Julio de 2026

CONSTRUIR

Puerta cerrada.
Salen manitas verdes
Al cielo azul.

DECONSTRUIR

No es fácil imaginar lo que dice este haiku sin la foto. La saqué en un viaje reciente por Galicia: un muro, unas jambas y un dintel hechos con buenas piedras de sillería enmarcaban una puerta negra y cerrada; detrás, un terreno abandonado donde crecían con profusión hierbas y zarzas. Nada extraordinario, ¿verdad?

   Lo que me llamó la atención fue el vigor irresistible de las zarzas en buscar espacio fuera del terreno. Sus puntas, como los dedos de las manos de un humano que se estuviera ahogando y que buscara con desesperación aire, asomaban por las rendijas que había entre la puerta y las piedras. Me pareció que el cielo azul, arriba, sonreía al ver este ejercicio de supervivencia.

    Esta visión me inspiró varios haikus:

  Felices brotan
Las hierbas del olvido.
La puerta negra.

El cielo azul.
Desesperadas buscan
Las zarzas aire.

Puerta negra.
Las zarzas detrás asoman
¿buscando qué?

Cerrada puerta.
Y las hierbas que sueñan
Con cielo azul.

Pero ninguno me gustaba. Me di cuenta de que eran construcciones demasiado tamizadas por un intelecto empeñado en hallar significados: el olvido, la desesperación, la búsqueda, el sueño. Artificios intelectuales. ¡Fuera con ellos!

    Son conceptos centrales en cada una de esas cuatro versiones, pero precisamente por ser conceptos se apartan del alma de la visión inocente: unas hierbas buscándose la vida. Pero no unas hierbas cualquiera. Eran únicas y extraordinarias. Este aspecto de lo extraordinario es lo que me llamó la atención. Primero, por el lugar en que estaban: detrás de una puerta cerrada, y debajo, muy debajo, de un cielo azul. Segundo, por el ímpetu con que crecían en busca de espacio. Yo las vi no como hierbas o zarzas, sino como dedos o manos que, simplemente, habían crecido y en su crecimiento buscaban territorio al exterior del terreno exuberante en donde habían nacido y crecido. Querían más. Eso es lo que me estaban diciendo con los extremos de sus tallos. En mi visión, estos extremos o puntas habían dejado de ser extremos o puntas y se habían convertido en manos pidiéndome que me detuviera y les sacara una foto.  Necesitaban ser oídas.  Y trasmutados en sílabas de un haiku.

No necesitaban que yo interpretara su vitalidad en términos de metáforas sobre sueños, búsquedas u olvidos. Simplemente deseaban tener voz: «aquí estamos nosotras, que parecemos manos, entre una puerta y lejos de un cielo».

    Algo hay que decir de las metáforas. No me gustan las metáforas abstractas, sean las llamadas puras o las impuras, en un haiku porque desvirtúan la esencia de este arte que es  ser poesía de sensación, del aquí y del ahora. Pero hay metáforas que sí que me gustan: son las vivenciales, las espontáneas, las naturales. Las mismas que que usaría un niño, de vocabulario reducido, para decir que “las puntas de las zarzas eran como manitas o como dedos buscando algo”. Un niño no se referirá a esas puntas como “ápices vegetativos” o “puntos de crecimiento” porque su vocabulario no le llega a tanto por lo general. Pero sí que podría decir, por ejemplo, cuando se desliza por un tobogán del parque: “Mira, papá, soy una catarata cuando bajo!” Esta es la metáfora natural y creativa del haiku. Como las de un niño.

  Matsuo Bashō, especialmente en los últimos años de su vida, insistía en que el haiku debe tener karumi, es decir, ligereza, sencillez. Enseñaba cómo conseguir karumi así: “Observa simplemente lo que hacen los niños”. Con esta bella metáfora explicaba el significado de karumi: “El estilo al que me refiero es ligero –karui– de forma y estructura, como la impresión que produce la contemplación de los bajíos arenosos de un río”. Ligereza para el maestro no era frivolidad –aunque algunas personas ajenas al espíritu del haiku lo confunden–, ni ordinariez, sino sencillez en lugar de complejidad, ingenuidad en lugar de sofisticación. La belleza de lo ligero tampoco implica falta de hondura. Al contrario.

   He aquí dos haikus que me parecen que tienen el valor de karumi.

Uno es del propio Bashō:

El sexto mes.
Hay nubes en la cima
De Arashiyama.  

Otro de Masaoka Shiki:

Bajo la llovizna,
Camina lento un perro,
Meneando el rabo.

 

Ausencia de metáforas. Pura observación.

“Manitas” o “deditos”, aplicado a las puntas de las zarzas, es una metáfora creativa y espontánea. Aporta karumi al poema. Y le da vida. La metáfora abstracta, por el contrario, ahoga “las cosas”.

   En este haiku de julio, “las cosas” son tres: las puntas de la zarza, la puerta y el cielo. Tres cosas que, extraordinariamente, se han conjuntado en la visión del poeta para dejarse oír en diecisiete sílabas.

     Porque en el haiku deben hablar las cosas. No las emociones, no el ego, no la estética –lo más difícil–. Y sin las trampas del intelecto. Pura observación.