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Mirta Gili

 

 

 

 

 

 

 

Sobre la autora

Mirta Gili nació y vivió en San Nicolás de los Arroyos, Buenos Aires, Argentina, hasta su fallecimiento en los primeros meses de 2023.  Participó muy activamente en diversos momentos en los foros de El Rincón del Haiku y fue un miembro destacado de nuestra comunidad.

La selección que hemos realizado, quiere ser un homenaje y un reconocimiento al gusto que tantas veces demostró por el trabajo argumentado y colectivo.  Creemos que estos haikus de Mirta representan significativamente su manera de entender el haiku y han sido escogidos con el cariño y el respeto que merecen entre los recibidos para Autores Haiku-dô (de la revista ERDH) y entre su variada producción en el foro desde 2008 hasta 2021.

Mirta permanecerá siempre en el recuerdo de cuantos la conocimos.

 “No escribo como quiero sino como puedo”

                                                                                         Mirta Gili 

 

voces que ya no oiré…

un viento helado

atraviesa los frutos del arce

 

 

rozando el suelo,

toman color

las mandarinas

 

 

plaza soleada –

del bolsillo otra vez

saca semillas

 

 

sin huellas la nieve,

algunas hojas secas

cruzan el puente

 

 

amanece –

en la ventana del niño

un reno de felpa

 

 

otro aniversario…

oliendo a oscuras

las flores al ligustro

 

 

«Se Vende»…

y el malvón

se ha cubierto de flores

 

 

mañana helada –

el viento acerca

el murmullo de un grillo

 

 

semillas del fresno…

en vaivén

el brillo de la luna

 

 

sobre la tumba

del gato en el jardín,

mentas y ortigas

 

 

tarde de otoño,

esquivando a los niños

la mariposa

 

 

huele a claveles…

una mosca vuela

en la cara del muerto

 

 

llovizna –

el andar de una oruga

entre la menta

 

 

clavel del aire –

atrapan panaderos

sus flores secas

 

 

tenue sol…

podan

el lugar de los trinos

 

 

jacarandá,

el plac de una flor

en el silencio del alba

 

 

une las ramas

del rosal muerto:

la telaraña

 

 

rancho isleño –

ahumadas las ropas

del espantapájaros

 

 

antes de morir…

limpió sus alas

la cucaracha

 

 

bajo las tipas…

el abuelo matea

soplando pétalos

 

 

sin hojas…

el cielo entre las pajas

del nido vacío

 

 

ronda de niños –

un pechiblanco muerto

entre las flores

 

 

patio de luz,

al alba sube y baja

el chillar de golondrinas

 

 

lluvia nocturna,

los pétalos blanquean

el tronco del cerezo

 

 

bajo la parra…

mi abuela recoge

la araña que cae

 

 

en el lodo…

el brillo de una piña

a medio abrir

 

 

totoral,

se agrandan sobre el agua

los ojos del ternero

 

 

resuena un trueno –

vuelve en silencio un pato

bajo la lluvia

 

 

noche sin luna,

desde el cuarto mi madre

llama a su madre

 

 

primero de año –

cerca del nido roto

vuela el hornero

 

 

otra ráfaga,

mi sombra se mezcla

con la del ciprés

 

 

risas en el agua,

en el cuenco de rocas

los renacuajos…

 

 

desvainando arvejas

junto a mi madre;

el gallo canta también…

 

 

se pierde en la sombra

el sol en las alas

del alguacil

-.-

Noviembre 2023

CONSTRUIR

Cables eléctricos
Sobre el suelo mojado.
No pasa nadie.

DECONSTRUIR

Es un haiku urbano, hasta con cables eléctricos. Lo compuse anteayer, al pasear por un pequeño pueblo de la bella comarca de las Hurdes, en el norte de la provincia de Cáceres, poco antes de volver al hotel. Era el anochecer de un día lluvioso y el pavimento de la calle desierta estaba mojado, como se aprecia en la fotografía. Me impresionó la luz del crepúsculo tamizada por el amarillo de las farolas y, sobre todo, que entre las dos dimensiones de esta visión, los cables del tendido eléctrico y el suelo no hubiera nadie en ese momento. El momento y nadie.

Sobre el momento, como expresión de la transformación incesante de la vida, y de nadie, como expresión de la nada y del vacío, tuve la suerte de hablar el jueves de la semana pasada en la Facultad de Derecho de la UCLM, en Albacete. Ambos conceptos, dije en tal ocasión, me han parecido siempre dos pilares importantes para la composición del haiku. El primero, la transformación o el cambio, tal vez la única realidad perceptible de la existencia humana, representa para el haijin un desafío constante: cazar el instante, como el fotógrafo captura con su cámara el estatismo del momento, por medio de sus herramientas que no son otra cosa que sus sensaciones y su inspiración. En la charla hablé de recursos para tener éxito en esta caza: los verbos de movimiento e, igualmente y con mayor efecto muchas veces, la ausencia de tales verbos para apresar el estatismo y la inmovilidad. En este haiku, los dos primeros versos carecen de verbo. En el tercero, sí que hay uno. Este contraste, o similar, me ha parecido siempre de gran interés para un buen haiku.

   En segundo lugar, la nada. En el budismo, el estímulo espiritual más inspirador y constante en la cultura japonesa en la cual nace y crece el haikai, que hoy llamamos haiku, es un concepto central. La nada, vacío o vacuidad (sunyāta, creo que se dice en sánscrito), en el doble sentido del vacío de la realidad fenoménica, del mundo; y en el sentido de vacío del yo, de ese desasimiento espiritual no muy diferente al empleado por los místicos cristianos cuando escriben sobre vaciarse de uno mismo, empezando por abandonar la caverna tenebrosa del ego, gran enemigo del haiku, y salir a la luz del vacío.  La científica Ann L’Huiller (1958), nobel de Física de este año, afirma que el ser humano está compuesto básicamente de vacío. Me serví de las ideas de la nada oriental que expone el filósofo Shinichi Hisamatsu (1889-1990) para aplicarlas a la manufactura del haiku. La nada oriental es un estado de conciencia creativo, no nihilista, no pasivo, no imaginado, y por supuesto no dualista, originado de la convicción de que el ser y el no ser, lejos de ser realidades contrapuestas, son simples productos mentales. Bueno, no quiero aburrir a los amables lectores de El Rincón con ontologías.

   Solo me gustaría indicar que la analogía sobre el agua y la ola que emplea Hisamatsu para relacionar sujeto y objeto o, en términos de la creación poética que nos ocupa, creador y obra de arte, o haijin  y  haiku, me pareció muy pertinente y la comenté en la charla de Albacete. La ola, simple movimiento del agua provocado generalmente por el viento, no deja nunca de ser agua. En su resurgir como ola y en volver al agua de la que es parte, está su esencia y su devenir. Cité en la charla esta algunos recursos para dotar a nuestros haikus de esta atmósfera de la nada o del vacío: la enumeración, el silencio, la inmovilidad y, por supuesto, las menciones explícitas de términos “negativos” como «no», «nada», «nadie» y similares.

   En el haiku de este mes, hay un «nadie» en el verso final. He aquí dos buenos ejemplos. Son de Buson. En el primero, hay enumeración y un «no».

Bramó tres veces
Y no se le oyó más.
Ciervo en la lluvia.

 En el segundo , un «ni»:

 A la sombra del monte
Ni un pájaro se oye
Labrando en el campo.
 

Cité igualmente en Albacete como ilustración de este punto sobre la nada un magnífico haiku que obtuvo el accésit del Concurso Internacional de Haiku de este año convocado por la AGHA:

 Marea baja.
Al levantar la piedra,
No había nada.

 Lo firmó Alicia Céspedes, de Argentina. Por desgracia, Alicia, nos informaron, falleció a los pocos días de enviar este concurso al jurado del concurso. Por eso, un haiku, el suyo, doblemente impresionante. Vida y muerte fundidas en la nada. Vida-muerte; y no vida y muerte. Fusión. La del momento con la nada. Fundidas en un haiku.

Sabor de zen

Una mujer joven vuela, de Madrid a Tokio, el mismo día en que Murakami recibe en Oviedo el premio Princesa de Asturias de las Letras. De pronto, la viajera recuerda un sabor: el del pastel de té verde matcha, que resume y anticipa el de la magdalena de Proust, cuando “el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.” En mi memoria personal, el sabor de las castañas dulces evoca el de un postre servido en la mitad vacía de un erizo verde. Fue en Kioto y en otoño, tal vez acompañado por un espontáneo ikebana de hojas de arce.

En el “Genji monogatari” -el refinado relato cortesano del siglo X- se despliega todo un abanico de sabores, vinculados a las celebraciones rituales o a las veladas íntimas, junto con la poesía, el canto, la música y la danza. (Un ejemplo notable era el festival Gosechi para celebrar la entronización del emperador o los primeros frutos).  Junto a comidas más ligeras -como brotes primaverales, arroz hervido o al vapor, bacalao, frutas y frutos secos- aparecen los manjares más exquisitos: faisán, trucha, venado o jabalí para el año nuevo; tortas envueltas en hojas de camelia; pastelillos de arroz con semillas de sésamo o de amapola, o con los cinco colores budistas (rojo, blanco, negro, amarillo y azul o verde). Y siempre, como bebida por antonomasia, el sake: tan popular que, en japonés, sake es el nombre del “alcohol”…

Sabores y sabores, también en el haiku. Imágenes al vuelo, como esta de Bashô: unos monjes, sorbiendo té en silencio, frente a la muda belleza de los crisantemos. Issa, siempre intenso, se comería la nieve que cae mansamente. Ryôkan siente la suavidad de la brisa, y ve caer unas peonías blancas en su sopa. Kyoshi observa con qué silencio mastica la mariposa su comida… De repente, Hekigodô nos sorprende con una imagen poderosa: la del buey que, en un cruce, camino del matadero, mira por última vez el cielo de otoño. Santôka nos regala una apacible estampa campestre: viento fresco en los pinos; hombre comiendo, caballo comiendo. Su escudilla de mendigo acepta hojas caídas y granizo, pero esta vez hay tallarines, y Santôka recuerda su infancia: “esta es mi ofrenda, madre: me lo comeré todo…” El poeta sabe que ya es otoño porque vuelve a saborear el agua, y siente su delicia y la canta, sintiéndose morir, como si fuera su poema de adiós. (En otro poema de despedida, Shiki pide ser recordado como el que amó los caquis y la poesía).

Hay alguien que bebe solo -anota Bashô- y que no se consuela ni con las flores de cerezo, ni con la luna. Más radical, un poeta anónimo sentencia: si no hay sake, no hay belleza. La deidad sintoísta del sake es también la del cultivo y la cosecha del arroz, y es venerada en santuarios como el de Matsuo Taisha, en Kioto, o el de Oniwa, en Nara. El sake marca las grandes celebraciones religiosas o profanas, la bienvenida a los dioses y el intercambio nupcial –“tres sorbos, tres copas”- entre el novio y la novia. Dulce o seco, caliente o frío, ese “vino” de arroz fermentado acompaña cualquier comida.

Arroz y pescado -síntesis y compendio de la cocina japonesa- encuentran una combinación perfecta en el sushi, sumando mutuamente protección antibacteriana y sabor. Hay detalles de gran sutileza: según un experto, “al prensar el arroz a mano, los granos deberán estar lo suficientemente juntos como para ver la luz de una bombilla a través de los huecos…” El sashimi incluye cualquier alimento cortado en lonchas (sea pescado crudo, verdura o tofu); de ahí la importancia del cuchillo, como dice un refrán popular: “lo más importante es cortar; cocinar viene después”.

El detalle de acunar el cuenco entre la palma y los dedos viene de la costumbre antigua de comer en el suelo. Si tomamos, por ejemplo, la sopa de miso -otra gran joya gastronómica-, podemos comprender a Tanizaki: “desde que destapas un cuenco de laca hasta que te lo llevas a la boca, experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color apenas se distingue del color del continente y que se estanca, silencioso, en el fondo. Imposible discernir la naturaleza de lo que hay en las tinieblas del cuenco, pero tu mano percibe una lenta oscilación fluida, una ligera exudación que cubre los bordes del cuenco y que dice que hay un vapor y el perfume que exhala dicho vapor ofrece un sutil anticipo del sabor del líquido antes de que te llene la boca…”

Hay otras historias con sabor de zen. En 1237, el maestro Dogen redactó unas Instrucciones para el cocinero (tenzo) de un monasterio. Allí se dice: “Remangándose es como el tenzo realiza el espíritu de la Vía. Tened cuidado de no confundir un grano de arroz con un grano de arena”. El texto recoge varias iluminaciones o satori: la anciana que ofreció al buda, con un corazón puro, el agua con que había lavado su arroz; el rey Ashoka, ya moribundo, ofreciendo medio mango a un monasterio; el maestro Tozan Shuso, que respondió al monje que le preguntaba sobre el buda: “¡Tres libras de sésamo!”… También el cocinero puede alcanzar su satori poniendo toda su atención en la preparación de la comida, sin perder el tiempo en cosas inútiles.

Ese es también el espíritu de la Vía del té –chadô, chanoyu-, tal como lo expresó Sen Rikyû: “El té no es más que esto: Primero calientas el agua, luego preparas el té. Luego lo bebes correctamente. Eso es todo lo que necesitas saber.” Rikyû perfeccionó la Vía ahondando en los valores del wabi (frugalidad, simplicidad y humildad), con detalles como la puerta baja de la cabaña, que obligaba a todos a entrar agachándose, o la norma, para los samurai, de dejar fuera la espada… Un dicho esotérico lo resume así: “el sabor del té y el sabor del zen son uno” (cha zen ichi imi).

***

HAIBUN 50

Haibun 50

Els cingles de Tavertet*

La vermellor de l’albada es va difuminant a poc a poc, deixant un cel sense ombra de núvols, i la xafogor de la nit passada fa preveure un dia molt calorós. Vàrem fer bé, ahir, de canviar la ruta prevista. Avui, com a mínim, la major part del camí la podrem fer pel bosc.

La pista que agafem es comença a enfilar de seguida, entremig d’un alzinar. Les fulles dels arbres semblen més grises de l’habitual, amb aquest temps ressec i polsegós i, fins i tot, la molsa que cobreix parcialment els grans còdols escampats aquí i allà, es veu cremada i es desprèn amb facilitat en tocar-la. De tant en tant passem al costat d’alguns espantallops*, amb les seves càpsules ja madures. Mai puc estar-me’n de fer-les sonar una mica.

Deixant el camí, agafem un corriol a la nostra dreta, que, a mesura que ens endinsem en el canal que ens durà al cim, va fent ziga-zagues entre les pedres, com més va més abruptes, per tal de guanyar alçada. El bosc es va esclarissant, i en diversos punts ens porta a una lleixa, que voreja el cingle vermell, en què trobem cagallons de cabres i, en la sorra, les empremtes de les seves peülles.

És una paret impressionant, amb alçades de prop de 200 metres sobre nosaltres, i una gran extensió del bosc als nostres peus. En tota ella s’aprecien clarament les franges sedimentàries que la conformen, grogues i grises de les capes calcàries, vermelloses de les argiloses, que s’estenen al llarg de diversos kilòmetres seguint el curs del riu.

Un cop a dalt, agafem un camí que recorre tot el pla superior, amb l’esperança de veure algun dels grups de voltors que nien en aquesta zona. Aquest tram, suau, ens du a l’extrem del cingle, des d’on baixem fins al Pantà de Sau, gairebé buit per la sequera, cosa que ens permet de veure l’església i una part de l’antic poble de Sant Romà.

les fulles seques
remuntant la cinglera
dos voltors negres

 

Los riscos de Tavertet*

Los tonos rojizos de la aurora se van difuminando lentamente, dejando un cielo sin rastro de nubes, y el bochorno de la noche pasada hace prever un día muy caluroso. Hicimos bien, ayer, en cambiar la ruta prevista. Hoy, como mínimo, buena parte del camino la podremos hacer por el bosque.

La pista que cogemos empieza a ascender enseguida, atravesando el encinar. Las hojas de los árboles parecen más grises de lo habitual, con este tiempo reseco y polvoriento y, incluso, el musgo que cubre parcialmente los grandes bloques de piedra caídos aquí y allá, se ve quemado y se desprende con facilidad al tocarlo. De vez en cuando pasamos junto a algunos espantalobos*, con sus cápsulas ya maduras. Nunca puedo evitar rozarlas para hacerlas sonar un poco.

Dejando el camino, cogemos una vereda a nuestra derecha que, a medida que nos adentramos en el canal que nos llevará a la cima, va haciendo zigzags entre las piedras, cada vez más abruptos, para ganar altura. El bosque se va aclarando, y en varias zonas da lugar a un estrecho rellano, que bordea el risco, en el que encontramos cagarrutas de cabras y, en la arenilla, las huellas de sus pezuñas.

Es una pared impresionante, con alturas cercanas a los de 200 metros sobre nosotros y una gran extensión de bosque a nuestros pies. En toda ella se aprecian claramente las franjas sedimentarias que la conforman, amarillas y grises en las capas calcáreas y rojizas en las arcillosas, que se extienden a lo largo de varios kilómetros siguiendo el curso del rio.

Una vez arriba, cogemos un camino que recorre todo el plano superior, con la esperanza de ver alguno de los grupos de buitres que anidan en esta zona. Este tramo, suave, nos lleva hasta la punta del risco, desde donde bajamos hasta el Pantano de Sau, casi vacío por la sequía, lo que nos permite ver la iglesia y una buena parte del antiguo pueblo de Sant Romà.

las hojas secas
remontando el riscal
dos buitres negros

Joan Antón Mencos Pascual
Sant Julià de Vilatorta, Barcelona

Haiku 57

57

 

さしぬきを足でぬぐ夜や朧月

Sashinuki o/ ashi de nugu yo ya/ oboru zuki

De noche 
se quita el sashinuki con los pies;
la luna brumosa

 

El hakama (sashinuki) es un tipo de vestimenta tradicional japonesa. Consiste en unos pantalones anchos que se ponen sobre un triángulo recortado a los lados que muestra dicho kimono.

Según Blyth (A history of haiku, vol 1, 251) se trataría de un hombre perezoso que se quita los pantalones apoyando un pie en la parte inferior de uno y sacando la pierna mientras contempla la luna. Vicente Haya lo traduce como “a golpe de piernas” para indicar el movimiento.

En cualquier caso, el impacto ante la imagen de la luna primaveral es tan poderoso que evita cualquier distracción y un acto como el de quitarse el sashinuki se convierte en una acción secundaria, realizada por simple instinto mediante un movimiento de las extremidades inferiores.

El hombre no puede desviar su atención del luminoso satélite. Típica imagen de percepción pura donde un suceso del entorno conmociona al haijin.

SHIKI: ÁLBUM FAMILIAR (2 DE 3)

Nueva serie de fotografías. Nuevamente algunas archiconocidas y otras casi inéditas en nuestro ámbito. Se pretende crear una buena fuente a la que recurrir cuando se necesiten imágenes sobre Shiki y su entorno.

1892. Shiki en una fotografía muy típica de la época

 

1892. En pose similar, su controvertido primo Kohaku Fujino

 

14 de octubre de 1892, con atuendo tradicional de viaje durante una salida de senderismo a Hakone

 

30 de marzo de 1895, en Hiroshima, a punto de incorporarse al ejército en china como corresponsal de guerra del periódico Nippon

 

24 de diciembre de 1897,  (también en la entrada del mes de febrero) la primera reunión de haiku de «Busonki», o reunión por aniversario de la muerte de Yosa Buson.

Una fotografía conmemorativa tomada en el porche de una habitación de invitados de Shikian. Shiki se sentó en el medio de la fila del medio. Shiki era un ferviente admirador de Buson Yosa. Escribió «Haijin Buson» y «Haikaku Taiyo», y estableció «Shasei Shugi», o poema haiku de realismo, que citaba el dibujo de la naturaleza en el arte occidental. Estos logros llevaron a la fundación de «Hototogisu», una revista de haiku, y «Araragi», una revista de tanka, en la que participó Takashi Nagatsuka, poeta y novelista de tanka, que quedó profundamente impresionado por el Shasei Shugi de Shiki.

 

El mismo día, con 31 años, en solitario delante su casa frente jardín, en esa primera celebración sobre el poeta Buson

 

Diciembre de 1899. Una nueva celebración del Busonki. Esta foto fue tomada frente a la cerca de pizarra en el lado oeste. Shiki se apoyó en un reposabrazos en el medio.

 

19 de junio de 1899, en la galería de su casa Neghisi, frente al jardín

 

1899 Shiki, en su cama de enfermo con materiales de trabajo

7. Los cinco agregados del apego

El yo no es un entidad permanente. Se mantiene en cambio continuo, no solo como consecuencia del entrenamiento y la formación, sino por la naturaleza misma de los elementos que la componen, ellos mismos sujetos al cambio.

Según el budismo son cinco los elementos que se entremezclan para construir el yo, los cinco agregados (skandhas), según el budismo: formas materiales, sensaciones, percepciones, construcciones mentales y conciencia.

El mundo se nos revela a través de las puertas de los sentidos, A los cinco sentidos bien conocidos (ojos, oídos, lengua, nariz y piel), el budismo añade la mente en su condición de integradora y auto perceptora (propiocepción).

A través de cada uno de nuestros sentidos entramos en relación y conocimiento de nosotros mismos, de los seres que nos rodean y de los múltiples sucesos a través de los cuales nos manifestamos y encontramos, compartiendo nuestra presencia momentánea, transitoria.

A través de este contacto, mediado por nuestros sentidos, se produce el fulgor, la primera impresión que hace posible un haiku.

Este primer chispazo que nos depara el mundo enciende nuestra red neuronal donde se transforma en sensaciones, las que en un primer momento solo se definen en términos de un me gusta, no me gusta, o no me interesa. Importante para la vida, pues en el plano básico de la supervivencia, se requieren respuestas inmediatas.

Pero, al continuar su recorrido en nuestro interior, las sensaciones puras o los tonos emocionales se transforman en percepción, en paladeo, en reconocimiento, en identificación, en atribución… A este nivel, aún no se requiere una elaboración conceptual compleja, con ideas o pensamientos. Aquí funciona ante todo la memoria coloreada con las emociones que acompañan la formación de los recuerdos. Nuestras memorias han sido tejidas con hilos de palabras cargadas de significados fruto de acuerdos renovables en esta vida de interacciones sociales continuas. El espíritu es el lenguaje, como sugería bellamente Walter Benjamin.

Fruto de estos laboriosos acuerdos humanos, de manera provisoria, un árbol se percibe como árbol, una nube como nube, un mosquito como mosquito, etc. Sin pretender agotar todo los significados posibles, pues todo árbol o nube o mosquito siempre será mucho más que el nombre que los designa.

Es a este nivel en el que los practicantes de haiku-dô estamos invitados a esforzamos por depurar nuestra relación con el mundo, a reeducar nuestra percepción dada su cercanía con los sentidos y el mundo que se nos presenta. Pues lo que sigue, termina por convertirse en una compleja y pegajosa tela en la que indefectiblemente la mayoría de nosotros terminamos atrapados.

La arquitectura de nuestro sistema nervioso incluye un nivel superior de exquisita complejidad:  el neocórtex, la parte más externa y nueva de nuestro cerebro, que nos diferencia del resto de especies animales en las que no se han desarrollado los lenguajes verbales y simbólicos que nos caracterizan como seres humanos sapiens sapiens. En este nivel se da la interpretación final más elaborada de la información que recibimos del mundo y que procesamos inicialmente en las redes externas del sistema nervioso y en la base de nuestro cerebro (sistema límbico). En la corteza cerebral transformamos las sensaciones y percepciones en ideas, argumentos, historias, pensamientos, acciones programadas o voliciones… Este nivel corresponde al cuarto agregado, el de las fabricaciones mentales.

Fotografía: Luis Bernardo Cano Jaramillo

El quinto y último agregado es la conciencia o la mente que discierne, que discrimina, que se concreta y define como un yo separado, independiente… Es el lugar de la actividad incontrolada de la mente que se proyecta en el tiempo y el espacio, el lugar en el que se deposita y almacena la información procesada por los otros agregados, donde se establece una identidad, donde se visibilizan las ideas del “yo” que cada individuo construye y procesa a partir de su herencia genética y cultural tanto como de su experiencia personal en esta vida de paso.

Sin embargo, el proceso de manejo de la información es de doble flujo, del mundo va hasta la conciencia a través de nuestro árbol nervioso; pero, en sentido contrario, desde la conciencia todas las representaciones elaboradas y guardadas en nuestro cerebro-cuerpo van hacia el mundo a través de nuestras acciones, algunas de ellas racionales y consciente. El proceso es tan complejo y costoso vitalmente que hace todo lo posible por permanecer “cerrado” (ordenado) y coherente. Lo que apenas logra de forma modera, frágil.

He ahí la fuente de la creación del “yo”, esa máscara o máscaras que nos representan y que se sostienen a partir del reconocimiento (el elogio y la fama).

Por esta razón, en el haiku tanto como en el budismo, la invitación es a ser conscientes de esta tendencia endurecedora de la actividad mental, a cuidarnos de los mecanismos que nos fijan en un “yo”, en una sombra, en una especie de ser deforme que genera y se conforma al sufrimiento.

Comprender que el “yo” no es otra cosa que los procesos dinámicos con los que gestionamos nuestras relaciones con el mundo, que no hay nada permanente dentro ni fuera, que el apego o aferramiento a cualquier idea solo ocasiona oscuridad y confusión mental, dificultad para percibir lo que es como es, que este es el modo de crear el sufrimiento, etc., ese es el camino de liberación que siguen tanto los practicantes del dharma budista como los haijines de haiku-dô cuya elección es aprender a soltar, a estar presentes, a vivir atentos, con un corazón cálido y agradecido por todo lo que se nos ofrece, instante tras instante, conscientes de la impermanencia y de la interconexión de todo lo que existe.

*     *    *

No se mueve ni una hoja…
¡Qué temor siento!
La arboleda de verano

 Buson

La persona de Buson se encuentra atrapada en un momento dramático para todo el entorno, uno más que se ve amenazado por la intensidad del estío, por el temor y el respeto que infunde una intensa ola de calor. Se trata de un “yo” conmovido por el entorno, que está por debajo del suceso que el lector alcanza a apreciar como lo realmente significativo. 99 HAIKUS DE MU-I, traducción de Vicente Haya y Keiko Kawabe, p. 44, MANDALA Ediciones, Madrid, 2010.

A la sombra de la higuera

Unos higos pisados
en la entrada al huerto –
Llovizna

Gorka Arellano

Cerca del agua
el olor de los pinos
y las higueras

María Argentina

 

Abuela y nieta
despezonando higos
para el invierno

Mercedes Pérez

 

hoja de higuera
en su reverso avanza
el gusano medidor

José Luis Vicent

 

El primer trueno –
En los higos maduros
cientos de hormigas

Pilar Carmona

 

Sombra de higueras…
Un gato va pisando
la tierra arada

Mavi Porras

 

Remolinos de polvo
y el resplandor
de las higueras.

Genaro Ortega

 

sobre las cañas
donde secaban higos
suena la lluvia

Daigu Neko

 

Higos maduros –
incapaz de tocar
las hojas ásperas

Bibi Gibb

 

Salto de agua
a la sombra de la higuera
las mariposas

Robert Rodríguez

 

junto al camino,
unos pellejos de brevas
todavía frescos

Elías Rovira

 

sombra de higuera;
amamanta la gata
a un cachorrito

José Antonio González

 

pedaleando
contra el viento del norte
olor a higuera

Valle Oporto

 

Batir de alas…
La luz del sol alcanza
los higos verdes

Mari Ángels Millán

 

tarde sin viento –
al arrancar el higo
su gota de leche

Toñi Sánchez Verdejo

 

Sombra de higueras.
Mi abuelo lee
rodeado de hormigas.

Luis Elia

 

olor a lumbre
bajo la higuera.
Noche de agosto

Juan Carlos Moreno