Queridos amigos de El Rincón:
Archivo de la categoría: Con-des (Carlos Rubio)
Diciembre 2020
CONSTRUIR
Del cristal colgada
una gota de lluvia.
Mis sueños vuelan.
DECONSTRUIR
De repente, mi mirada perdida en el cielo gris y lluvioso de noviembre se concentra en una gota tenazmente pegada al cristal de la ventana del dormitorio en el que debo pasar la mayor parte del día durante esta larga convalecencia. Su redondez diminuta y translúcida contiene tantas cosas que me hace soñar.
Soñar con épocas lejanas, con princesas y chamanas, con jardines, cabalgatas, cruces poéticos. Soñar, por ejemplo, con la princesa Nukata que en el Japón de finales del siglo VII era todo esto: chamán, poeta y princesa. También esposa sucesiva de dos hermanos. Esta mujer fue la protagonista de uno de los primeros cruces poéticos de la literatura japonesa. En él, Nukata, casada ya con su segundo marido por razones políticas, se dirige al príncipe quien antes había sido su marido y al que seguía amando fielmente. Lo documenta así la antología Manyōshū:
«Durante la cacería, la princesa Nukata, temerosa de que su anterior marido atraiga la atención si lo ven ondear las mangas hacia ella como saludo, compuso estos versos:
De acá para allá
en sagrados campos de violetas,
señor, cabalgas.
¿Se dará cuenta alguien de que
con tus mangas me saludas?
Estos fueron los versos de respuesta del príncipe:
Delicada como
aroma de violetas
eres tú. Dime:
¿por qué te amo tanto
siendo la esposa de otro? »
(El pájaro y la flor. Mil quinientos años de poesía japonesa, Madrid, Alianza, 2011)
Hemos volado a un campo de violetas situado en el Japón del siglo VII.
¡La fuerza que puede tener una pequeña gota de lluvia! Volar a tal sitio y en tal época es hermoso pretexto para cumplir la promesa que hice en mi entrega del mes pasado: hablar de violetas y de la osadía de los traductores.
En los dos tanka de este cruce poético entre la princesa Nukata y el príncipe Oma (futuro emperador Temmu), el término japonés de “violeta” es murasaki. Y murasaki en aquellos lejanos tiempos indicaba una pequeña flor de cinco blancos pétalos que brota en verano y que era emblema del amor constante. Se asemeja a nuestra violeta solo en el color morado de su raíz usada como tinte (de ahí el significado de “color violeta” que en japonés moderno posee la palabra murasaki, también usada como apodo de una heroína del Genji monogatari y, por eso, de su autora). En las plantas de nuestro entorno no parece existir equivalente de esta especie vegetal, científicamente denominada Lithospermum officinale. La más parecida es la borraja comestible o de jardín que posee flores también blancas. ¿En aras de las fidelidad debiera haber traducido el murasaki del original japonés como “borraja”? ¿Y escribir “aroma de borrajas?
Hubiera sido, francamente, horroroso. Primero por la ruda fonética de este término, malsonante en la situación amorosa del poema; segundo, porque para el lector hispanohablante “borraja” evoca el conocido dicho “quedarse en agua de borrajas”, o bien, especialmente para los habitantes de Aragón y Navarra, una deliciosa verdura que comen cocida rociada de aceite. Connotaciones muy alejadas, por lo tanto, del campo semántico del amor.
Es posible que haya traductores que hubieran traducido la delicada murasaki como “borraja”. Habrían puesto en grave peligro, a mi juicio, la belleza de estos dos breves poemas. Como puede poner, también en grave peligro, una relación sentimental si el enamorado le dice a su enamorada que su cuerpo exhala aroma de borrajas.
Murasaki por “violeta”, sí, es inexacto, pero traslada, por un lado, la delicadeza de esta bella flor; por otro, la connotación de suave y agradable fragancia. El buen traductor debe ser, en efecto, inexacto, osado, creativo.
¡A todo lo que lleva la visión de una diminuta gota de lluvia pegada al cristal de una ventana!
Noviembre 2020
CONSTRUIR
Aguas mansas
En bahía violeta.
Tarde de otoño.
DECONSTRUIR
Se me ocurrieron estos versos hace tres o cuatro días desde uno de los puentes que salvan el río Tajo en Talavera de la Reina. A la hora del crepúsculo. Voy a acompañar la fotografía correspondiente.
En fin, llamar “bahía” al modesto remanso de un río es atrevido, pero la osadía de la dicción es una de las herramientas que no le deben faltar al haijin si aspira a elevar a cotas altas su arte.
El gran poeta mexicano Octavio Paz tiene un verso parecido en su magnífica versión de un tanka de Ono no Komachi, la poetisa del siglo IX más relevante para muchos de toda la Era Heian. Dice así su versión:
Tan fuerte
es mi deseo
que vuelvo al revés mi camisa:
Bahía violeta de la noche.
El poema original de Komachi, al lado de mi versión publicada en El pájaro y la flor, dice así:
Ito semete Cuando de amores
Koishiki toki tanto peno, en la noche
Ubatama no como azabache
Yoru no koromo wo lo espero con la ropa
Kaeshite zo kiru al revés extendida.
Puede ayudar a enmarcar este poema escrito en la remota Era Hean saber que, entre las muchas supersticiones de aquella sociedad cortesana, estaba la de creer que dormir con alguna prenda de ropa al revés ayudaba a ver en sueños a la persona amada.
Ono no Komachi es famosa por el tono apasionado, intenso y directo de su poesía, en oposición al arte poético contenido, rígidamente codificado y oblicuo a fuerza de elegante de la poesía, sobre todo la escrita por hombres, que predominará en el siglo siguiente en Japón, el siglo X, anunciado por la antología Kokinshū.
En mi próxima entrega hablaré más de la “violeta” en la poesía clásica japonesa y de las inimaginables osadías de poetas y traductores.
Octubre 2020
CONSTRUIR
Bajo los líquenes
yace el monje guerrero.
¡Mis sueños andan!
DECONSTRUIR
Fue solo ayer cuando, de viaje por la Galicia interior, descubrí la figura yacente de una lápida funeraria medieval. Medio abandonada, hace mucho desalojada del interior de algún templo o monasterio, hoy solo sirve para hacer muro. Es el muro que rodea la iglesia de Santa María de Mixós, cerca de Verín, provincia de Orense. La figura sostiene una espada entre sus manos y presenta la cabeza tonsurada: un monje guerrero custodiando el paso de los siglos de esta pequeña iglesia visigótica-románica.
En la entrega de septiembre hablé del dinamismo del haiku, de su movimiento oculto. También el tercer verso de este haiku quiebra el inmovilismo del sujeto de los dos primeros versos, un inmovilismo acentuado por la palabra “líquenes” evocadora de antigüedad. ¡”Mis sueños andan!”. Pero, bueno, sin quererlo, he plagiado el tercer verso de un famoso poema del maestro Bashō que dice así:
Un pato enfermo
rezagado en la noche.
¡Mis sueños andan!
En mi antología El pájaro y la flor, el tercer verso apareció traducido como “Sueño en viaje”. Me gusta más, sin embargo, esta nueva versión: el verbo “andar” lo convierte en un verso más eufónico, evocador y dinámico que el sustantivo “viaje”. Este plagio me recuerda uno de los recursos estilísticos de la poética del waka de la poesía japonesa, especialmente de moda entre los poetas de los siglos XIII y XIV a raíz de las innovaciones de estilo y valores aportadas por el gran Fujiwara no Teika. Me refiero al recurso del honkadori. .
Honkadori es una variación o, más bien, un préstamo intertextual en poesía japonesa. En nuestra cultura, en donde prospera el mito de la “originalidad”, lo llamaríamos “plagio poético”. Honkadori es, en otras palabras, la inconfundible citación de una idea expresada en una poesía antigua, o incluso la repetición de un verso entero, que el poeta introduce en su poema. En Japón, ya se sabe, “o tradición o plagio”. En una poesía, como la japonesa clásica, en la cual la tradición era principio rector, valorándose especialmente la evocación ingeniosa de imágenes del pasado, el honkadori oportuno constituía un logro literario de primer orden. Estaba, además, el factor de la complicidad que el ejercicio poético comunicativo poseía en la sociedad cortesana de aquellos lejanos siglos, para la cual escribir o recitar un poema era un forma elevada de diálogo. Es decir, se pensaba que el lector u oyente reconocería el poema aludido y que, en consecuencia, apreciaría la sutileza de la alteración o asociación introducidas para comunicar la emoción renovada de una voz poética revivida doscientos o más años después. He aquí un ejemplo en el cual «se responde» más de trescientos años después a un poema que, publicado en el Kokinshū, había compuesto el monje Henjō, uno de los Seis Genios de la Poesía. Henjō es autor del siguiente famoso poema en el cual adopta el punto de vista femenino de una dama a la espera del galán:
Wagayadowa ¡Tantas hierbas
Michimonakimade que invisible hacen la senda
Arenikeri que a mi casa llega!
Tsurenaki hito wo ¡Cómo lo lamento mientras
Matsutoseshima ni a mi cruel amado espero!
Pues bien, el nuevo poema de la princesa Shokushi (o Shikishi, hija del emperador Goshirakawa y suma sacerdotisa del santuario de Kamo), que florece en el siglo XIII y publica en la antología Shinkokinshū, readapta la poesía de Henjō con estos versos:
Kiri no ha mo Hojas de paulonia,
Fumiwakegataku tantas que, por entero,
Narinikeri el suelo han cubierto.
Kanarazu hito wo Aunque ni esperanza tengo
Matsutonakeredo de que mi amado venga.
Basta una ojeada al original japonés para apreciar la similitud ortográfica del tercer verso de los dos poemas y la repetición de palabras en el cuarto y el quinto de ambos. Pero el honkadori se reconoce también en el plano semántico. Al lado de la similitud en la ambientación del poema de los tres primeros versos de uno y otro poema, contrasta una «dama» que se lamenta en el poema de Henjō en sus dos últimos versos con la mujer resignada (¿ficticiamente?) a no recibir la visita de su amado en la poesía de la princesa.
Apelo a la bondad de los conocedores del mencionado haiku de Bashō para que sean indulgentes con mi torpe honkadori, inspirado por la visión de este anónimo monje guerrero inmóvil (adjunto fotografía) bajo el peso de los siglos en una perdida aldea gallega. ¡Mis sueños andan!
Septiembre 2020
CONSTRUIR
El nuevo día
en la blanca cortina.
El cielo azul.
DECONSTRUIR
¿Hay dinamismo en este haiku? Aparentemente no. Sin embargo…
el movimiento, al lado de la pureza del nuevo día y de la alegría de la vivencia del instante, sí que está ahí: es un movimiento escondido. Bien, esas son, quizás, las dos o tres sensaciones que, sin proponérmelo, evoco en este haiku. ¿Su inspiración? Fue ayer cuando, temprano por la mañana, observaba cómo la cortina de la puerta que da acceso a la terraza del salón era movida suavemente inflándose, como si algún juguetón duende desde atrás la llenara de aire, por una refrescante ráfaga de la brisa de la mañana. Ocurre, con frecuencia, a esa hora, pues el salón está en un séptimo piso y el viento se deja sentir.
Arriba, distante, el cielo a pesar de permanecer impasible envuelto en su majestuoso azul del verano, estaría –se me antojó pensar– entretenido con este suave movimiento de la blanca cortina del salón. O, más japonés, debía ser algún kami, alguna juguetona divinidad dándome los buenos días.
Poco después, la persiana iba a ser bajada y la puerta cerrada para mantener el aire fresco de la mañana dentro de la habitación durante el resto del día estival. La cortina quedaría entonces inmóvil, triste, pensativa. Y la deidad o bien se alejaría de la cortina o bien actuaría en ella de otra forma inapreciable.
En estas diecisiete sílabas he pretendido, nuevamente afirmo, aunque suene paradójico, que sin proponérmelo, crear movimiento. Es más: es el diosecillo del movimiento el que las ha escrito. No podía dejar de ser, por eso, un haiku dinámico. A pesar de la aparente quietud que parece evocar.
Agosto 2020
CONSTRUIR
Feo y sin brillo.
De calores vencido,
viejo geranio.
DECONSTRUIR
Cuando hablo del amor del culto del pueblo japonés por la flor del cerezo (la famosa sakura), que apenas dura dos o tres día en la rama, como encarnación de su amor a la belleza efímera, a menudo la opongo del gusto de los españoles por el geranio, tal vez por sus tonos frecuentemente vivos, intensos, por su fuerza, por la duración de su flor. Pero el calor ardiente de final de julio, vuelve mustia y sin brillo hasta al geranio. Como este en tiesto que hay en la terraza de mi casa y tal vez a muchos les parezca FEO.
Pero yo, torpemente, he deseado capturar la esencia de la voz derrotada, intimar con el aspecto marchito de esta humilde flor.
Capturar esencias e intimar con las cosas. He ahí, para mí, las dos esencias del haiku.
Nos lo recuerda Akiko Yosano, la gran poeta del Midaregami (Pelo alborotado), de 1900, el libro de apasionados tanka con que revolucionó el mundo de la poesía tanka japonesa, como poco antes había hecho Masaoka Shiki en el mundo del haikai.
Estas son sus palabras, que aunque ella las aplicaba al waka, se pueden aplicar al haiku (el subrayado es mío).
«La poesía de Japón posee una forma particularmente breve diferente a cualquier otra del mundo. No solo no acepta una sola palabra o sonido en exceso, sino que busca eliminar las explicaciones tanto como le es posible, de tal manera que la combinación de palabras, limpia y sutil, consigue que flote la esencia de una flor o colorea la niebla de una montaña con el color del sol naciente, dejando que estas imágenes intangibles produzcan un contorno de sentimiento claro y definido. . . .»
Yo he experimentado que, cuando me siento a escribir poesía, mi “amor” se amplía y define. Es más, mi interés por la “belleza” se eleva y enriquece. La maleza y las flores a las que no había prestado atención, las hojas caídas, guijarros y piedras, árboles mustios –en estas cosas descubro líneas y ángulos interesantes, colores, delicadeza y muchos otros tipos de belleza que se me escapan–. Y, entonces, surge en mí un sentimiento de amor hacia esas cosas; siento una intimación con ellas como si pudieran compartir conmigo las penas y alegrías de la vida. Para el ojo frío de la racionalidad, todo esto puede sonar a algo así como una emoción boba, pero la mayoría del tiempo vivimos inmersos en ese tipo de sentimiento, no en la razón».
[de “La mente de un poeta”, en La literatura japonesa en sus textos”, págs. 1158-1159]
JULIO 2020
CONSTRUIR
Entre la tierra
la cabeza de un ajo.
El mundo gira.
DECONSTRUIR
«Entre san Juan y san Pedro, saca tus ajos del huerto». Tal vez por eso, anteayer, que era 28 de junio (san Juan es el 24 y san Pedro, el 29), pasé un rato a primera hora de la mañana sacando, de la ya dura tierra de mi pequeño huerto familiar, los ajos que en cuatro o cinco surcos había sembrado seis meses antes, allá, a final del diciembre pasado.
Mientras lo hacía, con cuidado para no lastimar las cabezas de los emergentes ajos con el borde cortante del azada, pensaba varias cosas y sentía muchas. Un amasijo de pensamientos y sensaciones: el sabor hiriente del ajo restregado en una tostada de pan, la generosidad de la tierra por darnos sus frutos, la inutilidad del esfuerzo humano, la indiferencia con que la Tierra gira a pesar del acre gusto de este humilde producto, a pesar de nuestras labores y ambiciones, la maravillosa sencillez con que los dientes se disponen en la cabeza del ajo, la complicidad juguetona de las hierbas que crecían entre los tallos marchitos de los ajos, la búsqueda afanosa entre la tierra de los dientes perdidos de alguna cabeza, la intensa felicidad del momento en las primeras horas del día, la suavidad del aire fresco de la mañana, etc.
Tantas y tan variadas sensaciones e ideas que hallaron plasmación en esos tres versos.
La cabeza del ajo, terrosa, negruzca y sucia, que oculta acritudes palatales y promete guisos sorprendentes, fue para mí metáfora del planeta Tierra, obsesionado con su mecánico girar alrededor del Sol, planeta maltratado y generoso que nos da y nos quita todo en este breve rato que es la vida. Entremedias, tiempo para sostener una azada y hurgar en su superficie en busca de una ilusión: la cabeza de un ajo. La-ca-be-za-deun-a-jo, siete sílabas, siete dientes de intenso sabor con los cuales, entre la tierra y el cielo, componer un suspirillo de uniones. Componer un torpe haiku.
Incumplí mi promesa de hablar hoy de las ideas sobre haikus de la gran Akiko Yosano. Los ajos tienen la culpa.
Información fresca a los amigos del Rincón del Haiku:
Este 7 de julio, día de la bonita fiesta de Tanabata, daré una charla online (inscripción gratuita, en www.veranoculturaljapon.es organizado por la Embajada japonesa en Madrid) sobre “Escritoras japonesas contemporáneas”. Entre estas, brilla la voz de Tawara Machi, una poetisa cuyo libro “Aniversario de la ensalada” (editorial Verbum), publicado no hace muchos años en Japón causó sensación por la frescura y espontaneidad de sus waka-tanka. Algunos críticos han comparado la revolución de esta poeta en el mundo del viejo waka, con la que hizo Masaoka Shiki en el mundo de haikai-haiku a final del siglo XIX.
He aquí una muestra del librito de Machi:
Después de que me dijera
«no me puedo
casar contigo».
aquí estoy,
Desayunando como siempre.
El ajo es el amor, es el “tú”: acre, oloroso, intenso;
pero el desayuno es la Tierra que gira, como siempre.
Junio 2020
CONSTRUIR
En el paseo,
miró atrás y sonrió.
La primavera.
DECONSTRUIR
Los que escribimos haikus en español tenemos la suerte de no precisar escribir los pronombres personales. En japonés antiguamente apenas se usaban; y todo el mundo entendía (aunque fuera sin “entender”) quién ejecutaba la acción verbal.
Para mi coleto, en este haiku, el sujeto de “mirar” y “sonreír” es “ella”, “una joven”. Es decir, pienso en una muchacha, consciente de su belleza, que, ante el estímulo que sea, gira la cabeza y sonríe adorablemente (aunque, oh, sea con la mascarilla puesta). Ahora bien, para quienquiera que lea estos versos, podría tratarse de otro sujeto verbal, un hombre, un anciano, un niño, qué sé yo. Y estaría también muy bien así que así fuera.
Y es que la impersonalidad del haiku es, para mí, uno de los grandes tesoros de esta forma poética que tanto nos gusta a quienes nos acercamos a El Rincón del Haiku. También la naturaleza es impersonal, ¿verdad?
La impersonalidad es un puente vaporoso uno de cuyos finales está suspendido, en el aire. Y esto es cosa de maravilla. Pura magia de la poesía. La personalidad, por el contrario, el corsé del “tú”, “yo” y otros pronombres, me parece que limita la dimensión poética. En fin, cuestión de gustos, ¿verdad?
La verdad es que esos versos me los inspiraron dos hermosos tankas sobre la primavera de la gran poetisa japonesa Akiko Yosano, una mujer valiente, que en 1901 revolucionó la poesía japonesa del tanka –creo que en mayor grado que hizo Masaoka Shiki con el haikai– con su libro Midaragemi (Cabello alborotado). Un apasionado himno a la belleza de la entrega amorosa y del cuerpo femenino. Un himno que antes, en Japón, simplemente no se llevaba.
Los dos poemas de la gran Akiko los comenté recientemente en el curso online que esta extraña primavera del 2020 imparto, todos los martes por la tarde, en Casa Asia titulado “Escritoras japonesas del siglo XX y XXI”. Además tuvimos la fortuna de que nos fueron leídos en la propia voz declamatoria de Akiko Yosano, gracias a la generosidad de una de las participantes al curso, Begoña Castro, que también los interpreta con su danza. En fin, los dos poemas en cuestión son estos:
“«La primavera es corta,
¿Quieres sentir su eternidad˛», le dije,
Y, tomando sus manos,
Las hundí en mis pechos
Rebosantes de vida”.
Y el otro:
Pregunta al verso
Quién osa rechazar
El rojo de las flores.
¡Oh, qué encantadoras
las chicas pecando en primavera.
De ambos ofrezco la versión original en El pájaro y la flor (Alianza, 2011).
En mi siguiente entrega de CONDES hablaré de las ideas de Akiko Yosano sobre poesía que publica en un ensayo de 1931 titulado “La mente de un poeta”.
Mayo 2020
CONSTRUIR
Tan ignorante
de la muerte que llega.
Ze, ze, ze, ze, ze.
Otro:
En soledad
Una vida se esfuma.
El cielo azul.
DECONSTRUIR
Estos dos haikus nos hablan de la muerte. Rehuir este tema es hacer el juego a la innaturalidad de no tenerla presente en nuestros pensamientos. ¿Podemos vivir sin tener presente a la vida? La vida es parte de la muerte, tanto como la muerte es parte de la vida. Somos invitados en este mundo y los invitados, tarde o temprano, se van. Quedan el aire, la tierra, el agua, elementos que, forzoso es reconocerlo, parecen estar mejor sin nuestra actividad y presencia. Nada pues más natural que tener presente en nuestros poemas a la muerte, a nuestra partida, a nuestra salida de la jaula, al comienzo del vuelo hacia la nada.
El primer poema recrea uno famoso de Bashō sobre una cigarra que dice:
Yagate shinu
Keshiki wa miyezu
Semi no koe
De su pronta muerte
Sin señales mostrar,
Voz de cigarra.
A mi entender, todo el peso de este maravilloso haiku está en el tercer verso: el canto de este insecto que, en Japón, nos evoca el calor sofocante del verano.
En una vuelta de tuerca, yo he pretendido reproducir torpemente, por falta de consonantes apropiadas en español, el sonido de la cigarra: un “ye, ye, ye, ye, ye”, pero pronunciando esta “ye” algo así como con una palatal fricativa, parecido al inglés “je” aunque alargando del fricación, como con un prolongado roce. En suma, el canto de la cigarra. Este poema siempre me ha llamado la atención porque, en contra de la opinión de la tesis moralista de algunos que afirman la lección sobre la fugacidad de la vida que nos puede dar Bashō con estos versos, creo que la cigarra se ríe de nuestra preocupación por la muerte o por las cosas que no han llegado.
Compongamos haikus, con la inconsciencia con que canta la cigarra, sobre la vida o sobre la muerte porque lo único importante es el AQUÍ y el AHORA, es decir, el espíritu del haiku.
En cuanto al segundo poema que hoy presento a la atención de los amigos de El Rincón del Haiku, incide sobre la misma sensación: la indiferencia del azul del cielo (antes era el canto de la cigarra) ante el insignificante drama de la desaparición de una vida. Al fin y al cabo, como he comentado antes, ¿no va estar más limpio y más azul el cielo cuando nos hayamos ido?
La foto que adjunto, con la ramita de cerezo en flor en primer plano, lo dice mejor.
Ni el azul del cielo ni la cigarra tienen temor a la muerte. Son intrépidos, como intrépido es el haijin cuando con la flecha de su arte perfora el Inconsciente, es decir, la vida interior de las cosas.
Abril 2020
CONSTRUIR
Voy esperando
Las flores del celindo
Que en mayo llegan.
DECONSTRUIR
Aquejados todos, contagiados o no contagiados, sintomáticos o asintomáticos, hospitalizados o no hospitalizados, muertos o vivos, por esta pandemia del coronavirus, es tiempo de esperanza.
Enjaulados en el mundo, la esperanza es nuestro resorte de supervivencia, nuestra respuesta instintiva al peligro.
Doble esperanza: la de saber que esta prueba nos está haciendo más fuertes (solidarios, compasivos, sabios, humildes, y todo lo que queramos añadir, sin excluir el comentario cínico de que a algunos pocos les está haciendo más ricos; o desengañados o amargados) y la esperanza de sentir que algún día todo esto tendrá un fin y habrá sido una terrible pesadilla.
Para mí el comienzo del fin de esta terrible pesadilla es el mes de mayo, dentro de muy poco, y el perfume embriagador de las blancas florecillas del celindo. Es el arbusto que forma la pared del patio de mi casa. Esperanza en forma de la blanca luz del final de un túnel.
Tengamos fe o Fe (el esqueleto de la esperanza). La fe o Fe es otro de los términos con que podemos significar nuestra intuición del Inconsciente. Y este Inconsciente (o inconsciente, como escribiría un agnóstico) es el océano inabarcable, inagotable que nutre nuestra inspiración poética.
Con este poema, además, quiero rendir un insignificante tributo a la tradición poética japonesa de la que bebemos quienes componemos haikus. Concretamente a un celebérrimo poema amoroso, un tanka, el nr. 139 de la antología Kokinshū o Colección de poemas antiguos y modernos (Hiperión, 2005), publicada el año 905, la más canónica e influyente de las antología japonesas.
Satsuki matsu
Hana tachibana no
Kao kageba
Mukashi no hito no
Sode no ka zo suru.
Mi traducción al famoso y anónimo (en el Kokinshū y otras antologías clásicas, “anónimo” suele ser sinónimo de antigüedad) tanka dice así:
Voy esperando
La flor del mandarino
Que en mayo llega.
¡Cómo añoro el aroma
de las mangas de aquel hombre!
Tan famoso, en efecto, que la protagonista de El diario de la Dama Izumi (Satori, 2017), un intrigante manual del código amatorio de la época escrito a principios del siglo XI, repite espontáneamente el último verso del poema cuando se fija en la ramita de azahar que sostiene en la mano el mensajero que le trae una carta de amor del príncipe Atsumichi. Gracias a la mención de este poema, la dama Izumi pasa con nota alta la prueba de mujer refinada a que la somete el príncipe. Será el comienzo de una maravillosa historia de amor.