Archivo de la categoría: Haibun (Coord. María Ángeles Millán)

Selección mensual de María Ángeles Millán de haibun de diferentes autorías.

Septiembre 2022

Haibun 36

 Reencuentro

He regresado al pueblo que tanto amó mi padre y al entrar a la casa donde me está esperando mi mamá el corazón me late con una fuerza desmedida.

 Latidos incesantes…

 desde los árboles

el cotorreo de las loras

Cada rincón, cada cosa, cada marca, me trae recuerdos de aquellos veranos e inviernos vividos en familia en esta casa.

Salamandra apagada.

En un rincón de la galería

los guantes de mi padre

Hay lugares como éste que guardan la calidez y el amor de la familia. Es hora de tomar un mate o un té. Mi madre prepara un mate para cada una; por protocolo y cuidado ya no lo compartimos como es la costumbre. Mientras ella elige los que vamos a usar , mis ojos se fijan en uno que está en un rincón de la repisa.

Tomillo seco…

El mate de la abuela

desvencijado

Esta casa construida con tanto sacrificio por mis padres me habla de familia, de encuentro con amigos, de asados compartidos y también de  ausencias.

Los ojos de mi hermana

fijos desde la foto…

Lirios secos

¡Cuánto bien hace regresar a los afectos! La ternura se despierta acariciándome con mano cálida mientras me susurra es hora de dar la bienvenida a un nuevo día.

 

                                           Julia Guzmán.
                                           Salsacate, Provincia de Córdoba. Argentina.
                                           20 de marzo de 2021.

Agosto 2022

Haibun 35

Hilos de araña

Las chicharras son lo único que se oye al llegar a los sembrados. Hasta que cesa el chirrido no se percibe la intensidad con la que cantan.

En el silencio se aprecian los trinos de dos gorriones que se posan, uno tras otro, entre las matas arrancadas de los calabacines quemados por el calor extremo de estos días. Un verdecillo de vuelo ondulante deja en el aire su reclamo rápido y agudo.

Dos vecinos conversan en la cercanías.

Del cerezo a la higuera hay algo que brilla. El destello va cambiando de posición y desvela los hilos de una telaraña. Primero se ilumina un extremo, luego el centro.  De pronto desaparece para volver a aparecer entre la menta y la albahaca. El pequeño punto de luz se desplaza en uno y otro sentido y un nuevo hilo aparece en el tramo donde le alcanza el sol del atardecer.

La sombra de las ramas de higuera se agita suavemente en la tierra. Es un movimiento casi imperceptible. Se agradece la escasa brisa que corre de vez en cuando haciendo que rocen unas hojas contra otras. El sonido, agradable y fresco, se detiene cuando vuelven a cantar las cigarras.

Hace tiempo que no llueve. El sol de la tarde ilumina la fina capa de polvo que se levanta al regar los frutales.

Cientos de hormigas huyen del agua conforme se va llenando el surco de las tomateras. Solo cuatro o cinco despistadas van en una hilera en sentido contrario.

La lagartija de cada día se detiene al sol.

Recién regadas las macetas, la luz se precipita con cada gota que cae desde las hojas de albahaca.

No muy lejos se oyen los golpes secos de alguien que trabaja la tierra. También los gritos alegres de unos niños bañándose.

Hablamos de los otros hilos de araña que no se ven, del arrendajo que anida en el bosque, de que este año aún no se ha visto al petirrojo.

-Casi seguro que viene cuando no estamos- dice.

Ajena al intenso acontecer e inmersa entre tanta vida, se me antoja que aquí estoy a salvo de todo y a la vez expuesta a todo. En un tiempo sin tiempo…un ser viviente más entre otros que habitan este huerto.

A la piel húmeda de mi pierna se pega un mosquito y se va. No se quien de los dos se ha cruzado en el camino del otro. Sea como fuere, algo hemos intercambiado en el encuentro. Un encuentro que para mí ha sido fugaz, quizás haya sido para él una eternidad… ¿quien sabe?…

Camino umbrío.

Se vuelve a mirarnos

la oveja rezagada

 

 

Mari Ángeles Millán “Hikari”
Girona (España)

Julio 2022

Haibun 34

Insurgentes

Bajo del autobús, un Sonora-Peñón.

Estoy en Insurgentes y siento que estoy en Insurgentes. Qué bobada, ni que nunca hubiera estado en esta avenida. Y vaya que he estado. Pero hoy veo el letrero de la juguetería, la enorme inicial de su nombre. Su breve nombre que dice lo mismo al derecho y al revés. De niño sólo tenía ojos para el contenido de sus escaparates.  En los aparadores de esta acera se exhiben relojes de pulso* a prueba de agua.

Los anuncios luminosos de radios y televisores se encienden y apagan.

No apresuro el paso como los demás transeúntes. Me muevo y respiro de acuerdo a mis pulmones.

Escucho el din din de un tranvía. Es el Valle, el que tomaba al salir de la secundaria.

Me detengo y volteo. Miro a lo lejos. Pasando Sanborns, antes de llegar a Baja California, se encuentra un cine. Esta vez, me quedo en Insurgentes.

Camino hasta el cruce de avenida Yucatán. En el camellón*, al pie de una palmera, recojo unos dátiles maduros. Busco en los bolsillos un pañuelo desechable.  Ya no tengo. Los limpio con el envés de la corbata.

Sigo hacia avenida Jalisco. En la fachada del edificio que hace esquina con Chihuahua hay una manta con un letrero que no distingo en la oscuridad. De pronto, un grito a coro me indica de qué se trata. El gimnasio de Mocansen.

Emocionado, por estar en Insurgentes, silbo: re la, mi la, re la, mi la; cuando estoy a punto de entonar la canción de Paul Simon, siento la garganta seca y me dirijo a una tienda de refrescos*.

Kare kitta kawa wo
wataru 

(Santoka)

Cruzar
el lecho seco de un río

(Trad. Fdo. Rgz-Izq)

 

*relojes de pulso: de pulsera

*camellón: caballón

*refrescos: gaseosas

Jorge Moreno Bulbarela (Jor)

Junio 2022

Haibun 33

En el último latido del invierno brota la primavera…

Cada paso que doy es un silencio que se hunde en la arena… nadie cerca, sólo la mar y sus mil perfiles antes de morir en la orilla… el viento se hace añicos en mi cara.

Camino, paso a paso… A lo lejos, casi posado sobre el horizonte, arrastrado por el práctico, maniobra un buque granelero para entrar al puerto. Huele a mar… una mar que no sabe de silencios.

En la bahía luce el sol, llueve… un sol frío, una lluvia fría… late, ya débil, el corazón del invierno. Recorro la playa, sorteo las algas y la madera que anoche arrastró la tormenta. En una charca, dejada por la marea, un pequeño pez nada ajeno a la mar.

Charrán patinegro

Entre idas y venidas revolotean, gritones, un grupo de charránes… ancestrales graznidos que ponen verbo al cielo. Sigo con la mirada el vuelo acrobático de uno de ellos… cernido en el aire, sin demora, inicia su vertical y vertiginosa zambullida… la mar se rompe… en su pico da los últimos coletazos un pez.

En la orilla se deshace la espuma de la última ola… se deshace mi mirada atrapada como el pequeño pez que gira y gira en una charca ajeno a la mar.

La bruma va cubriendo la bahía, el mundo se empequeñece… Poco a poco, paso a paso, continúo con el paseo. En la playa vuelve a soplar el viento…

un viento suave…

parece que me mira

la gaviota muerta

 

Asturias, donde la tierra siempre es verde.

                                                                                 Alfredo Benjamín Ramírez Sancho
Asturias (España)

Mayo 2022

Haibun 32_

Manantial

Cielo plomizo
Al abrir la ventana
el canto del cuco.

                       Con las copiosas lluvias de primavera -algo inusitado en esta región del sureste de España- han renacido antiguos manantiales. Lo noté hace ya unas semanas cuando, en el transcurso de mi recorrido habitual por la pista forestal con Nivo, mi perro pastor de pelo blanco, escucho a mi izquierda un leve rumor de agua y, para mi sorpresa, veo reflejadas las primeras luces de la mañana en un regato que desciende por la cuneta, sortea algunos argayos, desaparece bajo las rocas desprendidas de la ladera y vuelve a manar más abajo formando pequeñas cascadas, espumas, remansos donde se para a beber el perro… hasta desaparecer definitivamente de mi vista en un escarpado valle donde desemboca. Lo imagino uniéndose con otros arroyos en un solo cauce hasta desparramarse por los bancales donde resplandece el verdor primicial de los almendros.

            De regreso por el mismo camino, ahora cuesta arriba, me lo vuelvo a encontrar. El dulce canto de sus aguas puras me redime del cansancio y mitiga el sudor de mi frente. De nuevo Nivo hunde sus patas en el recodo donde se aquieta el torrente y bebe hasta que lo rebaso.

            Lentamente el sol se eleva sobre la pinada.

 A ambos lados
las rosadas flores
de las jaras.

Paco Ayala ,
Ceutí   (Murcia)

Abril 2022

Haibun 31

Hoy ha dejado una gata negra dos gatitos ciegos en el patio.

            Me acerco a ellos, que se mueven a tientas y maúllan llamando a su madre. Tienen los ojos hinchados y con costras en los párpados. Tal vez nunca hayan visto a luz.

            Vuelvo pronto con unas gasas y suero fisiológico. Cojo al más pequeño y con paciencia le voy lavando los ojos hasta que distingo sus pupilas. Entonces me ocupo del otro, también blanco y negro, suave, como si fuera aquel borrico llamado Platero, que me trae tan buenos recuerdos de hace mucho tiempo y también le lavo los ojos hasta que puede abrir los párpados.

            Vigilo desde un lugar escondido y entonces se acerca la gata y les da de mamar como si yo nunca hubiera estado allí.

           Cuando vuelvo ninguno de los tres está en el patio. La gata sabía lo que necesitaba y tal vez vuelvan algún día.

Gatitos maullando.
Desde las tomateras
mira la gata.

 

 Juan Lorenzo Collado Gómez
Albacete (España)

 

Marzo 2022

Haibun 30 

Playa del Chivo

Antes no bajé desarmado de músicas. Ensordecido por los audífonos, me perdía la voz del océano, articulada en olas y en piedras, en viento, en pájaros, en alguna gente. La sola bahía una garganta salada: rumor. Esta debió ser la música segunda de la Creación, la inmediata al silencio.

Auras tiñosas

en las rocas, pelícanos

sobre las aguas

En silencio, los pollos blancos, negros, muertos en la piedra golpeada por las olas. Los rastros dispersos, desechados, de toda la materia citadina. La malangueta, batida por los Nortes. Los pescadores si solitarios. Las lanchas y los barcos en lo distante. Yo, que bajo a encarar, a aspirar, lo extenso marino, la ciudad a mis espaldas.

Media mañana.

No hay un pelícano

que levante vuelo

La ciudad haciéndose oír en los devotos cargados de ofrendas, casi nunca a solas, nunca silenciosos. De paso. Diciéndole a la bahía su jerga fervorosa: rumor contra rumor. Soltándole su carga desangrada. Se gritan, si camaradas, los pescadores. Bajan desde la autopista los ecos de motores de ómnibus, camiones, autos: inevitable que miren los de a bordo al fragmento costero antes de hundirse en el túnel. Un respiro visual.

Llegar tan cerca

de las auras posadas,

pisando rocas

Respiro con las músicas que cargo, atenúan el paso por la superficie ciudadana. Bajaba sin quitarme los audífonos. A encarar, a aspirar, lo extenso marino. La ciudad a mis espaldas. Callado ante la sola voz del océano. Su garganta salada. La música segunda de la Creación, la inmediata al silencio. Sin palabra que pensar, ni que decir, delante del primero de los sonidos.

 Lester Flores López
La Habana (Cuba)

Febrero 2022

Haibun 29

 Buenas noches

 Es un delito perderse esta noche templada, aquí sentado en el pretil de piedra con el rumor del agua que fluye sereno por el río.

   Melodía líquida en la oscuridad.

   “Buenas noches”, me saluda alguien que cruza el puente cercano. Casi estoy por decirle que se siente conmigo a saborear esa “Buena noche”. Pero claro las etiquetas y protocolos sociales no me lo autorizan.

   Vuelvo al agradable sonido pleno de quietud que me regala el río. ¿Qué hacer ahora? Siempre nuestra mente inquieta y juguetona propone algo que hacer. Nada, me responde la noche y el río. Respira. Deja que transcurra el agua y el tiempo. Deja que la mente se vaya con el fluir del riachuelo. ¿Es eso la sabiduría?

   En frente de mí sólo se observa encendido el farol de las últimas calles del pueblo. Permanezco en paciente atención como la salamanquesa: atenta a ese cercano farol encendido en la noche.

   Supongo que soy un aguafiestas para mi mente.

Alguien saluda y cruza
el puente de piedra.
Sólo una farola.

 

Enrique Linares Martí
Valencia  (España)

Enero 2022

Haibun 28

De Paso

        El mirlo del barrio acude a su cita puntual esta mañana y canta, a pesar del gris, que no acierta a adentrarse en el cuarto.

      Tras cumplir con las inevitables tareas domésticas, y en busca de aire renovado y algo de tranquilidad, nos dirigimos pronto a los campos de arroz; unos días antes, cubiertos de agua, ahora, ya removidos tras el fangueo* y el revuelo de las aves que siguen a los tractores. Atrás queda todo un mundo de espejismos, ilusiones invernales que el agua ofrece al que invita a acercarse.

         Esta mañana, barro seco, pocas aves, y ese gris que enturbia el aire. El marjal habla de nuevo, y si alguien se detiene en silencio en cualquiera de los caminos que vertebran los campos, al alzar la vista podrá ver cruzando el cielo, en cualquier momento, algún ave solitaria, quizás dos o una bandada, quedando anclado a la tierra con un alma que, por un instante, se fuga con ella.

        La niebla, a lo lejos, marca la distancia y no consigue ocultar las pequeñas alquerías que, aquí y allá, salpican un lugar que tiene su propio aire.

Nubes, distancia, barro seco, aire y silencio. ¿Qué sabemos?

      Por muy a menudo que vayamos a su encuentro, el marjal siempre nos depara alguna sorpresa. Y cuando el terreno deja paso a algunos lodos, encharcado tras las lluvias, sonrío. Unos flamencos avanzan lentamente cabeza abajo, otros, inmóviles, enrollados dormitando. Reposo necesario del viajero que se esfuerza por llegar a alguna parte. De paso, siempre de paso.

       Nada hay, más que esos cuellos grises o sonrosados, cabizbajos y hermosos seres en busca de alimento. Cuesta desprenderse de esa imagen. Aquí, una pierde la noción del tiempo, pero siempre…

      …vuelve a casa.

de nuevo el viento,

en las grietas del barro

flores silvestres

 * Fangueo:

El fangueo del arrozal es una labor agrícola que consiste en batir con un tractor de ruedas de hierro la superficie de las parcelas para airearlas e incorporar al suelo la paja y rastrojos que quedan como restos de la cosecha después de la siega con las cosechadoras.

 Marga Alcalá
Valencia (España)

Diciembre 2021

Haibun 27

La Gallinita ciega

De chica nunca intenté este juego, la infancia era un tiempo en que todo se daba sin reglas y sin rótulos.

Hoy, que el territorio de la niñez me queda lejos, invento una travesura: doblo con cuidado la servilleta de hilo blanco, espero quedar sola en casa y me vendo los ojos.

La consigna surge mágicamente: recorrer el jardín a ciegas, palpar, oler, escuchar.

Es un día extraño de verano, las lluvias y el sol se alternan continuamente. Empiezo el camino…

El canto de los benteveos me guía hacia la copa del árbol vecino, más allá de la cerca  , descubro un contrapunto de voces cuyo significado todavía no comprendo.

Los pies descalzos se hunden en el césped que recorro con pasos menudos, algún bichito me produce  un escozor que casi disfruto.

Sigo el perfume de los jazmines del país y toco  las rejas por las que trepan , rugosas por el òxido.

 Avanzo hacia el rincón de los cactus y suculentas, palpo con temor a las espinas y me demoro en una caricia. ¡No me dañaron  demasiado! tal vez porque esperaba el pinchazo (esa prevención me hubiera ahorrado muchas heridas).

Las anchas hojas de la caña de ámbar, todavía mojadas por el chaparrón me recuerdan a quien que me la regaló.

Se ofrecen a mis manos las fibras de la palmera y las raíces de las orquídeas enraizadas allí .Un tropezòn provoca el revuelo de cotorras que estaban comiendo los frutos de palma, su alboroto quiebra de golpe el silencio ensimismado en el juego.

Doblo y respiro hondo, los azahares del limonero me atraen y un tenue zumbido de abejas me recuerda los versos de Miguel Hernández: “ “pajarearà tu alma colmenenera”…

Tarde de enero.
Zumban las abejas
en las lavandas

Se complica la pequeña travesía al abandonar los bordes del jardín, busco las piedras redondas y el viejo capitel donde yacen mis gatos, extiendo los pies como acariciando el rincón,  inventándoles ojos a mis pisadas para descubrir el lugar exacto del pequeño túmulo y allí me siento, reanudo mis diálogos secretos con ellos y sé que desde algún lugar,  más allá de las piedras, más acá de la infancia siguen cerca.

Creo que hago trampa girando por los bordes del jardín, temo llegar hasta el centro sin árboles ni texturas que me orienten. Recorro con mis yemas cada hoja que no reconozco y me huelo las manos: ¡la salvia! ¡el laurel!, ¿por què hay tantas hojas que no huelen?   ¿Por qué este juego? ¿Por qué hoy?

 El aislamiento forzado me lleva a inventarme libertades dentro del estrecho margen permitido, quizás sólo se trate de eso: experimentar con los sentidos lo que creía conocido y estar enteramente presente en cada ritmo, en cada textura, en esas realidades que en el vértigo de antes no podía percibir.

El perro viejo me sigue, tropiezo con su cuerpo fiel y cansino, rozo su pelaje de nutria salvaje, seguramente se sorprende de mi nuevo andar a tientas y me acompaña (como siempre).

Así, a ojos cerrados   , este no-tiempo me ofrece otras presencias.

Ya no llueve.

Calor húmedo.
Entre los dedos
el olor de la salvia

 

A Mari Angels , que me inició en el haibun

 

 María Rosalía Gila
Buenos Aires (Argentina)