Haibun 71

Haibun 71

El bosque y Don Quijote

Sentada en el jardín de este viejo caserón, el ir y venir de los caballos y el trote del potro me sacan de las páginas del Quijote. En estos días de descanso, este banco de piedra bajo el hórreo invita a la lectura. Hoy aún no he salido de entre estas paredes que tanta historia cuentan. Como la tarde es soleada, aquí en Galicia salgo a dar un paseo hasta la granja más cercana; en el camino, surcado de altos eucaliptos, el silencio y la soledad invaden el espíritu de paz.

 En un cruce de caminos hay un cruceiro de piedra con la imagen labrada de una virgen, símbolo de la cultura de estas tierras. Hay muchas casas abandonadas que están cubiertas de madreselva, y la glicinia ha traspasado dentro a través de las tapias llenas de verdín. ¡Cuánto abandono!

Se nubla el cielo
por el verdín de la tapia
huye un gato

El bosque de eucaliptos va estrechando el camino y, al llegar a un recodo, se abre un claro donde se puede ver la granja de Felipa.

Al acercarme me saluda: está sentada a la sombra de un roble, rodeada de dos perros y de las gallinas que picotean acá y allá. Felipa, a sus 90 años, gusta de charlar; no es raro, pasa el día sola. Hoy, hasta más tarde, no llegará su hija, por eso se alegra de tener compañía. Como solamente habla gallego, hay veces que debo adivinar por sus gestos de qué me está hablando y seguir los derroteros de su conversación. Cuenta que poco o nada ha salido de este entorno.

En el camino de vuelta, los altos eucaliptos, con el viento del nordeste, se inclinan: una sensación extraña para el viajero que anda por aquí por primera vez.

 Me viene otra vez la pregunta de Felipa: “¿Qué te ha traído por aquí?”. Y vuelvo a las páginas que escribió Cervantes, cuando Don Quijote le dice a Sancho: “El andar tierras y comunicar con gentes diversas hace a los hombres discretos”.

Crepúsculo.
Tras las huellas de zorro
 corre el perro

La hiedra, madreselva y la ipomea glicinia

 

Encarna Ortiz
Recas (Toledo) España