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Presentación. Enero 2026

EL ALMA DE LAS FLORES

 

El alma de las flores es el título de un poema de Kaneko Misuzu que quiero tomar prestado para florearle un nombre a esta columna.

Hace unas semanas, el equipo de El rincón del haiku me propuso escribir una columna mensual sobre haiku y animismo, o más ampliamente, sobre poesía japonesa y animismo.

Antes que partir dando definiciones sobre qué es el animismo y referir historias, me gustaría más bien comenzar con un gesto que nos conduzca hacia los mundos animistas: la escucha.

Este 2025 las vociferaciones de los poderosos parecieron saturar el mundo entero: como si sólo sus voces, sus intereses, sus vidas y sus futuros importaran.

Por lo mismo, se hace cada vez más necesario escuchar la diversidad de voces que el ruido más furioso silencia. Y sostener, también, el poema y su posibilidad de ser un espacio de escucha. Un ámbito donde escuchar las voces de los innumerables seres vivos con los que cohabitamos y componemos este planeta.

Pensando en las vidas que son consideradas silenciables y descartables, quisiera partir invitándoles a leer la segunda entrada del haibun más famoso de Kobayashi Issa, el Ora ga haru (“Primavera mía” en la traducción de Rubén Silva y Gonzalo Marquina, y “La primavera de mi vida” en la de Sam Hamill)[1].

Aquí, Issa cuenta la historia de un novicio de 11 años, Takamaru, que al comenzar la primavera fue junto con un monje a recoger flores y hierbas, pero en el camino de regreso, mientras cruzaban un puente, resbaló y cayó al río. El río lo arrastró sin que su compañero pudiera hacer nada. Al enterarse, la gente del pueblo lo busca durante horas hasta que lo encuentran entre unas rocas, y descubren un puñado de flores de petacita en uno de sus bolsillos.

“Probablemente el niño las había guardado para dárselas a sus padres cuando volviera a casa. Fue en ese instante que todos rompimos a llorar”

Luego cuenta cómo sus padres, “seguidores del Camino”, que “siempre habían hablado sobre la trascendencia del dolor y las miserias de este mundo”, lloran amargamente y sin contención. “El amor hacia su hijo los había destrozado. Por eso lloraban. Por eso…”

Sin embargo, a continuación, Issa intercala un waka en el que se desplaza de la muerte del niño, el dolor de los padres y los habitantes del pueblo, hacia las hierbas:

¿Quién lo habría imaginado?
Tantas hierbas, aún tiernas,
que apenas comenzaban a brotar,
entregadas al fuego, alzándose en humo
que flota sobre el campo.

Y luego, pasando de las hierbas a las flores, nos hace ver que:

“Al igual que los padres del pequeño Takamaru, acaso también las flores lloran al presentir que pueden ser cortadas o quemadas justo cuando abren su rostro al sol de primavera tras la nieve invernal. ¿No son sus vidas tan frágiles y breves como las nuestras? Y si comparten el destino de todo ser que nace y se extingue, ¿no podrían, también ellas, alcanzar el nirvana al final?”

En Japón, los debates entre las escuelas budistas sobre la posibilidad de la iluminación de las plantas y los árboles son bien conocidos y comenzaron alrededor del s. XII[2], sin embargo, Issa no se está refiriendo a los debates teológicos, sino a la experiencia de la compasión, la apertura al valor de las vidas de las plantas y de todos los seres. Nos habla de su fragilidad, su miedo, sus rostros que anhelan el sol.

También las flores, las plantas, tienen vidas, y esas vidas importan tanto como todas las otras vidas.

Issa, que además de haijin era sacerdote del Jodo Shinshu, sabía bien que los seres no tienen una esencia propia, y que comparten una existencia de sufrimiento. El camino hacia la cesación, en lo profundo del corazón de Issa, era necesariamente colectivo. Una red, pero también, como nos recordaba hace un tiempo Yaxkin Melchy aquí mismo[3], un vecindario, una comunidad.

Para Issa todos los seres buscan el despertar, la iluminación, y el cese del sufrimiento: las mariposas, las moscas, los gatos, la nieve, las hierbas. A veces se detienen para escuchar el Dharma, otras frotan sus patitas rezando, y hay pájaros, como el ugüisu, que pueden recitar el Sutra del Loto[4].

De manera más amplia, y saliéndonos del marco budista, podríamos decir que cada ser vivo busca, desea y expresa un futuro.

Tantos seres y futuros se han perdido en este año y los años recientes que la desazón pesa como una gruesa capa de nieve sobre nuestros corazones.

Mientras la Tierra inclina su órbita en relación al sol, y en el hemisferio sur es solsticio de verano, y en el hemisferio norte es solsticio de invierno, los corazones de los diversos seres de este planeta volverán a intentar abrirse, y yo, siguiendo a Issa, voy a intentar confiar una vez más en el oído de los pueblos, las flores y la nieve. Porque todavía nadie conoce todo lo que puede el alma de las flores.

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[1] Aquí voy a seguir la traducción de Silva y Marquina, la única en español, que actualmente se está publicando en Retama Escuela de haiku.

[2] Al respecto, William Lafleur, Saigyo and the Buddhist Value of Nature, o el más breve Sattva. Enlightenment for Plants & Trees, en Dharma Gaia: A Harvest of Essays in Buddhism and Ecology.

[3] La bella verdad del mundo. Haikus de insectos y otros animales de Issa Kobayashi.

[4] La asociación del canto del ugüisu con el Sutra del Loto precede, por supuesto, a Issa, pero forma parte importante de la siguiente entrada del Ora ga haru.