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series abiertas que se van actualizando, generalmente al mes

PEÑASCO

Roxana Dávila Peña
mushi

Esta tarde de invierno salgo a descubrir la playa. Me gusta llegar por primera vez aquí. A cualquier lugar. Encontrarme una vez más en tierras nuevas.

Voy descalza. Piso las miles de conchas que el oleaje ha dejado en la orilla.

La marea se retira y deja su escritura sobre la arena. Pliegues sin principio ni fin. El sol bajo entra de lado y marca las crestas con luz y los surcos con sombra. Parecen escultóricos. ¿Será el azar? No lo creo. Son marcas visibles de un ritmo invisible —agua que pasó miles de veces por el mismo sitio.

Algo de la vida de mis padres llega hasta aquí.

El vuelo de los pelícanos suena como una sábana movida por el viento. Las olas se acercan y se alejan. Algunas gaviotas permanecen quietas.

Qué curioso: de un lado, el mar que pasa la página una y otra vez; del otro, el desierto que aprende de memoria sus formas.

Pequeños gusanos de mar han dejado sus excrementos en forma de espiral, son como montañitas hechas de cordones de arena. Sobre esto, también, el brillo del sol.

Va oscureciendo. Siento como mis pies no sienten del todo. El frío aprieta.

Ya nada me mira. Todas las aves se han ido. Me pregunto a dónde. Qué importa.

Silencio. Con cada paso, se escucha más el silencio. A lo lejos, los ojos de un coyote.

Última lluvia del año.
Huelen a sal
las redes tendidas.

RAPACES

RAPACES

 

 Un nuevo orden

 

Distorsionada, quebrada está la escena en el ojo del

 águila

 pescadora

Como un ala de plumas blancas rasando la superficie

crespa,

corre el río en la pura transparencia del agua

Desde la arena tibia contemplo el vuelo soberano

y nada me atrevo a afirmar

 

Inés Aráoz

 

Quién no se ha dejado atrapar por el vuelo de un águila oteando su presa, o los bellos círculos de los buitres y tantas otras rapaces que, en lo alto de cañones o barrancos, en peñascos o en los riscos, aprovechan las corrientes ascendentes de aire desplegando al máximo sus alas. No olvido, todavía fascinada, la magia del Cañón del Río Lobos en la provincia de Soria con la imagen de los buitres sobrevolando la ermita templaria de San Bartolomé.

 

Cañón del río Lobos

la sombra de los buitres

sobre las rocas

 Ana María López

 

de los riscos a los tejados

en círculos,

la sombra de un buitre

 Miguel Ángel Alonso

 

Vuelo de rapaces –

El sonido del río

en el desfiladero

 José Luis Arcas (jlcarcas)

 

Migrando a zonas más cálidas, muchas rapaces llegan a España con el frío. Existen unas 150 especies con actividad nocturna y aproximadamente 300 con actividad diurna. Águilas, búhos, halcones, pigargos, milanos, azores, mochuelos, alcotanes, cernícalos, autillos, cárabos, esmerejones, buitres (buitre negro, buitre leonado, quebrantahuesos, alimoche, cóndor)…

En el aire frío

chilla un cernícalo-

Cientos de estrellas

 Gorka Arellano

 

 hinojo en flor

planea un ratonero

sobre el trigal

 Juan Antón Mencos (mencs6)

 

Se alza el milano;

de sus garras caen

yerbas y hojas

 Mercedes Pérez

 

Todas ellas tienen en común un estilo de vida depredador y unas características físicas marcadas. Poseen un pico fuerte y curvado y unas garras prensiles con las que cazan y sujetan a sus presas. Su presencia indica el buen estado de los hábitats en los que se encuentran, controlando plagas y saneando los campos. Aves de gran tamaño, son escasas y su reproducción es baja. Necesitan grandes extensiones de terreno.

 

Vuela un halcón-

la luz de la mañana

en los sembrados

 M.ª Ángeles Millán (Hikari)

 

Por un instante

las alas del cóndor

taparon el sol

 Daniel Mosquera

 

tama-arare yotaka wa tsuki ni kaerumeri

 granizo-

a la luz de la luna

los halcones nocturnos llegan a casa

 Ueshima Onitsura

 

El águila de San Juan, el dios Horus de los egipcios, los tótems de las tribus indígenas americanas…  Desde siempre, las aves rapaces han atraído el interés de los seres humanos, convirtiéndolas en deidades unas veces, otras en aves de mal agüero. Son alegoría de fuerza, poder y altanería, atributos que las han situado en escudos y estandartes por todo el mundo. El águila ha sido el ave más representada en heráldica, solamente merecida en aquellos caballeros que se distinguen en valor, generosidad y bravura.

 

Tarde de reyes-

Se aleja hacia el monte

el chillido del águila

 Gorka Arellano

 

ori no washi sabi shiku nareba ha-utsu ka mo

 El águila en la jaula

cuando está solitaria

bate las alas

 Jakiô

 

olas pequeñas

en los campos de arroz-

planea un águila

 Marga Alcalá

 

Las nocturnas, habitantes de las tinieblas, con su canto lúgubre y solitario se relacionaron a menudo con la magia o los espíritus malignos, aunque también, como en el caso del búho al conocimiento y la buena suerte.  Las diurnas con la clarividencia y la adivinación.

 

Nubes oscuras-

la lechuza del olivo

alza el vuelo

Encarna Ortiz  (Encarna)

 

fukurou ya hanabi no ato no usugumori

 Ligeramente nublado

tras los fuegos artificiales-

¡ulula un búho!

 Masaoka Shiki

 

Trillo enlodado.

Chillidos de lechuza

en la arboleda

 Aida Elizabeth Montonarro

 

Cañaverales.

Estirando las patas

desciende un búho

Leticia Sicilia (Hadaverde)

 

Espartal verde.

El quiebro de un mochuelo

hacia el resol*

* resol: Reverberación del sol

M.ª Victoria Porras (Mavi)

 

Por la vereda

clara la luz de luna

«¡uh, uh!» lejano…

 Carmen García Carnicer

 

Casi toca la luna

zigzagueando

esa lechuza blanca

 Pablo Albornoz

 

En declive en todo el mundo por la pérdida de hábitats y los tóxicos, las rapaces, portadoras del misterio, nos fascinan. Con ellas nos adentramos en un mundo en el que la naturaleza despliega su fuerza y equilibrio con admirable precisión. Que podamos seguir disfrutando siempre de sus vuelos con asombro y gratitud.

 

Alba estrellada

¡Uh…,uh…! una lechuza

sigue despierta

 Roxana Dávila Peña

 

iwa-hana no washi fuki hanatsu nowaki kana

 Arranca al águila

del filo del peñasco

el vendaval

Oshima Ryota

 

shin-shin to yuki furu sora ni tobi no fue

 Desde unos cielos

donde nieva suave

el silbo de un milano

 Matsuo Bashô

 

Misa de Ramos.

Silencio en el nido

del gavilán

 Rodolfo Langer

 

Traza el milano

un círculo, en su centro

recojo boniatos

 Nishiguchi Sachiko

 

claro entre nubes…

escuchando al mochuelo

se hizo la noche

 Mercedes Pérez

 

planea el águila…

va pasando la niebla

de un valle a otro

 Elías Rovira

 

El año acaba.

Un halcón otea

el campo labrado

 M.ª Ángeles Millán (Hikari)

 

A MODO DE EPÍLOGO

 Mientras siguen llegando en aleteo constante, sin descanso, esos maravillosos seres del aire, termina el año, y con él esta serie. Agradezco lo aprendido en el camino y el gozo que brota tras ir al encuentro de aquellos que en la brevedad de tres escuetas líneas (a veces menos), ofrecen testimonio de la grandeza de estos bellos seres que conectan cielo y tierra.

Y entre estas líneas y su relación con las aves, no he querido dejar de lado tantos y tantos haikus que nos hablan de ese personaje curioso, solitario, inerte pero tan vivo cuando el viento sopla desgastando su ropaje, dando buena cuenta del paso del tiempo. Defensor de los campos, freno de las aves, el espantapájaros, siempre en la mirada del haijín atento. Este «Alas del Haiku» termina con una muestra de ellos.

Queman rastrojos.

El espantapájaros

último en arder

 Elías Dávila Silva

 

siembra de arroz,

se agitan las mangas

del espantapájaros

 Marga Alcalá

 

dochira kare mite mo ushiro no kokashi kana

 Mires desde donde mires

siempre ves su espalda:

¡el espantapájaros!

 Masaoka Shiki

 

Algo se mueve,

sobre el espantapájaros

dos mariposas

Marcos Andrés Miguell (Maramín)

 

Qué pesada es la lluvia

sobre el kase robado

al espantapájaros

Kyoshi

 

Llueve en silencio

sobre el espantapájaros.

Tarde de otoño

Javier Sancho (Javinchi)

 

Luna creciente,

se ilumina el rostro

del espantapájaros

Leticia Sicilia  (Hadaverde)

 

kakashi ni mo mehara ari keru ukiyo kana

 El espantapájaros

¡también tiene su propia casa

en este mundo transitorio!

 Masaoka Shiki

 

Declaración por las Aves de Joaquín Araujo

COLUMBIDAE. PALOMAS, TÓRTOLAS Y AFINES.

COLUMBIDAE

PALOMAS, TÓRTOLAS Y AFINES

 

Cantadora sencilla de una gran pesadumbre,

entre ocultos follajes, la paloma torcaz,

acongoja las selvas con su blanda quejumbre,

picoteando arrazanas y pepitas de agraz…

 

José Eustaquio Rivera

 

De nuevo, llueve a cántaros en Valencia. Aquí, como Raimon dice en su canción: «La lluvia no sabe llover». En un rincón del balcón, acurrucadas, dos palomas muy juntas esponjan su plumaje y aguantan impertérritas el temporal. Cuando salga el sol revolotearán por el barrio acudiendo a su cita con las migas del asfalto.

 

Revuelo de palomas.

Un pajarillo

les quita el pan.

 Luis Elías Iranzu (Luelir)

 

Palomas, tórtolas y formas afines, forman parte de la familia Columbidae, en total unas 358 especies distribuidas por todo el mundo, a excepción de la Antártida y el Ártico. Son aves inteligentes, monógamas, con un gran sentido de la orientación, aguda visión y alta velocidad de vuelo. Ejemplo de ello, su utilización como palomas mensajeras. Aquí en Valencia, antaño, los pescadores enviaban palomas mensajeras a la costa, para avisar de cuánta pesca habían obtenido y así se podía vender la captura antes de que llegara y no se estropease. «Ja està tot el peix venut», «ya está todo el pescado vendido», decían las mujeres de los pescadores cuando éstos llegaban a la orilla.

 

el fondeadero-

zurean las palomas

entre la niebla

Cecilia Iunnisso Fernández

 

romero en flor-

el pico de la paloma

entre las plumas

 Bibiana Varela (Bibi)

 

Aire de lluvia

dos torcazas picotean

un mango podrido.

 Miguel Ángel González

Paloma bravía (ancestro de la paloma doméstica), torcaz, zurita, de alas blancas, crestada…, tórtola turca, común, europea, senegalesa, mexicana, oriental, estriada, coquita…Algunas de estas especies se han adaptado a la vida en entornos urbanos, siendo controlada su población en algunas ciudades, no siempre con métodos éticos.  Nada fácil sobrevivir.

 

Tórtola herida,

cerca de ella otra

que viene y va…

 José Luis Vicent (Barlo)

 

La luz del alba.

En el cable una tórtola

que anda de lado

 Xaro Ortolá (Destellos/Xaro La)

 

mesas de café –

la paloma otea el cielo

desde la silla

Claudia Bakún

 

Se reconocen como seres individuales y entre ellos. Igualmente saben diferenciar a los seres humanos que las ayudan de los que las agreden.

Hato no koe mini shimi wataru iwato kana

 El canto de la paloma

me cala hondo en el cuerpo –

la cueva rocosa

Matsuo Bashô

 

Sopor de estío.

Una torcaza arrulla

en plena siesta

 Juan Carlos Durilén

 

Ha vuelto la paloma

que arrastra el ala.

Almendro en flor.

Mª Ángeles Millán (Hikari)

 

La paloma es emblema de pureza, de fidelidad y de amor. Siempre ha sido signo de buena esperanza. Generalmente se le suele representar volando. Con una rama de olivo en el pico, es símbolo de paz en las sociedades occidentales.

Mar invernal

Retrocede el palomo

ante la ola

 Jorge Braulio Rodríguez

 

La llovizna

empapando sus alas…

canta la tórtola

 Leticia Sicilia (Hadaverde)

 

Tejados húmedos.

Caminan muy erguidas

varias palomas.

 Lucho Aguilar

 

En el Cristianismo como en el Islam se mantiene la tradición de las palomas como ángeles o símbolo del Espíritu Santo. En la antigua Roma, la paloma estaba consagrada a Venus, que la llevaba en su mano y la ataba a su carro. Comerlas estaba reservado a los sacerdotes. Los asirios les tenían mucho respeto pues creían que era el alma de Semirámide, su reina, que ascendió al cielo en forma de paloma.

 

Sol de la tarde,

resplandor de palomas

 en pleno vuelo…

 José Luis Vicent (Barlo)

 

El vuelo de una tórtola –

Cantan más fuerte

los abejarucos

 Gorka Arellano

 

fu ni isogu suzume hato nado tobitatase

 Me apresuro por la noticia de la muerte de alguien,

Gorriones y palomas

levantan vuelo al mismo tiempo.

 Kaneko Tôta

 

En la cultura nativa americana suelen representar el amor eterno, transmiten mensajes importantes y son símbolos del perdón. En Japón, las palomas se asocian con la paz y el fin de una guerra. Es el ave que se usa para honrar a las personas que murieron en Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial.

 

Hora de siesta.

Un canto de torcaza

en soledad

 Juan Carlos Durilén

 

Prado de tréboles.

La paloma caída

entre las piedras

 Rodolfo Langer

 

Ondas en el agua

Dos palomas muertas

flotan entre hojas

 Niña de 10 años: Camila Aricochi

 

En azoteas, balcones, cornisas, las grietas de los muros, campanarios, plazas, parques o jardines, palomares, semáforos, farolas o en el bosque; siempre cerca, arrullando a cualquier hora, nuestras amigas, no siempre bien tratadas, las palomas. Digamos pues, como Pablo Neruda en uno de sus sonetos: «Yo digo amor, y el mundo se puebla de palomas.»

 

Alba de verano

el arrullo de una tórtola

en la penumbra

 Leticia Sicilia (Hadaverde)

 

tocaron suelo

a la vez: la paloma

y la hoja seca

 Frutos Soriano

 

Arde la tarde.

Sestean en la fuente

unas palomas.

 Susana Benet

 

desde el enebro

el arrullo de una tórtola…

Luna de Navidad

 Mercedes Pérez

 

Puesta de sol

el silencio de las tórtolas

mientras se alejan

 Leticia Sicilia (Hadaverde)

 

muzuka shiki hato no reigi ya kaukodori

 Todo el prestigio para las palomas

¿y qué pasa con el cuclillo del Himalaya?

 Yosa Buson

Atender el llamado del haiku I y II

Octubre, 2025
Primavera
Córdoba, Argentina

 

Atender el llamado del haiku I

 

Insiste incansablemente. ¿Qué decir del haiku? de él, sobre él, en torno a él…

Muchísimos impedimentos: esa otra tradición literaria que involucra una sensibilidad imbricada menos con la historia que con intuición estética: el gusto, el tacto, la mirada. La estética japonesa parece ser eso: infinidad de imágenes que no se deberían explicar sino intuir. Ah el pétalo que tiembla como un fino tempano reflejado sobre él estanque, qué bonito. Ah, la vacuidad de las palabras dentro de la boca oscura de tinta. Esa boca desentona un poema sobre los campos de arroz seduciendo un par de oídos asfixiados por la opacidad de un biombo de papel: ah, un corazón retorcido de algo parecido al amor.

Enunciar un saber sobre el haiku implica retener un impulso fantasioso. Entre Occidente y Japón, entre una chica en Argentina que estudia un poema breve con toda la rigurosidad de una disciplina que busca describir otra cultura. Pero cuando escribo para el rincón del haiku, este escondrijo que se triangula entre dos paredes refugio mi fascinación en un espacio más afable. Sin la obligación de la reposición teórica o de vigilancia epistemológica, escribir en un rincón inaugura un espacio más afable. Habría que pasar del saber al sabor: describir para evocar el sabor del agua, habilitar una mirada imaginante que entrevé y entrevera las figuras imprecisas que aparecen en su visión periférica. En este rincón es posible alisar el espacio estriado del haiku. estrías que son los saberes instituyen un sentido. Alisarlas implicaría dar lugar una piel que no olvida sus estrías pero si avanza entre ellas con el gesto de la caricia que tantea sin anticipación. Esa línea de caracteres se despliega sobre la página con todas sus marcas. En este rincón el haiku es el talismán que nos reúne.

Y si el haiku es talismán, su hechizo es el llamado. Ante esa línea de caracteres quiero permitirnos una lectura singular. Una que permite captar algo que los estudios de la pauta formal o estrictamente histórico-literarios no se atreven. Desde este rincón trazamos nuestro propio camino de lectura. Uno que el estudio de la forma suele desestimar: el relato del haiku, su componente no discursivo, su gesto, su sensibilidad.

Se trata de una travesía sin mapa, en ella no hay un estudio situado sino embarcado guiado por corrientes imprecisas y demasiado interrogantes: qué hacer con el idioma, con mi interpretación de lo que el haiku dice, con la referencia cultural, con su fondo simbólico en diálogo con el nuestro. Esta barca en la que vamos está guiada solo con curva y contracurva, cruces y caminos superpuestos que forman los caracteres del poema y sus ecos sonoros.

Entonces atender el llamado del haiku es dejar que los ojos sean capturados por un orden textual: un trama llena de nudos. A aquel orden se suman las complejidades del contexto lingüístico, especialmente de aquellas poéticas que a principios de siglo XX expresan su separación la tradición nacional alumbrando un tipo de haiku que podríamos decir, “moderno”.[1] Pero intentemos desanudar y desentramar  atendiendo a la multiplicidad de la escritura japonesa: sin prescindir de las figuras formales propias de esta forma poética.[2] Contemplamos juego equívoco involucrado en cada kanji que tienen diferentes lecturas, o bien, las onomatopeyas funcionan como elemento sonoro pero también verbal o adjetivo, entre otros casos. Esta panorámica veloz, nos permite esbozar ahora nuestra propuesta. ¿Qué hacer ante ese puñadito de caracteres escritos en una sola línea? ¿Cómo decir algo, como hacer una crítica, que se vincule con la teoría?

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Noviembre, 2025
Primavera
Córdoba, Argentina

 

Atender al llamado del haiku II

 

Una mano se agita sobre la página esbozando una escena. La principal apuesta de Shiki fue: “Vencer los movimientos del corazón, llegar a dominarlos y no sugerirlos más que apenas. Y por una técnica eminentemente pura, desencadenar en el lector, valiéndose de una notación concreta y sobria, una impresión profundamente suscitada.” (R. Izquierdo, 106). ¿Qué hacer con la notación “concreta y sobria”, afirmación que nos devuelve a al peligro de otra: sobre el haiku nada puede decirse, cuando de aquella impresión pareciera inaccesible. El haiku aparece como un paisaje que revela sus más enigmáticos signos. Veamos el siguiente haiku de Shiki:

 

顧みれば行き会いし人霞みけり

Kaeri mireba yuki aishi hito kazumi keri

 

y en la traducción de Rodríguez Izquierdo:

Mirando hacia atrás

veo alguien que encontrará

ya diluido en la niebla (2022: 33).

 

Con la lectura formal de este poema podríamos decir que: respeta la regla de las 17 moras, el kigo de este haiku es niebla y que el kireji de este haiku es keri, que es un haiku cuya geometría forma el triangular: eso sería hablar del haiku y repetirlo. Al contrario: para aprovechar y potenciar el contacto interlingüístico de ambos idiomas devolvemos a la traducción su operación crítica, una que despliega menos líneas de sentido que pliegues de ellas. Pliegues donde se juegan volúmenes y ambigüedades de ese poema que se escribe en una solo línea.

  Consideremos al haiku como una figura de origami. Ante el llamado del haiku -ante la figura de papel plegado- el lector imagina el relato posible: mirará las esquinas angulosas del haiku, lo conservará en su mano para ensoñar el poema. Como afirma Barthes en Crítica y verdad (1972), todo lector sabe que “(…) retoma contacto con cierto más allá del texto, como si el lenguaje primero de la obra desarrollara en él otras palabras y le enseñara a hablar una segunda lengua (…) Es lo que se llama soñar.” (53-54). De este modo, en la tarea crítica hay un reorientación del deseo: se trata de un ansia por el idioma, sus símbolos, un lenguaje segundo donde ya no se desea la obra sino acceder a su propio lenguaje. Un deseo de hundirse en la profundidad de esas marcas que han dejado los pliegues del haiku.  Después de recorrer los vértices y ángulos obtusos del origami-haiku, la crítica conducirá a desplegar la figura de papel por alguno de sus bordes y en cada despliegue perfilará su lectura, detectará el matiz o la singularidad del poema. Hasta que por fin, con toda la figura desplegada ante sí, el crítico en la lectura simultánea de todas las hendiduras en el papel podrá por fin concebir y escribir ese lenguaje segundo de la crítica. Y lo hará, en una apuesta re-doblada: volverá a doblar el papel en otra figura, en un deseo profundo de escritura. Como afirma Barthes: “La crítica desdobla los sentidos, hace flotar un segundo lenguaje por encima del primer lenguaje de la obra, es decir, una coherencia de signos.” (Barthes, 1972: 66) Esa coherencia tal vez no sea eso que el haiku tenga de suyo como lo japonés, más bien será la proximidad entre los signos poéticos del poema entre la lengua de partida y la lengua de término.

El llamado del haiku no es por la literalidad, sino por lo que hay más allá de su forma: por las insistencias que en las obras, por la sensibilidad que propone cada una, y por el modo en que lo material, en el sentido de lo no-discursivo-interviene en la materialidad del lenguaje para dar lugar a paisajes singulares.

Entonces del haiku de Shiki, “Mirando hacia atrás/ veo alguien que encontrará/ ya diluido en la niebla” (2022: 33) podríamos decir que: en primer lugar, las tres partes del componen un paisaje que hacen de la niebla un espejo opaco en el que se produce un encuentro con una figura apenas visible que puede ser propia del poeta o de alguien que se ha cruzado en el camino. Despleguemos: Kaerimireba, no solo es darse la vuelta sino también mirar al pasado, a la reminiscencia; aishi hito es encontrarse con una persona de manera accidental; y kasumi, enfatizado por la palabra de corte keri es volverse nubloso, en el sentido de enigmático, o volverse borroso u oscuro ante la vista. Y cabe una aclaración más en torno a esta palabra, en japonés kasumi designa una niebla ligera, una neblina, que se diferencia de la bruma o niebla densa del otoño característica del otoño. Entonces, darse la vuelta o la reminiscencia se tiñe del matiz de la neblina, el encuentro con esa persona del pasado o que ha pasado, toma este carácter del recuerdo, algo que había sido olvidado y se recuerda repentinamente. El haiku nombra esa la ingravidez del recuerdo, que no es la memoria exacta, sino la interrupción de una reminiscencia apenas.

 El recuerdo toma la textura de la neblina y el encuentro accidental resuena como la reminiscencia al pasado que interrumpe imprevisible. ¿No se parece mucho a la interrupción del pensamiento, a la emergencia de la idea, a eso que tanto se ha dicho del haiku, que aparece de la nada en el aquí ahora, captado en el presente? En este sentido el haiku de Shiki parece definir la naturaleza del haiku en sí mismo, de esa forma poética que viene a interrumpir la cháchara del lenguaje como decía Barthes. El llamado del haiku es ese: desde la neblina nos pide que escribamos la interrupción, en el caso del poeta la de registrarla en una frase corta; en el nuestro, la situación de deseo de decir algo más: ya sea a señalar cómo la neblina de primavera imprime su falta de peso o su capacidad de deslucir la reminiscencia. Un deseo por medir  los distintos pesos que tiene el tiempo o bien, los diversos modos de encontrarse.

 

Bibliografía

Barthes, R. (1972) Crítica y verdad. Siglo XXI, Buenos Aires.

Barthes, R. (2003) “¿Qué es la crítica?”. En: Ensayos críticos. Siglo XXI, Buenos Aires.

Chiappe, M. (2018, February). Literatura japonesa en la UBA: avances y proyecciones. In V Congreso Internacional de Letras.

Derrida,

Flores González, D. J. (2021). El Haiku de Taneda Santouka: Dificultades de Traducción Y Belleza. (TESIS)

Gavirati, P. coord. (2022) La naturaleza del japonismo: Discursos occidentales sobre tierra, flora y nación: una lectura desde Argentina. Teseo Press, Buenos Aires.

Jorge, J. (2022). Paisaje, lengua e interioridad en el haiku moderno. Mirai. Estudios Japoneses, (6), 257-271.

Montava, M. A. M. (2022). Problemas lingüísticos discursivos en las traducciones de un haiku de Matsuo Bashō del japonés al español. Sincronía, (81), 501-511.

Ortiz, R. (2003). Lo próximo y lo distante: Japón y la modernidad-mundo. Interzona, Buenos Aires.

Watkins, M. (1999). Reflexiones sobre la traducción de literatura japonesa al castellano. Cuadernos CANELA: Revista anual de Literatura, Pensamiento e Historia, (11), 33-49.

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[1] En este haiku -del que ya he hablado muchas veces aquí- lo tradicional, lo occidental y la experimentación singularizan esta forma poética y posibilitaron su comprensión y práctica en Occidente. Esta modernización del haiku se debió a un “interrelación de códigos” entre Japón y Occidente (Europa y Estados Unidos) que atravesó dos coyunturas históricas que fueron fundamentales para el archipiélago: una, la Restauración Meiji (1868-1912) -periodo en que Japón abre sus fronteras para el intercambio cultural- y otra, la Segunda Guerra y Posguerra (1945-1972) (Chiappe, 2012). Es decir, el haiku que conocemos actualmente (especialmente, la recepción que se ha hecho de él en Argentina) está muy alejado de su componente estrictamente japonés, relacionado con la tradición de la poesía nacional, el espíritu Zen o sintoísta, el refinamiento y refrenamiento que ha descrito ciertos autores del japonismo argentino desde mediados de los 50.

[2] A saber, la palabra estacional, kigo (que da la pauta del momento o lugar, que no necesariamente tiene que ver las coordenadas espacio temporales de su concepción) y la palabra de corte, kireji (que funciona como una especie de puntuación poética en ese único verso que se escribe sin espacio entre los caracteres)

LA NOCHE DE LA ALUMBRADA

Roxana Dávila Peña
mushi

 

Ya atardece. Tiemblan con el viento las luces de las velas que las familias encienden poco a poco en el cementerio.

Mi madre, como cada año, vuelve a indicarme el camino hacia la tumba de mi abuelo.

—Aquí das vuelta a la izquierda y, en esa subidita, la tercera a la derecha lo encuentras —me dice. Me gusta seguirla y ayudarle a cargar el agua y las ofrendas.

Parece que las flores de cempasúchil iluminadas derraman el color del sol sobre la noche. También la mayoría de las tumbas y los caminos se alumbran con las veladoras.

Camino entre las ofrendas y pienso que mi propia vida ha sido un sendero hecho de luces y despedidas.

Las sombras en movimiento se vuelven cálidas. El aire huele a copal y a pan recién puesto.

Mi jarrito de café aún humea. Hoy no ha llegado nadie a la tumba de junto.

El papel picado se mece con el viento, como si saludara. Hay música allá, hacia la capilla. Este año hay tumultos.

La noche está más fría. Me abrigo un poco más. En cambio, mi madre nunca tiene frío. Comienzan los rezos.

Un poco de cera cae sobre mis dedos mientras esparzo pétalos de flores de terciopelo sobre la placa de mi abuelo Samuel. Le hablo bajito y, aunque no lo recuerdo con claridad, sí me acuerdo de que, de niña, me impresionaban sus manos que olían a tabaco.

Nos despedimos. Ya nos veremos hasta el próximo año.

La cara de mi madre,
resplandeciente,
colocando la pipa.