesariamente colectivo. Una red, pero también, como nos recordaba hace un tiempo Yaxkin Melchy aquí mismo[3], un vecindario, una comunidad.

Para Issa todos los seres buscan el despertar, la iluminación, y el cese del sufrimiento: las mariposas, las moscas, los gatos, la nieve, las hierbas. A veces se detienen para escuchar el Dharma, otras frotan sus patitas rezando, y hay pájaros, como el ugüisu, que pueden recitar el Sutra del Loto[4].

De manera más amplia, y saliéndonos del marco budista, podríamos decir que cada ser vivo busca, desea y expresa un futuro.

Tantos seres y futuros se han perdido en este año y los años recientes que la desazón pesa como una gruesa capa de nieve sobre nuestros corazones.

Mientras la Tierra inclina su órbita en relación al sol, y en el hemisferio sur es solsticio de verano, y en el hemisferio norte es solsticio de invierno, los corazones de los diversos seres de este planeta volverán a intentar abrirse, y yo, siguiendo a Issa, voy a intentar confiar una vez más en el oído de los pueblos, las flores y la nieve. Porque todavía nadie conoce todo lo que puede el alma de las flores.

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[1] Aquí voy a seguir la traducción de Silva y Marquina, la única en español, que actualmente se está publicando en Retama Escuela de haiku.

[2] Al respecto, William Lafleur, Saigyo and the Buddhist Value of Nature, o el más breve Sattva. Enlightenment for Plants & Trees, en Dharma Gaia: A Harvest of Essays in Buddhism and Ecology.

[3] La bella verdad del mundo. Haikus de insectos y otros animales de Issa Kobayashi.

[4] La asociación del canto del ugüisu con el Sutra del Loto precede, por supuesto, a Issa, pero forma parte importante de la siguiente entrada del Ora ga haru.