Todas las entradas de: el rincón del haiku

Agosto de 2026

CONSTRUIR

¿Ardiente sol
al lado de un camino
o vieja pala?

 

DECONSTRUIR

 En el curso de un paseo, uno de estos días calurosos de fines de julio, me sorprendió, a la vera del camino, una vieja pala, oxidada, sin el mango, tirada entre los hierbajos secos. Hay foto. Su presencia absurda, para muchos fea, en ese lugar me dejó perplejo. Merecía ser transfigurada. Me imaginé que era también, aparte de su identidad como vieja pala inservible, el mismo sol ardiente de esa tarde del verano castellano. Y en un momento, no supe bien cuál era cuál.

   Y quise dar vida a esta transfiguración por medio de las diecisiete sílabas de este haiku. Pala y sol aparecen en estos tres versos con sus respectivas identidades confundidas, a pesar de que opinará con razón el lector de que no se parecen en nada: oxidada una, refulgente el otro;  en la tierra una, en el cielo el otro; vagamente circulares, eso sí, los dos.  Pero ese día de verano, a mí me pareció divertido jugar a eso que, en la poética japonesa clásica, denominaban «elegante confusión». De hecho, había un recurso retórico para expresarla: se llamaba mitate o transposición identificativa.

    Consistía, simplemente, en tomar un cosa por otra.  Su uso, frecuente en la antología Kokin waka shū, el canon del clasicismo en poesía japonesa, de inicios del siglo X, se insertaba en esa especie de estética de la perplejidad cultivada por aquellos poetas asociados a la corte imperial. Los mitate eran verdaderos alardes de ingenio, virtud apreciada en aquella lejana poesía cortesana.

     Justamente, pensará con razón alguien que lea estas líneas, lo opuesto al espíritu intuitivo, espontáneo, rabiosamente natural del haiku. Aquel arte poético, por el contrario, era preciosista, estaba rígidamente encorsetado en un código de temas, tenía un léxico reducido. Pero… podemos aprender mucho de ella. Poseía, por ejemplo, un refinamiento sorprendente, era de una exquisita alusividad lírica, de un exuberante crecimiento interior…

  «Mitates» frecuentes en muchos de los 1.111 poemas de aquella antología era tomar las flores del ciruelo por copos de nieve, las nubes por nieve, la bruma de primavera por un vestido, los crisantemos por estrellas, las olas del mar por cerezos floridos y… hasta barcos transformados en hojas de otoño, etc. No eran metáfora, sino objetos de identidad confundida. Pero basta de palabras. He aquí un par de ejemplos de waka (el abuelo del haiku, con su estructura de 5/7/5/7/7 sílabas) con mitate.

   En el primero, el número 301 de la antología y  firmado por Fujiwara no Okikaze, las hojas de otoño y los barcos de pesca, aunque aparentemente sin mucho en común, para el poeta pierden sus perfiles identificativos y se le muestran confundidos en un instante y en una interesante combinación cromática:

Empurpuradas
Hojas de otoño cabalgando
En blancas olas
¿O  barcas de pescadores
Flotando a la deriva?

En el segundo, el número 59, de  Ki no Tsurayuki, el poeta se muestra perplejo: ¿Tiene el poeta ante sus ojos nubes blancas o cerezos en flor? , ¿cuál es cuál? 

¿Son nubes blancas
Entre fragosos montes,
Las que allá flotan?
¿O más bien son los pétalos
De la flor del cerezo?

¡Cuánta razón tendrá el paciente lector o lectora del Rincón en pensar que eso está muy bien, pero que una pala vieja y un sol no tienen casi nada en común! Y que una pala oxidada no es nada elegante, a diferencia de cerezos floridos o nubes blancas u hojas de color carmín o pintorescos barcos de pesca. Toda la razón del mundo.

    Pero el haiku, no lo olvidemos es poesía de la sinrazón, y también de las cosas feas. Por eso, una fea pala abandonada se ha convertido en un radiante sol. Todo merced a la varita mágica del poeta, transfigurador de realidades aparentes y humilde creador de absurdos mitate.

Agosto 2026

Canta un querequeté
El sonido del fude
en la madrugada

 Manglerojo

 

Los haiga que compartimos este mes vienen de la mano de dos haijinas entrañables: Cristina Noemí Ghiringhelli -Panda- y Mercedes Pérez Pérez  -Kotori-

Las ilustraciones que los acompañan pertenecen al libro “Haiku de los animales” que pueden encontrar en el siguiente enlace:

https://drive.google.com/file/d/1Kiu5vXITiLHu6cj9ouK8UjFOZ596lGF7/view

Haibun 72

 Haibun 72

 

Papá ha parado en la cuneta y mira hacia unos árboles florecidos cerca del cruce. Melocotoneros o almendros, quizá albaricoqueros. Nos dice lo que son antes de que bajemos del coche.

 El aire huele a tierra. Se ve de lejos con detalle la ladera del Cabezo*. Papá ajusta los cuellos de nuestros abrigos y caminamos entre los árboles.

 A cuatro pasos hay unas ramas cargadísimas de flores. Nos coloca debajo, muy juntas, como para una foto. No vamos a visitar a nadie ni hay a la vista ninguna de esas casas con rejas azules y dompedros que tanto me gustan. Él, que apenas retrocede un par de metros, nos sonríe tranquilo con su bigote de galán de los 50, los brazos en jarras y la ropa de diario.

 Se queda ahí, mirándonos. Atisbo su cara de contento entre el rosa claro de una infinidad de pétalos. Hace frío y también nosotras le sonreímos impacientes. ¿A qué espera? Antes de que podamos preguntar, nos está diciendo que nos vamos. Canturrea por el camino y enseguida nos contagia su humor.

 Yo ya sabía que a veces él se pone a mirarnos. Como cuando jugamos a las cartas. O como cuando nos subió al poyete alto y esperó a que le pidiéramos bajar. Y no creo que en casa hablemos de esta parada junto al cruce, ni siquiera con el tiempo. Lo de hoy es solo una foto que no hemos echado. Una de esas fotos que papá y yo vamos guardando sin hacer.

Almendro en flor.
Sonriendo a mis hijas,
pienso en mi padre

*Cabezo Gordo, Campo de Cartagena.

M.ª Victoria Porras
Murcia (España)

Agosto de 2026

夏休み

オフィスの中の

サボテンは

唯一つの

生の証明

 

Natsu-yasumi

Ofisu no naka no

saboten wa

tada hitotsu no

sei no shômei

 

Vacaciones de estío.

En la oficina,

el cactus es el único

signo de vida.

 

 

 

 

遥かには

光の花で

町溢る

下に海の音

上に星空

 

Haruka ni wa

hikari no hana de

machi afuru

Shita ni umi no ne

Ue ni hoshizora

 

Allá a lo lejos,

una ciudad rebosa

flores de luz.

Abajo, el rumor del mar.

Arriba, el cielo estrellado.

 

 

 

 

バレンシアか
プロヴァンス
同じ日と
オリーブの木の
段々畑

Barenshia ka

Purovansu ka

Onaji hi to

orîbu no ki no

dandanbatake

 

El mismo sol

y los mismos bancales

con aceitunos.

¿Estoy en el Levante

o estoy en la Provenza?

 

 

 

 

この夏の

夜に浜辺の

静けさを

ときどき破る

鴎の声や

 

Kono natsu no

yoru ni hamabe no

shizukesa o

tokidoki yaburu

kamome no koe ya

 

¡Ah! El graznido

de las gaviotas rompe

de vez en cuando

la paz de la playa

en la noche estival.

 

 

 

 

花咲きぬ

町の河原を

香しき

光の川は

流れて行きて

 

Hana sakinu

Machi no kawara o

kaguwashiki

hikari no kawa wa

nagarete ikite…

 

¡Se abrieron las flores

en el cauce seco!

Por toda la ciudad

discurre ahora un río

de luz fragante…

 

 

 

 

里芋の

ハートの如き

葉の下の

天道虫の

愛の告白

 

Satoimo no

hâto no gotoki

ha no shita no

tentômushi no

ai no kokuhaku

 

Bajo las hojas

acorazonadas

de la colocasia,

la declaración de amor

de las mariquitas.

 

 

 

 

我我の
幸ひは
他人の知らぬ
幸ひによる
ものにありけり

 

Wareware no

sakiwai wa

tanin no shiranu

sakiwai ni yoru

mono ni arikeri

 

Nuestra felicidad

bien se ve que depende

de la ignorancia

de la felicidad

de los demás.

 

 

 

 

夏の日や

ザクロの花の

如き肌

労働者のも

暇な人のも

 

Natsu no hi ya

Zakuro no hana no

gotoki hada

Rôdôsha no mo

himana hito no mo

 

¡Día de estío!

Roja como la flor

del granado,

la piel de los obreros

y la de los turistas.

Gorriones y gusanos

1

Comienzan las lluvias fuertes en gran parte de Chile mientras las condiciones de vida empeoran rápidamente con el gobierno de Kast.

La columna de este mes nace de un error: quería hablar de un haiku que creía que era de Bashō pero no, era de Issa.

Sin embargo, mientras buscaba sin suerte en los diarios de viaje y antologías, encontré un haiku de Bashō que me pareció que podía acompañar al de Issa:

En un campo de canola,
gorriones
con cara de hanami[1]

El de Issa, en traducción de Sam Hamill:

El perro viejo escucha
atento, como si oyera las
canciones de trabajo de los gusanos[2]

2

El haiku de Bashō es como una semilla de lo que será la poética de Issa. Nos revela de súbito que el mundo no consiste únicamente en las percepciones, sensaciones y emociones de los seres humanos, que hay otros seres que observan, sienten, escuchan, se emocionan y viven sus vidas.

Si bien Bashō no es un poeta animista, su camino poético busca aproximarse de una forma más directa y abierta al mundo natural. A diferencia de la poesía clásica aristocrática, en la que los animales y las plantas tienden a aparecer para expresar las emociones humanas, Bashō insiste en que “para saber del pino hay que aprender del pino; para saber del bambú hay que aprender del bambú”. Su haiku busca captar la verdad íntima, la sinceridad, del mundo.

En el haiku de Bashō se nos presenta una escena que para otro poeta podría ser trivial, pero él distingue en los gorriones, al ver la canola en flor, la cara de hanami. El hanami[3] es la tradición de contemplar flores en Japón, especialmente los cerezos, y nace el s. VIII cuando la clase aristocrática copia la costumbre china de recitar poesía y beber vino contemplando los ciruelos en flor[4].  En este haiku Bashō vincula esta actividad cultural de la nobleza con la forma de hacer mundo de un ave tan común y corriente como el gorrión.

Uno de los aspectos más importantes del proyecto poético de Bashō es su búsqueda por hablar del mundo cotidiano, el mundo de los plebeyos y los campesinos, con un lenguaje en el que resuenen Sogi, Saigyo, Du Fu o Li Bai. A diferencia del haiku popular, que “rebajaba” lo “alto”, su propósito es “elevar” lo “bajo”[5].

Siguiendo con el haiku del que hablamos, me parece muy bello el gesto de Bashō al ver en los rostros de los gorriones una expresión similar a la de los humanos que miran fascinados los cerezos. De pronto nos abre un mundo donde no sólo los humanos pueden practicar el hanami, sino también los gorriones y todos los seres vivos. También los caballos, los ratones y las moscas desean ver flores. Podríamos decir acaso que el hanami es una intensidad que pueden todos los rostros al contemplar las flores.

3

Bashō busca contemplar, escuchar, aprender directamente de los seres y las cosas, y muchas veces anula su perspectiva como sujeto, pero Issa es distinto de él y la mayoría de los haijin, e interviene directamente en los acontecimientos.

Por ejemplo, frente al famoso haiku sobre el viejo estanque (“Un viejo estanque; / salta una rana, / ruido de agua”[6]), Issa responde:

El viejo estanque…
¡déjenme adelantarme!
ranas que saltan[7]

Issa interviene en el mundo porque quiere aliviar el sufrimiento, acompañar la soledad, expandir la alegría, prestar atención a la belleza y celebrarla.

Vicente Haya dice: “Los haijin no hablan con los seres vivos en sus haikus, no intervienen en las escenas que recogen, no enjuician la realidad. (…) Pero es imposible controlar a Issa. Él habla con los seres fuera y dentro de sus haikus”[8].

En el caso del haiku que estaba buscando para esta columna, un perro pone atención, quizá pega la oreja al suelo, como si escuchara los cantos de trabajo de los gusanos.

De los gorriones con cara de hanami de Bashō pasamos a unos gusanos que cantan mientras trabajan. Podríamos decir que hay un desplazamiento en las formas de traducir los mundos animales: mientras Bashō vincula a los gorriones con una actividad de ocio de la aristocracia, Issa vincula a los gusanos con las prácticas y costumbres de los trabajadores[9].

Sin embargo, este haiku de Issa me recuerda a uno de Bashō en Sendas de Oku:

Aquí en Oku
plantan arroz cantando:
¡nace la poesía![10]

Y de pronto, entre los cantos de los campesinos y los de los gusanos puede nacer la poesía.

Creo que esa es la semilla de Bashō. En la cara de hanami de los gorriones hay una intuición: ve en ellos la posibilidad de la poesía.

Dos siglos más tarde, Issa, que parte del hecho de que todos los seres están vivos, piensan, sufren, dudan o se alegran, se vincula y dialoga con ellos como seres capaces de hacer belleza, de hacer poemas.

Si para Bashō el poeta debe deponer su propia intención para captar directamente el mundo, en Issa el mundo está lleno de intenciones y puntos de vista. Todos tienen algo que decir, así como sus propias formas de contemplar y hacer mundo. Todos siguen creativamente lo creador, todos pueden hacer poemas.

Frente a la realidad del sufrimiento que revela Buda, Issa insiste en una poética del “sin embargo”[11], que radicaliza la concepción de la dignidad ontológica de todo lo existente. Todos los seres sufren, pero también todos los seres buscan el alivio de ese sufrimiento.

Así, para Issa el poema es también un tejido ético donde tejer entre los diversos seres vivos el mundo desde la compasión, la compañía, la ternura y la belleza.

Issa escucha, como el perro, a los seres trabajar, esforzarse, pero también escucha los cantos que crean para acompañar el trabajo. Y siguiendo el haiku de Bashō sobre el nacimiento de la poesía, podríamos decir que Issa comprende que la poesía es aquello que nace cuando los seres se esfuerzan por crear un mundo mejor.

Quizá Issa también nos está diciendo que tenemos que volver a aprender a escuchar el mundo. En ese sentido, me recuerda a la señora Tokue Yoshii, de la novela Dorayaki, de Durian Sukegawa. En una carta le cuenta al protagonista, Sentaro, qué entiende ella por Escuchar:

“Presto atención al lenguaje de las cosas que existen en el mundo pero que no pueden usar palabras. (…) Cuando hago pasta de azuki miro de cerca el color de la cara de cada poroto. Les doy mi consentimiento para que me hablen. Imagino un día de lluvia o uno despejado del que ellos han sido testigos. Escucho lo que tienen para contarme sobre el viento que los hizo llegar hasta mí.

Creo que todas las cosas de este mundo tienen su lenguaje propio. (…) Creo que no hay nada que nuestros oídos no sean capaces de escuchar”

Más tarde, en otra carta, cuenta cómo una noche vio de pronto la luna llena:

“¡Cuánta belleza! Estaba extasiada, incluso me olvidé de todo lo que había sufrido (…). Después sentí que escuchaba una voz muy parecida a los susurros de la luna. Decía: Quería que me vieras. Por eso brillo de esta forma”.

Quizá también los gusanos querían que el perro los escuchara cantar mientras trabajaban la tierra: “escucha el canto de los que remueven por amor los suelos”.

Quizá Issa y el perro están escuchando cómo todos los seres trabajan para transformar este mundo, para que vuelva a ser una canción de las trabajadoras y los trabajadores.

-.-

[1] Esta es una adaptación de la traducción de Alberto Silva y Masateru Ito: he cambiado colza por canola, y “con cara de admirar las flores” por “con cara de hanami”. El original dice: Nabatake ni / hanamigao naru / suzume kana. En Diario de una calavera a la intemperie (1684).

[2] Furu inu ya / mimizu no uta ni / kanji-gao. En Kobayashi Issa, The Spring of my life.

[3] Literalmente “ver flores”. Se escribe con los kanjis de flor y ojo: 花見

[4] En los primeros siglos, las flores predilectas de la aristocracia japonesa eran los ciruelos y las wisterias. Es en la era Heian, y con la antología Kokin Wakashu (s. XI), que la contemplación de flores comienza a referirse especialmente a los cerezos.

[5] Este aspecto de la poesía de Bashō, que se denomina Kogo Kizaku (“despertar a lo alto, volver a lo bajo”), se suele tomar en occidente como si fuera una característica propia del haiku como género.

[6] En traducción de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya

[7] Traducción de Yaxkin Melchy

[8] Vicente Haya, “Haiku-dō: el haiku como camino espiritual”

[9] Aquí quisiera aclarar que el original sólo habla de las canciones de los gusanos (mimizu no uta), es Robert Hass quien introduce lo de las “canciones de trabajo”, pero creo que cualquiera que haya leído a Issa podrá comprender que se ajusta profundamente a su poética

[10] Traducción de Paz y Hayashiya

[11] Su haiku más famoso, escrito tras la muerte de su pequeña hija: “Este mundo de rocío / es sólo el mundo de rocío / y sin embargo… y sin embargo…” (siguiendo la traducción de Sam Hamill)

Agosto de 2026

Caligrafiado por Carolina Esteban bajo la copia de nuestro maestro Hikita “Sekiin” – Haiku de Natsume Souseki.

¡azul!

al quebrarse un relámpago

sobre el mar

(trad. Félix Arce, momiji)

 

稲妻の

砕けて青し

海の上

En la caligrafía:

稲妻能

くたけて青志

海の上

——————————————-

Comentado por Jorge Martínez Ruiz

Lectura de un poema de Natsume Souseki

La distancia en el tiempo del mundo se esfuma ante el estruendo que el relámpago convoca en la caligrafía del poema de Natsume Souseki: “Tras estallar/ un relámpago luce/ su azul el mar”. La imagen, captada en el trazo de Carolina Esteban, despeja de razón la lectura, renueva la sorpresa al abrir con su luz repentina y fugaz la negrura de la noche aún apacible.  La entraña azul del mar se desoculta y nos muestra que la verdad invisible y silenciosa acompaña la andanza del poeta cuando vive, cuando escribe, cuando lee. No importa cuán lejos estemos del momento y la circunstancia que da pie al haiku, nos arroba el estruendo, contemplamos el azul profundo del océano y esperamos la tormenta.  Calma y asombro, la misma emoción.

Jorge Martínez Ruiz

Julio de 2026

CONSTRUIR

Puerta cerrada.
Salen manitas verdes
Al cielo azul.

DECONSTRUIR

No es fácil imaginar lo que dice este haiku sin la foto. La saqué en un viaje reciente por Galicia: un muro, unas jambas y un dintel hechos con buenas piedras de sillería enmarcaban una puerta negra y cerrada; detrás, un terreno abandonado donde crecían con profusión hierbas y zarzas. Nada extraordinario, ¿verdad?

   Lo que me llamó la atención fue el vigor irresistible de las zarzas en buscar espacio fuera del terreno. Sus puntas, como los dedos de las manos de un humano que se estuviera ahogando y que buscara con desesperación aire, asomaban por las rendijas que había entre la puerta y las piedras. Me pareció que el cielo azul, arriba, sonreía al ver este ejercicio de supervivencia.

    Esta visión me inspiró varios haikus:

  Felices brotan
Las hierbas del olvido.
La puerta negra.

El cielo azul.
Desesperadas buscan
Las zarzas aire.

Puerta negra.
Las zarzas detrás asoman
¿buscando qué?

Cerrada puerta.
Y las hierbas que sueñan
Con cielo azul.

Pero ninguno me gustaba. Me di cuenta de que eran construcciones demasiado tamizadas por un intelecto empeñado en hallar significados: el olvido, la desesperación, la búsqueda, el sueño. Artificios intelectuales. ¡Fuera con ellos!

    Son conceptos centrales en cada una de esas cuatro versiones, pero precisamente por ser conceptos se apartan del alma de la visión inocente: unas hierbas buscándose la vida. Pero no unas hierbas cualquiera. Eran únicas y extraordinarias. Este aspecto de lo extraordinario es lo que me llamó la atención. Primero, por el lugar en que estaban: detrás de una puerta cerrada, y debajo, muy debajo, de un cielo azul. Segundo, por el ímpetu con que crecían en busca de espacio. Yo las vi no como hierbas o zarzas, sino como dedos o manos que, simplemente, habían crecido y en su crecimiento buscaban territorio al exterior del terreno exuberante en donde habían nacido y crecido. Querían más. Eso es lo que me estaban diciendo con los extremos de sus tallos. En mi visión, estos extremos o puntas habían dejado de ser extremos o puntas y se habían convertido en manos pidiéndome que me detuviera y les sacara una foto.  Necesitaban ser oídas.  Y trasmutados en sílabas de un haiku.

No necesitaban que yo interpretara su vitalidad en términos de metáforas sobre sueños, búsquedas u olvidos. Simplemente deseaban tener voz: «aquí estamos nosotras, que parecemos manos, entre una puerta y lejos de un cielo».

    Algo hay que decir de las metáforas. No me gustan las metáforas abstractas, sean las llamadas puras o las impuras, en un haiku porque desvirtúan la esencia de este arte que es  ser poesía de sensación, del aquí y del ahora. Pero hay metáforas que sí que me gustan: son las vivenciales, las espontáneas, las naturales. Las mismas que que usaría un niño, de vocabulario reducido, para decir que “las puntas de las zarzas eran como manitas o como dedos buscando algo”. Un niño no se referirá a esas puntas como “ápices vegetativos” o “puntos de crecimiento” porque su vocabulario no le llega a tanto por lo general. Pero sí que podría decir, por ejemplo, cuando se desliza por un tobogán del parque: “Mira, papá, soy una catarata cuando bajo!” Esta es la metáfora natural y creativa del haiku. Como las de un niño.

  Matsuo Bashō, especialmente en los últimos años de su vida, insistía en que el haiku debe tener karumi, es decir, ligereza, sencillez. Enseñaba cómo conseguir karumi así: “Observa simplemente lo que hacen los niños”. Con esta bella metáfora explicaba el significado de karumi: “El estilo al que me refiero es ligero –karui– de forma y estructura, como la impresión que produce la contemplación de los bajíos arenosos de un río”. Ligereza para el maestro no era frivolidad –aunque algunas personas ajenas al espíritu del haiku lo confunden–, ni ordinariez, sino sencillez en lugar de complejidad, ingenuidad en lugar de sofisticación. La belleza de lo ligero tampoco implica falta de hondura. Al contrario.

   He aquí dos haikus que me parecen que tienen el valor de karumi.

Uno es del propio Bashō:

El sexto mes.
Hay nubes en la cima
De Arashiyama.  

Otro de Masaoka Shiki:

Bajo la llovizna,
Camina lento un perro,
Meneando el rabo.

 

Ausencia de metáforas. Pura observación.

“Manitas” o “deditos”, aplicado a las puntas de las zarzas, es una metáfora creativa y espontánea. Aporta karumi al poema. Y le da vida. La metáfora abstracta, por el contrario, ahoga “las cosas”.

   En este haiku de julio, “las cosas” son tres: las puntas de la zarza, la puerta y el cielo. Tres cosas que, extraordinariamente, se han conjuntado en la visión del poeta para dejarse oír en diecisiete sílabas.

     Porque en el haiku deben hablar las cosas. No las emociones, no el ego, no la estética –lo más difícil–. Y sin las trampas del intelecto. Pura observación.

Haibun 71

Haibun 71

El bosque y Don Quijote

Sentada en el jardín de este viejo caserón, el ir y venir de los caballos y el trote del potro me sacan de las páginas del Quijote. En estos días de descanso, este banco de piedra bajo el hórreo invita a la lectura. Hoy aún no he salido de entre estas paredes que tanta historia cuentan. Como la tarde es soleada, aquí en Galicia salgo a dar un paseo hasta la granja más cercana; en el camino, surcado de altos eucaliptos, el silencio y la soledad invaden el espíritu de paz.

 En un cruce de caminos hay un cruceiro de piedra con la imagen labrada de una virgen, símbolo de la cultura de estas tierras. Hay muchas casas abandonadas que están cubiertas de madreselva, y la glicinia ha traspasado dentro a través de las tapias llenas de verdín. ¡Cuánto abandono!

Se nubla el cielo
por el verdín de la tapia
huye un gato

El bosque de eucaliptos va estrechando el camino y, al llegar a un recodo, se abre un claro donde se puede ver la granja de Felipa.

Al acercarme me saluda: está sentada a la sombra de un roble, rodeada de dos perros y de las gallinas que picotean acá y allá. Felipa, a sus 90 años, gusta de charlar; no es raro, pasa el día sola. Hoy, hasta más tarde, no llegará su hija, por eso se alegra de tener compañía. Como solamente habla gallego, hay veces que debo adivinar por sus gestos de qué me está hablando y seguir los derroteros de su conversación. Cuenta que poco o nada ha salido de este entorno.

En el camino de vuelta, los altos eucaliptos, con el viento del nordeste, se inclinan: una sensación extraña para el viajero que anda por aquí por primera vez.

 Me viene otra vez la pregunta de Felipa: “¿Qué te ha traído por aquí?”. Y vuelvo a las páginas que escribió Cervantes, cuando Don Quijote le dice a Sancho: “El andar tierras y comunicar con gentes diversas hace a los hombres discretos”.

Crepúsculo.
Tras las huellas de zorro
 corre el perro

La hiedra, madreselva y la ipomea glicinia

 

Encarna Ortiz
Recas (Toledo) España