Mojadas las hojas
que caen sobre el puente.
Grillos.
Matilde González
-.-
Tufo en el aire.
En la punta del cerro
dos zopilotes.
Álvaro Dávila
-.-
CONSTRUIR
Puerta cerrada.
Salen manitas verdes
Al cielo azul.
DECONSTRUIR
No es fácil imaginar lo que dice este haiku sin la foto. La saqué en un viaje reciente por Galicia: un muro, unas jambas y un dintel hechos con buenas piedras de sillería enmarcaban una puerta negra y cerrada; detrás, un terreno abandonado donde crecían con profusión hierbas y zarzas. Nada extraordinario, ¿verdad?
Lo que me llamó la atención fue el vigor irresistible de las zarzas en buscar espacio fuera del terreno. Sus puntas, como los dedos de las manos de un humano que se estuviera ahogando y que buscara con desesperación aire, asomaban por las rendijas que había entre la puerta y las piedras. Me pareció que el cielo azul, arriba, sonreía al ver este ejercicio de supervivencia.
Esta visión me inspiró varios haikus:
Felices brotan
Las hierbas del olvido.
La puerta negra.
El cielo azul.
Desesperadas buscan
Las zarzas aire.
Puerta negra.
Las zarzas detrás asoman
¿buscando qué?
Cerrada puerta.
Y las hierbas que sueñan
Con cielo azul.
Pero ninguno me gustaba. Me di cuenta de que eran construcciones demasiado tamizadas por un intelecto empeñado en hallar significados: el olvido, la desesperación, la búsqueda, el sueño. Artificios intelectuales. ¡Fuera con ellos!
Son conceptos centrales en cada una de esas cuatro versiones, pero precisamente por ser conceptos se apartan del alma de la visión inocente: unas hierbas buscándose la vida. Pero no unas hierbas cualquiera. Eran únicas y extraordinarias. Este aspecto de lo extraordinario es lo que me llamó la atención. Primero, por el lugar en que estaban: detrás de una puerta cerrada, y debajo, muy debajo, de un cielo azul. Segundo, por el ímpetu con que crecían en busca de espacio. Yo las vi no como hierbas o zarzas, sino como dedos o manos que, simplemente, habían crecido y en su crecimiento buscaban territorio al exterior del terreno exuberante en donde habían nacido y crecido. Querían más. Eso es lo que me estaban diciendo con los extremos de sus tallos. En mi visión, estos extremos o puntas habían dejado de ser extremos o puntas y se habían convertido en manos pidiéndome que me detuviera y les sacara una foto. Necesitaban ser oídas. Y trasmutados en sílabas de un haiku.
No necesitaban que yo interpretara su vitalidad en términos de metáforas sobre sueños, búsquedas u olvidos. Simplemente deseaban tener voz: «aquí estamos nosotras, que parecemos manos, entre una puerta y lejos de un cielo».
Algo hay que decir de las metáforas. No me gustan las metáforas abstractas, sean las llamadas puras o las impuras, en un haiku porque desvirtúan la esencia de este arte que es ser poesía de sensación, del aquí y del ahora. Pero hay metáforas que sí que me gustan: son las vivenciales, las espontáneas, las naturales. Las mismas que que usaría un niño, de vocabulario reducido, para decir que “las puntas de las zarzas eran como manitas o como dedos buscando algo”. Un niño no se referirá a esas puntas como “ápices vegetativos” o “puntos de crecimiento” porque su vocabulario no le llega a tanto por lo general. Pero sí que podría decir, por ejemplo, cuando se desliza por un tobogán del parque: “Mira, papá, soy una catarata cuando bajo!” Esta es la metáfora natural y creativa del haiku. Como las de un niño.
Matsuo Bashō, especialmente en los últimos años de su vida, insistía en que el haiku debe tener karumi, es decir, ligereza, sencillez. Enseñaba cómo conseguir karumi así: “Observa simplemente lo que hacen los niños”. Con esta bella metáfora explicaba el significado de karumi: “El estilo al que me refiero es ligero –karui– de forma y estructura, como la impresión que produce la contemplación de los bajíos arenosos de un río”. Ligereza para el maestro no era frivolidad –aunque algunas personas ajenas al espíritu del haiku lo confunden–, ni ordinariez, sino sencillez en lugar de complejidad, ingenuidad en lugar de sofisticación. La belleza de lo ligero tampoco implica falta de hondura. Al contrario.
He aquí dos haikus que me parecen que tienen el valor de karumi.
Uno es del propio Bashō:
El sexto mes.
Hay nubes en la cima
De Arashiyama.
Otro de Masaoka Shiki:
Bajo la llovizna,
Camina lento un perro,
Meneando el rabo.
Ausencia de metáforas. Pura observación.
“Manitas” o “deditos”, aplicado a las puntas de las zarzas, es una metáfora creativa y espontánea. Aporta karumi al poema. Y le da vida. La metáfora abstracta, por el contrario, ahoga “las cosas”.
En este haiku de julio, “las cosas” son tres: las puntas de la zarza, la puerta y el cielo. Tres cosas que, extraordinariamente, se han conjuntado en la visión del poeta para dejarse oír en diecisiete sílabas.
Porque en el haiku deben hablar las cosas. No las emociones, no el ego, no la estética –lo más difícil–. Y sin las trampas del intelecto. Pura observación.
Haibun 71
El bosque y Don Quijote
Sentada en el jardín de este viejo caserón, el ir y venir de los caballos y el trote del potro me sacan de las páginas del Quijote. En estos días de descanso, este banco de piedra bajo el hórreo invita a la lectura. Hoy aún no he salido de entre estas paredes que tanta historia cuentan. Como la tarde es soleada, aquí en Galicia salgo a dar un paseo hasta la granja más cercana; en el camino, surcado de altos eucaliptos, el silencio y la soledad invaden el espíritu de paz.
En un cruce de caminos hay un cruceiro de piedra con la imagen labrada de una virgen, símbolo de la cultura de estas tierras. Hay muchas casas abandonadas que están cubiertas de madreselva, y la glicinia ha traspasado dentro a través de las tapias llenas de verdín. ¡Cuánto abandono!
Se nubla el cielo
por el verdín de la tapia
huye un gato
El bosque de eucaliptos va estrechando el camino y, al llegar a un recodo, se abre un claro donde se puede ver la granja de Felipa.
Al acercarme me saluda: está sentada a la sombra de un roble, rodeada de dos perros y de las gallinas que picotean acá y allá. Felipa, a sus 90 años, gusta de charlar; no es raro, pasa el día sola. Hoy, hasta más tarde, no llegará su hija, por eso se alegra de tener compañía. Como solamente habla gallego, hay veces que debo adivinar por sus gestos de qué me está hablando y seguir los derroteros de su conversación. Cuenta que poco o nada ha salido de este entorno.
En el camino de vuelta, los altos eucaliptos, con el viento del nordeste, se inclinan: una sensación extraña para el viajero que anda por aquí por primera vez.
Me viene otra vez la pregunta de Felipa: “¿Qué te ha traído por aquí?”. Y vuelvo a las páginas que escribió Cervantes, cuando Don Quijote le dice a Sancho: “El andar tierras y comunicar con gentes diversas hace a los hombres discretos”.
Crepúsculo.
Tras las huellas de zorro
corre el perro
La hiedra, madreselva y la ipomea glicinia
Encarna Ortiz
Recas (Toledo) España
Especial Festival Tanabata
Caligrafiado por Susana Rivera bajo la copia de nuestro maestro Hikita “Sekiin” – Haiku de Matsuo Basho.
incluso tras las hojas de mimosa,
el pálido fulgor
de las estrellas
(trad. Félix Arce, momiji)
合歓の木の
葉越もいとえ
星の影
合歓の木能
葉越もいとへ
星の影
——————————————–
Comentado por Grego Dávila:
Se acerca la noche y “el caminante” que fue el maestro Basho se detiene junto al camino.
El cielo está claro y las estrellas se prestan a la contemplación. La mimosa (también llamado “árbol de seda”) cierra sus hojas al final del día y se convierte en un “árbol durmiente” que esparce sus sombras por el suelo.
Examinemos el haiku paso a paso:
El cielo de la noche estrellada desciende hacia la tierra sombreada a través del árbol, que hace de intermediario entre ambos espacios. El haijin (seguramente tumbado o acostado) contempla el universo entero pero baja siempre a la realidad concreta de la naturaleza.
Basho es un gran caminante y esto le permite, incluso de noche, contemplar muchas escenas interesantes que se reflejan en bastantes haikus suyos:
“vagar toda la noche alrededor del lago”
La noche se ilumina con la luz de la mirada y la expresión en el haiku.
El haiku es esa penumbra (entre la luz y la sombra) que la realidad deja impresa en nuestro corazón.
ああ古き
カスティーリャかな
出し抜けに
ニューワールドを
思ひ出させる
Aa furuki
Kasutîrya kana
Dashinuke ni
Nyû Wârudo wo
omoidasaseru
¡Vieja Castilla!
De pronto, me recuerdas
al Nuevo Mundo…
黄昏の
近所の路地の
向こうには
藍色の空
瞬く灯
Tasogare no
kinjo no roji no
mukô ni wa
ai-iro no sora
matataku tomoshi
Cae sobre el barrio
el manto de la noche…
Añil allá al final
de la calleja
y luces titilantes.
マントラの
如く名を
繰り返し言う
「トレド トレドや
トレド トレドや」
Mantora no
gotoku na o
kurikaeshi-iu
Toredo Toredo ya
Toredo Toredo ya
Tu nombre repito
una y otra vez
como si fuera un mantra:
¡Toledo!, ¡Toledo!,
¡Toledo!, ¡Toledo!…
古小屋に
羊の匂ひは
未だ残りたり
昔から
有らざれども
Furugoya ni
hitsuji no nioi wa
mada nokoritari
Mukashi kara
arazaredomo
El viejo establo
aún guarda el olor
de las ovejas,
aunque hace mucho tiempo
que en él ya no hay ninguna…
聞こえて来る
バグパイプの
音や
ウリャ川の谷で
雲も起き上がる
Kikoete kuru
bagupaipu no
oto ya
Uryagawa no tani de
kumo mo okiagaru
¡Suena una gaita!
En el Valle del Ulla,
se alzan las nubes.
「南無阿弥陀
仏南無阿弥陀…」
角虫を
見れば全ての
良き意図は消ゆ
“Namu Amida
Butsu Namu Amida…”
Tsunomushi o
mireba subete no
yoki ito wa kiyu
“Namu Amida
Butsu, Namu Amida…”
Se esfuman todas
las buenas intenciones
al ver la cucaracha.
過ぎし日の
恋の思ひ出や
夜よ来
わが涙ほど
空の星無し
Sugishi hi no
koi no omoide ya
Yoru yo! Ko!
Wa ga namida hodo
sora no hoshi nashi
¡Ah! ¡El recuerdo
del amor que se fue…!
¡Ven pronto, noche!
Hay en mí más lágrimas
que estrellas hay en el cielo…
蝶蝶の
標本箱を
引き出せば
色とりどりの
粉ばかりかな
Chôchô no
hyôhonbako wo
hikidaseba
iro toridori no
kona bakari kana
Al sacar la vitrina
de mariposas,
en ella, ¡solo un polvo
multicolor!
Este año la temporada de tifones en Japón se ha adelantado considerablemente, al punto de que tuvieron dos arrasando sus costas al mismo tiempo. En el Genji Monogatari hay dos capítulos en los que se mencionan este tipo de fenómenos climatológicos: Suma y Nowaki. La literatura, incluso cuando es ficción, refleja algo de realidad también. Mientras, en Santiago, aunque seguimos con mucho frío, después del solsticio de invierno la luz ha cambiado y se empieza a vislumbrar una lejana primavera. O eso quiero creer.
Este mes revisaremos 忌日 kinichi (aniversarios de muerte) que pertenecen al período conocido como 晩夏 banka o fines del verano. Este corresponde a julio o el sexto mes del calendario lunar, Minadzuki. A pesar de estar finalizando la temporada el calor sigue muy alto, sin embargo, la pronta venida del otoño se puede notar en el viento que sopla temprano en la mañana y al atardecer. Esa es por lo menos la descripción del período antes de la influencia del calentamiento global. En la actualidad las altas temperaturas siguen hasta bien avanzada la estación otoñal.
En julio partieron eminencias de las letras japonesas que legaron al mundo obras que se han vuelto parte de acervo cultural mundial. Los haikus que les conmemoran toman inspiración de la estación, fines del verano, o de las obras de quienes celebran.
鷗外忌 ougai ki
9 de julio.
Mori Ogai (1862-1922) fue un novelista, crítico, traductor y poeta de los periodos Meiji y Taishou. Tras estudiar en Alemania como médico militar, publicó la novela Maihime (La bailarina) e inició así su carrera literaria. Mientras continuaba ejerciendo como médico militar, produjo una serie de obras que perduran en la historia de la literatura japonesa. Como poeta, también fue amigo íntimo de Yosano Tekkan e Ishikawa Takuboku. Entre sus obras más reconocidas se encuentran Takasebune (El barco del río Takase), Abe Ichizoku (La familia Abe) y Sansho Dayu (El intendente Sansho).
El haiku que conmemora su aniversario luctuoso es de Ishisaki Soubin.
舞姫は死語となりしか鷗外忌
maihime wa shigo to narishi ka ougai ki
¿Se volvió bailarina un término obsoleto? Aniversario de Ougai.
…
茅舎忌 bousha ki
17 de julio
Kawabata Bousha (1897-1941) cuyo nombre real era Shin’ichi, fue un poeta de haiku. Nacido en Tokio, hijo de un haijin amateur, pintor y calígrafo y medio hermano del pintor Kawabata Ryuushi, publicó haikus en revistas como Shibugaki y Kirara, y posteriormente se convirtió en discípulo de Takahama Kyoshi. A pesar de estar postrado en cama durante unos 20 años, creó su propio universo de expresión, conocido como «Bousha Jōdo» (La Tierra Pura de Bousha).
El bello haiku que le conmemora fue compuesto por el haijin Takano Sujuu (1893-1976).
茅舎忌の朝開きたる百合一花
bousha ki no asa hirakitaru yuri hito hana
En la mañana del aniversario de Bousha se abrió un lirio.
…
河童忌 kappa ki
24 de julio
Ryunosuke Akutagawa (1892-1927). Novelista. En 1916, siendo aún estudiante de la Universidad Imperial de Tokio, su cuento Hana (La nariz) recibió elogios de Natsume Soseki, marcando así su debut en el mundo literario. Tras graduarse, mientras impartía clases de inglés a tiempo parcial en la Escuela de Ingeniería Naval, publicó obras como Imogayu (Gachas de batatas, 1916), Houkyounin no shi (La muerte de un cristiano, 1918) y su primera colección de cuentos, Rashoumon (1917). En 1919, renunció a la Escuela de Ingeniería Naval y se dedicó a la escritura como empleado del Osaka Mainichi Shimbun. Se suicidó en 1927 a los 36 años. Fue padre del actor y director Akutagawa Hiroshi y del compositor y conductor Akutagawa Yasushi.
Su aniversario luctuoso se conoce como Kappaki, nombre que proviene del título de su cuento Kappa, publicado en la revista Kaizo en 1927.
El haiku que celebra el genio de este novelista fue compuesto por Tanaka Michiko (1945), y hace referencia a la escena inicial del cuento Touyou no aki (Otoño oriental).
河童忌や影の痩せたる竹箒
kappa ki ya kage no yasetaru takebouki
Aniversario del kappa, se adelgazó la sombra de la escoba de bambú.
…
谷崎忌 tanizaki ki
30 de julio
Tanizaki Jun’ichirou (1886-1965) fue un novelista de las eras Meiji, Taishou y Shouwa. Debutó en la literatura a instancias de Nagai Kafuu y dejó un legado de gran valor estético. Entre sus obras más representativas se encuentran Chijin no ai (El amor de un tonto), Tade kuu mushi (El insecto que come ortigas), Shunkinshou, Moumoku Monogatari (El cuento del ciego) y Sasameyuki (Las hermanas Makioka). También realizó una traducción del Genji Monogatari al japonés moderno.
El haiku que le conmemora es de Aoki Ayako.
夕萱に日のあかあかと谷崎忌
yuusuge ni hi no aka aka to tanizaki ki
Brillante el sol en el lirio de día, aniversario de Tanizaki.
…
Espero que los haikus que seleccioné este mes les ayuden a conocer un poco más a los genios literarios que Japón nos ha regalado y a celebrar como se merecen sus memorias, con poesía. ¡Hasta el próximo artículo!
CONSTRUIR
Enjalbegando
Entre flores de azahar.
Un día cualquiera.
DECONSTRUIR
Fue hace solo un par de semanas cuando compuse estos versos. ¿La ocasión?
Bueno, tiene su pequeña historia como todos los poemas. Disfruto haciendo algunas tareas de mantenimiento en mi casa –en realidad, la casa de mi hija y su familia– de El Real de San Vicente, en la sierra de Gredos. Tareas fáciles, como quitar hierba, regar las flores… y a veces enjalbegar muros. «Enjalbegar» es un término que no se usa mucho. Me parece que se emplean más los de «encalar» o «blanquear». Pero yo lo prefiero: tiene, por así decir, un sabor más tradicional y me evoca el recuerdo infantil de aquellas mujeres con pañuelos en la cabeza que al comienzo de todos los veranos años venían a «enjalbegar paredes» con cal viva. «Enjalbegando» es, pues, el primer verso del haiku de este mes. La actividad que yo hacía en ese momento.
Aunque, en mi caso, no enjalbegaba con cal como solía hacerse antes, sino con pintura blanca para exteriores. Además, el muro en cuestión estaba alto, tan alto que tuve que pintar desde una escalera y tan alto que algunas ramas superiores de un naranjo plantado al lado del muro estorbaban mi trabajo. Un estorbo que me obligó a cortar algunas de esas ramas y, sin duda por mi incuria, a manchar algunas hojas con alguna gota de la pintura.
El naranjo, qué generoso, contestó a la poda y a mi descuido regalándome el perfume suave de sus blancas, diminutas flores, algunas todavía abiertas hace dos semanas. Son las flores de azahar que aparecen en el segundo verso del haiku.
Leído ahora, se me antoja que este haiku es un homenaje a la cotidianidad: un día cualquiera. Es el tercero verso. Podía haber rematado el haiku con «en primavera», pero sería una obviedad –y la economía del haiku no aconseja caer en obviedades–, pues el azahar florece en primavera. Deseaba, más bien, resaltar esa cotidianidad del acto de enjalbegar.
Y me salió eso.
En una segunda lectura, veo que este haiku también es un homenaje al color blanco: el del color de la pintura y el de estas perfumadas flores. Pared blanca y blanco azahar. ¿Cuál es cual? Para mí, habían perdido su identidad, por lo que la pregunta es ociosa. Sus identidades respectivas están fundidas tanto en la cotidianidad de la acción como en el suave aroma envolvente. Es un haiku aromático a pesar de que ni el color blanco ni el término de «perfume» o «fragancia» se mencionan. No se mencionan porque no son necesarios; mencionarlos sería la forma más eficaz de quitar gracia y sabor al poema.
Esto de las identidades fundidas en un poema me recuerda algo.
La poesía cortesana, artificiosa y elegante del Kokinshū, la primera antología poética sobre waka –el bisabuelo del moderno haiku–, recurría a una figura retórica muy querida por aquellos lejanos poetas. Con ella expresaban también la fusión de las identidades de las cosas mencionadas en los versos. Se llamaba mitate: tomar una cosa por otra, o bien, expresado en términos de poética, «una translocación identificativa». Se creaba así una especie de «elegante confusión» muy del agrado de los lectores de entonces. Precisamente, ya que el haiku de este mes tiene como protagonista al blancor, hay un poema también sobre la primavera que pivota en torno a este color. Figura como el número 5 de dicha antología y es anónimo:
梅が枝に ume ga eda ni
来いる鶯 kiiru uguisu
春かけて haru kakete
鳴 けどもいまに nakedomo imada
雪は 降りつつ yuki wa furitsutsu
Esta es mi torpe traducción:
El ruiseñor
En la rama del ciruelo
A la primavera
Que llega canta y canta.
Mientras, cae y cae la nieve.
Dos aclaraciones: la flor del ciruelo, del ume japonés (en el primer verso del original), se abre por lo general a comienzos de la primavera cuyo comienzo, conforme al viejo calendario lunisolar empleado entonces –ss. IX-X–, caía en la primera quincena de febrero. El canto del ruiseñor estaba asociado tanto a la llegada de la primavera como a la floración de dicho árbol. Ahora bien, aunque no era infrecuente que por esa época –comienzo de febrero– nevara, el poema de estos versos recurre a la ficción poética de hacernos creer que los pétalos blancos de la flor de ciruelo son copos de nieve. En este intento del poeta de ficcionalizar la imagen descrita se cifraba aquella artística y celebrada elegante confusión. ¿Era nieve o eran simplemente los blancos pétalos? El lector «debe» estar confundido. ¡Mitate logrado!
Hay otro poema de la misma antología, este de Fujiwara no Okikaze, con hojas del otoño sobre las aguas y barcos de pesca; unas y otros, por distintos que parezcan, pierden también sus perfiles identificativos y aparecen confundidos en un instante a través de una maravillosa profusión cromática:
Hojas de otoño
Que sobre blancas olas
Cabalgáis rojas.
En barcos plateados
Los pescadores vuelan.
Shiranami ni
Aki no ko no ha no
Ukaberu o
Ama no nagaseru
Fume ka to zo miru.
El haiku, al contrario de aquel retórico, elaborado waka de hace mil años, no busca ninguna elegante confusión, sino simplemente retratar al instante. Sin artificio, ni dobleces, ni alardes de ingenio. El haiku no-mente busca hacer que hablen las cosas. En este haiku, desea que hable el COLOR BLANCO. Y que lo haga un día en que no hay ruiseñores posados en floridas ramas ni un bello paisaje de la costa con arces de hojas otoñales, sino en un DÍA CUALQUIERA.
Haibun 70
Baños de San José
Esta tarde hemos ido a los Baños de San José*, que tras las lluvias del pasado invierno muestran una buena cantidad de agua. Hace un viento fresco que invita a pasear. Encontramos fochas, flamencos adultos e inmaduros, que se distinguen de los anteriores porque son albinos, y tarros blancos; también se ve alguna pareja de azulones a lo lejos.
De vez en cuando se aprecia el vuelo de las cigüeñuelas, pequeñas limícolas que suelen moverse por la orilla.
entre malas hierbas
los nazarenos,**
viento en la laguna
Seguimos nuestro camino contemplando las nubes, el verde del campo y el porte majestuoso de las encinas. Tras un suave ascenso aparecen las ruinas de una casa que recuerdan a un castillo. Más adelante llegamos a una laguna sin vida. Un poco más lejos observamos el vuelo de los aguiluchos laguneros.
hierbas de primavera,
en un hueco entre las nubes
la media luna
La tercera laguna que encontramos es más pequeña. En ella nada una pareja de tarros.
En la orilla hay cuatro cigüeñuelas que enseguida emiten sus gritos agudos, alertando a los tarros y provocando que levanten el vuelo.
suave oleaje…
el pico afilado
de las cigüeñuelas
De regreso por el mismo camino, vemos que los tarros han vuelto al lugar del que huyeron, aunque vuelven a volar al advertir nuestra presencia. Los avistamos más adelante, muy lejos, apenas dos puntos blancos, en la segunda laguna, la que antes vimos sin aves.
puesta de sol,
cada vez más estridente
el canto de las ranas
Toñi Sánchez Verdejo
Albacete (España)
*Baños de San José, Corral-Rubio, Albacete
**Nazarenos: Muscari armeniacum, pequeñas flores bulbosas de color azul violáceo que aparecen a finales del invierno. Forman racimos compactos que recuerdan a un pequeño manojo de uvas.
夜明けかな
修道院の
我が部屋の
蝋燭の火の
如く星消ゆ
Yoake kana
Shûdôin no
wa ga heya no
rôsoku no hi no
gotoku hoshi kiyu
Como la llama
del cirio de mi celda,
así también
se apagan las estrellas
en el cielo del alba…
君いなし
葉薊の
下にて呉れし
蛍袋は
今年咲けれど
Kimi inashi
Haazami no
moto ni te kureshi
hotarubukuro wa
kotoshi sakeredo
A pesar de tu ausencia,
este año han florecido
bajo el acanto
las campanillas
que tú me regalaste.
晴れ渡りたる
夏空の
如き心を
曇らす君の
思ひ出や
Harewataritaru
natsuzora no
gotoki kokoro wo
kumorasu kimi no
omoide ya
¡Ah! ¡Tu recuerdo
viene a nublar mi mente,
que estaba libre
de nubes como un cielo
despejado de estío!
霊感を
探して庭に
出でて美を
眺むれば詩を
書けなくなりつ
Reikan wo
sagashite niwa ni
idete bi o
nagamureba shi o
kakenakunaritsu
Buscando inspiración,
salí al jardín,
y, al ver tanta belleza,
fui incapaz de escribir
un solo verso.
東に日
西に月かな
真ん中に
夢を境に
するサイプレス
Higashi ni hi
nishi ni tsuki kana
Mannaka ni
yume o sakai ni
suru saipuresu
¡Al este, el Sol;
al oeste, la Luna!
En el centro, el ciprés
que marca la frontera
de los sueños…
日陰の
黒苺の
古道や
夏空の下にて
村は昼寝す
Hikage no
kuroichigo no
furumichi ya
Natsuzora no shita ni te
mura wa hirunesu
El pueblo sestea
bajo el cielo de verano.
¡Ah! ¡En la umbría,
el viejo caminito
de zarzamoras!
海原よ
体の怪我を
治せども
心の傷は?
なみ、なみ、なみだ
Unabara yo
Karada no kega o
naosedomo
kokoro no kizu wa?
Nami, nami, namida…[1]
Dicen que curas,
mar, las llagas del cuerpo.
¿Y las del alma?
我が庭に
ようこそ、君も!
未知の花!
Wa ga niwa ni
yôkoso, kimi mo!
Michi no hana!
¡Ignota flor!
¡Sé también bienvenida
a mi jardín!
[1] Hay en este último verso del poema un juego con los vocablos nami (“olas”) y namida (“lágrimas”) imposible de verter al castellano, pero para el que, no obstante, aventuramos la siguiente traducción: “Olas, olas… ¡Oh! ¡Las lágrimas!”. La repetición del término nami expresa el vaivén de las olas, y la palabra namida que la sigue expresa la manera en la que estas “desembocan en” (se funden con) las lágrimas.