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Agosto de 2026

CONSTRUIR

¿Ardiente sol
al lado de un camino
o vieja pala?

 

DECONSTRUIR

 En el curso de un paseo, uno de estos días calurosos de fines de julio, me sorprendió, a la vera del camino, una vieja pala, oxidada, sin el mango, tirada entre los hierbajos secos. Hay foto. Su presencia absurda, para muchos fea, en ese lugar me dejó perplejo. Merecía ser transfigurada. Me imaginé que era también, aparte de su identidad como vieja pala inservible, el mismo sol ardiente de esa tarde del verano castellano. Y en un momento, no supe bien cuál era cuál.

   Y quise dar vida a esta transfiguración por medio de las diecisiete sílabas de este haiku. Pala y sol aparecen en estos tres versos con sus respectivas identidades confundidas, a pesar de que opinará con razón el lector de que no se parecen en nada: oxidada una, refulgente el otro;  en la tierra una, en el cielo el otro; vagamente circulares, eso sí, los dos.  Pero ese día de verano, a mí me pareció divertido jugar a eso que, en la poética japonesa clásica, denominaban «elegante confusión». De hecho, había un recurso retórico para expresarla: se llamaba mitate o transposición identificativa.

    Consistía, simplemente, en tomar un cosa por otra.  Su uso, frecuente en la antología Kokin waka shū, el canon del clasicismo en poesía japonesa, de inicios del siglo X, se insertaba en esa especie de estética de la perplejidad cultivada por aquellos poetas asociados a la corte imperial. Los mitate eran verdaderos alardes de ingenio, virtud apreciada en aquella lejana poesía cortesana.

     Justamente, pensará con razón alguien que lea estas líneas, lo opuesto al espíritu intuitivo, espontáneo, rabiosamente natural del haiku. Aquel arte poético, por el contrario, era preciosista, estaba rígidamente encorsetado en un código de temas, tenía un léxico reducido. Pero… podemos aprender mucho de ella. Poseía, por ejemplo, un refinamiento sorprendente, era de una exquisita alusividad lírica, de un exuberante crecimiento interior…

  «Mitates» frecuentes en muchos de los 1.111 poemas de aquella antología era tomar las flores del ciruelo por copos de nieve, las nubes por nieve, la bruma de primavera por un vestido, los crisantemos por estrellas, las olas del mar por cerezos floridos y… hasta barcos transformados en hojas de otoño, etc. No eran metáfora, sino objetos de identidad confundida. Pero basta de palabras. He aquí un par de ejemplos de waka (el abuelo del haiku, con su estructura de 5/7/5/7/7 sílabas) con mitate.

   En el primero, el número 301 de la antología y  firmado por Fujiwara no Okikaze, las hojas de otoño y los barcos de pesca, aunque aparentemente sin mucho en común, para el poeta pierden sus perfiles identificativos y se le muestran confundidos en un instante y en una interesante combinación cromática:

Empurpuradas
Hojas de otoño cabalgando
En blancas olas
¿O  barcas de pescadores
Flotando a la deriva?

En el segundo, el número 59, de  Ki no Tsurayuki, el poeta se muestra perplejo: ¿Tiene el poeta ante sus ojos nubes blancas o cerezos en flor? , ¿cuál es cuál? 

¿Son nubes blancas
Entre fragosos montes,
Las que allá flotan?
¿O más bien son los pétalos
De la flor del cerezo?

¡Cuánta razón tendrá el paciente lector o lectora del Rincón en pensar que eso está muy bien, pero que una pala vieja y un sol no tienen casi nada en común! Y que una pala oxidada no es nada elegante, a diferencia de cerezos floridos o nubes blancas u hojas de color carmín o pintorescos barcos de pesca. Toda la razón del mundo.

    Pero el haiku, no lo olvidemos es poesía de la sinrazón, y también de las cosas feas. Por eso, una fea pala abandonada se ha convertido en un radiante sol. Todo merced a la varita mágica del poeta, transfigurador de realidades aparentes y humilde creador de absurdos mitate.

Gorriones y gusanos

1

Comienzan las lluvias fuertes en gran parte de Chile mientras las condiciones de vida empeoran rápidamente con el gobierno de Kast.

La columna de este mes nace de un error: quería hablar de un haiku que creía que era de Bashō pero no, era de Issa.

Sin embargo, mientras buscaba sin suerte en los diarios de viaje y antologías, encontré un haiku de Bashō que me pareció que podía acompañar al de Issa:

En un campo de canola,
gorriones
con cara de hanami[1]

El de Issa, en traducción de Sam Hamill:

El perro viejo escucha
atento, como si oyera las
canciones de trabajo de los gusanos[2]

2

El haiku de Bashō es como una semilla de lo que será la poética de Issa. Nos revela de súbito que el mundo no consiste únicamente en las percepciones, sensaciones y emociones de los seres humanos, que hay otros seres que observan, sienten, escuchan, se emocionan y viven sus vidas.

Si bien Bashō no es un poeta animista, su camino poético busca aproximarse de una forma más directa y abierta al mundo natural. A diferencia de la poesía clásica aristocrática, en la que los animales y las plantas tienden a aparecer para expresar las emociones humanas, Bashō insiste en que “para saber del pino hay que aprender del pino; para saber del bambú hay que aprender del bambú”. Su haiku busca captar la verdad íntima, la sinceridad, del mundo.

En el haiku de Bashō se nos presenta una escena que para otro poeta podría ser trivial, pero él distingue en los gorriones, al ver la canola en flor, la cara de hanami. El hanami[3] es la tradición de contemplar flores en Japón, especialmente los cerezos, y nace el s. VIII cuando la clase aristocrática copia la costumbre china de recitar poesía y beber vino contemplando los ciruelos en flor[4].  En este haiku Bashō vincula esta actividad cultural de la nobleza con la forma de hacer mundo de un ave tan común y corriente como el gorrión.

Uno de los aspectos más importantes del proyecto poético de Bashō es su búsqueda por hablar del mundo cotidiano, el mundo de los plebeyos y los campesinos, con un lenguaje en el que resuenen Sogi, Saigyo, Du Fu o Li Bai. A diferencia del haiku popular, que “rebajaba” lo “alto”, su propósito es “elevar” lo “bajo”[5].

Siguiendo con el haiku del que hablamos, me parece muy bello el gesto de Bashō al ver en los rostros de los gorriones una expresión similar a la de los humanos que miran fascinados los cerezos. De pronto nos abre un mundo donde no sólo los humanos pueden practicar el hanami, sino también los gorriones y todos los seres vivos. También los caballos, los ratones y las moscas desean ver flores. Podríamos decir acaso que el hanami es una intensidad que pueden todos los rostros al contemplar las flores.

3

Bashō busca contemplar, escuchar, aprender directamente de los seres y las cosas, y muchas veces anula su perspectiva como sujeto, pero Issa es distinto de él y la mayoría de los haijin, e interviene directamente en los acontecimientos.

Por ejemplo, frente al famoso haiku sobre el viejo estanque (“Un viejo estanque; / salta una rana, / ruido de agua”[6]), Issa responde:

El viejo estanque…
¡déjenme adelantarme!
ranas que saltan[7]

Issa interviene en el mundo porque quiere aliviar el sufrimiento, acompañar la soledad, expandir la alegría, prestar atención a la belleza y celebrarla.

Vicente Haya dice: “Los haijin no hablan con los seres vivos en sus haikus, no intervienen en las escenas que recogen, no enjuician la realidad. (…) Pero es imposible controlar a Issa. Él habla con los seres fuera y dentro de sus haikus”[8].

En el caso del haiku que estaba buscando para esta columna, un perro pone atención, quizá pega la oreja al suelo, como si escuchara los cantos de trabajo de los gusanos.

De los gorriones con cara de hanami de Bashō pasamos a unos gusanos que cantan mientras trabajan. Podríamos decir que hay un desplazamiento en las formas de traducir los mundos animales: mientras Bashō vincula a los gorriones con una actividad de ocio de la aristocracia, Issa vincula a los gusanos con las prácticas y costumbres de los trabajadores[9].

Sin embargo, este haiku de Issa me recuerda a uno de Bashō en Sendas de Oku:

Aquí en Oku
plantan arroz cantando:
¡nace la poesía![10]

Y de pronto, entre los cantos de los campesinos y los de los gusanos puede nacer la poesía.

Creo que esa es la semilla de Bashō. En la cara de hanami de los gorriones hay una intuición: ve en ellos la posibilidad de la poesía.

Dos siglos más tarde, Issa, que parte del hecho de que todos los seres están vivos, piensan, sufren, dudan o se alegran, se vincula y dialoga con ellos como seres capaces de hacer belleza, de hacer poemas.

Si para Bashō el poeta debe deponer su propia intención para captar directamente el mundo, en Issa el mundo está lleno de intenciones y puntos de vista. Todos tienen algo que decir, así como sus propias formas de contemplar y hacer mundo. Todos siguen creativamente lo creador, todos pueden hacer poemas.

Frente a la realidad del sufrimiento que revela Buda, Issa insiste en una poética del “sin embargo”[11], que radicaliza la concepción de la dignidad ontológica de todo lo existente. Todos los seres sufren, pero también todos los seres buscan el alivio de ese sufrimiento.

Así, para Issa el poema es también un tejido ético donde tejer entre los diversos seres vivos el mundo desde la compasión, la compañía, la ternura y la belleza.

Issa escucha, como el perro, a los seres trabajar, esforzarse, pero también escucha los cantos que crean para acompañar el trabajo. Y siguiendo el haiku de Bashō sobre el nacimiento de la poesía, podríamos decir que Issa comprende que la poesía es aquello que nace cuando los seres se esfuerzan por crear un mundo mejor.

Quizá Issa también nos está diciendo que tenemos que volver a aprender a escuchar el mundo. En ese sentido, me recuerda a la señora Tokue Yoshii, de la novela Dorayaki, de Durian Sukegawa. En una carta le cuenta al protagonista, Sentaro, qué entiende ella por Escuchar:

“Presto atención al lenguaje de las cosas que existen en el mundo pero que no pueden usar palabras. (…) Cuando hago pasta de azuki miro de cerca el color de la cara de cada poroto. Les doy mi consentimiento para que me hablen. Imagino un día de lluvia o uno despejado del que ellos han sido testigos. Escucho lo que tienen para contarme sobre el viento que los hizo llegar hasta mí.

Creo que todas las cosas de este mundo tienen su lenguaje propio. (…) Creo que no hay nada que nuestros oídos no sean capaces de escuchar”

Más tarde, en otra carta, cuenta cómo una noche vio de pronto la luna llena:

“¡Cuánta belleza! Estaba extasiada, incluso me olvidé de todo lo que había sufrido (…). Después sentí que escuchaba una voz muy parecida a los susurros de la luna. Decía: Quería que me vieras. Por eso brillo de esta forma”.

Quizá también los gusanos querían que el perro los escuchara cantar mientras trabajaban la tierra: “escucha el canto de los que remueven por amor los suelos”.

Quizá Issa y el perro están escuchando cómo todos los seres trabajan para transformar este mundo, para que vuelva a ser una canción de las trabajadoras y los trabajadores.

-.-

[1] Esta es una adaptación de la traducción de Alberto Silva y Masateru Ito: he cambiado colza por canola, y “con cara de admirar las flores” por “con cara de hanami”. El original dice: Nabatake ni / hanamigao naru / suzume kana. En Diario de una calavera a la intemperie (1684).

[2] Furu inu ya / mimizu no uta ni / kanji-gao. En Kobayashi Issa, The Spring of my life.

[3] Literalmente “ver flores”. Se escribe con los kanjis de flor y ojo: 花見

[4] En los primeros siglos, las flores predilectas de la aristocracia japonesa eran los ciruelos y las wisterias. Es en la era Heian, y con la antología Kokin Wakashu (s. XI), que la contemplación de flores comienza a referirse especialmente a los cerezos.

[5] Este aspecto de la poesía de Bashō, que se denomina Kogo Kizaku (“despertar a lo alto, volver a lo bajo”), se suele tomar en occidente como si fuera una característica propia del haiku como género.

[6] En traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya

[7] Traducción de Yaxkin Melchy

[8] Vicente Haya, “Haiku-dō: el haiku como camino espiritual”

[9] Aquí quisiera aclarar que el original sólo habla de las canciones de los gusanos (mimizu no uta), es Robert Hass quien introduce lo de las “canciones de trabajo”, pero creo que cualquiera que haya leído a Issa podrá comprender que se ajusta profundamente a su poética

[10] Traducción de Paz y Hayashiya

[11] Su haiku más famoso, escrito tras la muerte de su pequeña hija: “Este mundo de rocío / es sólo el mundo de rocío / y sin embargo… y sin embargo…” (siguiendo la traducción de Sam Hamill)

Julio de 2026

CONSTRUIR

Puerta cerrada.
Salen manitas verdes
Al cielo azul.

DECONSTRUIR

No es fácil imaginar lo que dice este haiku sin la foto. La saqué en un viaje reciente por Galicia: un muro, unas jambas y un dintel hechos con buenas piedras de sillería enmarcaban una puerta negra y cerrada; detrás, un terreno abandonado donde crecían con profusión hierbas y zarzas. Nada extraordinario, ¿verdad?

   Lo que me llamó la atención fue el vigor irresistible de las zarzas en buscar espacio fuera del terreno. Sus puntas, como los dedos de las manos de un humano que se estuviera ahogando y que buscara con desesperación aire, asomaban por las rendijas que había entre la puerta y las piedras. Me pareció que el cielo azul, arriba, sonreía al ver este ejercicio de supervivencia.

    Esta visión me inspiró varios haikus:

  Felices brotan
Las hierbas del olvido.
La puerta negra.

El cielo azul.
Desesperadas buscan
Las zarzas aire.

Puerta negra.
Las zarzas detrás asoman
¿buscando qué?

Cerrada puerta.
Y las hierbas que sueñan
Con cielo azul.

Pero ninguno me gustaba. Me di cuenta de que eran construcciones demasiado tamizadas por un intelecto empeñado en hallar significados: el olvido, la desesperación, la búsqueda, el sueño. Artificios intelectuales. ¡Fuera con ellos!

    Son conceptos centrales en cada una de esas cuatro versiones, pero precisamente por ser conceptos se apartan del alma de la visión inocente: unas hierbas buscándose la vida. Pero no unas hierbas cualquiera. Eran únicas y extraordinarias. Este aspecto de lo extraordinario es lo que me llamó la atención. Primero, por el lugar en que estaban: detrás de una puerta cerrada, y debajo, muy debajo, de un cielo azul. Segundo, por el ímpetu con que crecían en busca de espacio. Yo las vi no como hierbas o zarzas, sino como dedos o manos que, simplemente, habían crecido y en su crecimiento buscaban territorio al exterior del terreno exuberante en donde habían nacido y crecido. Querían más. Eso es lo que me estaban diciendo con los extremos de sus tallos. En mi visión, estos extremos o puntas habían dejado de ser extremos o puntas y se habían convertido en manos pidiéndome que me detuviera y les sacara una foto.  Necesitaban ser oídas.  Y trasmutados en sílabas de un haiku.

No necesitaban que yo interpretara su vitalidad en términos de metáforas sobre sueños, búsquedas u olvidos. Simplemente deseaban tener voz: «aquí estamos nosotras, que parecemos manos, entre una puerta y lejos de un cielo».

    Algo hay que decir de las metáforas. No me gustan las metáforas abstractas, sean las llamadas puras o las impuras, en un haiku porque desvirtúan la esencia de este arte que es  ser poesía de sensación, del aquí y del ahora. Pero hay metáforas que sí que me gustan: son las vivenciales, las espontáneas, las naturales. Las mismas que que usaría un niño, de vocabulario reducido, para decir que “las puntas de las zarzas eran como manitas o como dedos buscando algo”. Un niño no se referirá a esas puntas como “ápices vegetativos” o “puntos de crecimiento” porque su vocabulario no le llega a tanto por lo general. Pero sí que podría decir, por ejemplo, cuando se desliza por un tobogán del parque: “Mira, papá, soy una catarata cuando bajo!” Esta es la metáfora natural y creativa del haiku. Como las de un niño.

  Matsuo Bashō, especialmente en los últimos años de su vida, insistía en que el haiku debe tener karumi, es decir, ligereza, sencillez. Enseñaba cómo conseguir karumi así: “Observa simplemente lo que hacen los niños”. Con esta bella metáfora explicaba el significado de karumi: “El estilo al que me refiero es ligero –karui– de forma y estructura, como la impresión que produce la contemplación de los bajíos arenosos de un río”. Ligereza para el maestro no era frivolidad –aunque algunas personas ajenas al espíritu del haiku lo confunden–, ni ordinariez, sino sencillez en lugar de complejidad, ingenuidad en lugar de sofisticación. La belleza de lo ligero tampoco implica falta de hondura. Al contrario.

   He aquí dos haikus que me parecen que tienen el valor de karumi.

Uno es del propio Bashō:

El sexto mes.
Hay nubes en la cima
De Arashiyama.  

Otro de Masaoka Shiki:

Bajo la llovizna,
Camina lento un perro,
Meneando el rabo.

 

Ausencia de metáforas. Pura observación.

“Manitas” o “deditos”, aplicado a las puntas de las zarzas, es una metáfora creativa y espontánea. Aporta karumi al poema. Y le da vida. La metáfora abstracta, por el contrario, ahoga “las cosas”.

   En este haiku de julio, “las cosas” son tres: las puntas de la zarza, la puerta y el cielo. Tres cosas que, extraordinariamente, se han conjuntado en la visión del poeta para dejarse oír en diecisiete sílabas.

     Porque en el haiku deben hablar las cosas. No las emociones, no el ego, no la estética –lo más difícil–. Y sin las trampas del intelecto. Pura observación.

Julio de 2026

Este año la temporada de tifones en Japón se ha adelantado considerablemente, al punto de que tuvieron dos arrasando sus costas al mismo tiempo. En el Genji Monogatari hay dos capítulos en los que se mencionan este tipo de fenómenos climatológicos: Suma y Nowaki. La literatura, incluso cuando es ficción, refleja algo de realidad también. Mientras, en Santiago, aunque seguimos con mucho frío, después del solsticio de invierno la luz ha cambiado y se empieza a vislumbrar una lejana primavera. O eso quiero creer.

Este mes revisaremos 忌日 kinichi (aniversarios de muerte) que pertenecen al período conocido como 晩夏 banka o fines del verano. Este corresponde a julio o el sexto mes del calendario lunar, Minadzuki. A pesar de estar finalizando la temporada el calor sigue muy alto, sin embargo, la pronta venida del otoño se puede notar en el viento que sopla temprano en la mañana y al atardecer. Esa es por lo menos la descripción del período antes de la influencia del calentamiento global. En la actualidad las altas temperaturas siguen hasta bien avanzada la estación otoñal.

En julio partieron eminencias de las letras japonesas que legaron al mundo obras que se han vuelto parte de acervo cultural mundial. Los haikus que les conmemoran toman inspiración de la estación, fines del verano, o de las obras de quienes celebran.

鷗外忌 ougai ki

9 de julio.

Mori Ogai (1862-1922) fue un novelista, crítico, traductor y poeta de los periodos Meiji y Taishou. Tras estudiar en Alemania como médico militar, publicó la novela Maihime (La bailarina) e inició así su carrera literaria. Mientras continuaba ejerciendo como médico militar, produjo una serie de obras que perduran en la historia de la literatura japonesa. Como poeta, también fue amigo íntimo de Yosano Tekkan e Ishikawa Takuboku. Entre sus obras más reconocidas se encuentran Takasebune (El barco del río Takase), Abe Ichizoku (La familia Abe) y Sansho Dayu (El intendente Sansho).

El haiku que conmemora su aniversario luctuoso es de Ishisaki Soubin.

 

舞姫は死語となりしか鷗外忌

maihime wa shigo to narishi ka ougai ki

¿Se volvió bailarina un término obsoleto? Aniversario de Ougai.

 

茅舎忌 bousha ki

17 de julio

Kawabata Bousha (1897-1941) cuyo nombre real era Shin’ichi, fue un poeta de haiku. Nacido en Tokio, hijo de un haijin amateur, pintor y calígrafo y medio hermano del pintor Kawabata Ryuushi, publicó haikus en revistas como Shibugaki y Kirara, y posteriormente se convirtió en discípulo de Takahama Kyoshi. A pesar de estar postrado en cama durante unos 20 años, creó su propio universo de expresión, conocido como «Bousha Jōdo» (La Tierra Pura de Bousha).

El bello haiku que le conmemora fue compuesto por el haijin Takano Sujuu (1893-1976).

 

茅舎忌の朝開きたる百合一花

bousha ki no asa hirakitaru yuri hito hana

En la mañana del aniversario de Bousha se abrió un lirio.

 

河童忌 kappa ki

24 de julio

Ryunosuke Akutagawa (1892-1927). Novelista. En 1916, siendo aún estudiante de la Universidad Imperial de Tokio, su cuento Hana (La nariz) recibió elogios de Natsume Soseki, marcando así su debut en el mundo literario. Tras graduarse, mientras impartía clases de inglés a tiempo parcial en la Escuela de Ingeniería Naval, publicó obras como Imogayu (Gachas de batatas, 1916), Houkyounin no shi (La muerte de un cristiano, 1918) y su primera colección de cuentos, Rashoumon (1917). En 1919, renunció a la Escuela de Ingeniería Naval y se dedicó a la escritura como empleado del Osaka Mainichi Shimbun. Se suicidó en 1927 a los 36 años. Fue padre del actor y director Akutagawa Hiroshi y del compositor y conductor Akutagawa Yasushi.

Su aniversario luctuoso se conoce como Kappaki, nombre que proviene del título de su cuento Kappa, publicado en la revista Kaizo en 1927.

El haiku que celebra el genio de este novelista fue compuesto por Tanaka Michiko (1945), y hace referencia a la escena inicial del cuento Touyou no aki (Otoño oriental).

 

河童忌や影の痩せたる竹箒

kappa ki ya kage no yasetaru takebouki

Aniversario del kappa, se adelgazó la sombra de la escoba de bambú.

 

谷崎忌 tanizaki ki

30 de julio

Tanizaki Jun’ichirou (1886-1965) fue un novelista de las eras Meiji, Taishou y Shouwa. Debutó en la literatura a instancias de Nagai Kafuu y dejó un legado de gran valor estético. Entre sus obras más representativas se encuentran Chijin no ai (El amor de un tonto), Tade kuu mushi (El insecto que come ortigas), Shunkinshou, Moumoku Monogatari (El cuento del ciego) y Sasameyuki (Las hermanas Makioka). También realizó una traducción del Genji Monogatari al japonés moderno.

El haiku que le conmemora es de Aoki Ayako.

 

夕萱に日のあかあかと谷崎忌

yuusuge ni hi no aka aka to tanizaki ki

Brillante el sol en el lirio de día, aniversario de Tanizaki.

Espero que los haikus que seleccioné este mes les ayuden a conocer un poco más a los genios literarios que Japón nos ha regalado y a celebrar como se merecen sus memorias, con poesía. ¡Hasta el próximo artículo!

 

Junio de 2026

CONSTRUIR

Enjalbegando
Entre flores de azahar.
Un día cualquiera.

 

DECONSTRUIR

Fue hace solo un par de semanas cuando compuse estos versos. ¿La ocasión?

Bueno, tiene su pequeña historia como todos los poemas. Disfruto haciendo algunas tareas de mantenimiento en mi casa  –en realidad, la casa de mi hija y su familia– de El Real de San Vicente, en la sierra de Gredos. Tareas fáciles, como quitar hierba, regar las flores… y a veces enjalbegar muros. «Enjalbegar» es un término que no se usa mucho. Me parece que se emplean más los de  «encalar» o «blanquear». Pero yo lo prefiero: tiene, por así decir, un sabor más tradicional y me evoca el recuerdo infantil de aquellas mujeres con pañuelos en la cabeza que al comienzo de todos los veranos años venían a «enjalbegar paredes» con cal viva. «Enjalbegando» es, pues, el primer verso del haiku de este mes. La actividad que yo hacía en ese momento.

    Aunque, en mi caso, no enjalbegaba con cal como solía hacerse antes, sino con pintura blanca para exteriores. Además, el muro en cuestión estaba alto, tan alto que tuve que pintar desde una escalera y tan alto que algunas ramas superiores de un naranjo plantado al lado del muro estorbaban mi trabajo. Un estorbo que me obligó a cortar algunas de esas ramas y, sin duda por mi incuria, a manchar algunas hojas  con alguna gota de la pintura.

       El naranjo, qué generoso, contestó a la poda y a mi descuido regalándome el perfume suave de sus blancas, diminutas flores, algunas todavía abiertas hace dos semanas. Son las flores de azahar que aparecen en el segundo verso del haiku.

   Leído ahora, se me antoja que este haiku es un homenaje a la cotidianidad: un día cualquiera. Es el tercero verso. Podía haber rematado el haiku con «en primavera», pero sería una obviedad –y la economía del haiku no aconseja caer en obviedades–, pues el azahar florece en primavera. Deseaba, más bien, resaltar esa cotidianidad del acto de enjalbegar.

    Y me salió eso.

   En una segunda lectura, veo que este haiku también es un homenaje al color blanco: el del color de la pintura y el de estas perfumadas flores. Pared blanca y blanco azahar. ¿Cuál es cual?  Para mí, habían perdido su identidad, por lo que la pregunta es ociosa. Sus identidades respectivas están fundidas tanto en la cotidianidad de la acción como en el suave aroma envolvente. Es un haiku aromático a pesar de que ni el color blanco ni el término de «perfume» o «fragancia» se mencionan. No se mencionan porque no son necesarios; mencionarlos sería la forma más eficaz de quitar gracia y sabor al poema.

Esto de las identidades fundidas en un poema me recuerda algo.

La poesía cortesana, artificiosa y elegante del Kokinshū, la primera antología poética sobre waka –el bisabuelo del moderno haiku–, recurría a una figura retórica muy querida por aquellos lejanos poetas. Con ella expresaban también la fusión de las identidades de las cosas mencionadas en los versos.  Se llamaba mitate: tomar una cosa por otra, o bien, expresado en términos de poética, «una translocación identificativa». Se creaba así una especie de «elegante confusión» muy del agrado de los lectores de entonces. Precisamente, ya que el haiku de este mes tiene como protagonista al blancor, hay un poema también sobre la primavera que pivota en torno a este color. Figura como el número 5 de dicha antología y es anónimo:

梅が枝に                                                           ume ga eda ni

来いる鶯                                                           kiiru uguisu

春かけて                                                           haru kakete

鳴 けどもいまに                                             nakedomo imada

雪は 降りつつ                                                 yuki wa furitsutsu

 

Esta es mi torpe traducción:

El ruiseñor

En la rama del ciruelo

A la primavera

Que llega canta y canta.

Mientras, cae y cae la nieve.

Dos aclaraciones: la flor del ciruelo, del ume japonés (en el primer verso del original), se abre  por lo general a comienzos de la primavera cuyo comienzo, conforme al viejo calendario lunisolar empleado entonces ­–ss. IX-X–, caía en la primera quincena de febrero. El canto del ruiseñor estaba asociado tanto a la llegada de la primavera como a la floración de dicho árbol. Ahora bien, aunque no era infrecuente que por esa época –comienzo de febrero– nevara, el poema de estos versos recurre a la ficción poética de hacernos creer que los pétalos blancos de la flor de ciruelo son copos de nieve. En este intento del poeta de ficcionalizar la imagen descrita se cifraba aquella artística y celebrada elegante confusión. ¿Era nieve o eran simplemente los blancos pétalos? El lector «debe» estar confundido. ¡Mitate logrado!

     Hay otro poema de la misma antología, este de Fujiwara no Okikaze, con hojas del otoño sobre las aguas y barcos de pesca; unas y otros, por distintos que parezcan, pierden también sus perfiles identificativos y aparecen confundidos en un instante a través de una maravillosa profusión cromática:

Hojas de otoño

Que sobre blancas olas

Cabalgáis rojas.

En barcos plateados

Los pescadores vuelan.

 

Shiranami ni

Aki no ko no ha no

Ukaberu o

Ama no nagaseru

Fume ka to zo miru.

 

El haiku, al contrario de aquel retórico, elaborado waka de hace mil años, no busca ninguna elegante confusión, sino simplemente retratar al instante. Sin artificio, ni dobleces, ni alardes de ingenio.  El haiku no-mente busca hacer que hablen las cosas. En este haiku, desea que hable el COLOR BLANCO. Y que lo haga un día en que no hay ruiseñores posados en floridas ramas ni un bello paisaje de la costa con arces de hojas otoñales, sino en un DÍA CUALQUIERA.

 

Junio de 2026

Mirando las noticias niponas veo que el verano se adelantó, ya están con temperaturas por sobre los 30° y los japoneses sacando de la bodega los ventiladores. Mientras aquí, en Santiago, estamos con una ola polar que me tiene prácticamente abrazada a la estufa. La maravilla, que va más allá de la comprensión humana pero no de la capacidad del poeta, de que todo esto sucede al mismo tiempo dentro de nuestro querido y maltratado planeta.

Mejor entremos en materia. Todos los kinichi de este mes corresponden al período llamado en el mundo del kigo como 仲夏 chuuka, mitad del verano; el que transcurre durante junio en el calendario actual y Satsuki, el quinto mes del calendario lunar. Coincide con la temporada de lluvias, en la que el verdor de la vegetación parece brillar de lo intenso y la humedad y calor sofocan.

En esta ocasión les traigo una mezcla de aniversarios de muerte de personajes de hace algunos siglos como de otros más recientes, estoy segura de que más de alguno les resultará familiar, por lo que estos aniversarios cumplen con su misión de recordarnos estas importantes figuras y lo que contribuyeron en sus respectivas áreas al mundo.

信長忌 nobunaga ki

Segundo día del Sexto Mes del calendario lunar

Oda Nobunaga (1534-1582), fue uno de los Unificadores de Japón, junto a Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieiyasu. Era hijo de Oda Nobuhide, vasallo principal del gobernador de la provincia de Owari (actual prefectura de Aichi). Tras la muerte de su padre, heredó el poder familiar y unificó la provincia de Owari. En 1560, tras ganar la batalla de Okehazama, consolidó su poder y pacificó la provincia de Mino (actual prefectura de Gifu). En 1573, expulsó al shogun Yoshiaki, destruyendo así el shogunato Muromachi. En 1575, Nobunaga, aliado con Tokugawa Ieyasu, derrotó al clan Takeda en la batalla de Nagashino. Al año siguiente, construyó el castillo de Azuchi en la provincia de Omi (actual prefectura de Shiga) y lo convirtió en su base. Implementó medidas como la abolición de los puestos de control y el establecimiento de mercados libres y gremios, con el objetivo de desarrollar el comercio y la industria y facilitar el flujo de mercancías. En 1582, fue traicionado por su vasallo Akechi Mitsuhide y se suicidó a mitad de su proceso de unificación. Nobunaga fue el primero en usar armas de fuego en combate real y creó un nuevo sistema social mediante políticas como la catastro y el libre mercado. También protegió el cristianismo e hizo construir iglesias y escuelas en Kioto y Azuchi.

El haiku que conmemora su aniversario de fallecimiento fue compuesto por Maegawa Tatsuya.

研ぎ上げし刃うつくし信長忌

togiageshi yaiba utsukushi nobunaga ki

bella hoja afilada, aniversario de Nobunaga

光琳忌 kourin ki

Segundo día del Sexto Mes del calendario lunar

Ogata Kourin (1658-1716), fue un pintor representativo de Kioto del período Genroku (1680-1709) en la era Edo. Era el hermano mayor del ceramista Kenzan. Profundamente devoto de Tawaraya Sōtatsu, revivió su estilo con una sensibilidad propia y singular, y la escuela Sōtatsu-Kōrin (Rinpa) alcanzó gran renombre. Dejó excelentes obras en diversos campos, pero sus «Kakitsubata-zu (Lirios)» y «Kohakubai-zu (Flores de Ciruelo Rojas y Blancas)» son especialmente conocidas como obras maestras que exploran con profundidad los aspectos decorativos y pictóricos de la pintura sobre biombo. También demostró un talento excepcional en el diseño artesanal.

El haiku que le conmemora es obra de Takahama Kyoshi.

群青をゆたかに溶かし光琳忌

gunjou wo yutaka ni tokashi kourin ki

rica mezcla de azul ultramarino, aniversario de Kourin

桜桃忌 outou ki

13 de junio

Dazai Osamu (1909-1948). Novelista, nació el 19 de junio en la aldea de Kanagi, prefectura de Aomori (actual ciudad de Goshogawara), en el seno de una familia acomodada. Su nombre real era Tsushima Shuji. Comenzó a publicar novelas en 1933, y en 1935, su novela Gyakkō (Viaje al revés) fue nominada al primer Premio Akutagawa. Entre sus obras más representativas se encuentran Shayō (El sol poniente), Fugaku Hyakkei (Cien vistas del monte Fuji), Hashire, Merosu (¡Corre, Melos!), Tsugaru, y Ningen Shikkaku (Indigno de ser humano). El 13 de junio de 1948, se suicidó ahogándose en el acueducto de Tamagawa en Mitaka, Tokio. Fue descubierto el 19 de junio, el mismo día de su cumpleaños. El primer «Outou-ki» (Día Conmemorativo del Cerezo) se celebró en el Templo Zenrinji el 19 de junio de 1949, un año después del fallecimiento de Dazai. El nombre «Outou -ki» fue acuñado por Kon Kan’ichi, un escritor de Tsugaru, ciudad natal de Dazai, que residía en Mitaka. Outou (Árbol del cerezo) era el título de una de las obras maestras de Dazai, escrita poco antes de su muerte, y la imagen de la brillante flor roja, semejante a una joya, que madura en las regiones del norte durante esta época de junio, se consideró la más apropiada para su intensa vida y su imagen como maestro del relato corto.

El haiku compuesto en conmemoración de esta fecha es de Sahoda Nobu.

ため息の息の長さや桜桃忌

tameiki no iki no nagasa ya outou ki

la duración de un suspiro, aniversario del cerezo

 

芙美子忌 fumiko ki

28 de junio

Hayashi Fumiko (1903-1951), nació en el distrito de Moji, prefectura de Fukuoka. En 1918, ingresó en la Escuela Superior Femenina Onomichi. Tras graduarse en 1922, se trasladó a Tokio para estar con su amante. Al año siguiente, su compromiso se rompió y, para sobrellevar el desamor, escribió un diario que se convirtió en el prototipo de Hourouki (Crónica de una vagabunda). Su vida se estabilizó tras casarse con Tezuka Ryokubin, un estudiante de arte, y en 1928, comenzó a publicar por entregas Aki ga kitanda (Ha llegado el otoño), subtitulada «Crónica de una vagabunda», en la revista «Arte de mujeres». En 1930, Hourouki (Crónica de una vagabunda) se publicó y se convirtió en un éxito de ventas. Entre sus otras obras se incluyen Fūkin to sakana no machi (La ciudad de los órganos y los peces), Seihin no sho (El libro de la vida sencilla), Kaki (Ostras), Inazuma (Relámpagos) y Ukigumo (Nubes flotantes), y se mantuvo a la vanguardia de las escritoras a lo largo de toda su carrera.

El haiku que recuerda a esta gran escritora fue compuesto por Shikata Itaru.

あてどなき旅に出でたし芙美子忌

atedonaki tabi ni idetashi fumiko ki

quiero emprender un viaje sin destino, aniversario de Fumiko

Espero que hayan disfrutado de conocer un poco más de estas figuras de la historia y el arte japonés, así como de los haikus que les conmemoraban. Les deseo que tengan un maravilloso junio y nos encontramos en el próximo artículo.

Junio de 2026

Caligrafiado por Isabel Martínez bajo la copia de nuestro maestro Hikita “Sekiin” – Haiku de Matsuo Bashou.

Me quedo un rato

detrás de la cascada.

Entra el verano.

 

暫時は

瀧に籠るや

夏の初め

 

–         En la caligrafía:

 

しはらくは

瀧に籠るや

夏の初め

——————————————–

Comentado por Rafael García Bidó:

Unas sencillas palabras que mueven a tantas evocaciones. La cascada es un lugar y muchas sensaciones. Un surtidor de agua que lo es de frescura, de sonido, de visiones del líquido y su luz, inasibles como la vida, como el tiempo. Con la presencia acaso de aves y animales.

   Y ese rato, que se puede controlar, son unos minutos o muchos minutos, cuando entra el verano y nos introduce en un tiempo expansivo (como la cascada) que forma parte del período de un año en que nuestro planeta completa una vuelta alrededor del sol, que también se mueve alrededor de un astro mayor, que…

   Un juego de tiempos que nos inserta en los ciclos de la vida. Donde hay cosas que controlamos y otras que no. Como esa agua que se despeña con sonido manso o embravecido y que atrajo a ese testigo que con unas palabras dejó constancia de lo inasible.

RGB

Santo Domingo, 14.05.2026

Mayo de 2026

CONSTRUIR

 

Un caracol
En ruta de peregrinos.
¡Qué despacio anda!

 

DECONSTRUIR

¡Es un haiku infantil! Obedece a la simple visión que de este animal hace un niño o una niña que, en el mismo camino por el que a diario ve pasar personas cargadas de mochila –“peregrinos” le han dicho que son estas personas en camino a Santiago de Compostela–, observa cómo se desliza por el suelo un caracol.

Este haiku me lo inspiró la visión hace dos semanas de este simpático animal, con su concha a cuestas, por el mismo que yo seguía, cargado de una mochila, antes de llegar a Boadilla del Camino, en la provincia de Palencia. Esta población suele ser final de etapa del llamado «Camino francés» de la Ruta Jacobea. Acababa de llover y los caracoles salían de la fronda de la hierba, en la cuneta del camino, en busca seguramente de comida. Había tantos que yo tenía que mirar atentamente al suelo para evitar aplastarlos.  Acompaño foto.

Lo trivial divinizado, eso es el haiku. Y los niños, con una retina más sensible al asombro sensorial que los adultos, poseen la mirada limpia para descubrir sin artificio escenas cotidianas, triviales cargadas de religiosidad. La religiosidad de la unión con la naturaleza, en donde “yo veo un caracol” no es una secuencia sintáctica compuesta de sujeto –el yo que observa– y objeto –el caracol observado–, sino que es la vivencia del acto de VER. En el acto concreto de VER, la impresión de la lentitud con que se mueve un caracol ha sido el detonante del haiku. Podría haberlo sido la suavidad de su avance o la suposición de que ese caracol salía a comer o a buscar novia o a relajarse un rato.  Al niño no le importa no saber muy bien qué es un “peregrino”, porque la fuerza de su percepción visual –en este caso concentrada en la lentitud del avance de un caracol– ha eclipsado en él cualquier otra consideración. Nada le distrae, ni nada se interpone –ni comparaciones ni metáforas– en su visión. Él mismo se ha convertido en VER y en “caracol”. E, incidentalmente, también en “ruta” y en “peregrino”.

Volvernos niños para habitar aunque sea un instante en la casa donde no hay escisión entre sujeto y objeto es mi propuesta a los amables lectores de El Rincón para este mes de mayo.

 

Caligrafiado por Carlos P. Ehrenspeck bajo la copia de nuestro maestro Hikita “Sekiin” – Haiku de Matsuo Bashou.

«se va la primavera,

son lágrimas los ojos de los peces

el canto de los pájaros»

(Trad. Félix Arce, momiji)

 

行く春や
鳥啼き魚の
目は泪

– En la caligrafía:

行く春や
鳥なき魚の
目は泪

 

Comentado por Jorge Braulio:

Agua en el agua. Un sumergirse para despedir a quienes nos dan sus flores. Aire en el aire. Gorjeos impregnando de tristeza la partida. Y todo en un fluir que nos devuelve al pez, al ave en que reconocernos, como extensiones de lo que somos. Sin desdoblamientos. Lo que se va nos lleva. Las despedidas no siempre separan: somos sustancia compartida. Entonces no es extraño que, en un adiós, los ojos de los peces sean lágrimas. Y el cantar de las aves… Disueltos en el agua y en el aire, reconociéndonos en cuanto nos rodea. En lo que dejamos. Bien lo sabe el poeta, a punto de iniciar su viaje: agua en el agua. Aire en el aire. Así, las despedidas.

 

 

KANEKO MISUZU

KANEKO MISUZU

Abril llega a su final. Aquí en Santiago el otoño ha sido un cambio a veces brusco, a veces vacilante, desde el calor hacia el frío del invierno, muy diferente del otoño en la ciudad de México, donde más bien es una estación posterior a la temporada de lluvias, en la que el cielo se queda azul, inmenso y vibrátil después de tanto lavarse, y las temperaturas se mantienen relativamente cálidas.

Aquí hace cada vez más frío, hay muchos días nublados, las hojas de los árboles han anaranjado, enrojecido y otras ya se caen. Los picaflores chicos han regresado de sus viajes por el sur y los archipiélagos de la Patagonia.

La columna anterior hablaba del Man’yoshu y la instrumentalización de la naturaleza, de la producción de una segunda naturaleza (Shirane) por parte de la clase de los nobles. A pesar de que mi plan original para estas columnas era más o menos diacrónico, voy a preferir desviarme de la senda, como decía Saigyo (que es de quien iba a escribir), para ir en busca de otras flores, más recientes.

Porque quiero desviarme de la poesía imperial japonesa y el canon histórico para ir hacia la poesía niña de Kaneko Misuzu. Porque, como dice:

Más allá de este camino,
hay algo, hay algo, esperando.

*

La vida de Kaneko Misuzu fue en algún momento prometedora. Su familia tenía una pequeña librería en el pueblo pesquero de Senzaki, y le permitió concluir sus estudios escolares. Comenzó a escribir, y luego a frecuentar círculos literarios, y mandar sus poemas a revistas. No alcanzó a publicar un libro. Su matrimonio con uno de los trabajadores de la librería sería el final de su carrera literaria.

El esposo de Misuzu le prohibió escribir y seguir su carrera, le obligó a dedicarse a su hija y las labores domésticas, mientras él la engañaba. Acabó por contagiarle una enfermedad de transmisión sexual. A los cuatro años de matrimonio, Misuzu lograría divorciarse, sin embargo, esto implicó perder la custodia de su hija. Desesperada, se quita la vida como protesta, y le envía una carta a su exesposo para pedirle que deje que su madre se quede con su hija.

Sus poemas, la mayoría inéditos, fueron descubiertos (y redescubiertos) en la década de los 80, gracias a la investigación de Setsuo Yazaki (y a su hermano menor, que había conservado sus cuadernos). Son el testimonio de que su vida no sólo fue una historia de sufrimiento ni se limitó al mandato de su esposo.

En sus poemas, Misuzu nos revela una apuesta radical por una práctica poética centrada en la compasión y en la dignidad de todas las formas de vida.

Mientras su vida se llenaba de prohibiciones y sufrimientos, Misuzu consideraba con una ternura abarcadora el dolor de todos los seres vivos.

En la tierra oscura y solitaria
¿qué mira el pez dorado?
Las flores del estanque, en verano,
y los fantasmas parpadeantes de la luz.

En la tierra quieta y quieta,
¿qué escucha el pez dorado?
El sonido de llovizna en la noche,
que pisa despacio las hojas caídas.

En la tierra fría y fría,
¿en qué piensa el pez dorado?
Viejos, viejos amigos,
entre las mercancías del vendedor de peces.

 

*

En Japón, por diversas razones, el budismo empezó a mezclarse e impregnarse de las diversas creencias animistas. Acaso este contacto con las creencias en los kami influyera en ciertas corrientes del budismo japonés que ampliaron el Dharma a seres que antes no se consideraban sintientes, como los árboles y las plantas, las piedras, las montañas y los ríos. Esta veta, a la que pertenecen tanto Dogen como Issa, es la que parece seguir Misuzu.

Misuzu propone, de una manera incluso más consistente y radical que Issa, una poética de la compasión mediante una escritura niña. Una escritura que no se trata tanto de ser una niña o un niño, sino de abrirse a y seguir una perspectiva niña, un tono de asombro, inocencia y amplitud. Una escritura que insiste en la alianza de la imaginación y la ternura.

La ética de Misuzu no es emanada del deber, no solicita a la razón sino a la imaginación, y lo que busca es hacer visibles las perspectivas, mundos y afectos de los otros seres vivos.

Los poemas de Misuzu nos ponen de súbito, de un verso a otro, en los mundos y en las lágrimas de las ballenas, en los funerales de los peces, en los anhelos de las flores. Los animales y distintos los seres vivos (o la lluvia y la nieve) tienen sentimientos, pensamientos, y mundos tan diversos y complejos como los de los seres humanos. Y al contrario de lo que la mayoría de los humanos adultos creen, no estamos fundamentalmente separados, sino íntima, ética y afectivamente implicados con la nieve, las flores y las sardinas.

*

Nacida en un pueblo pesquero, Misuzu dedica varios poemas a dar testimonio de los sufrimientos de los seres del mar, y gracias a un súbito cambio de perspectiva, nos muestra cómo una gran pesca, que es motivo de alegría para la gente que vive de ella, son experimentadas como tragedias por parte de los peces y las ballenas.

Amanecer,
espléndido amanecer.
Gran captura,
gran captura de sardinas.

Arriba en la playa
hay una fiesta,
pero en el mar
celebrarán funerales
por decenas de miles.

En este poema, Misuzu revela como los peces no sólo sufren, sino que también le dan una forma ritual a su sufrimiento. Al decir que los peces celebran funerales, al igual que los seres humanos, está diciendo que atraviesan procesos de duelo, que realizan rituales, que sus mundos son culturalmente densos y complejos. Que sus relaciones son importantes y significativas para ellos, y las honran de diversas maneras. No son simples seres que viven en la ceguera de los instintos, sino, como decíamos, personas con sentimientos y pensamientos, con agencia.

Para Misuzu, no obstante, la consciencia de la interdependencia entre todos los seres no sólo está marcada por el sufrimiento, sino que también implica que el mundo se compone de una diversidad de perspectivas, de formas de vivir y hacer mundo. Y la relación de todos los seres entre sí es asimismo una red infinita de belleza. Un entretejimiento en el que los diferentes seres se complementan[1]:

Por más que extienda mis brazos,
nunca podré volar por el cielo.
Y el pájaro que vuela no podrá correr
rápido por la tierra, como yo.

Por más que me balancee
no se producirá un bello sonido.
Y la campana que suena,
nunca podrá saber tantas canciones como yo.

 

La campana, el pájaro y yo,
todos diferentes, todos buenos.

*

Como decía al principio, quería desviarme de la poesía aristocrática japonesa, y para ello quería recurrir a Misuzu como una persona que encarna un desvío radical en su compasión, su ternura y su imaginación.

Porque hay poemas suyos que despejan con versos los nubarrones con los que históricamente han cubierto los cielos las clases explotadoras. En “El rey que amaba el oro”, un rey transforma todo el mundo en oro, sin embargo, el poema cierra diciendo:

Pero, pero…
todo ese tiempo
el cielo se mantuvo azul

Misuzu nos muestra que la poesía puede ser un camino diferente al del poder, un camino que tiene múltiples formas y está abierto para todos los seres. Como en este poema, que es mi favorito, porque en él vibra en el lenguaje la invitación hacia una realización colectiva: un bosque, un océano, una gran ciudad —un mundo mejor:

ESTE CAMINO

Más allá de este camino,
hay un gran bosque.
Oye, arce solitario,
vamos por este camino.

Más allá de este camino,
hay un gran océano.
Oye, rana, en tu estanque de lotos,
vamos por este camino.

Más allá de este camino,
hay una gran ciudad.
Oye, espantapájaros triste,
vamos por este camino.

Más allá de este camino,
hay algo, hay algo, esperando.
Todos, vamos, todos juntos.
Vamos por este camino.

[1] Una idea no muy lejana de la noción de incompletitud y complementariedad que el PRATEC distingue en el mundo andino.