Archivo de la categoría: Con-des (Carlos Rubio)

Septiembre 2022

CONSTRUIR

Acaba agosto
y carretera abajo,
cantan los grillos.

 DECONSTRUIR

Compuesto ayer, o quizá anteayer, mientras descendía por la carretera El Real-Navamorcuende a la hora en que la tarde ya ha sido vencida y se acerca el crepúsculo, pero aún hay luz suficiente para disparar la foto que acompaño.

   La voz de los grillos, cuya fatiga ya se percibe al final del verano, acompasaba mis pasos en el paseo vespertino de cuarenta minutos que realizo a diario desde mi casa. Castaños y robles flanquean esta carretera sinuosa, que baja del puerto El Piélago, en las primeras estribaciones de la Sierra de Gredos.

  Nada más comentarios deconstructores. Solo una sensación –la del sonido y la de mis pasos hacia abajo- y una leve conmoción: el paso del tiempo.

Agosto 2022

CONSTRUIR

Jugo de adelfas
De un sueño equivocado.
Agua del mar.

 

DECONSTRUIR

¿Es un haiku de amor? En “Construir”, encogiéndome de hombros, respondería con un “no sé” o con “¡que improcedente pregunta es esta!”. Pero, aquí, en esta sección de “Deconstruir”, confieso que sí que lo es, pues un amor (que fuera lejano o cercano, consumado o suspirado o abortado, de aquí o de allá, de la montaña o de la costa, del campo o de la ciudad,  esto sí que no lo revelo) me lo inspiró.

   El amor humano no suele ser cantado en el haiku japonés clásico. Si lo es, se halla muy camuflado. El pudor natural a no revelar abiertamente las emociones es responsable de esta ausencia aparente. O, dicho de otro modo, la sacralidad de la naturaleza es demasiado omnipresente para atisbar en las diecisiete sílabas del haiku algún asomo del sentimiento amoroso del poeta hacia otra persona.

   Por el contrario, la poesía del waka, el antepasado ilustre del haiku, sí que cultivaba rutinariamente este tema. Cinco de las veinte secciones del Kokinshū, del año 905, la más venerable de las antología de waka con sus 1.111 poemas, están explícitamente dedicadas al amor humano; y en numerosos poemas de las otras secciones sobre las cuatro estaciones del año se vislumbra claramente dicho tema, aunque velado por metáforas de la naturaleza.

   En el haiku que este mes veraniego del año 22 presento a la bondad de los lectores del  Rincón, “sueño” es mi metáfora elegida para significar el amor. Admito que es un disparate afirmar que un sueño puede ser equivocado, algo tan absurdo como querer reivindicar la “corrección” de un sueño. Los sueños son por esencia disparatados y absurdos pues escapan por completo al control de la razón. Son por naturaleza incorrectos. A veces vergonzosos, frecuentemente turbadores, vivamente surrealistas. De ahí, tal vez, la riqueza interpretativa que, como herramientas, pueden aportar al mundo del subconsciente, tal cual bien saben los psicoanalistas.  Al igual que el sueño es disparatado y felizmente irracional, el amor humano, bien a pesar de los extraños corsés con que las culturas, cada una a su modo particular, pretenden vanamente adecentarlo y domesticarlo. Así que “sueño equivocado” para referirse a un amor no me pareció inapropiado como expresión de mi experiencia concreta de aquel amor.

    Por otro lado, la metáfora de la adelfa, planta reconocida como una de las siete o diez más tóxicas de nuestra flora cercana (su componente de la oleandrina puede ser mortal), para significar, cuanto menos, la amargura del amor la tomé del famoso endecasílabo de Luis de Góngora (1561-1627): «Flores del adelfa del amor humano».

     Finalmente, el verso final: “Agua de mar”. Aquí va mi comentario “deconstructivo”:  ¡Qué sabor tan salado en la boca la del agua marina!  Tan salada es el agua del mar que, si la paladeamos sin querer mientras nos bañamos en la playa, deseamos escupirla, como escupir de mi boca deseaba yo aquel amor tan amargo. Y, sin embargo, ¡que incontable enormidad de agua hay en el mar! ¿verdad? ¡Y qué profundidad puede alcanzar en algunas simas oceánicas! Grandeza y hondura son, igualmente, cualidades que pudo tener aquel “sueño equivocado! Pues ambas cualidades dan personalidad y gracia al amor, pese a la amargura, pese al insoportable sabor salado de aquella experiencia concreta.

     “Agua de mar”, además, invita, como la contemplación de la superficie plácida del océano, a una especie de serena transparencia. El poeta y crítico chino Lu Ji (Lu Chi, 261-303) cifraba precisamente en este valor de “transparencia en calma” uno de los ideales de la poesía, ideal que iban a asumir los poetas del waka del Japón que dieron a luz a la mencionada antología Kokinshū. Los vericuetos del amor.

 

Julio 2022

CONSTRUIR

Ras, ras, de golpe
cierra la persiana el vecino.
Con su propia historia.

DECONSTRUIR

Kikaku, nacido en 1661,  fue tal vez el discípulo predilecto del gran maestro Bashō que, sin embargo, lo criticaba a veces por su deseo de asombrar, de ser original.

De Kikaku son estos versos:

 

Koe karete
Saru no ha shiroshi
Mine no tsuki

声嗄れて
さるのは白し
峰の月

Con voces roncas,
y enseñando sus blancos dientes
los monos bajo la luz del monte.

Bashō, generosamente, lo amonestaba en estos términos: «Tienes la debilidad de decir siempre algo extraordinario. Te esfuerzas en componer versos espléndidos sobre asuntos lejanos, pero todo está en las cosas que te rodean».

   El vecino del piso de abajo o de arriba, o el de la casa de enfrente, siempre está a nuestro lado. Suele ocurrir en una ciudad. El vecino que cada día vemos fugazmente u oímos o sentimos representa el misterio del Otro. ¿Cuál será su historia? No queremos ser cotillas y enterarnos de la historia del vecino, solo reconocer el hecho de que todo misterio encierra un caudal de poesía y ese misterio vive a nuestro lado. El vecino del que no conocemos  nada o casi nada se ha convertido en nuestra conciencia del misterio, de nuestra soledad, de nuestra ignorancia. El sonido áspero de una persiana que se baja por la mañana para impedir que entre el sol el resto de un día de verano fue para mi el aldabonazo en esa  conciencia.

  No  hay que irse a buscar monos una noche de luna como el bueno de Kikaku. La inspiración está siempre a nuestro lado, con la mano tendida hacia nosotros. Basta con verla y reaccionar.

    El otro día, el ligero estrépito de la ventana fue para mí esa mano.

Junio 2022

CONSTRUIR

Dos gorriones
por las mesas de Casa Antonio,
revoloteando.

DECONSTRUIR

“Casa Antonio” es un humilde chiringuito playero. Está en el barrio de El Palo, al que llego tomando el autobús 11 desde el centro de Málaga. Me gusta ir a comer solo a este restaurante cada vez que voy a esta ciudad; así lo hice en mi reciente viaje de hace tres semanas a Málaga (donde por cierto desde hace ya unos cinco años se mantiene activo un club de literatura japonesa llamado Shunkin cuyos miembros cada mes comentan, presencial o virtualmente, un libro).

   Mientras comía, observé que una pareja de gorriones, ¿o eran tres?, se atrevía a acercarse a picotear algún resto de comida que había en las mesas, pero enseguida se alejaban temerosos.  Y enseguida volvían y de nuevo se alejaban. Fue la escena que vi.

   ¿Quién podría decir que a menos de cincuenta metros estaba el mar? Me pareció, cuando compuse este haiku, que la escena de los gorriones, que por ser pareja me hacía pensar en un nuevo amor, ocupaba un buen espacio, el suficiente tal vez como para no añadir alguna tentadora pincelada marina, aunque fuera por medio de una leve insinuación. El olor del mar me llegaba, la brisa la sentía en los brazos,  y el rumor de  las olas podía hasta oírse desde donde yo estaba sentado…,  pero no me cabía ninguna de estas sensaciones simplemente porque los osados pajarillos lo llenaban todo.

   El gran haijin Issa, nacido en 1715 y siempre vivo con sus maravillosos haikus, es el san Francisco de Asís de los haijines. A él debemos un inolvidable poema de gorriones. Dice así:

Suzumera yo
Shoben muyō
Furu fusuma

雀らよ
小便 無用
古いふむま

¡Eh, gorriones!
¡No hagáis vuestras necesidades
en mi vieja colcha!

Issa es famoso por sus interpelaciones a los más humildes bichos vivientes, como pulgas:

Mi choza es pequeña,
pero, por favor, practicar vuestros saltitos,
¡oh, pulgas mías!

Y moscas:

En mi ausencia
divertíos haciendo el amor,
¡oh moscas de mi choza!

 

En mi haiku de junio Carlos Rubio, terrenal, habla DE gorriones.

Pero el maestro Issa, celestial, habla A los gorriones (y a pulgas y moscas).

¿Habrase visto tamaña diferencia?

Mayo 2022

CONSTRUIR

Junto a la ría,
de gaviotas olvidada,
la vieja hélice.

 

DECONSTRUIR

Ayer, ¿o fue anteayer?, de uno de estos días de primavera, hice el mismo largo paseo mañanero por la ría de Avilés –ciudad donde desde hace dos semanas me ocupa mi afición por la cerámica–. A un lado del paseo, en el suelo, había objetos de hierro, testigos mudos y herrumbrosos de la otrora floreciente industria siderúrgica de esta ciudad asturiana. Al observar una gran hélice de hierro, hoy inútil dormida sobre la hierba, que pudo ser parte de algún mecanismo de los Altos Hornos o tal vez de algún barco, me vino la imagen común en los puertos de las gaviotas que siguen el rastro de los barcos cuando estos se acercan a tierra, los barcos que todavía hoy creo que se mueven ayudados por la propulsión de hélices.

     En otro tiempo los movimientos de esta hélice, que hoy yace ruinosa, pudieron ser saludados por decenas de gaviotas ansiosas. Hélice ruinosa, pero viva. Hoy, entre sus aspas crece la hierba y asoma alguna flor. El olvido, pasaporte del tiempo, no acabará  con la vida de esta vieja gloria. Inútil, pero viva.

Sobre el olvido renovado por la presencia de una flor, también inspirado en un día de primavera, hay un hermoso poema de Masaoka Shiki que deseo compartir con los lectores del Rincón del Haiku.

Wasureorishi
Hachi ni hana saki
Haruhi kana.

忘れ おりし
鉢 の 花 咲
春日 かな

En día de primavera,
de un tiesto olvidado,
brota una flor.

El poema de Shiki es infinitamente más directo y hermoso que el mío. En mis versos yo he tenido que pensar en las gaviotas para que la vieja hélice recobrara vida.  Recorrí un largo camino. El de Shiki es mucho más corto. Él no necesita mencionar el agente del olvido: solo el hecho. Y el milagro: la flor que brota donde nadie lo espera. Pero ahí debía de estar el haijin para ser testigo. “El haijin, testigo de milagros” sería un bonito título para un taller de haiku, ¿no os parece? De los milagros cotidianos que están ahí, a cada paso que damos, bajo cada mirada que lanzamos.

Abril 2022

CONSTRUIR

Tarde de abril.
Con nada que se interponga
entre el agua y yo.

 

DECONSTRUIR

Con el paraguas en la mano por si me sorprendía la lluvia, en el paseo de la tarde de hace dos o tres días, mis pasos me llevaron al paraje que por acá llaman “los praos cimeros” (sin duda por oposición a los prados bajeros que están, muy cerca, en el fondo del vallejo donde suelo pasar los fines de semana, en el Real de San Vicente). Me sorprendió el vigor y alegría con que salía el agua de la fuente de ese paraje. Una fuente con sus tres caños rebosantes de agua, como se puede apreciar en la foto. Una vigor y alegría tal vez debidos a las abundantes lluvias de las últimas semanas, después de un invierno bastante seco.

  El agua. Cuando mis ojos se clavaron en los tres chorros, con el cuerpo suspendido entre una tierra bajo la cual corrían los manantiales y un cielo preñado de nubes, con la cabeza perdida en medio del aire húmedo de la tarde, me pareció que el agua y mi conciencia eran uno, un algo que no supe qué.

    Dándole vueltas a esta impresión, cuando regresé a casa, me acordé de los maravillosos versos de la haijina Tagami Kikusha (1753-1826) donde, tal vez con una sensación teniendo, en su caso, a la luna enfrente, escribió:

Tsuki to ware to
Bakari noririnu
Hashi suzumi.

Tomando el fresco
sobre el puente a solas,
la luna y yo.

Parece que pudo inspirarse en este otro haiku de la famosa Sono jo o Shiba Sonome:

Dormidos todos,
no se interpone nada
entre la luna y yo. 

Es un acto osado personalizar el haiku con un pronombre cualquiera, como el “yo” de la última palabra de mi haiku (o el ware japonés del primer verso de Tagami) porque el haiku es, por esencia, impersonal, tan impersonal como es la naturaleza. Pero en este caso, me ha parecido que no iba contra el espíritu poético el incluir esta concesión, porque la individualidad se me apareció disuelta en la naturaleza representada aquí por el agua.

   Que el haijin se disuelva en su entorno (naturaleza o situación ambiental) al máximo y, camuflado en el peor de los casos, lance al aire su “fotografía” de tres versos, es tan natural como la respiración o el sonido suave de la lluvia al caer en un charco.  En el haiku de este mes el camuflaje ha sido torpe: el pronombre “yo” dentro de una fuente cantarina al comienzo de la primavera.

Lluvia y fuente. Otra vez  el agua…  Y es que el agua… ¿Es que somos algo más que agua con sensaciones?

Marzo 2022

CONSTRUIR

Medio escondidas,

¿son blancas o violetas?

Viento del sur.

DECONSTRUIR

 En un socavón del suelo, que cuando llovía rebosaba de agua y criaba nenúfares, ayer descubrí violetas. Flores de febrero, callados heraldos de la primavera.  Poblaban los bordes del socavón marcado por grandes piedras. Eran, naturalmente, de color violeta. Flores delicadas, que aman pasar desapercibidas, diminutas, vergonzosas tras las hojas grandes de sus plantas. Pero yo las vi poco antes del anochecer, cuando la luz se vuelve incierta.

   Pero en el fondo del socavón había también violetas blancas. Ligeramente más pequeñas que las moradas y que crecen en más profusión. Deben de ser silvestres: crecieron solas y conviven al lado de las otras, de las moradas. Entremedias pequeños laureles brotados espontáneamente de las semillas caídas de un gran laurel que crece en la grada de arriba, la hiedra omnipresente, otras hierbas. Y las violetas que crecen entre dos grandes piedras. Todas comparten, apretadamente, el espacio del fondo del socavón. Tan apretadamente que, si uno no se acerca, resulta difícil desde lejos, y a la hora en que yo las vi, precisar si son violetas de color blanco, las asalvajadas, o de color morado, las plantadas por mí hace ya bastantes años. Por eso, «¿blancas o violetas?».

Pero la pregunta se la llevó el viento. Procedía del sur. Es el viento del suroeste que, donde yo vivo, llega de Extremadura y nos suele ir acompañado de subidas de la temperatura. El viento que tritura los tiempos, que dispersa y anula, como hace la luz con las oscuridad, las interrogaciones, los discernimientos, las verdades del ser humano. ¿Eran blancas o eran violetas? ¿Quién lo sabe? Obotsu kana, diría Buson.

Buson (1716-1784) es el haijin de quien algo comenté el mes pasado a propósito de su habilidad para insinuar historias. Tiene un tercer verso donde los colores a debatir eran el blanco y el amarillo.  Y no eran violetas, sino las flores del té.

El haiku dice así:

Las flores del té
¿son blancas o amarillas?
¿Quién lo sabe?

 

Cha no hana ya
Shiro ni mo ki ni mo.
Obotsu kana.

 

茶 の 花 や
しろにも きにも
おぼつ かな。

 

Un haiku que muestra la maravillosa cualidad pictórica de los haikus de Buson, que destacó como haijin y como pintor.

Acompaño esta entrega con una foto. La  saqué a la mañana siguiente de observar las violetas, con más luz, da el sol lo cual no favorece mucho la calidad de la imagen. Los rayos solares golpean las violetas, pero al fondo, en penumbra, se distinguen débilmente unos puntos blancos: son las silvestres de tonos blancos. Son tan pequeñas que uno no puede evitar preguntarse … ¿son blancas o violetas? ¿A quién le importa?  Viento del sur.

Febrero 2022

CONSTRUIR

Al sol de enero

Duerme un viejo en su silla.

Tocan las dos.  

DECONSTRUIR

Este haiku es un asomo de historia. No sé qué historia. Pero detrás de la visión de un viejo, encasquetado en su gorra y sentado en una silla de ruedas, que descabezaba un sueño bajo el sol perezoso de enero mientras cinco pasos más allá su cuidadora, evidentemente a sueldo por el servicio de cuidar al anciano, se distraía hablando por el móvil, había una historia. Una historia tal vez triste.

    Su historia, sin conocer los contornos, me conmovió cuando yo regresaba a casa y a eso de las dos de la tarde pasaba al lado de los muros de la basílica de Nuestra Señora del Prado, en Talavera de la Reina. Junto a uno de los bancos del jardín que rodea la iglesia, estaba el viejo en su silla de ruedas, adormecido por la tibieza del sol de invierno.

     Me conmovió la visión. Y en ese momento, el reloj de la iglesia tocó las dos.

     El tiempo, sacudido por las campanadas,  iba a lo suyo: su paso inexorable. Mientras, el viejo dormitaba, felizmente olvidado unos instantes de su vejez desvalida.

      No sé la historia del viejo, ni de su cuidadora, ni de la silla de ruedas. ¿Qué importa? Sé un poco la historia del paso del tiempo del que esas dos campanadas me hicieron tomar conciencia.

        Conozco un famoso haijin cuyos versos eran también asomos de historias no dichas.  Era Buson, el poeta-pintor, que vivió entre 1716 y 1784 y al que muchos consideran inferior solo a Bashō. De Buson son aquellos famosos versos:

Posada inmóvil

Sobre la campana del templo

Una mariposa.

Pero el haiku de Buson, de los muchos que son historias no dichas en forma de versos, que más me gusta es este:

Lluvias de mayo

Y enfrente del gran río

Un par de casas.

Es una historia con suspense, una historia dramática. ¿Se llevarán las aguas desbordadas por las lluvias a las dos humildes casas? ¿Qué será de sus pobres moradores? El suspense, el drama hechos poesía.

Otro haiku de Buson con “una historia”:

Pasos anhelados

En las hojas caídas.

¡Qué lejos se oyen!

 ¿Una historia de amor? ¡Qué importa no conocerla cuando nos conmueve hasta la médula el crujido sordo de unos pasos en la hojarasca!

 

Enero 2022

CONSTRUIR

Puras y trémulas,
Las hierbas ignorantes
De esta Noche Vieja.

DECONSTRUIR

Anteayer, 31 de diciembre, el paseo me hizo pensar en la pureza de los árboles, robles y castaños, cuando los veo desnudos de hojas en esta época del año; pensar en su feliz ignorancia de la circunstancia del cambio de año.  Felices en su esencia, viviendo el presente eterno, un presente donde no hay ayer ni mañana, ni Noche Vieja ni Año Nuevo. Ni 2021 ni 2022.

   Al llegar  casa, compuse estos versos:

 Puros, desnudos,
Ignorantes los árboles
De que es Noche Vieja.

Pero, en una vuelta de tuerca, me pareció que seres más humildes todavía podían expresar mejor este desdén por el pasado y el futuro, este enamoramiento perpetuo con el momento en que viven. Las hierbas. Las hierbas que han sobrevivido el verano tórrido y las embestidas de los primeros fríos del invierno. Y siguen ahí, sin color, o tal vez grises o marrones o amarillentas o de un verde vencido, medio escondidas a las miradas, entre arbustos y zarzas, puras en su anonimato. Esta pureza yo he querido destacar también en mis versos: son “puras”. Y también su resistencia a los fenómenos, como, por ejemplo, al viento frío de esta última noche del año; de ahí, el adjetivo de “trémulas” del primer verso.

     Sin querer, me viene a la memoria un ilustre haijin moderno, gran enamorado también de las hierbas. Era Santōka (1882-1940).  En español conozco tres libros con sus  poemas: Tres monjes budistas, El monje desnudo: 100 haikus, y Saborear el agua: cien haikus de un monje zen. En el volumen 2ª de su Historia del haiku, R.H Blyth, cita estas palabras de Santōka, monje itinerante, tomadas de una entrada en su diario con fecha del 19 de agosto de 1940, y escritas poco antes de morir:

«Los que no conocen el significado de las hierbas no conocen el alma (el corazón, la mente, el kokoro) de la Naturaleza. Las hierbas apresan su esencia y expresan su verdad».

Santōka escribió muchos poemas sobres hierbas. Por ejemplo en estos versos que ilustran, además, el escaso respeto que le merecía la estructura canónica del 5-7-5 del haiku tradicional:

Aki no natta, zassō ni suwaru

秋 と なった、雑草 に 座る

Una traducción:

Fundidas con el otoño, las hierbas;
Y en ellas me siento.
 ¡El poeta sentado en el otoño!

 La siguiente cita corresponde a otra entrada de su diario:

 «No creo en el mundo venidero. Niego el pasado. Yo creo enteramente en el presente. Hay que emplear toda nuestra energía, cuerpo y alma, en este momento eterno. Creo en el espíritu universal, pero niego el espíritu de un ser humano concreto. Todas las criaturas venimos del Todo y vamos al Todo. Desde este punto de vista, pudiéramos decir que la vida  nos hace acercarnos y la muerte nos hace regresar».

Las hierbas sin nombre, adivinadas a la hora del crepúsculo en el sotobosque a un lado y otro del camino de un 31 de diciembre, nada saben de bullangeras celebraciones, ni de amables intercambios de buenos deseos. Con su insignificancia nos recuerdan, hermanas humildes, que estamos juntos en un barco solitario. Sin mañana y sin ayer. Sin origen y sin rumbo. Sin nada.

Diciembre 2021

CONSTRUIR

En todo el monte
Solo una luz.
Tarde de otoño.

DECONSTRUIR

En el curso de un paseo, a esa hora crepuscular en que las líneas pierden definición y los colores se vuelven grises, en la Cabeza del Oso, una elevación de 1.100 metros situada en las primeras estribaciones de la Sierra de Gredos cuando se llega del sur,  el monte que cobija mi casa de El Real de San Vicente, me fijé en la luz. Era de una casa. No había otra casa iluminada, aunque fuera débilmente, en la ladera del monte.

   A mi alrededor, sombras y cercanía de la noche en el paisaje desolado del otoño.

Frío, soledad. Y el tiempo detenido.