CONSTRUIR
¿Ardiente sol
al lado de un camino
o vieja pala?
DECONSTRUIR
En el curso de un paseo, uno de estos días calurosos de fines de julio, me sorprendió, a la vera del camino, una vieja pala, oxidada, sin el mango, tirada entre los hierbajos secos. Hay foto. Su presencia absurda, para muchos fea, en ese lugar me dejó perplejo. Merecía ser transfigurada. Me imaginé que era también, aparte de su identidad como vieja pala inservible, el mismo sol ardiente de esa tarde del verano castellano. Y en un momento, no supe bien cuál era cuál.

Y quise dar vida a esta transfiguración por medio de las diecisiete sílabas de este haiku. Pala y sol aparecen en estos tres versos con sus respectivas identidades confundidas, a pesar de que opinará con razón el lector de que no se parecen en nada: oxidada una, refulgente el otro; en la tierra una, en el cielo el otro; vagamente circulares, eso sí, los dos. Pero ese día de verano, a mí me pareció divertido jugar a eso que, en la poética japonesa clásica, denominaban «elegante confusión». De hecho, había un recurso retórico para expresarla: se llamaba mitate o transposición identificativa.
Consistía, simplemente, en tomar un cosa por otra. Su uso, frecuente en la antología Kokin waka shū, el canon del clasicismo en poesía japonesa, de inicios del siglo X, se insertaba en esa especie de estética de la perplejidad cultivada por aquellos poetas asociados a la corte imperial. Los mitate eran verdaderos alardes de ingenio, virtud apreciada en aquella lejana poesía cortesana.
Justamente, pensará con razón alguien que lea estas líneas, lo opuesto al espíritu intuitivo, espontáneo, rabiosamente natural del haiku. Aquel arte poético, por el contrario, era preciosista, estaba rígidamente encorsetado en un código de temas, tenía un léxico reducido. Pero… podemos aprender mucho de ella. Poseía, por ejemplo, un refinamiento sorprendente, era de una exquisita alusividad lírica, de un exuberante crecimiento interior…
«Mitates» frecuentes en muchos de los 1.111 poemas de aquella antología era tomar las flores del ciruelo por copos de nieve, las nubes por nieve, la bruma de primavera por un vestido, los crisantemos por estrellas, las olas del mar por cerezos floridos y… hasta barcos transformados en hojas de otoño, etc. No eran metáfora, sino objetos de identidad confundida. Pero basta de palabras. He aquí un par de ejemplos de waka (el abuelo del haiku, con su estructura de 5/7/5/7/7 sílabas) con mitate.
En el primero, el número 301 de la antología y firmado por Fujiwara no Okikaze, las hojas de otoño y los barcos de pesca, aunque aparentemente sin mucho en común, para el poeta pierden sus perfiles identificativos y se le muestran confundidos en un instante y en una interesante combinación cromática:
Empurpuradas
Hojas de otoño cabalgando
En blancas olas
¿O barcas de pescadores
Flotando a la deriva?
En el segundo, el número 59, de Ki no Tsurayuki, el poeta se muestra perplejo: ¿Tiene el poeta ante sus ojos nubes blancas o cerezos en flor? , ¿cuál es cuál?
¿Son nubes blancas
Entre fragosos montes,
Las que allá flotan?
¿O más bien son los pétalos
De la flor del cerezo?
¡Cuánta razón tendrá el paciente lector o lectora del Rincón en pensar que eso está muy bien, pero que una pala vieja y un sol no tienen casi nada en común! Y que una pala oxidada no es nada elegante, a diferencia de cerezos floridos o nubes blancas u hojas de color carmín o pintorescos barcos de pesca. Toda la razón del mundo.
Pero el haiku, no lo olvidemos es poesía de la sinrazón, y también de las cosas feas. Por eso, una fea pala abandonada se ha convertido en un radiante sol. Todo merced a la varita mágica del poeta, transfigurador de realidades aparentes y humilde creador de absurdos mitate.