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Entrevista a Luis Corrales Vasco

Luis Corrales Vasco: “Sigo siendo un pensador esporádico de haikus”

En la primavera de 2021, El Rincón del Haiku cumplía 20 años. Conversamos con Luis Corrales Vasco, haijin y creador de ERDH.

En primer lugar, Luis, gracias por prestarte tan amablemente a esta entrevista. Sabemos que leerte alegrará tanto a los viejos amigos como a los nuevos lectores y usuarios de ERDH.

Vamos al origen. Todo comienza en Sevilla, en las clases de Fernando Rodríguez-Izquierdo, cuando decides que vas a crear una página web como trabajo final que presentar en la asignatura. ¿Qué haiku es para ti el que llamarías verdaderamente “el primero”?

  En realidad, todo comienza muchos años antes, en mi etapa juvenil de cinéfilo, leyendo un clásico de la literatura cinematográfica como es Esculpir en el tiempo, de Andrei Tarkovski, cuando menciona el haiku japonés como una disciplina artística profundamente inspiradora para su trabajo. Tarkovski transcribe el haiku de la rana de Bashô (cuál si no), que me impacta tanto que parece que soy yo quien cae al estanque, en lugar de la rana.

Las clases de Fernando fueron un descubrimiento fortuito, pues vi la asignatura listada en algún documento universitario para acceder a créditos de libre configuración. Aun cuando no tenía nada que ver con mi formación técnica, lo vi clarísimo y me apunté.

 

¿Cuándo sientes tú que has empezado a escribir realmente haiku? A día de hoy, ¿escribes haiku, aunque sea esporádicamente?

El haiku primero se piensa, luego se mastica mentalmente una y otra vez, y en algún momento se decide uno a apuntarlo por primera vez. Cómo y por qué llegué a apuntar el primero, pues realmente no lo recuerdo. Hoy sigo siendo un pensador esporádico de haikus. Me sobreviene algo a partir de una cierta vivencia, que me ronda durante un tiempo, le doy mil vueltas y al fin termino por olvidarlo la mayor parte de las veces. No siento nostalgia alguna de esos haikus no escritos. Es muy difícil encontrar el molde adecuado en palabras.

 

Eres uno de los haijin pioneros, uno de los iniciadores del haiku bien entendido en castellano. ¿Tú crees que, independientemente de que se escriba haiku o no, ese descubrimiento es algo que se conserva para siempre, que te cambia para siempre?

No lo veo tanto en términos de cambio, sino más bien como un factor especial que entra a formar parte de nuestro camino vital como seres humanos. Esa incorporación natural a nuestro devenir creo que sí, que se conserva en adelante de una forma más o menos explícita.

 

¿Sigues de alguna manera la evolución del haiku? ¿Cómo lo ves?

Muy poquito. Increíblemente, después de tantos años alejado del foco que suponía para mí El rincón del haiku, hay haijines que aún se acuerdan de mí y me mandan libros a Centroeuropa. Estos regalos los agradezco mucho y consiguen mantenerme mínimamente conectado con la comunidad.

 

Durante los primeros años del milenio, desarrollas un trabajo titánico como creador de lo que sería la primera plataforma sobre haiku en español. ¿Qué hay en ese momento en otros idiomas? ¿En qué te inspiras para empezar a dar forma a El Rincón?

Recuerdo poco de aquella época. Algo había en las lenguas de nuestro entorno: portugués, inglés, alemán. En español, absolutamente nada. El hecho de crear una página web dedicada al haiku en español surgió como algo muy natural porque la idea me permitía aunar mi formación académica como ingeniero, desde siempre muy interesado en la programación, y por otro lo que se había convertido, gracias a las clases de Fernando en la Universidad, en una de mis pasiones culturales.

 

Más de uno nos lo hemos preguntado: ¿Eras consciente de estar abriendo una puerta tan importante para la gente que se acercaba al haiku a través de la página?

Por supuesto que no. La importancia llegó con el tiempo, claro. Se hizo obvio que había un interés descomunal por el tema y que la página web se estaba convirtiendo en un punto importante de encuentro, sobre todo cuando empezó a ser posible participar con colaboraciones, en los concursos, más tarde en el foro, etc. Todo ello me suponía un trabajo ingente, pero yo era muy masoquista en aquellos años y nunca me importó mientras dispuse de tiempo.

De la experiencia de levantar desde cero un proyecto que recibió tan inmediatamente la respuesta entusiasta de la comunidad hispanohablante, queremos saber también sobre el aspecto humano. ¿Se aprende más de lo esperable sobre las personas en un ambiente virtual?

El aspecto humano fue fundamental, incluso en un entorno virtual. Recuerdo muy bien los primeros contactos que fueron llegando. Estábamos todos muy desnortados, por eso me parece alucinante ver a algunos de aquellos nombres pioneros aún hoy al pie del cañón, habiendo recorrido un enorme camino, con excelentes publicaciones a sus espaldas. Me arranca una sonrisa. Por otro lado, para mí ha sido importantísimo haber ido conociendo personalmente a una buena parte de ellos. Como nota triste, en estos más de 20 años también han ido desapareciendo grandes amigos que nos dejaron multitud de recuerdos y que nos ayudaron a crecer.

Grandes personas que siempre recordaremos _()_

El Rincón ha permitido estrechar lazos de amistad entre poetas de los lugares más variados. El proyecto creció a una velocidad supersónica en los cinco primeros años y pronto aglutinaba a muchos cientos, quizá miles de personas de todo el mundo. Es un éxito sin lugar a duda. Entonces, ¿qué te hace ir dejando tu actividad como haijin y editor?

Principalmente, la falta de tiempo y el cansancio de los años. La edición de la revista siempre corrió de mi cuenta, habría sido muy difícil coordinar cualquier colaboración técnica en unos tiempos en los que programar y editar en web eran procesos eminentemente manuales y todavía muy rudimentarios. Nada que ver con las herramientas actuales. El proyecto, por tanto, en un momento dado se me hace muy grande y yo empiezo a flaquear.

Los que te conocemos, sabemos que has sido siempre muy creativo, muy inquieto intelectualmente. ¿Cómo comienza tu pasión por la fotografía?  Y, en cualquier caso, ¿por qué la fotografía?

Después de haber sido un cinéfilo insoportable y de haber hecho mi modesta contribución a una disciplina literaria tan inmediata y visual como es el haiku japonés, parece que la fotografía era la continuación natural, nada forzada, de mi aventura.

¿Qué leía el niño Luis Corrales? Por favor, pon algunos ejemplos. ¿Qué lees a tus hijos?

Leer, realmente no leía. Yo bebía libros. Recuerdo primeros títulos que me fascinaron, como El mago de Oz o La historia interminable. Luego estaba aquella colección de libros rojos que se llamaba Elige tu propia aventura. Muchos de mi quinta se acordarán de ellos, a mí me encantaban. Más tarde recuerdo haber leído a Poe, Conan-Doyle, Leroux, Verne. Con mis hijos leo de todo. Por supuesto, también haikus. Parece que han heredado ese interés por la lectura.

Si tuvieras que elegir un solo haijin, ¿cuál sería y por qué? Del mismo modo, otra petición difícil: Escoge un único haiku representativo del género (o dos o tres, vaya).

Por salirme un poco de los clásicos más clásicos, me voy a quedar con Santôka. Encarna la quintaesencia del haiku, y al mismo tiempo la más abrumadora desnudez humana frente a la naturaleza.

En cuanto a haikus, escogería algún clásico de Buson, uno de los grandes maestros japoneses, como este:

Se ha deshojado
la peonía, los pétalos
unos sobre otros.

Por otra parte, tengo debilidad por la poesía de Abbas Kiarostami, cineasta iraní que demuestra que no es necesario haber nacido en Kyôto para poder escribir buenos haikus ni acercarse a su esencia, como esta delicia escrita originalmente en persa:

Los gansos salvajes
van a posarse esta vez
entre las cañas cortadas.

Quizá es la pregunta más difícil pero ahí va: ¿Quién era Luis Corrales Vasco en la primavera de 2001 y quién es ahora?

En 2001 era un estudiante universitario algo holgazán que prefería pasar tardes en un cineclub antes que ponerse a estudiar lo que realmente tocaba, y que empezaba a dar vueltas a la idea de pasar una temporada fuera del país. Más de 20 años después, cuento mi estancia en el extranjero por décadas y gozo de una vida familiar y tranquila en Viena, epicentro cultural donde los haya. Sigo haciendo camino, ahora más centrado en la fotografía, y en la parte profesional he vuelto (oh, sorpresa) al desarrollo web como responsable de esta área en una empresa local muy molona.

 Nos gustaría mucho que nos propusieras dos personas a entrevistar en relación a los comienzos. También nos gustaría que les mandaras un saludo, si no te resulta engorroso.

Voy a mencionar dos nombres muy entrañables; dos pioneros donde los haya, que desde una fase muy temprana ayudaron a abrir camino a otros con sus propias composiciones. Uno de ellos es Félix Arce, a quien recuerdo con especial cariño porque debió de ser una de las primeras personas que contactó conmigo para hacerme llegar sus haikus y colaborar en El rincón del haiku, y que ya entonces mostraba una sensibilidad muy especial. La otra persona es Susana Benet, que estuvo desde el primer minuto a mi lado prestándome su tiempo y su arte en forma de haiga (pequeñas acuarelas con haiku), que publicábamos regularmente, con la que he tenido el placer de compartir cafés tanto en Valencia como en Viena. A los dos les mando un saludo y un recuerdo de la inocencia e inseguridad de aquellos comienzos que compartimos a través de la página.

Muchísimas gracias, Luis.  Ha sido un placer y un lujo. Dejamos a los lectores con tus respuestas a este cuestionario al vuelo. Un abrazo y el agradecimiento sincero de toda la comunidad ERDH. Hasta pronto.

 

Una virtud: La curiosidad innata.

Un defecto: La impaciencia.

Una máxima que compartes: Nada está escrito.

Una palabra de nuestra lengua: Calima.

Una palabra japonesa: Shima (isla).

Algo que intentas evitar: Meter la pata.

Algo a lo que siempre vuelves: A meter la pata.

Un libro: Por nombrar uno de los últimos que he leído: Exhalación, de Ted Chiang.

Una canción: Cualquiera de las 4 letzte Lieder, de Richard Strauss.

Una comida y una bebida: Lentejas, gazpacho (si cuela como bebida).

Una obra de arte: Trono de sangre, de Akira Kurosawa.

Un dolor: De pies, después de una larga caminata.

Un amor: Todos los grises entre el blanco y el negro (y una buena cámara para captarlos).

Un paisaje: Que combine mar y montaña.

Una persona con la que conversar: Con mi hijo Teo.

Una época en la que te hubiese gustado vivir: Aquella en la que serán posibles viajes interestelares.

Un deseo para el haiku en España y en Latinoamérica: Buen rollo y menos prisas por publicar.

Mayo 2022

Haibun 32_

Manantial

Cielo plomizo
Al abrir la ventana
el canto del cuco.

                       Con las copiosas lluvias de primavera -algo inusitado en esta región del sureste de España- han renacido antiguos manantiales. Lo noté hace ya unas semanas cuando, en el transcurso de mi recorrido habitual por la pista forestal con Nivo, mi perro pastor de pelo blanco, escucho a mi izquierda un leve rumor de agua y, para mi sorpresa, veo reflejadas las primeras luces de la mañana en un regato que desciende por la cuneta, sortea algunos argayos, desaparece bajo las rocas desprendidas de la ladera y vuelve a manar más abajo formando pequeñas cascadas, espumas, remansos donde se para a beber el perro… hasta desaparecer definitivamente de mi vista en un escarpado valle donde desemboca. Lo imagino uniéndose con otros arroyos en un solo cauce hasta desparramarse por los bancales donde resplandece el verdor primicial de los almendros.

            De regreso por el mismo camino, ahora cuesta arriba, me lo vuelvo a encontrar. El dulce canto de sus aguas puras me redime del cansancio y mitiga el sudor de mi frente. De nuevo Nivo hunde sus patas en el recodo donde se aquieta el torrente y bebe hasta que lo rebaso.

            Lentamente el sol se eleva sobre la pinada.

 A ambos lados
las rosadas flores
de las jaras.

Paco Ayala ,
Ceutí   (Murcia)

Mayo 2022

Mar

Tarde fresca. Decido sentarme al borde del acantilado desde donde puedo observar el mar y su movimiento. Una placidez profunda llena los sentidos. Sombras de pequeñas nubes corren del mar a la meseta.

Pasados unos minutos retomo la caminata por el sendero.

Tarde de abril.
Fulgor en las chauchas
del algarrobillo

http://faunayfloradelargentinanativa.blogspot.com/2017/08/algarrobo-patagonico-prosopis-denudans.html

Me dirijo hacia la orilla, avanzando con el sonido de las piedras bajo los pies.

La marea comienza a subir; entre espuma, arenas grises y pequeños remolinos unas Ostreas máximas (fósiles del Mioceno inferior).

En una zona donde la marea no baja  el bullicio de gaviotas y gaviotines,  brillos de pececillos que saltan en gran cantidad,  indica la presencia de un cardumen de sardinas. Cada tanto  asoman unas aletas, rígidas, y me parece ver desaparecer un ave. Son ¿tiburones? Es probable, si fueran delfines emergen y dejan ver sus cuerpos.

Más adelante encuentro una cueva formada en una roca, con algas verdes que parecen una verdadera obra de arte.

Olor de algas
Entre fucus*
unos erizos

*alga parda

Mayo 2022

Este mes de mayo les traigo un poema inusual de Bashou, pero intensamente japonés, cargado de historia y tradiciones. Y para comenzar, también de forma inusual, lo haremos por el haiku:

あやめ生り軒の鰯のされかうべ

ayame oikeri noki no iwashi no sarekau be

crece el iris en el alero con el cráneo de la sardina

Partamos por el kigo: ayame, que significa iris, el cual hace referencia al Kodomo no hi o Día del niño, que se celebra el 5 de mayo. En esta festividad, que en la antigüedad estaba reservada a los varones, una de las costumbres era decorar con esta flor los aleros en contra de la mala suerte y la enfermedad. Luego tenemos otra referencia a una celebración tradicional: el Setsubun, que en el antiguo calendario era el último día antes de primavera y en la actualidad se festeja el 3 de febrero. En ella se pone énfasis en la “limpieza” de la energía para comenzar un nuevo ciclo. Uno de sus rituales consistía en colocar cabezas de sardinas, o iwashi, en ramas que se insertaban en dinteles de puertas o aleros de casas para ahuyentar a los demonios. Dado que transcurren un par de meses entre una celebración y otra, sólo queda el cráneo cuando comienzan a crecer los iris. Bashou une así estas dos festividades en su haiku.

Pero Bashou no sólo se basa en costumbres relacionadas con los festivales, sino que busca en las tradiciones literarias también. Cuando se habla de cráneos, uno famoso desde tiempos antiguos es el de Ono no Komachi, única mujer del selecto grupo de los Rokkasen o Seis Poetas Magistrales. De hecho, Kamo no Choumei, en su Mumyoushou, texto de teoría poética del período Kamakura, cuenta la siguiente anécdota sobre Ariwara no Narihira, otro de los Magistrales: “cuando Narihira secuestra a Takako y va con ella a cuestas por el campo, de pronto escucha una voz diciendo ‘cada vez que el viento otoñal sopla, oh, duelen mis ojos…’ pero por más que miraba quién podría estar hablando, sólo encontró un cráneo de cuyos ojos salían iris, por lo que pensó que sería un juego del viento pasando por lo orificios. Narihira pensó que este era un buen signo, y luego al preguntar a los lugareños, estos le dijeron que probablemente era el cráneo de Ono no Komachi, quien alguna vez había viajado por esa zona. Narihira, conmovido, dijo: Komachi debe ser, dado que crecen iris.”

Y así, con este haiku inusual, hemos podido realizar un viaje fantástico y misterioso, a través de siglos de lenguaje, tradiciones, leyendas y personajes. Si me preguntan a mí, una buenísima forma de comenzar un nuevo mes.

Haiku 39

39

藪いりやよそ目ながらの愛宕山


Yabuiri ya yosome nagara no atago-san

Las vacaciones del sirviente-
durante todo el tiempo mira
el monte Atago.

Desglose:

 やぶ入[ yabuiri: vacaciones concedidas a los criados], よそ目[yosome: los ojos de otros], ながら[nagara: mientras, durante todo el tiempo], 愛宕山[atago-san: monte atago].

 

Comentario y notas culturales:

 Atago es una montaña (924 metros) al noroeste de Kyoto que alberga numerosos templos. Es un monte protector que se aprecia desde cualquier punto de la ciudad, de tal modo que en el regreso a casa el criado lo tiene presente. Es una especie de símbolo que le protege en el camino . El sufijo “san” hace referencia tanto a la montaña como al tratamiento de cortesía de una persona.

Como nos decía Kavafis en su célebre poema “Ítaca”, lo importante no era tanto la llegada como el propio viaje, el periplo: una oportunidad para sentir, admirar, celebrar la vida. Buson  capta a menudo esta sensación:

 

A.- やぶ入や鳩にめでつゝ男山

yabuiri ya hato ni mede- tsutsu Otoko- yama

Las vacaciones del criado-
admira las palomas
en la colina de Otokoyama.

* Otoko-yama: esta montaña, al sur de Kioto, es el sitio del Santuario Iwashimizu a Hachiman (el dios de la guerra). Las palomas son sus mensajeras y sirvientas: un paralelismo entre semejantes profesiones.

B.-やぶいりのまたいで過ぬ凧の糸

 yabuiri no mataide suginu tako no ito

 El criado en sus vacaciones
camina y pasa de largo
ante los hilos de las cometas.

Rosas

Vicente Huidobro advertía en su “Arte poética”: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas! / Hacedla florecer en el poema”. Así incitaba a la perfección, como lo haría Juan Ramón Jiménez, advirtiendo ante el poema acabado: “¡No le toques ya más, / que así es la rosa!” ¿Cómo apresar ese lujo sospechoso en la divagación de un artículo, sumando un peso más a la vasta y suntuosa bibliografía sobre las rosas de este mundo? Ninguna flor ha gravitado tanto sobre la cultura de Occidente, hasta ahogarla con su mórbido perfume. Traspuesta, idealizada, esculpida, la rosa ha enseñoreado las artes, ha refinado y enloquecido a sus amantes, se ha erigido en símbolo de la perfección absoluta. En la Edad Media era símbolo de silencio: su presencia en una reunión obligaba al secreto… ¿Cómo no recordar el “Roman de la Rose”, iniciado en el siglo XIII por el joven poeta Guillaume de Lorris, delicado compendio del Arte del Amor? ¿Cómo olvidar a todos los poetas que cantaron a esta flor divina? Rilke esculpió con ella el famoso epitafio que guarda su sueño en Raron:

“Rosa, oh contradicción pura, delicia

de no ser sueño de nadie bajo tantos párpados”.

                A Borges el perfume de la rosa y del jazmín le trae la certidumbre de la dicha perdida. La rosa uruguaya de Matilde Bianqui es rosa de lucha y de perdón y también “rosa verde de mar y de arena”. Pedro Salinas ve palpitar el pecho del océano en la “rosa frágil, de espuma, blanquísima”. Adscrita a la fugacidad, como si anticipara toda despedida, la rosa ha escapado del sino barroco para entrar, audazmente, en la inmortalidad, como si apelara a su origen divino, pues cuenta la leyenda que fue naciendo blanca y perfecta de las pisadas de Afrodita cuando, recién nacida de la espuma, la diosa erraba por las solitarias playas de Citerea. Otra leyenda siria explica la transformación de la rosa blanca en rosa roja: fue la misma diosa la que, al ir a socorrer a su amado Adonis, se pinchó con las espinas de un blanco rosal, tiñendo con su sangre las flores.

                Ya nunca dejará la rosa de ser símbolo de amor ruboroso y ardiente. Su culto prende arrebatado en los dioses y en los mortales. Su perfume trasmina e Oriente a Occidente, desdibujando las fronteras entre la muerte y la vida. En las tumbas egipcias se han encontrado restos de rosas, pero también los muertos han alimentado desde su oscuridad orgánica la semilla inmortal. Millares de volúmenes hablan de su éxito entre los eruditos. Se dice que un emperador chino tenía en su biblioteca más de quinientos volúmenes sobre el cultivo de las rosas. El escritor portugués Eça de Queiroz recuerda en un espléndido ensayo los rumbos de esta flor: su misterioso nacimiento en Citerea; aquel Jardín de Midas donde sólo crecían los rosales que Baco regaba con el agua purísima que, desde la fuente Castalia, traían las Náyades; las rosas que los pontífices del imperio romano cortaban al amanecer con la hoz de plata para perfumar las aras de Venus; la “capitular” de Carlomagno sobre el cultivo de la flor; los “torneos de rosas” en España y Provenza, donde damas y caballeros se arrojaban pesados ramos; la rosa bautizada como flor de María, “Rosa Mystica”; la rosa roja de los rosacruces, símbolo del amor divino, con su alegoría -“Dat rosa mel apibus”-; la esquiva rosa azul, posible e imposible, cifra de lo maravilloso y del olvido…

                En la metamorfosis de su color, cada superstición o creencia ha ido retocándola con inflexiones propias. La blanca rosa original, que primero fue roja por la sangre de Afrodita, lo será luego por la sangre redentora de Cristo. Pero hoy la rosa arrastra una existencia vergonzante y furtiva, como si hubiera consentido un mal pensamiento. Arrojada del paraíso, ya no inunda la vida, sino que la roza como al descuido, asustada de su propio rubor. Ya no es norma, sino lujo marginal. Madrid cuenta con la más bella rosaleda de Europa, pero esa espléndida excepción, apenas advertida, no puede con las tristes transmigraciones de los invernaderos ni con el oprobio de nuestra prisa. Ya no arrojan los novios su ramo ardiente a las puertas de sus enamoradas, esperando con ansia el “sí” o el “no”. Los amantes ya no se tiran rosas a la cara. Se diría que es ésta una edad bárbara que ha canjeado la pasión por la rutina, recordando vagamente que la rosa fue siempre ornato de banquetes y triunfos, gloria de los manteles y del vino, compañera de viaje, reclamo de los muertos que no querían sufrir el desaire de su ausencia.

                Anacreonte llegó a exagerar deliciosamente: “¿Qué sería de la humanidad sin la rosa?” Ella dio nombre, aunque simbólico, a la guerra entre York y Lancaster, las dos ramas de los Plantagenet, cuyos blasones respectivos eran una rosa blanca y una rosa roja. Mucho antes de esa incivil derivación, las primeras rosas del año eran ofrecidas en Roma, en las calendas de mayo, a la gran diosa de las cortesanas, que marchaban en procesión, envueltas en velos amarillos, al son de las cítaras. La diosa de los campos, la Dea-Dia, recibía también la ofrenda de los panes cubiertos de rosas. Ya el padre Homero nos contaba cómo había ungido Afrodita el cuerpo de Héctor con el óleo de la rosa silvestre, mientras inauguraba la metáfora insigne sobre la aurora, “la de rosados dedos”. Rosas en el agua del baño y en el vino de las libaciones. Rosas en los manteles de las bodas y en las apoteosis. Un mundo densamente embriagado. En la antigüedad fueron célebres las rosas de Damasco, Malta, la Campania y Poestum. También las de Persia que, junto con los pavos reales, forman la simbólica quintaesencia de aquel viejo país. La rosa sigue teniendo sus adeptos, pero ese culto apasionado se me antoja un culto de “gehto”. La rosa encarcelada, la rosa de las catacumbas se ve obligada a convivir con el hacinamiento. Ya no despliega su esplendor deslumbrante con su rica e íntima lentitud. La rosa urbana acelera su ciclo frágil, como si no fuera ya de este mundo, “sueño de nadie bajo tantos párpados”… Pero quien la regala da su alma.

***

Abril 2022

CONSTRUIR

Tarde de abril.
Con nada que se interponga
entre el agua y yo.

 

DECONSTRUIR

Con el paraguas en la mano por si me sorprendía la lluvia, en el paseo de la tarde de hace dos o tres días, mis pasos me llevaron al paraje que por acá llaman “los praos cimeros” (sin duda por oposición a los prados bajeros que están, muy cerca, en el fondo del vallejo donde suelo pasar los fines de semana, en el Real de San Vicente). Me sorprendió el vigor y alegría con que salía el agua de la fuente de ese paraje. Una fuente con sus tres caños rebosantes de agua, como se puede apreciar en la foto. Una vigor y alegría tal vez debidos a las abundantes lluvias de las últimas semanas, después de un invierno bastante seco.

  El agua. Cuando mis ojos se clavaron en los tres chorros, con el cuerpo suspendido entre una tierra bajo la cual corrían los manantiales y un cielo preñado de nubes, con la cabeza perdida en medio del aire húmedo de la tarde, me pareció que el agua y mi conciencia eran uno, un algo que no supe qué.

    Dándole vueltas a esta impresión, cuando regresé a casa, me acordé de los maravillosos versos de la haijina Tagami Kikusha (1753-1826) donde, tal vez con una sensación teniendo, en su caso, a la luna enfrente, escribió:

Tsuki to ware to
Bakari noririnu
Hashi suzumi.

Tomando el fresco
sobre el puente a solas,
la luna y yo.

Parece que pudo inspirarse en este otro haiku de la famosa Sono jo o Shiba Sonome:

Dormidos todos,
no se interpone nada
entre la luna y yo. 

Es un acto osado personalizar el haiku con un pronombre cualquiera, como el “yo” de la última palabra de mi haiku (o el ware japonés del primer verso de Tagami) porque el haiku es, por esencia, impersonal, tan impersonal como es la naturaleza. Pero en este caso, me ha parecido que no iba contra el espíritu poético el incluir esta concesión, porque la individualidad se me apareció disuelta en la naturaleza representada aquí por el agua.

   Que el haijin se disuelva en su entorno (naturaleza o situación ambiental) al máximo y, camuflado en el peor de los casos, lance al aire su “fotografía” de tres versos, es tan natural como la respiración o el sonido suave de la lluvia al caer en un charco.  En el haiku de este mes el camuflaje ha sido torpe: el pronombre “yo” dentro de una fuente cantarina al comienzo de la primavera.

Lluvia y fuente. Otra vez  el agua…  Y es que el agua… ¿Es que somos algo más que agua con sensaciones?

Cerezos

El cerezo nos regala belleza, nos regala vida. “Imán de los sentidos” –recordando a Calderón-, el cerezo es luz, armonía, fragancia, alimento y abrazo. Si Herodoto llamó a Egipto “don del Nilo”, podemos decir que el Valle del Jerte ha llegado a ser el “don del cerezo”. Se cree que fueron los árabes quienes bautizaron al río y al valle como “Xerit” o “Xerete” –con el doble significado de aguas cristalinas y paraje angosto- y quienes implantaron o perfeccionaron el cultivo del cerezo. Todo es bello en el árbol: el raso gris de la corteza, el satén deslumbrante y delicado de las flores, la forma y el color del fruto, las hojas verdes del verano, sus tonos ocres y leonados en la melancolía del otoño…

El cerezo es un mundo: junto al frutal originario del Asia Menor, que nos brinda, en sus múltiples variedades, la “perla roja” –que aquí, en el Valle del Jerte, alcanza su máxima calidad reconocida-, se despliega el cerezo ornamental, nacido en el corazón de Asia y reimplantado en China y en Japón. Los remotos antepasados del Neolítico ya conocían y disfrutaban de los frutos del cerezo salvaje. Las primeras referencias de cultivo se remontan a la Grecia clásica, y los romanos cultivaban más de diez variedades, entre ellas la afamada cereza de Lusitania, probable antecesora de la nuestra. Según cuenta Plinio, fue Lúculo, general romano, quien importó algunas variedades de cerezo desde la colonia griega de Kerassos, ubicada en la costa del Mar Negro, tras combatir contra Mitrídates, rey del Ponto, a finales del siglo I a. C. Ahí podría estar también el origen de la palabra “cerezo” (del griego “kerassos”, que habría derivado en el latín “cerasus”).

En la cultura japonesa, la flor del cerezo –asociada con el ruiseñor, uguisu– llegó a imponerse como símbolo de belleza y de afirmación nacional frente a la cultura china, simbolizada por la flor del ciruelo. Hoy como ayer –en una larga persistencia popular y culta- las flores por excelencia, hana, son las del cerezo, sakura, que resumen, al mismo tiempo, toda la primavera, como recordaba Dogen, poeta y monje del siglo XIII: “En primavera, las flores de cerezo; en verano, el cuco; en otoño, la luna llena; en invierno, la nieve límpida y fría; si la mente está serena, ésa es la estación más feliz del año”. En la estética japonesa, “nieve, luna y flores” forman la “trinidad de la belleza” que sigue el paso de las estaciones y representa la totalidad de la naturaleza y de los sentimientos humanos. Ryôkan (1758-1831) lo expresó maravillosamente en su “poema final”:

 

«¿cuál será mi legado?

las flores de la primavera

el cuco en las montañas

las hojas del otoño”. 

                No hay nada más bello ni más frágil. La flor del cerezo nos recuerda, en su fugacidad, que, aunque estamos de paso, debemos valorar cada instante y aprender a morir bellamente. Por eso simboliza el honor del guerrero o samurai: porque cae antes de perder su integridad, y porque encarna las cualidades esenciales del ideal caballeresco: pureza, lealtad, honestidad y valor. El samurai se parece a la flor del cerezo, presta a morir al primer soplo de la brisa matinal. Cada primavera, desde el siglo VIII, los japoneses celebran el festival de hanami (“contemplar las flores”), cuando los cerezos ornamentales despliegan su floración rosada. Una leyenda dice que la flor del cerezo japonés es, en origen, blanca –como la nuestra-, pero que toma esa tonalidad rosa de la sangre de los antepasados que yacen bajo el árbol… La celebración del hanami reúne, en comunión gozosa, a nativos y a forasteros, tal como dice un célebre haiku de Issa:

“bajo la sombra

del cerezo florido,

nadie es extraño”.

La gente suele llevarse una esterilla –que se llama gozâ– y, a la sombra de los cerezos en flor, se bebe sake (vino de arroz), se canta y se baila., en una fiesta que se prolonga hasta muy tarde con la contemplación de los “cerezos de noche”. Todo el país sigue con expectación los partes meteorológicos que anuncian, con varios días de antelación, el acontecimiento, y se disponen trenes especiales, los “trenes de las flores”, para visitar los parajes más célebres. Los primeros cerezos florecen, en enero, en las islas de Okinawa (al sur), y los últimos, en mayo, en la isla de Hokkaido (al norte). Son muy populares los hanami de Kyoto, Tokio y Yokohama, pero el más famoso es el del monte Yoshino, en la región de Nara, donde unos cien mil cerezos, agrupados en masas discontinuas, florecen hacia el 10 o el 15 de abril. Se dice que los primeros cerezos fueron plantados en Yoshino por el sacerdote budista Enno Ozunu (a finales del siglo VII), poniéndolos bajo la protección de Zaô Gongen, divinidad de la montaña, que representa la fuerza y la cólera contra el espíritu del mal. Otra leyenda habla de la diosa de la primavera, cuyo espíritu habría tomado posesión de un cerezo que habría hecho descender del cielo.

                En la pintura clásica coreana aparece con frecuencia el tema de las “cuatro plantas nobles”: la flor de cerezo, la orquídea, el crisantemo y el bambú, pero el cerezo tiene también una larga e intensa simbología en Europa. Bajo su sombra bailan las hadas eslavas y los duendes nórdicos, en una ambigua danza de protección o de amenaza; sus flores representan el incesante ciclo del vivir, el morir y el renacer, y el árbol mismo entra de lleno en la “leyenda dorada”: floreciendo o reverdeciendo a destiempo, quemándose en el solsticio invernal para fortalecer al sol o para asegurar la fertilidad, dando nombre a numerosas advocaciones marianas… El “tiempo de las cerezas” evoca la primavera, pero es también el título de una canción alegre y subversiva que alentó a los revolucionarios de la Comuna de París.

En el imaginario colectivo, el cerezo –consagrado a Venus- favorece el amor, permite expresar los tres deseos de los cuentos y adivinar el futuro, protege a las personas y a los bienes, modula los sueños con diversa fortuna… También aquí, en el Valle del Jerte, protagoniza la “enramá” de la noche mágica de San Juan y el caudal de las coplas:

“A tu puerta puse un guindo,

y a tu ventana, un cerezo,

por cada guinda, un abrazo

por cada cereza, un beso.”

La cereza es el “fruto del paraíso” que se sugiere en algunas obras del arte cristiano medieval, pero es, directamente, el alimento prodigioso –entre la necesidad y la gula- que remite a la niñez, al robo furtivo, a la libertad de los campos. Rica en potasio y en vitaminas A y C, baja en calorías, la cereza despliega sus poderes con adjetivos rotundos: diurética, refrescante, astringente, reconstituyente, antirreumática, cardiotónica, cicatrizante… En sí misma, o en sus conexiones naturales con el árbol que la regala, participa en el “agua de vida” -ese aguardiente insuperable de 42 grados- y aviva la imaginación gastronómica en toda su gama. Y aquí, precisamente aquí, contamos con las mejores cerezas del mundo, ésas que han merecido el sello de denominación de origen: la “navalinda” con rabo, y las cuatro picotas que son como los cuatro ases de la baraja: la “ambrunés”, la “pico negro”, la “pico limón negro” y la “pico colorado”.

                El cerezo requiere aire, altura, frescor: todo un ideal de vida. Un millón de cerezos aguardan al viajero en el Valle del Jerte. Uno solo sería suficiente para la felicidad. A finales del siglo XII, el poeta japonés Saigyô –que tanto amó este árbol- se despedía del mundo con este deseo:

Quiero morir

bajo los cerezos floridos

en este mes primaveral

cuando sea luna llena.

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