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LA MELODÍA DEL GRAN CORAZÓN

El impulso del corazón es imparable. Nunca hubo ni habrá nada que contenga tanta energía, tanta pasión y tanta capacidad transformadora. Aquello que llegue a rozar al corazón, será perseguido por él una y otra vez, puede que durante una vida entera, hasta que deje de latir. Nuestra emoción es nuestro impulso: nuestro movimiento.

¿Qué nos emociona? ¿Un coche, un trabajo, una casa o un viaje? El mundo nunca fue tan pequeño entonces. Quizás alguien nos haya dicho que esas cosas son las más emocionantes que podríamos encontrar.

Todavía queda vida

en el cuerpo

que estoy rascando[1].

Desde luego, nadie nos aseveró que rascarnos debería ser considerado como algo emocionante. Así que le arrancamos a nuestro corazón ese pedacito que quizás una vez tuvo. El cuerpo debía ser lucido, vestido, paseado, engordado y gozado: nos lo mostraron, nos lo dijeron, nos lo repitieron durante tanto tiempo… ¿Cómo pensar que habría algo más?¿O algo menos?

Con eso tengo más que suficiente

barrer las hojas caídas[2].

Hubo un tiempo en el que pisamos las hojas caídas por primera vez, entonces crujieron y, ese sonido, esa conexión entre nosotros y el mundo, nos asombró: sentir algo nuevo en el mundo por primera vez nos colmó. Y nuestro corazón se alegró y sonrío y, con él, todo el cuerpo. Aún lo podemos contemplar en los niños, cuando viven esa misma experiencia, no desde las ideas, sino desde la vida misma: para nosotros, los cultos, los que nos envolvemos en estas letras, ya sólo es un recuerdo perdido. Le quitamos al corazón ese pedacito que quizás una vez tuvo, se lo empañamos con nuestra “idea” y la dejamos anquilosarse en nuestra mente, para que esa emoción nunca pudiera volver a fluir por nosotros, como una charca de agua sucia en la que nadie puede volver a contemplarse ni a sumergirse. Nadie nos mostró cómo pisar las hojas caídas debía de ser vivido como algo emocionante, siempre: sencillamente, nos enseñamos unos a otros a arrancar y a empañar cientos de trozos del corazón, como un único atardecer.

El sol, la luz, el viento, los árboles y los animales cambiaron y cambiarán junto a las hojas secas y, mientras vivamos, nosotros podremos cruzar ese momento del universo, cuando venga, con cientos de crujidos: ¡cruzar el universo crujiendo…!

Así, tal cual,

como hierbas que son,

los brotes se abren[3].

Otras existencias son portadoras del silencio, esa puerta hacia lo absoluto. Están rebosando vida, pero su naturaleza es modesta y sencilla: no hacen gala de nada, no hay vanidad en ellas. Son como son, porque ser ya es todo: ¿qué más esperar? ¿Qué más desear? Pero, si aceptásemos esto, toda nuestra vida y sociedad se derrumbaría ahora mismo: “¿sólo ser?”. Sólo ser, así tal cual: “como hierbas que son”, “como humanos que son”, “como estrellas que son”, “como nubes que son”… ¿Acaso no les basta a las estrellas existir tal cual son para hincharnos el corazón al contemplarlas? Esas luces eternas en el cielo siguen cada noche rozando nuestro corazón.

Pero nadie nos mostró cómo vivir emocionados ante las hierbas, ante el crujido de las hojas ni ante la vida que fluye por el propio cuerpo: arrancamos esos pedacitos del corazón o los empañamos con ideas de cotidianidad y menosprecio. Nos dijeron, nos aconsejaron, nos encandilaron, nos chantajearon con otros objetivos, otras metas y otras patrañas. Como si nunca vivir hubiera sido suficiente. Pero vivir y morir es el único y gran misterio; y es el único, porque la vida y la muerte son lo mismo y no están separadas una de la otra, sino dándose al unísono, como una sola melodía en cada una de las existencias, aquí, ahora mismo:

Dentro de la vida y la muerte

la nieve cae incesantemente[4].

¿Cuántos trozos de nuestro corazón sobreviven empañados? ¿Cuántos han sido arrancados? ¿Qué tipo de vida tendremos en el mundo con un corazón tan pequeño? Minúscula, miedosa, insegura, desconsolada… No vemos que portamos un corazón tan grande como el universo, que puede albergar dentro todo cuanto existe, porque todo le hace o le ha hecho vibrar al rozarlo: un picor, una hoja, una hierba, la nieve…

Es la melodía del gran corazón, donde todo cabe, la que se está produciendo aquí y ahora.

Para el beneficio y la felicidad de todos mis amigos de “El Rincón del Haiku”.

Viento.

 


[1] SANTÔKA, Taneda, en “Final”, en Saborear el agua. Cien haikus de un monje zen, Poesía Hiperión, traducción de Vicente Haya y Hiroko Tsuji, p. 153.

[2] Ibídem, “Rito cotidiano”, p. 135.

[3] Ibídem, “Contemplación”, p.69.

[4] Ibídem, “La puerta”, p.34.

Poética del haiku (II). Palabra, conciencia, historia

Tal como apunté en la anterior entrega, quiero ahora abordar, en la medida de mis posibilidades, el otro aspecto radical de la poética del haiku desde el punto de vista de la conciencia de la pregunta que vengo exponiendo: aquel que tiene que ver con la palabra como salida del lenguaje y, más en concreto, como salida del relato. Hemos de entender, lógicamente, del ‘relato’ de la racionalidad en el que ya se encuentra el hombre antes de haber tenido experiencia poética (en este caso de haijín), que por extensión no es otra cosa que la historia como conjunto de sucesos acaecidos a la especie.

Como ya conocen los lectores de estas colaboraciones, estoy intentando poner en evidencia que la experiencia del haiku es una clara señal de la aparición de la conciencia, fenómeno que lógicamente no se limita al haiku ni a la experiencia del haijín, pero que tiene en ellos, desde mi punto de vista, una manera especialmente clara de mostrarse, aunque toda manifestación de la conciencia se esté dando de forma casi imperceptible en el territorio omnisciente de la racionalidad. Toda ‘salida’, necesariamente, se está dando desde el relato, de manera semejante a como la propia vida supuso una salida de la pura materia físico-química, por ejemplo. La novedad radical de la conciencia en el proceso general de la existencia, como ya hemos comentado con anterioridad, es que si bien aquellas otras ‘salidas’ (de la latencia a la energía, de la energía a la materia, de la materia a la vida) se habían producido de manera fáctica, la ‘salida’ que propone la conciencia no es un paso dentro de la facticidad general de la existencia, sino precisamente el momento en que toda la existencia está en condiciones de ‘salir’ (o no) de la facticidad, provocando un acontecimiento sin precedentes en el seno de la propia Totalidad y, desde luego, un urgente replanteamiento de las respuestas ante la emergencia de la pregunta como pregunta.

Se impone, en principio, aclarar que la aparición de la conciencia no supone una ‘corrección’ de la racionalidad, algo que viene a mejorar las estrategias de la razón o a criticarlas. Ya sabemos que la racionalidad tiene el objetivo de posibilitar la supervivencia de la especie homo sapiens sapiens, y en ese complejo camino la propia racionalidad tiene que auto revisar sus estrategias, adaptarse y evaluar continuamente sus logros y sus deficiencias. Por tanto, la conciencia no aparece, desde el punto de vista poético que aquí mantengo, para criticar el proceder de la racionalidad o proponer una supervivencia diferente. Los problemas que genera la supervivencia los ha de resolver la racionalidad. Y así lo viene haciendo desde los ancestrales códigos que permitían la primitiva distribución de los roles tribales hasta las sofisticadas argumentaciones éticas del humanismo más comprometido con la dignidad de la persona, o el más crítico ecologismo que alza su grito contra la destrucción de la naturaleza. No parece, sin embargo, a decir verdad, que en este aspecto la racionalidad haya logrado su objetivo, a la vista de la desigualdad brutal y de las infinitas injusticias cotidianas en las que se asienta la marcha del hombre en la tierra, pero todo lo concerniente a la ‘supervivencia’, repito, es un asunto que concierne a la razón y ha de resolver la razón.

Desde la perspectiva poética, podemos decir que la supervivencia es la manera (racional) en que la vida se reconoce fáctica y se preserva a sí misma. La lucha por la inmortalidad, por ejemplo, sería el correlato lógico de la supervivencia, y hasta que la ciencia no provea de un método de conservación eficaz la mentalidad religiosa seguirá proyectando escenarios que la garanticen. Es lógico, en este proceso, que la promesa de una ‘vida’ futura (la supervivencia plenamente lograda) a salvo de las limitaciones de la presente (interrumpida por la muerte) ha actuado también como relato redentor de extraordinaria eficacia para mantener el estatus de desheredados de ingentes masas de población. Ya apunté mi convicción de que la racionalidad extendida (aquella que ya no está sujeta a los procesos de la estricta supervivencia biológica en equilibrio con un entorno ecológico determinado) que comienza a desarrollarse en el Neolítico, ya no buscará la supervivencia de la especie como tal sino la supervivencia de los grupos que controlan los recursos. Es precisamente en este momento, en los albores de las diferentes civilizaciones, donde aparecen (por pura lógica) los relatos (desde el poder) tendentes a que las masas asimilen su esclavitud en aras de un guión canónico, guión que, por ende, consagra la facticidad del papel de los amos y los esclavos en el indefectible engranaje de la historia. Sin duda la supervivencia de la especie no tendría por qué generar esta degradación permanente, pero ese es un problema que la racionalidad no ha sabido aún resolver.

Pues si decimos que la racionalidad procura la supervivencia como cierre de la vida en sí misma, podemos decir que la conciencia procura la vida como apertura desde sí misma. La conciencia, desde el punto de vista poético, no tiene como horizonte la supervivencia sino que coloca a la vida en ‘posición de salida’, por decirlo así, porque ya hemos dicho que la conciencia no pertenece al hombre, no pertenece a la vida, sino que aparece como un nuevo estadio en el proceso de la existencia, el estadio en el que se puede (o no) producir la salida de la facticidad, y que por tanto afecta a toda la existencia, no solamente al estadio concreto de la vida.

Sabemos que la historia es el resultado de la supervivencia, pero no sabemos cuál pudiera ser el resultado de la vida. De no haber aparecido la conciencia, sabríamos con certeza que el horizonte de la vida sería la supervivencia. Pero tras la conciencia es esto precisamente lo que salta por los aires. La conciencia abre la vida hacia un horizonte nuevo, pero no sabemos (no podemos saber, puesto que no es fáctico) cuál será su desarrollo. Sería, en todo caso, un horizonte posible, imposible de determinar antes de crearlo. Es evidente, sin embargo, que podemos rastrear en la historia de la supervivencia muchos indicios de que la experiencia de la conciencia está actuando desde antiguo, pero no disponemos de una hermenéutica, por decirlo así, que no confunda estas experiencias con las de la racionalidad. Diríamos que toda acción verdaderamente creativa (de salida) de la conciencia ha quedado irremediablemente interpretada e incluida en el relato general de la facticidad superviviente, y sospechamos que los casos más radicales de tal experiencia han debido ser manipulados o condenados al olvido ante la evidencia de que pudieran subvertir el guión establecido por la racionalidad. La contundencia ‘contra-relato’ de alguna de estas experiencias (estoy pensando, por ejemplo, en la de Jesús de Nazaret, al que quizá me refiera en próximas entregas) provocó una reacción aún más contundente de la racionalidad religiosa de su tiempo, hasta el punto de reconvertirlo en garante de la misma.

Pero volvamos a la intuición poética de que la conciencia procura la vida, y que procurar la vida (y no la supervivencia) significa procurar el horizonte de salida de la vida desde sí misma. ¿Hacia dónde? No podemos saberlo. Ya hemos dicho que la conciencia lo es de la pregunta como pregunta. Solo podemos decir que tal horizonte no puede ser fáctico. No sabemos nada más. Pero también hemos reconocido que se puede transitar el no saber. De hecho, “para ir a donde no sabes has de ir por donde no sabes”. Para intentar adentrarnos en lo posible en ese horizonte no previsto hemos de repensar poéticamente dos nuevos conceptos-experiencias que también en esta ocasión utilizaré de manera impropia, puesto que han sido mil veces definidos desde la racionalidad: la libertad y el amor.

Desde la racionalidad, la libertad es la facultad de elegir entre varias opciones (dentro de lo fáctico), elección que en última instancia pone en juego la propia supervivencia. Una elección adecuada sería aquella que permitiera garantizar de la manera más óptima posible la supervivencia de la especie. Por eso tal facultad tiene una intransferible carga de responsabilidad. Obrar a favor de la supervivencia es lo que la racionalidad exige a esta capacidad de libre albedrío del hombre. En el actual estado de racionalidad extendida la responsabilidad inherente a los actos de la libertad electiva se ha vuelto dramática: la dinámica de dominio de los que controlan los recursos ha orientado el progreso técnico a la fabricación de medios que hoy posibilitan elegir la autodestrucción. Y lo que quiero subrayar es que todo el esfuerzo ético, político, religioso, filosófico, metafísico… que se ponga encima de la mesa para elegir la no destrucción es un trabajo propio e insoslayable de la racionalidad misma.

Desde la experiencia poética la libertad no tiene nada que ver con lo que acabo de exponer. En rigor, desde la experiencia poética, dentro de lo fáctico no es posible libertad en sentido estricto. Libertad solo sería aquella experiencia que precisamente nos posibilitara salir de lo fáctico. Si no se pudiera salir de lo fáctico, la libertad no existiría, solo existiría la libre elección entre diferentes opciones, diferentes maneras de configurar el relato, diferentes modos de dirigir a los personajes de una representación ya fijada en el guión, a los que se les permiten ciertas licencias que no afecten al argumento central. Lo que quiero decir es que si no hubiera aparecido la conciencia no sería posible hablar de libertad. Desde la racionalidad no hay libertad en sentido estricto, solo hay capacidad de elegir, aunque esa capacidad de elegir lo sea sobre la igualdad o desigualdad entre los seres humanos, sobre la destrucción o conservación de la naturaleza o sobre la multiplicación de armas nucleares o su erradicación definitiva.

Aparecida la conciencia como pregunta en el seno de las respuestas que configuran el relato de la facticidad, podemos decir que llamamos libertad a la primera experiencia radical que nos pone en marcha hacia el horizonte abierto por la conciencia. La conciencia que abre a la posibilidad de un horizonte no fáctico supone en sí misma la liberación de las estrategias de la supervivencia y, de alguna manera, nos ‘desata’ del guión establecido desde la racionalidad, puesto que ya no es ese nuestro horizonte. La liberación de la supervivencia coloca a la vida en el umbral del abismo, abismo porque enfrente no hay nada, lo que haya de haber ha de ser creado. La libertad, desde la experiencia poética que aquí mantengo, es la manera en la que se asume el vacío de lo que ya no es (el relato que ya no nos sirve de referencia) y de lo que todavía no es (porque aún no ha sido generado). Es esta doble pobreza radical la que desvincula a la libertad de toda noción que pueda tener que ver con aquello de la ‘capacidad’ de elegir. La libertad (poética) no es para eso. Diríamos que tan solo es liberación posibilitadora, efectiva apertura a la novedad, asunción de la pregunta como pregunta, primer atisbo de que comenzamos a pisar un territorio desconocido. Libertad es el primer movimiento que garantiza que efectivamente se ha dado una experiencia de conciencia, que la conciencia no es un estadio de contemplación, sino de acción, de creación; que la conciencia, en suma, no es un saber donde quedarse, sino la posibilidad real de transitar un no saber. Si una de las condiciones necesarias que pone la racionalidad para reconocer y evaluar la responsabilidad de un acto libre en el horizonte de la supervivencia es precisamente un pleno conocimiento de causa (puesto que si no hay conocimiento podría ser eximida de responsabilidad), la libertad a la que me refiero desde la perspectiva de la conciencia poética no puede estar condicionada por ningún saber estratégico, por ninguna información que le oriente a la correcta consecución de un fin, puesto que decimos que lo que hay por delante es puro vacío. Por eso, desde el punto de vista que mantengo, la libertad tiene en la conciencia su condición de posibilidad, pero abre a un horizonte inaudito. A la capacidad real de crear ese horizonte llamo amor. Por eso la libertad, que es la experiencia posibilitadora a la que nos abre la conciencia, solo tiene sentido como condición de posibilidad del amor. El amor es la ‘posibilidad’ a la que abre la libertad, nuevo horizonte no fáctico abierto por la conciencia.

Desde el punto de vista poético, llamo amor a la experiencia que permite mantenerse en la pregunta, en aquello que se realiza fuera de lo fáctico, de manera no estratégica. Sin duda, se trata del concepto más complejo con el que tenemos que enfrentarnos puesto que ya ha sido interpretado desde la racionalidad y aparece incluso ‘santificado’ en los relatos que dan cuenta de los procesos de la supervivencia y en las mentalidades que entronizan la vida fáctica como un absoluto sagrado. Desde la más básica inclinación afectiva que orienta el sentimiento de los sexos en aras de la procreación de la especie, hasta la más sublime inclinación a Otro-Tú absoluto que llega incluso al engolfamiento místico, la racionalidad ha tipificado el amor desde todos los puntos de vista posibles. Los mitos de la generación, la reproducción, el instinto sexual, los sentimientos preferenciales, la teoría del deseo, el instinto maternal, el matrimonio socializante, la liberación sexual, la personalidad sentimental, la dimensión espiritual-mística, la solidaridad ética, la caridad religiosa…, así lo demuestran. Es difícil encontrar un concepto al que la racionalidad haya sacado más partido, inclusive el de utilizarlo como reclamo de la necesaria autocrítica que ha de ejercer sobre sí misma para seguir siendo racionalidad superviviente; ‘alternativa’ paradójica, pensamos, por cuanto ha servido para regenerar los propios estatus de la supervivencia. Pero hemos de subrayar que la experiencia del amor no es posible en el seno de lo fáctico. Desde lo fáctico es posible (y necesario) la generosidad, el altruismo, la compasión… y todas las cualidades que posibilitarían una historia más justa y fraternal entre los hombres. Pero el amor es otra cosa desde el punto de vista poético.

Enfrentarnos a este panorama cultural es ingenuo y casi imposible. Solo puedo decir que desde el punto de vista de la conciencia poética el amor sería una especie de relacionalidad posible, una manera no estratégica de relacionarnos con todo lo que nos rodea. En rigor, sería la experiencia que nos permite mantenernos en la pregunta, la propia pregunta convertida ya en experiencia viva, en acción actuante hacia el no saber, en efectivo camino de tránsito por el horizonte como apertura en sí. El amor sería, en efecto, la verificación de que el camino abierto por la conciencia y posibilitado por la libertad está efectivamente recorriéndose, y que ese recorrido real se mantiene como pregunta. Es decir, el amor sería aquella experiencia por la que la apertura de la conciencia se está desarrollando ya en una existencia no fáctica. La ‘posibilidad’ de salir de lo fáctico se ha verificado: ya existe realmente una experiencia concreta que nos permite transitar en la apertura de lo posible: crear radicalmente la novedad. La salida del relato que no crea un relato diferente, sino que se mantiene como salida, tránsito hacia lo no fáctico, novedad radical en el seno de la existencia y, en última instancia, atisbo de que la Totalidad no es fáctica, es decir, de que la pregunta no tiene respuesta, pero que algo inconcebible desde la racionalidad está sucediendo en el seno de la Totalidad, y eso que está sucediendo tiene que ver con la experiencia del amor al que ha abierto la conciencia.

Las consecuencias de esta experiencia del amor desde la perspectiva poética no son fáciles de imaginar. Desde luego, el proceso de identidad del yo-racionalista superviviente quedaría obsoleto. El amor situaría la vida ya en el estadio de la conciencia, no en el estadio biológico. La configuración de la identidad individual se vería sometida a una extrañeza infinita: aquello que nos hacía fuertes y nos daba seguridad se convierte en nuestro principal anclaje con el pasado; renunciar a la supervivencia como horizonte supone verdaderamente dejar de ser lo que creíamos que éramos. Pero cualquier proyección de la experiencia del amor hacia sus consecuencias futuras sería un profundo contrasentido desde el punto de vista de la conciencia, porque lo único cierto es que andaríamos por el no saber hacia el no saber. Por este motivo, prever los resultados que en la historia personal y colectiva tendría esta experiencia radical sería poco menos que volver a los modos típicos de la racionalidad.

A partir de la experiencia del amor tampoco el pensamiento sería ya pensamiento. La conciencia de la pregunta no abre a ningún nuevo horizonte especulativo sino al amor como experiencia de relacionalidad no fáctica, es decir, como primera experiencia inaugural de un nuevo estadio de la existencia. Pero teniendo en cuenta que nos encontramos instalados en el estadio de la racionalidad (del que la conciencia propone salir), la acción de salida en tanto ‘salida desde la racionalidad’ puede ser pensada a través de un ‘pensamiento’ poético. Es todavía ‘pensamiento’ (puesto que sale de la ‘racionalidad’), pero es ya ‘poético’ (puesto que ‘sale’ de la racionalidad). En ese impasse es precisamente donde tengo inevitablemente que situar estas reflexiones, provocadas por la necesitad de pensar una salida que ha sido señalada por el imperativo de la conciencia de asumir la pregunta como pregunta y que tiene en el haiku una de sus más contundentes manifestaciones. Que la palabra del haiku manifieste la aparición de la conciencia, liberando al haijín del relato de la racionalidad y abriendo a una experiencia posible de amor como nueva relacionalidad no estratégica que no podemos saber de antemano a dónde nos lleva, constituye el núcleo de lo que yo entiendo por experiencia poética, o experiencia de la pregunta como pregunta, efectiva posibilidad de recorrer el horizonte del no saber.

En las próximas entregas intentaré referirme a las poéticas de la racionalidad que, como veremos, proponen una respuesta y un sentido de la experiencia poética dentro de lo fáctico. Tal vez desde ahí podamos reconocer con más claridad las insalvables diferencias con nuestra poética del no saber.

UN HAIKU ESCRITO EN KATAKANA (silabario especial).

La escritura normal japonesa se realiza mediante una combinación de ideogramas (kanji) y silabogramas (caracteres silábicos, distribuidos en dos sistemas coextensivos:  hiraagana y katakana). De entre estos dos sistemas silábicos, es más corriente el hiragana, quedando el katakana -sobre todo- para escribir palabras extranjeras (de las cuales, la mayoría son anglicismos).

   Precisando algo más, yo diría que un texto japonés suele presentar un 40% expresado en kanji, y un 60% expresado en hiragana.  Tal proporción aproximada es válida para los haikus, y así suele encontrarse en ellos.

   Dentro de lo raro, siempre hay lugar a la sorpresa.  Para nosotros,  por ejemplo, resultan algo raros los números romanos, pero los usamos para distinguir reyes o papas homónimos, o bien para citar siglos.  Llegaría, pues, a resultarnos raro escribir “el pontífice Juan 23”, o “el siglo 5º”.

   He encontrado un haiku de Shiki (1867-1902) -en “A History of Haiku” de Blyth- escrito en una combinación de katakana y kanji,  sin nada de hiragana, el cual reza así:

/ / hige soru ya / ueno no kane no / kasumu hi ni //           (ver ic.1)

  Me afeito, mientras suena
la campana de Ueno,
y es día nublado.

  Según Blyth, dicho haiku se encontró en un cuaderno de notas del haijin.  El mismo haiku escrito en hiragana y kanji tendría este aspecto    (ver ic.2)

  Una campana monacal como la el templo budista de Ueno, en tiempos en que no era tan frecuente el reloj personal,  era un buen recordatorio de que hay que asearse y vestirse, para trabajar.  En esa cotidianidad, que se suma a la monotonía de una alborada con nubes, Shiki deja constancia del presente temporal, y de su propio estado de ánimo, que él trata de levantar mediante su afeitado y el haiku que improvisa.  Recurre a un sistema de escritura –el katakana- que no requiere tanto arte como el cursivo hiragana –el cual parece reclamar más el uso del pincel-.  El katakana consiste más bien en rasgos sueltos superpuestos.  Y así lo escribió Shiki en un modesto cuaderno de anotaciones.

  Voy analizando los versos, palabra por palabra:

hige soru: ‘barba afeitar’ (o “afeito”):  secuencia apositiva de complemento directo y verbo transitivo en presente.  No usa la posposición “wo” para marcar el complemento directo; rasgo este no raro, pero sí muy coherente con la poética de Shiki, quien exhortaba a suprimir posposiciones innecesarias en haiku, en pro de la brevedad.

ya:  kireji o palabra de cesura, cerrando el primer verso.

ueno no:  Ueno es un topónimo, referente al parque de Ueno, en Tokyo.  Va seguido de la posposición de pertenencia “no”, que equivale a nuestra preposición “de”.

kane no: “kane”: ‘campana monacal’, palabra seguida de la misma posposición “no”.

kasumu: verbo ‘nublarse’ en presente.  Se refiere a la palabra siguiente.

hi ni: ‘día en’.  Sustantivo más posposición deíctica o localizadora.  Conjuntamente con el contexto previo: ‘en día nublado’.

  Seguramente Shiki recurrió al katakana por cierta familiaridad con este sistema, quizá bastante usado en su libreta de apuntes.

  En medio de lo cotidiano y  de un cielo nuboso, una manera de superar la rutina para el haijin, sería darse un buen afeitado, mejorar de cara, y escribir un haiku.  El son de la campana seguramente avivó su ánimo, un tanto gris a la sazón.

Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala.           Universidad de Sevilla.

Magnolias. Un tejido ecopoético

Flores de magnolia:

Kobushi, Shimokuren, Hoonoki, Yoloxochitl

 

Del tamaño del corazón humano

son las flores de magnolia

¿será que mi corazón florece?

 

A finales de mayo

florecían las magnolias
en Tsukuba, pero todavía
vimos los troncos desnudos
de los kobushi del monte Hokkyō

 

Las magnolias, Magnoliaceae,
forman una red de nombres
genealogías, tribus, parientes
en América y Asia

 

También cruzaron el estrecho mar

 

Magnolia, Mokuren
en caracteres kanji se escribe
木蓮

“árbol de lotos”

 

Lotos del bodhi
que emerge del corazón

 

Magnolia, Yoloxochitl
en la lengua nahuatl es

“flor que es como el corazón”

 

Cosmos en movimiento
que emerge del corazón

 

Busco en mis recuerdos
los hilos que tejo

La que llaman kobushi
viene después del ume
y antes de los cerezos
efímero es el florecer
del árbol de lotos blancos

La que llaman shimokuren
es color violeta
y la vi florecer
en la casa del poeta
de Yakushima

La que llaman hoonoki
¡qué grande es!
y ahora florece
en Ichinoya

La que llaman yoloxochitl
la vi esculpida
en la piedra mexica
y la vi florecer
en Chapultepec
La probé
en dulce bebida
de maíz y cacao
que llamaba el tianguero
Xochiquetzal

Yoloxochitl (M. grandiflora, M.mexicana)

Kobushi (M. kobus)

Shimokuren (M. liliflora)

Hoonoki (M.obovata)

 

Magnolia, flor de la Virgen de Guadalupe

Flor de Tonantzin

“mezcladas con cáscaras de cacáoatl
fortalecen el corazón
y el estómago”

Escribió el doctor Francisco Hernández
en la época de la colonia

“Son estas flores de dos maneras
unas que se llaman tlacaiolloxochitl,
son grandes y muy hermosas,
úsanlas los señores
y gente de arte:
hay otras que llaman
itzcuiniolloxochitl
que como está dicho
es muy medicinal
y la beben también
en cacao, que le da
muy buen sabor”

 

Dijeron los antiguos mexicas
a Fray Bernarnido de Sahagún
quien lo asentó en el Códice Florentino

 

Ah, yoloxochitl
en la receta del atole
en la medicina
y en el poema,

habrías de estar
en la lotería

 

“Tehuatzin, Yoloxochitl
no tonalxochitzin
no chalchihuitzin
no quetzalxochitzin
cualtzin chalchihuitl:

¡Xiseli no xochitzihuan
xiseli no cuicatzitzin!”

“A ti, Yoloxochitl
flor de mi alma,
pequeña flor de jade,
joya preciosa,
verde maravilloso

¡Te entrego mis flores,
te entrego mis cantos!”

Ha escrito el poeta Natalio Hernández
y ya pronto
comenzará el taller
de conciencia ecológica de Andrés

 

Entonces comprendo
en la ecología del corazón
todo se conecta
porque está en todo
y cada quien
hace su trabajo
pues quien vive sus días
no tiene aflicciones
en su corazón

 

Magnolia, árbol de loto:

 

木蓮

見葉初疑柿

看花又是蓮

可憐無定相

不落兩頭邊

 

“Por el brote de sus hojas dirías que es un árbol caqui,
pero al ver sus flores, pensarías que es un loto.

Su inconstancia es asombrosa.
No caiga en ninguno de los géneros.”

 

Escribió el monje Hyesim
del antiguo reino de Goryeo

 

Tú que pones en un canasto
las flores
encontrarás estos versos:

 

花籠に皆蕾なる辛夷かな

Hanakago ni mina tsubomi naru kobushi kana

Para el cesto de flores
todos son capullos
Flores del kobushi

 

En el haiku de Shiki

Magnolia, flores muy antiguas
polinizadas por escarabajos
medicina tradicional
que se llama kōboku 厚朴 en la medicina de raíz china
su corteza sirve para la barriga y el espíritu
compuestos: polifenoles, honokiol, antioxidantes
Magnolia, tus grandes hojas envuelven las comidas
también en Nagano

 

Hablando con el poeta
esto escribo
pues desde mi humilde ermita
me dedico a enlazar

los mundos
con estas flores

Porque se ha hecho fuerte
mi corazón
y porque así
son las cuentas floridas
del quipu verde.

Hanabatake, 9 de junio, 2020.

 

Kobushi en Ichinoya, marzo de 2020

 

Hoonoki en Ichinoya, mayo de 2020

 

* tianguero, mexicanismo que significa la persona que vende sus productos en el mercado ambulante o tianguis.

 

Bibliografía de las obras citadas:

Francisco Hernándezc. CAPITULO XVIII En Obras completas de Francisco Hernández. Universidad Nacional Autónoma de México. http://www.franciscohernandez.unam.mx/tomos/03_TOMO/tomo003_11/tomo003_011_018.html

Fray Bernardino de Sahagún. Historia General de las Cosas de la Nueva España, Volumen 3. Imprenta del ciudadano Alejandro Valdés, Ciudad de México, 1830.

Natalio Hernández. Xopantla xochimeh, flores de primavera. Fundación Cultural Macuixochitl A.C. Ciudad de México, 2012.

Hyesim “Siete poemas del monje desnudo. Poesía budista Seon del monje Hyesim” traducción de José Gabriel Dávila en Revista Otro Paramo (Colombia) http://www.otroparamo.com/web/articulo.php?ed=63&ar=517&fbclid=IwAR0GAWdGFPUfuXr_jzbgq0GaSxjPxDyxGgIOeFznoFQrRI7ul-cREEYdCaQ

Masaoka Shiki “Kobushi 辛夷” en Kigosai Saijiki 『きごさい歳時記』(Japón)

http://kigosai.sub.jp/?s=%E8%BE%9B%E5%A4%B7&x=0&y=0

Haiku 16

捨やらで柳さしけり雨のひま

Suteyarade yanagi sashikeri ame no hima

Planto las ramas del sauce

que guardé,

después de la lluvia.

 

Buson, de camino a casa, tenía una rama de sauce en la mano y parece plantarla en el suelo.

El profesor Shimizu (en Buson zenshu) considera que se trata de unas ramas del sauce dispuestas en un jarrón: aprovechando el receso de la lluvia, Buson sale al campo y planta en la tierra las raíces sobre la tierra húmeda.

[sute, del verbo suteru: tirar, arrojar, desechar, abandonar, con “de” se transforma en acción negativa –no tirar-, es decir, conservar, guardar], けり[keri: indica la continuación de un verbo en pasado (no tirar) con otro en presente (plantar); permite cerrar el ciclo de la acción], [ame: lluvia. Se trata de un kanji muy visual (al principio eran más simples y cercanos al concepto “pictograma”: incorpora cuatro “gotas de agua”], ひま [hima: libre, es decir, el tiempo entre uno y otro suceso, en este caso el “tiempo sin lluvia”, cuando escampa].

Buson también presentó una variante de este poema, cambiando el último verso:

 

捨やらで柳さしけり雨の音

suteyarade yanagi sashikeri ame no oto

Planto la rama de sauce

que guardé;

el sonido de la lluvia.

 

El carácter sagrado, ancestral del agua y su sonido es una constante en la mentalidad japonesa.

UNA MELODÍA EN DESCOMPOSICIÓN

A veces nos olvidamos de qué somos realmente. Es entonces cuando nos sentimos pletóricos o indignos de nosotros. Nos avocamos así a sobrevivir en los extremos de la existencia, en aquellos lugares o parámetros con los que nos han enseñado a etiquetar todo cuanto existe a nuestro alrededor: blanco, negro, felicidad, tristeza, éxito, fracaso… El consabido paso que se ejecuta a continuación solo posee dos posibles alternativas: aferrar o rechazar, en función del extremo que estemos pululando. Necesitamos sacarle el mayor provecho a nuestra existencia.
Y es que, a veces, nos olvidamos de qué somos realmente. Porque, sacarle el mayor provecho a nuestra existencia significa que aún no lo tiene; que aún no se lo hemos otorgado; y que siempre habrá algo más que tengamos que hacer para poder alcanzar nuestra “mejor meta”… Siempre será el momento de hacer “algo por algo”: “algo para salir de esto” o “algo para seguir como hasta ahora” o “algo para mejorar eso”. Jamás se nos pasará por la mente que merezca la pena contemplar qué ocurre a nuestro alrededor, sin más, siendo un testigo agradecido en medio de un prodigio: cómo nacen las flores del jazmín o cómo las hormigas se alimentan del cuerpo de una abeja muerta… Esas cosas, claramente, nos estorbarían en nuestros esfuerzos por alcanzar nuestros propósitos. Justamente, porque aún no somos lo que tenemos que ser…

Otras veces, no nos olvidamos de qué somos realmente.

No tengo dinero, no tengo cosas, 
No tengo dientes…
Estoy completamente solo1

¿Acaso el dinero que poseemos ahora se quedará con nosotros? ¿Acaso las cosas que protegemos no se desgastarán? ¿Acaso nuestro cuerpo no irá mermando sus facultades? ¿Hasta dónde, hasta cuándo queremos que nuestras “cosas” y nuestros “logros” persistan? ¿Por qué correr tras ellos como locos? ¿Por qué nos hemos de sentir vacíos sin ellos? Tan sólo deberíamos de sentir con el corazón esta melodía que se está descomponiendo.
Deberíamos sentarnos, “completamente solos”, sin miedo de convivir con nosotros mismos y lo que somos, y comenzar a apreciar verdaderamente este conjunto del que formamos parte: sin olvidar un solo instante qué somos realmente. Somos Todo lo que existe, porque Todo lo que existe es Una misma cosa: Existencia, Energía,

Buda, Dios… No importa el nombre que le queramos dar… ¿Acaso hay algo “fuera” de este Universo?¿Algo que no sea ya este Universo?

El Tao que puede ser expresado
no es el verdadero Tao.
El nombre que se le puede dar 
no es su verdadero nombre.
Sin nombre, es el principio del universo; 
y con nombre, es la madre de todas las cosas2.

Entre otras notas, que flotan en esta brisa, nos estamos descomponiendo: ¿qué alcanzar?

¿Esperar qué?
Día a día se amontonan 
las hojas caídas3

Estas pocas palabras han sido escritas pensando en esos momentos en los que olvidamos qué somos, realmente. Quizás, en ese instante, podamos sentir un haiku.

Para el beneficio y la felicidad de todos mis amigos de “El Rincón del Haiku”.

Viento.

 

1 SANTÔKA, Taneda, en “Soledad del hombre”, en El monje desnudo. 100 haikus , Miraguano Ediciones. Libro de los Malos Tiempos, edición y tra-ducción de Vicente Haya, Akiko Yamada y José Manuel Martín Portales, p. 35.
2 Lao Tse, Tao Te King .
3 SANTÔKA, Taneda, en “Las hojas caídas”, en Idem , p. 63.

INTERCAMBIOS Y RELACIONES ENTRE ASIA Y EUROPA E INFLUENCIA EN LA TRANSFORMACIÓN DEL HAIKU.

El pino vive cien años,
el suave viento de la montaña solo un día.
Pero ambos cumplen su destino
(Poema Zen, anónimo).

Este artículo pretende continuar con la presentación de la evolución del haiku, así como su conocimiento y estudio en el momento en que Occidente y Japón establecieron sus primeros contactos en época de la Restauración Meiji (“gobierno de las luces o gobierno ilustrado”).
En la segunda mitad del S. XIX fue cuando los escritores japoneses sintieron inquietud por experimentar con estilos y motivos tomados de Occidente; de este modo, comienzan por familiarizarse con diferentes estéticas como la del realismo ruso, la poesía inglesa del S. XIX y especialmente Shakespeare, Cervantes…; fue en este momento, en el que Yosano Tekkan[1] comienza a defender la occidentalización del haiku y apoya la subjetividad de la voz poética, así como la expresión individualista, alejándose de este modo de voces interpersonales.
Masaoka Shiki por su parte, también apoya los cambios en la escritura del haiku y propugna en él, un realismo de corte occidental; de este modo la obra del haijin pasaba a ser una pintura de las cosas. Por lo tanto, requería de una lectura más mimética en la cual, el texto se encontraba total o parcialmente desprovisto de referentes externos y, era a través de la lengua y lo expresado con ella como se lograba esclarecer semejanzas inmateriales. De ahí, proviene el prolífico uso de las onomatopeyas en los haikus japoneses donde el lenguaje pasa a adquirir matices imitativos por encima de los simbólicos. En ocasiones, este haiku modernizado también podía carecer del kire y el kireji.

Comiendo kaki
replicó la campana
templo Hōryūji

Shiki

Muu, muu, muu…,
Muge la vaca, y sale
de entre la niebla.
Issa

A su vez, Taneda Santōka (1882-1940) y Ozaki Hōsai (1885-1926) muestran una consideración moderna de la naturaleza, en su poesía el individuo establece una contienda por la autosuperación y la sinceridad de espíritu.

Mojada hasta los huesos…
la piedra que señala
el camino.
Santōka

Mientras más me adentro…
más me adentro…
verdes montañas.
Santōka

En la penumbra de un pozo
reconozco mi cara.
Hōsai

Pero, a finales del S.XIX y a principios del S.XX, las corrientes de vanguardia japonesas encabezadas por el poeta Tekkan vuelven la vista nuevamente a la tradición, tanto oriental como occidental; aunque aclarando que no pueden “cavar campos ya cultivados” y, dejan de publicar en la revista literaria Myōjō [2] adaptaciones de géneros literarios occidentales para pasar a actualizar los géneros y las formas clásicos como el haiku.
El arte y en este caso el haiku, ha sido siempre un puente entre culturas, Mientras los japoneses se occidentalizaban y usaban vestimentas ajenas a sus costumbres ancestrales, adoptaban el verso libre y surgían las vanguardias; los occidentales exploraban la renovación de las formas y el pensamiento mirando hacia los enfoques artísticos orientales.
Resumiendo lo planteado, cabe destacar que a principios del S. XX sucederá una reversión de la corriente intercultural y la estética asiático-japonesa ejercerá una mayor influencia en occidente y no viceversa.

[1] Yosano fue discípulo de Ochiai Naobumi, y un destacado miembro fundador de la sociedad Asaka.
En 1900, Yosano fundó la revista literaria Myojo fue discípulo de Ochiai Naobumi.
[2] Myojo ( 明星Myojo ) era una revista mensual literaria publicada en Japón entre febrero de 1900 y noviembre de 1908. El
nombre Myojo significaba“estrella de la mañana”. La revista fue inmediatamente popular entre los poetas jóvenes que
compartieron el entusiasmo de Yosano por revitalizar el waka a través de la poesía de tanka.

 

BIBLIOGRAFÍA
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Poética del haiku (I). Palabra, conciencia, existencia.

Como apunté al final de la anterior entrega, voy a intentar una aproximación general a lo que yo entiendo que podría ser una poética del haiku, desde el punto de vista de la conciencia de la pregunta que vengo exponiendo. La sencilla palabra que allí se dice posee para mí un doble alcance: por un lado, tiene que ver con la salida del relato (desde la perspectiva del haijín), y por otro con la salida de la facticidad (desde la perspectiva de la naturaleza-existencia). En esta entrega de junio voy a centrarme en este segundo aspecto, e intentaré abordar en la próxima qué significa la salida del relato y qué implicaciones tiene para el hombre y su historia.

Debo subrayar, antes de todo, que la experiencia poética que aquí estoy defendiendo, como capacidad de la conciencia para asumir la pregunta como pregunta, ha de generar un pensamiento poético del que carecemos, que sería la verdadera herramienta para construir una crítica global de la racionalidad de la supervivencia y, más allá de eso, recolocar al hombre de cara a un horizonte de sentido completamente diferente del establecido. Estos breves apuntes no pueden pretender algo tan ambicioso. Solo está en mi mano apuntar algunos principios que considero básicos. Es obvio que tal pensamiento poético (un pensar desde el no saber), no puede establecerse como una reflexión racional de la experiencia poética o un estudio científico de la obra resultante (que es lo que hace la tradición cultural en la que nos encontramos). Sería, más bien, un intento de la propia experiencia poética de la conciencia por dar cuenta de sí misma y, quizá en ese esfuerzo, mostrar otra forma de pensar, generar otra forma de enjuiciar lo que está pasando con el hombre, la vida, la naturaleza, la existencia, la Totalidad…, de manera que pudiéramos verdaderamente darnos cuenta de que estamos siendo reos de una interpretación, de que somos, nos movemos y existimos dentro de la interpretación racional, por muchos matices secundarios que esta tenga.

Desde mi punto de vista, si la experiencia poética de la conciencia no supone una alternativa radical a la interpretación racional de la realidad y la existencia, entonces carece de verdadera significación, no deja de ser un subproducto de la magna racionalidad omnipresente: acaso una experiencia de la subjetividad psicológica, un alegato de la sentimentalidad, una habilidad alcanzada tras la deriva simbólica del lenguaje, una artesanía que coloca de manera novedosa las piezas que el acervo va multiplicando sobre la mesa de la cultura… Pero he de señalar que el verdadero problema radica en que estamos inconscientemente convencidos de que no podemos vivir fuera de un relato, fuera de una interpretación, con lo que se supone que la hipotética posibilidad de alcanzar un pensamiento estrictamente poético lo que nos reportaría sería otra interpretación desde la que poder configurar nuestra experiencia de la vida. En rigor, lo que intento transmitir es que la experiencia poética no configura en sí misma ninguna interpretación, es precisamente la posibilidad de alcanzar una experiencia de la existencia no interpretable, radicalmente abierta, radicalmente enfrentada a cualquier interpretación: lo que he llamado la experiencia de la pregunta como pregunta.

No es posible, en efecto, crear un ‘relato’ alternativo de sentido para dar cuenta de la experiencia poética tal como la concibo. Solo es posible abundar en la pregunta como pregunta, es decir, desvincular la pregunta de todo discurso de sentido, desvincular la pregunta de toda estrategia de respuesta. Pero para hacer esto tendríamos que empezar por desactivar la lógica racional inherente a los ‘conceptos’ concretos que estamos manejando. Cuando hablo de ‘poética’, por ejemplo, no estoy refiriéndome a un hacer del haijín, a una creación personal del yo poético autor de una obra (el haiku). Ese es el planteamiento racionalista que desde el inicio de la filosofía viene orientando todas las poéticas que se han ido configurando a los largo de la historia. En próximas entregas intentaré referirme a algunas de esas poéticas (al menos la de Aristóteles, Kant, Heidegger y Zambrano) para poder comprobar hasta qué punto se encuentran en las antípodas de lo que estoy proponiendo. Cuando hablo de ‘poética’, por tanto, no estoy hablando de un quehacer creativo del poeta autor, de la forma de una obra y el particular modo en que queda ensamblada junto a otras obras en el acervo. ‘Poética’, como ya he dicho, es la manera precisa en que la conciencia se reconoce como estadio de la pregunta en el seno de la existencia. El surgimiento de la pregunta como pregunta es advertido en su particularidad con respecto al movimiento racional de la pregunta como respuesta. Cuando una pregunta nos abre a un horizonte de sentido solo transitable cuando permanece como pregunta, entonces estamos, a mi juicio, ante una experiencia ‘poética’ de la conciencia. Cuando una pregunta nos abre a un horizonte de respuesta, entonces estamos ante una experiencia de la racionalidad. La poética, por tanto, abre el horizonte, que como tal no orienta ni dirige, es pura posibilidad de transitar un no saber. Porque el no saber puede ser transitado. Puede serlo por la conciencia, no por la razón. La conciencia sí puede transitarlo como no saber. Y puede decir algo, un algo que no lleve al saber sino que profundice en la apertura, en el horizonte. Intuyo que la palabra del haiku es de este calibre. Y también lo es parte de la experiencia poética que se encuentra diseminada a lo largo de la historia, desde las más antiguas composiciones de los indios americanos a los poemas con los que muchos de nuestros contemporáneos se enfrentan a la dolorosa identidad que les impone la cultura; versos, en este caso, diluidos en la configuración general de la ‘obra’ creativa del yo-poético de la racionalidad, irreconocibles por la crítica especializada, auténtica policía del imperialismo racionalista, cuando no mera criada de los amos del comercio.

Poética’, por tanto, es para mí experiencia de la pregunta como pregunta. Y llamo ‘conciencia’ no a un saber especial sobre algo, sino al estadio en que aparece la pregunta como pregunta. Saber un no saber es lo que ‘sabe’ la conciencia. Y esto no tiene nada que ver con la antigua máxima socrática. La racionalidad dice “solo sé que no sé nada” en un gesto de honestidad, contra los engreídos y prepotentes, ante el inmenso camino que va hacía el pleno conocimiento de las cosas, hacia la respuesta como tal. Porque el camino de la respuesta, hacia la meta de la Verdad, es realmente arduo y apasionante. Pero la conciencia poética es otra cosa: el estadio de la existencia donde se ha alcanzado la pregunta como pregunta. Por tanto no es una cualidad del homo sapiens sapiens como especie animal, sino un estadio que se encuentra más allá de la determinación biológica. Lo que quiero decir es que la vida ha surgido en el proceso fáctico de la existencia material, y que la conciencia no pertenece ya a ese estadio de la existencia que llamamos vida, sino que supone un estadio diferente, completamente ‘sin sentido’ en el ámbito de los procesos fácticos que han llevado, por ejemplo, al hierro desde las estrellas hasta las células. No hay duda de que de la latencia a la energía, de la energía a la materia, y de la materia a la vida se han producido saltos cualitativos. Lo que intuyo es que de la vida a la conciencia se está produciendo un salto cualitativo aún de mayor calibre que los experimentados en el proceso de la existencia hasta ahora, porque este nuevo estadio ha aparecido como pura posibilidad, como horizonte abierto, es un estadio de extrañamiento radical. Podemos afirmar que no se ha producido de manera fáctica precisamente porque no responde a ningún desarrollo previsible de la supervivencia, porque no aparece en continuidad con la vida, porque, antes bien, parece colocar a la supervivencia en una delicada tesitura: si la supervivencia fuese la etapa culminante del desarrollo de la vida, tal estadio existencial quedaría automáticamente encerrado en sí mismo, porque el ciclo de la existencia fáctica habría llegado a su autoconocimiento pleno en eso que llamamos racionalidad. Pero la aparición de la conciencia no ratifica la supervivencia sino todo lo contrario. Por eso decimos que el desarrollo del estadio de la conciencia no se va a realizar fácticamente, sino que solo aparece como pura posibilidad, como extrañamiento radical en el orden de lo fáctico.

Es cierto que el extrañamiento que supone la aparición de la conciencia no pulula por el aire como un fantasma invisible, sino que está dentro del corazón humano, en su punzada más honda e indescifrable. Pero ha sido sistemáticamente racionalizado. Y la racionalidad no ha hecho sino lo que podía hacer: configurar respuestas. Y lo que ha conseguido es crear el sentido en lugar de pensar el sin sentido; en lugar de asumir la sospecha, fabricar una respuesta aparentemente diversificada: la metafísica, la filosofía, la ciencia, la religión, la espiritualidad… todas ellas basadas en la idea de que la salida de la vida ha de ser fáctica, como lo fue la entrada. Una salida hacia la Nada, hacia el Todo, hacia Dios, hacia el Ser… La conciencia, sin embargo, no puede concebir una salida fáctica de la vida. La respuesta de la racionalidad ha colocado la extrañeza a la altura de la racionalidad, la ha configurado a su manera, hasta lograr que quede insertada en el proceso fáctico global que está a su alcance proponer. Todo, Ser, Verdad, Dios, Bien, Espíritu, Nada… son las configuraciones de la respuesta que le es posible concebir a la racionalidad fáctica. Si la ‘experiencia poética’ no supone una alternativa radical a este planteamiento, entonces tal experiencia carece de significación. Pero insisto en que esa ‘alternativa’ solo podría transitarse desde el no saber, no es un camino hacia el conocimiento o hacia la Verdad.

Podemos intuir que en el desarrollo de la vida biológica ha surgido una extrañeza radical: la capacidad de preguntar por el sentido no tiene sentido dentro de lo fáctico. Lo que quiere decir que la capacidad de preguntar por el sentido de la existencia (latencia, energía, materia, vida) nos advierte de que el proceso fáctico desarrollado hasta aquí se ha visto drásticamente problematizado por la aparición de esta pregunta radical. La aparición de la pregunta como pregunta abre a un horizonte de posibilidad, pues si estuviéramos ante una pregunta como respuesta nos encontraríamos en un horizonte fáctico: la respuesta ya existiría en el germen de la pregunta, la pregunta solo sería una etapa del proceso de realización de la respuesta. Si lo que está planteando la conciencia es una pregunta como pregunta, entonces se ha producido un horizonte sin realización, un no saber, una pura posibilidad de transitar, y el desarrollo posible de lo existente a partir de aquí es absolutamente inconcebible, no hay referencias, no hay señales, no hay previsiones, no hay proyecto… La experiencia poética es la experiencia de la pregunta como pregunta. Y llamo estadio de la conciencia precisamente a este en el que hemos comenzado a tener la posibilidad de experiencia poética.

Podemos decir que el hombre es el momento de la existencia biológica donde se abre esta posibilidad. Podemos afirmar que esta posibilidad no pertenece al hombre como si constituyese un mérito de su capacidad biológica, sino que pertenece, insisto, al proceso de la existencia (latencia, energía, materia, vida), que parece estar inaugurando un estadio totalmente desconcertante que incumbe a lo existente como tal. Al ser la existencia, entonces, la que se muestra ahora como pregunta radical, esto nos indica que tal pregunta se está produciendo en el seno de la Totalidad. No puede darse un fenómeno de conciencia de la pregunta sin que la Totalidad quede radicalmente problematizada. Para la racionalidad, la Totalidad (que puede asumir muchos nombres, como hemos visto) es fáctica por definición. Solo esa facticidad garantiza su correlato racionalista. O dicho de otra forma: la racionalidad solo puede concebir una Totalidad fáctica, le dé el nombre que le dé. Si es concebible la pregunta como pregunta en el seno de la existencia, entonces es la propia Totalidad la que queda abierta a un proceso de identidad, por decirlo así, no fáctico.

Es posible que algún lector piense que estoy deambulando por los cerros de Úbeda. No es así. Si no concebimos la experiencia del haijín y la palabra del haiku en este contexto, entonces la tradición del haiku carece de significación ‘poética’, a mí entender. Pero he de aclarar de inmediato algo fundamental: ni la tradición del haiku está desprovista de innumerables significaciones culturales, espirituales, literarias, etc., ni yo estoy proponiendo una visión unívoca del fenómeno. Solo estoy proponiendo la posibilidad de pensar el haiku de otra manera: desde la conciencia y la pregunta. Y solo pretendo que esta modesta perspectiva alimente el debate y ensanche, si acaso, la posibilidad de una comprensión más global de lo que está sucediendo en el haijín, por más que su propia racionalidad cultural, literaria, filosófica, espiritual, estética o religiosa ya le hayan ofrecido los parámetros desde los que interpretar lo que está haciendo. Tampoco san Juan de la Cruz –lo he comentado en otras ocasiones– pudo interpretar los versos de su propio Cántico Espiritual sino con las herramientas de la teología tridentina que acababa de estudiar en la universidad de Salamanca.

Es muy importante entender que si bien, desde el punto de vista de la racionalidad cultural, el haiku es una tradición japonesa cuya génesis se encuentra vinculada a las culturas orientales de las que tal tradición se alimentó durante siglos, desde el punto de vista de la experiencia poética que aquí mantengo el haiku es un signo de la conciencia, una experiencia de la pregunta como pregunta, y que por tanto aunque ocupe un lugar eminente de la tradición nipona que ha llegado a nosotros por derroteros estrictamente culturales, desde el punto de vista de la conciencia que aquí mantengo la identidad del haiku no se encuentra en su pasado sino en su porvenir, no le viene de su manantial sino de su horizonte. El haiku todavía no ha alcanzado su verdadera dimensión, no ha llegado a su horizonte, por eso a nuestra aproximación ‘científica’ en torno a su historia y despliegue cultural, ha de sumarse una decidida indagación de los caminos que abre como experiencia de la conciencia. Y sería, a mi modo de ver, ciertamente frustrante que una de las experiencias más desnudamente poéticas, más evidentemente desconcertantes para la racionalidad, se quedase precisamente en el cajón de la racionalidad cultural.

El haiku es una de las más evidentes manifestaciones de la conciencia poética. Aunque el haijín, como hombre de su tiempo condicionado por la cultura dominante, pueda interpretar que está realizando una descripción de lo que está ahí en la naturaleza, lo que ‘poéticamente’ está sucediendo es otra cosa: es el propio haijín el que emana de aquello que está sucediendo, acaba de salir de allí, como si brotara del propio aparecer de lo que está dando testimonio. Por eso el haiku es un testimonio del nacimiento del haijín desde lo que acaba de suceder en la naturaleza. Volvamos al haiku de Bashô que nos viene sirviendo de ejemplo: “Un viejo estanque; / se zambulle una rana, / ruido de agua”. Desde la perspectiva poética que propongo, lo que hemos de entender es que junto al “ruido de agua” lo que aparece es el propio Bashô, lo que trae el ruido del agua es al propio Bashô. Bashô ‘aparece’ tras el ruido del agua, es el propio ruido, el propio acontecer de lo que ha acontecido, porque sin Bashô ese ruido habría quedado perdido en la fenomenología fáctica de la naturaleza, en el silencio de lo que no cambia. Por tanto, lo que ocurre en este haiku es Bashô mismo, una extraña identidad que no busca reconocimiento ‘literario’, que no busca autoafirmación personal, que no construye belleza ni ofrece información, ni nada por el estilo. La acción de Bashô, su acto de escritura, ese apunte mínimo en su cuadernillo, es en realidad la manifestación de que Bashô acaba de surgir desde el ruido del agua que ha provocado la rana al saltar sobre el viejo estanque. Y ese nacimiento es la conciencia, y yo llamo ‘experiencia poética’ a la que permite que nos demos cuenta de que estamos verdaderamente ante la conciencia y no ante un supuesto mecanismo racional de creatividad artística o cualquier otra intencionalidad subjetiva.

Lo que aparece en el haiku de Bashô no es el ruido del agua del estanque tras el salto de la rana, porque eso ya estaba allí y se había producido millones de veces a lo largo del desarrollo de la facticidad. La ‘novedad’ es Bashô mismo, la palabra, la conciencia. Que eso que estaba ahí ahora está en otro nivel, en otro estadio, ahora ha accedido a la palabra, a la conciencia. Esta realidad estrictamente ‘poética’ es anterior a cualquier otra consideración de lo que está sucediendo en el haiku, aunque suele quedar sepultada por la engreída racionalidad que le concede al ‘autor’ un protagonismo patético, aduciendo su capacidad artística, su categoría espiritual, su conocimiento de las artes tradicionales, etc. Abundantes baratijas al lado del sencillo y desconcertante hecho de que él es, sencillamente, la conciencia de lo existente, el momento en el que lo existente alcanza el estadio de conciencia.

Que el haiku manifieste de una manera tan radical y desnuda que la naturaleza-existencia ha alcanzado el estadio de la conciencia, es un hecho desconcertante de extraordinaria relevancia. ¿Qué necesidad tiene la naturaleza fáctica de alcanzar un estadio de conciencia? ¿Conocerse a sí misma? ¿Necesita acaso lo fáctico conocerse a sí mismo? ¿No es precisamente lo fáctico aquello que ya es como es y siempre será como será? ¿No da cuenta de ese modo de ‘ser’ la propia racionalidad? Un pensamiento poético sería aquel que intentase transitar por el horizonte abierto por esta perplejidad: que la conciencia no le pertenece al hombre (no es un saber sobre las cosas) sino que es el estadio en el que la existencia muestra un desfondamiento sin sentido en el orden de la facticidad. Porque la palabra del haiku es precisamente (desde el punto de vista de la experiencia poética que aquí mantengo), el momento de ruptura entre el origen fáctico y el horizonte abierto de lo existente. Para la racionalidad fáctica (como tendremos ocasión de comprobar en las distintas ‘poéticas’ que comentaremos más adelante), el horizonte es solo un despliegue del origen. En rigor, no hay horizonte. El círculo está cerrado desde siempre. El haiku del haijín se limita a reconocer y certificar esa facticidad. La experiencia poética, sin embargo, es la que está intuyendo una salida de lo fáctico, es decir, la que está intuyendo que el sentido de la existencia se encuentra en su horizonte, no en su origen. Y que ese horizonte no está determinado, y por eso no podemos ‘saber’ sobre él.

Si desde la perspectiva de la racionalidad la palabra del haiku queda encerrada en el relato de la existencia fáctica, traduce a lenguaje lo que ya es como es, desde el punto de vista ‘poético’ que aquí mantengo, la palabra del haiku significa que eso que estaba sucediendo en la existencia fáctica ha pasado a suceder en el estadio de la conciencia. Que la palabra acaba de emerger sin intencionalidad de nombrar, que la palabra se ha vuelto contralingüística, porque la palabra no designa un objeto, no nos dice lo que hay ahí, sino que manifiesta que lo que hay ahí ha pasado de ahí a la conciencia. A ese tránsito, a esa conmoción profunda que hace nacer el haiku, la tradición le llama ‘aware’. Desde la experiencia ‘poética’ el aware sería justamente el modo de experimentar el momento del ‘tránsito a la palabra’, un dolor de parto que surge en la propia naturaleza y que es sentido en el corazón del haijín. Esa especie de doloroso júbilo de la naturaleza por hacerse palabra es la conmoción propia del aware, aunque sea ‘lógico’ que la interpretación racionalista se quede en el aspecto sicosomático del fenómeno, y a partir de ahí valore su intensidad espiritual, su destreza literaria, etc., todo ello haciendo hincapié en la capacidad del haijín y olvidando por completo a la naturaleza, que permanece inmóvil y estática esperando que el haijín la contemple y diga lo que ve y oye. Este olvido de la naturaleza, este increíble protagonismo del haijín como autor, es muy propio de la racionalidad, incapaz de entender que la conciencia no pertenece al hombre sino que es un estadio de la existencia. Y ese protagonismo racionalista del haijín explica el devenir del haiku como forma literaria y su empaquetado en los comercios culturales de todo el mundo, y la desoladora evidencia de que tal vez estemos perdiendo, nuevamente, la oportunidad de salir del relato, a pesar de que muy pocas veces nos hayamos encontrado ante una manifestación tan cuestionadora.

Si el haijín es lo que sucede en el haiku, y no al contrario, entonces quizá debamos desmontar el papel no solo del ‘autor’, sino del hombre mismo. Parece que desde la conciencia poética el relato de la racionalidad superviviente pudiera encontrar una salida. Pero si la conciencia no puede ofrecer un relato de reemplazo, sabemos de antemano que la racionalidad la tachará de pura aporía. Ese horizonte carece de camino. Sea como fuere, intentaremos seguir hacia el no saber.

 

Junio 2020

CONSTRUIR

 En el paseo,

miró atrás y sonrió.

La primavera.

 DECONSTRUIR

Los que escribimos haikus en español tenemos la suerte de no precisar escribir los pronombres personales. En japonés antiguamente apenas se usaban; y todo el mundo entendía (aunque fuera sin “entender”) quién ejecutaba la acción verbal.

Para mi coleto, en este haiku, el sujeto de “mirar” y “sonreír” es “ella”, “una joven”. Es decir, pienso en una muchacha, consciente de su belleza, que, ante el estímulo que sea, gira la cabeza y sonríe adorablemente (aunque, oh, sea con la mascarilla puesta). Ahora bien, para quienquiera que lea estos versos, podría tratarse de otro sujeto verbal, un hombre, un anciano, un niño, qué sé yo.  Y estaría también muy bien así que así fuera.

Y es que la impersonalidad del haiku es, para mí, uno de los grandes tesoros de esta forma poética que tanto nos gusta a quienes nos acercamos a El Rincón del Haiku. También la naturaleza es impersonal, ¿verdad?

 La impersonalidad es un puente vaporoso uno  de cuyos finales está suspendido, en el aire. Y esto es cosa de maravilla. Pura magia de la poesía. La personalidad, por el contrario, el corsé del “tú”, “yo” y otros pronombres, me parece que limita la dimensión poética. En fin, cuestión de gustos, ¿verdad?

 La verdad es que esos versos me los inspiraron dos hermosos tankas sobre la primavera de la gran poetisa japonesa Akiko Yosano, una mujer valiente, que en 1901 revolucionó la poesía japonesa del tanka –creo que en mayor grado que hizo Masaoka Shiki con el haikai– con su libro Midaragemi (Cabello alborotado). Un apasionado himno a la belleza de la entrega amorosa y del cuerpo femenino. Un himno que antes, en Japón, simplemente no se llevaba.

 Los dos poemas de la gran Akiko los comenté recientemente en el curso online que esta extraña primavera del 2020 imparto, todos los martes por la tarde, en Casa Asia titulado “Escritoras japonesas del siglo XX y XXI”. Además tuvimos la fortuna de que  nos fueron leídos en la propia voz declamatoria de Akiko Yosano, gracias a la generosidad de una de las participantes al curso, Begoña Castro, que también los interpreta con su danza. En fin, los dos poemas en cuestión son estos:

 “«La primavera es corta,
¿Quieres sentir su eternidad˛», le dije,
Y, tomando sus manos,
Las hundí en mis pechos
Rebosantes de vida”.

 Y el otro:

 Pregunta al verso
Quién osa rechazar
El rojo de las flores.
¡Oh, qué encantadoras
las chicas pecando en primavera.

 

 De ambos ofrezco la versión original en El pájaro y la flor (Alianza, 2011).

En mi siguiente entrega de CONDES hablaré de las ideas de Akiko Yosano sobre poesía que publica en un ensayo de 1931 titulado “La mente de un poeta”.

 

Aprender de una flor de colza. Sobre la importancia del kiyose mexicano.

A Carlos, con agradecimiento

Ser siempre estudiante es algo que encaja bien con este lugar. Ser muy bueno en aprender nos hace maestros, ah, pequeña gran verdad escondida en todas las cosas.

Entonces, recuerdo que hubo un maestro zen que buscaba aprender hasta de un niño.

Algo he encontrado en el espíritu de esta tierra que me hace reflexionar. Hay muchas maneras de aprender, pero sólo se profundiza poniendo el corazón. Y con todo, nuestro aprendizaje es sólo un modesto paso en un camino.

(Pensado tras una conversación con alguien de México).

Preámbulo

Hace varias semanas mi amigo Carlos Viveros y un grupo de estudiantes latinoamericanos pasamos en nuestras bicicletas por un campo repleto de flores amarillas muy fragantes llamadas en Japón na no hana 菜の花 (literalmente: flor de verdura). Ese día, le pregunté a Carlos si sabía cómo se llama esta flor en español y me dijo que se trataba de una planta pariente de la canola. Durante los días de marzo y abril he visto a las na no hana cuando doy un paseo por el campo, tanto en los campos cultivados como en los terrenos baldíos y junto a los arroyos. Mi vecindario, llamado Hanabatake 花畑 (campo de flores) comparte el paisaje agrícola con el semi-urbano y, pese al estado de emergencia por la epidemia que también azota a Japón, todavía es posible caminar por los campos. Mi pregunta a Carlos estaba en parte motivada por el interés en cómo traducir al español, o castellano, esta flor que aparece en varios poemas antiguos y modernos. Aquella pregunta se convirtió en el comienzo de una ruta de exploración por las relaciones entre la poesía y el medio ambiente, y de una herramienta poética y ecológica que se resguarda el mundo del haiku: el saijiki y kiyose.
Na no hana 菜の花 (la “flor de verdura”) cultivada frente a un jardín de niños en Japón. Marzo de 2020, Tsukuba.

Poco tiempo después de aquella anécdota, y de una conversación con Carlos sobre la posibilidad de crear palabras estacionales (llamadas kigo) del medio ambiente de México, vi que Cristina Rascón y el equipo de Haiku y Kigo publicaron un Diccionario kiyose japonés y Diccionario kiyose mexicano en la página http://haikukigo.com. En esta página web se puede consultar en línea y de manera libre dos tipos de diccionarios en español: el Diccionario kiyose japónés, de palabras estacionales japonesas, y el Diccionario kiyose mexicano, que es una propuesta de kiyose de palabras estacionales de México. [1] A continuación, intentaré explicar qué es un kiyose japonés.

De manera general, un kiyose (季寄せ) es un diccionario sintético de palabras estacionales llamadas kigo 季語 que se utilizan en el haiku tradicional. El kiyose es la versión abreviada de un compendio más extenso llamado saijiki (歳時記). Las palabras estacionales, o “los kigos” (como yo les digo a veces) son palabras que se refieren a la flora, fauna, fenómenos astronómicos, asuntos de la vida cotidiana (como las comidas y bebidas) y las celebraciones. Algunos ejemplos de esas palabras son la flor de cerezo (sakura), el faisán (kiji), y el melón oriental (uri), que tanto gustaba al poeta Bashō. Algunos kigos pueden ser muy generales, como decir pino para evocar al invierno o melón para el verano, sin embargo, la mayoría tienden a ser un poco más específicos, por ejemplo, el pájaro anteojitos blanco o mejiro (en vez de un pájaro cualquiera). Algunos otros son realmente especializados, por ejemplo, oborozuki, para decir “la luna que asoma entre nubarrones en primavera”. Es a partir de lo específico que comienza lo delicado y sensible, pero gratificante, de la traducción.

En cuanto a los saijiki y kiyose, estos nacieron como listas, glosarios, recopilaciones o colecciones de palabras, y podemos decir que tampoco son diccionarios en un sentido ilustrado o enciclopédico, sino que pertenecen a su propia evolución dentro de la extensa construcción de la cultura-naturaleza japonesa a lo largo de siglos de poesía y artes[2]. El primer saijiki japonés se llamó Manantiales de la montaña (Yama no i) y se publicó en 1647 en el periodo Edo.[3] Actualmente, los saijiki y kiyose se encuentran muy difundidos, con numerosas versiones e impresiones, y son herramientas de consulta para las personas interesadas en la poesía y las artes tradicionales japonesas.

Volvamos a nuestras “flores de verdura” trasplantadas al español, pues he llegado a un punto en el que quiero introducir las siguientes preguntas: por qué es poética y ecológicamente interesante un kiyose mexicano y, qué beneficio ecológico podrían traer los kiyose y saijiki mexicanos. Ambas son preguntas ecopoéticas, y asumen de antemano que la poesía, o el mundo de lo poético, es como una caja de herramientas con impacto medio ambiental. De paso, adelanto que, plantea un reto a poetas, escritores y artistas, pero también a biólogos, ecólogos, ecologistas, educadores, niños, gestores de jardines botánicos y proyectos de divulgación, sobre la manera en cómo conocemos nuestro hogar, nuestro vecindario, o si se prefiere a la naturaleza.

Al prestar atención al Diccionario kiyose mexicano noto que se trata de una propuesta que asume la importancia de la diversidad de lenguas, grupos y culturas, y que además experimenta con las posibilidades, de aquello que se dice académicamente en inglés cross-pollination, es decir, la polinización cruzada entre culturas. Y no sólo eso, pues también estos géneros japoneses plantean una visión post-literaria, para armonizar y complementar, ciencia y poesía en la construcción de una conciencia ecológica sensible, en la que sea tan importante el nombre científico de la “flor de la verdura”, como los usos y costumbres, y las palabras del corazón que nos habla sobre ella.

Dos tipos de flores. El kiyose japonés y el mexicano.

De acuerdo con la página de Haiku y Kigo, este Diccionario kiyose japonés es fruto del trabajo de traducción que hizo la escritora y traductora Cristina Rascón de 500 palabras estacionales, recopiladas por Kenkichi Yamamoto (en su famoso Kiyose de 1986) al que “añade palabras de origen mexicano presentes en el saijiki original japonés, así como palabras no estacionales, sumando en total 547 palabras”. El segundo, el Diccionario kiyose mexicano comprende, inicialmente, 334 palabras seleccionadas por Cristina “quien trasladó la lógica de la estacionalidad de palabras nacionales de Japón a la cultura mexicana”. Una característica de este kiyose mexicano es que “Nace de trasladar la lógica de la estacionalidad de las palabras del diccionario original japonés a la flora, fauna, vida cotidiana y celebraciones de México, tomando en cuenta no sólo palabras en español, sino también términos cuyo origen proviene de lenguas originarias como el náhuatl, el maya, entre otras.” Como precisa su autora, por tratarse de la versión abreviada “no encontrarás explicaciones de historia de la literatura, haikus como ejemplo o imágenes, pero sí encontrarás la clasificación de a qué estación y subestación pertenece la palabra en cuestión, así como la clasificación de a qué categoría pertenece.”[4] (Rascón 2020)

Si fuese sólo una traducción del Kiyose de Yamamoto ya sería bastante loable, sin embargo, quiero destacar que la propuesta ha ido más allá de la mera traducción literal de un kiyose japonés. Hay una intención, en ambos proyectos, de concebir, germinar, y hacer nacer una sensibilidad mexicana, que pone este proyecto en la vanguardia de lo que es pensar sobre traducir. El pensamiento en estos diccionarios no es el de presentar algo exótico al orbe literario hispánico, sino adaptar cierta lógica, con el cuidado de aquello que se transplanta, a un ambiente nuevo. Este ambiente es el suelo del español que es más como un lugar de encuentro de varias lenguas, entre ellas las muchas lenguas indígenas. Su visión es clara, no sólo hay que reconocer la raíz indígena que está grabada en el origen mismo de nuestras palabras, sino convocar el aporte necesario que tienen los poetas en lenguas indígenas en el camino del haiku en México y, yo diría, en el camino de la ecopoética en todo el continente.[5]

A continuación, exploremos la parte técnica. ¿De qué tipo de herramienta hablamos? Comenzaré por buscar la famosa na no hana “flor de verdura” en el Diccionario kiyose japonés. Cito textualmente la entrada:

Flor de colza, flor de nabo o flor de mostaza.

Estación: primavera (春)
Categoría: plantas(植物)

Flor de colza, flor de nabo o flor de mostaza. Na no hana, 菜の花, なのはな. Lit. Flor de vegetal (flor de Brassica).

Observemos esta entrada en particular, es como la que podríamos encontrar en un diccionario botánico, o en el glosario de un libro sobre la biodiversidad de un ecosistema. Los tres nombres: flor de colza, flor de nabo y flor de mostaza, nos sugieren que na no hana es un nombre común y genérico para estas especies. La mención del nombre científico nos ayuda a precisar que se trata de especies que forman parte del árbol genealógico, o comunidad tribal, de Brassica, la cual incluye a especies silvestres, domésticas, y cimarronas. En Brassica encontramos especies comestibles como nabos y verduras de hoja, especies que se consideran malezas, y otras (como la canola o colza) que se aprovechan para obtener aceite comestible. En un saijiki japonés a esta entrada se le añade, por ejemplo:

  1. Una ilustración, o fotografía de la planta.
  2. Palabras y expresiones estacionales emparentadas, algo así como “sembradío de flores de colza”.
  3. Descripción general de la planta y su relación con la cultura moderna. Una descripción de cómo es la planta (flores amarillas, fragantes, hierbas estacionales) y qué tipo de lugar ocupa actualmente en la región, por ejemplo, se puede decir que esta planta actualmente se cultiva extensamente como fuente de aceite en la región de Kansai, por lo que es común ver grandes terrenos cubiertos de amarillo en la primavera.
  4. La información literaria. Qué referencias literarias se conocen de esta flor, quizá alguna cita famosa, verso o dicho popular. En este caso, se puede incluir que “un campo de flores de colza” (“na no hana no hanabatake”) es el inicio de la famosa canción “Oborozduki” de Tatsuyuki Takano (1876-1947).
  5. El punto de vista científico. En el que se incluye la información botánica de la flor, si se trata de una planta nativa o introducida, su periodo de florecimiento, sus propiedades medicinales etc.
  6. Poemas ejemplares. Una selección de haikus o poemas donde aparece esa planta[6]. Yo pongo aquí uno de Natsume Sōseki.

菜の花の中に小川のうねりかな

Na no hana no naka ni ogawa no uneri kana

En medio de flores
de colza, las ondas
del arroyo

                                  Natsume Sōseki

Se puede pensar en la lista anterior, para pensar en lo que podría decirse, por ejemplo, de un manzano en la sensibilidad de un inglés, del tanti rao para un shipibo, o del nopal para quien creció en Santa Rosa, Querétaro. Es una tarea lenta, pero que fructifica. En Japón hay algunos saijiki con 5000 palabras y su lista crece y se actualiza, con plantas que no había hace quinientos, o apenas cien años (varias de ellas americanas, como el chayote que en japonés se conoce como melón de hayato, ハヤトウリ), animales y fenómenos climáticos nuevos. Algunas cosas también se van borrando mientras las nuevas llegan, pues se trata de la herramienta viva de un proyecto cultural vivo[7]. El loable trabajo de la traductora ha sido abrirnos la puerta a ese mundo de raíz honda que no desdeña la ciencia, sino que la incorpora. El mundo de una herramienta poética, y yo diría también de una herramienta ecológica.

Finalmente, cuando observamos un saijiki o kiyose moderno, estamos frente a un proyecto híbrido, que nace en el lugar de encuentro de la poesía, la observación científica, y la memoria. Na no hana es la flor que refiere a muchas especies y variedades de Brassica, y también es la flor de los poemas y canciones de distintas personas que han observado las flores amarillas llegar con la primavera. La parte poética añade algo único, y es la cualidad de una relación que no es nunca la misma, pues allí donde alguien se percata que florecieron las junto un arroyo, tres siglos más tarde alguien dice que florecieron en un vertedero clandestino, o junto a la cerca de un laboratorio de partículas elementales. Aquí hay un asunto ecológicamente importante: los poemas traen a nosotros un conocimiento que se ha guardado en el corazón humano de otro ser con vida y que da cuenta de la calidad de su relación con éste. En el saijiki, el conocimiento botánico, geográfico, histórico, que es un conocimiento ecológicamente importante, se amplía gracias al conocimiento poético que incluye, sentimientos, costumbres, usos culinarios, medicinales, sensaciones, recuerdos, sueños y chistes. Todo ello se actualiza siempre en los ojos de quien lee y convierte esta herramienta en algo valioso para el aprendizaje del mundo que llamamos hogar. Se trata de una herramienta que quizá supera en rango y profundidad de las relaciones entre ser humano-naturaleza a la que podría encontrarse en una enciclopedia. Si la enciclopedia es un proyecto humano del conocimiento, el saijiki, y su versión abreviada, el kiyose, son otra alternativa.

Colofón.

Este artículo es también un llamado a los jardines botánicos, a las páginas de divulgación, periódicos y otros proyectos similares para voltear a ver a la ecopoética. Proyectos como el kiyose, guardan similitudes con los glosarios ecopoéticos, y recopilaciones poéticas en antologías, recuentos, memorias, cancioneros, diarios, etc. En estos días en los que gran parte de los seres humanos hemos tenido que tomar refugio y resguardar nuestras actividades a un circuito limitado o moderado, se vuelve importante el tema de la calidad de nuestro hogar, un tema que es también por los aspectos cualitativos en nuestras relaciones con las plantas y animales, el clima, las comidas y bebidas, y las celebraciones. Ante la situación de desastre y crisis actual, los poetas y escritores, que al igual que los científicos son vulnerables y mortales, se preguntan qué hacer y cómo hacer. Cómo enderezar este rumbo torcido, que se ha torcido al atentar, desdeñar u olvidar contra nuestro bienestar y habitación en el mundo. Hogar es el entorno donde se come, se trabaja, se cría y donde descansan nuestros sueños y donde se nutren nuestras relaciones superficiales y profundas. ¿Qué tan bien queremos comprender el lugar donde hacemos hogar? Si podemos percibir a los seres frágiles que se marchitan como las flores de estación, el alegre canto de los gorriones, a los seres que perdurarán más allá de nuestro paso como el sabino o ahuehuete; o si aprendemos a respetar a los seres que migran como las mariposas monarcas, entonces sí empezaremos a comprender de manera íntima lo que debemos cuidar.

En adelante quiero hacer mi contribución a este proyecto, recolectando haikus, y kigos, que pudieran conectarse de alguna manera con el kiyose o saijiki mexicano, japonés, o indoamericano. Por ello, lector, mis próximas contribuciones estarán orientadas a esta tarea.

Primera recopilación, de la meseta de Anáhuac

Acahual

ESTACIÓN: VERANO (finales) y OTOÑO (principios)

CATEGORÍA: Flor

Acahual. Del náhuatl acahualli: «tierra baldía». Alfombra de oro silvestre, planta herbácea de flores amarillas con usos medicinales. Florece en grandes cantidades en los llanos y tierras baldías en agosto y septiembre.[8] Con este nombre se designa a varias especies de flores amarillas y anaranjadas de la familia Asteraceae, entre ellas:

Simsia amplexicaulis, Heterotheca inuloides, Tithonia tubiformis, Melampodium divaricatum.

Varias de estas especies están consideradas como malezas y hierbas para forraje. Algunas también como plantas medicinales para el tratamiento de heridas, por sus propiedades desinfectantes y cicatrizantes (árnica mexicana), y otras más tienen propiedades para curar padecimientos de la bilis y la bronquitis. También sus flores son importantes para la producción de miel. En México se comercializa una rica miel de abeja de alta calidad llamada “miel de acahual” que es cremosa como la mantequilla.

¿Na no hana?
—flor de canola—
(pero me acuerdo
del acahual)

Sol VerdeEl acahual creciendo con los nopales en la tierra de mi cuñado. Santa Rosa, Querétaro. Septiembre, 2018.

 

Bibliografía

Melchy Ramos, Yaxkin. 2019. Meditaciones Del Pedregal. Visiones Ecopoéticas. México: Astrolabio.

Miura, Satomi. 2015. “Representaciones de Los Alimentos En La Poesía de La Época Premoderna de Japón: El Kigo de Matsuo Bashō.” Estudios de Asia y África 50 (3): 759–778.

Rascón, Cristina. 2020. “Haiku y kigo | Diccionario en español.” Haiky y Kigo. 2020. En línea. Disponible en http://haikukigo.com/.

Kigosai Saijiki『きごさい歳時』En línea. Disponible en: http://kigosai.sub.jp/

Fotografías

Yaxkin Melchy Ramos Yupari

-.-

[1] En la página de Haiku Kigo se dice que dicho proyecto se trata de un homenaje al haikuísta, poeta y filósofo mexicano Arturo González Cossío (Ciudad de México, 1930-2016). También participa Diana Lucinda González de Cossío.

[2] Esta evolución parte con la adaptación de la tradición de las cuatro estaciones en la poesía y artes chinas a las tierras japonesas alrededor del siglo VIII. La influencia de la cultura-naturaleza China en la poesía y artes japonesas se ha mantenido de manera variable, pero constante por siglos.

[3] Para conocer más sobre la evolución de las palabras estacionales y estos compendios recomiendo un interesante artículo: “Representaciones de los alimentos en la poesía de la época premoderna de Japón: el kigo de Matsuo Bashō” (Miura 2015). Disponible en línea en:

http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2448-654X2015000300759 .

[4] En este punto invito al lector a explorar la herramienta. La cuál tiene una interfaz amigable y fácil de usar e incluye una buena sección de preguntas y respuestas orientadas a las personas con interés por los haikus, la cultura japonesa y la traducción.

[5] A muchos mexicanos se nos plantea el reto de cómo empezar a construir la ecología poética y la poética ecológica sobre lo que ha sido colonizado, saqueado, violentado, y cuando no, muchas veces negado y discriminado por nosotros mismos. Lo que planteo es que la idea de naturaleza como hogar poético en México debe ser una tarea abierta a la polinización cruzada y a un nuevo (moderno, pero alternativo) enraizamiento de nuestras raíces, ya sea en urbes como Atizapán de Zaragoza, biorregiones como el Itsmo de Tehuantepec o el territorio de diversas naciones.

[6] Para construir esta lista me he basado en un saijiki en línea japonés llamado Kigosai: http://kigosai.sub.jp

[7] Pienso que sería posible rastrear fenómenos como el calentamiento global en una tradición como el haiku. Pasando por un pueblo a los pies de Monte Hokkyō hay una estela que tiene grabado un haiku escrito hace aproximadamente cien años. En este haiku se habla de la nevada que había cubierto de blanco dicha montaña. Sin embargo, este año 2020, no hubo paisajes blancos cubiertos de nieve en esa región.

[8] (Parte que tomé de mi glosario en Meditaciones del Pedregal). (Melchy Ramos 2019)