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Marzo 2021

En Japón ya se sienten los primeros aires de primavera; ¿qué mejor sino poesía primaveral para el artículo de este mes?

Sosei Houshi fue el segundo hijo de Soujou Henjou, uno de los 36 Poetas Magistrales, y entró a servir como monje junto a su padre. Sin embargo, al no ser un camino deseado por él, al parecer, no se dedicó diligentemente a este. Incluso después de tomar los hábitos, continuó jugando un activo rol como poeta, acompañando al Emperador Retirado Uda en sus visitas, componiendo poemas que decoraban los biombos, entre otras actividades.

El siguiente poema de Sosei es el 56 en el primer rollo de primavera del Kokin Wakashuu, la primera antología imperial, compilada por Ki no Tsurayuki bajo orden del Emperador Daigo en el año 905.

見渡せば柳桜をこきまぜて都ぞ春の錦なりける

miwataseba yanagi zakura wo kokimazete miyako zo haru no nishiki nari keru

si miro alrededor los sauces y cerezos mezclarse, la capital se ha convertido en un brocado primaveral

En el año 1692, Mizuma Sentoku edita el texto Hairin Ichiji Yuuranshuu, en el cual viene incluido este haiku que Matsuo Bashou compuso mientras paseaba por Yamanashi. Bashou no sólo sentía devoción por los poetas clásicos japoneses, sino también por los chinos. Así como se inspiró en la calma de principios de primavera que refleja el poema de Sosei, también hay en el poema de Du Fu 柳を問ひ花を尋ねて野亭に到る * (yanagi wo toi hana wo tazunete notei ni itaru) “pregúntale al sauce, pregúntale a las flores, y llegaras a la cabaña campestre” una imagen similar que Bashou convirtió en el siguiente haiku:

かぞへ来ぬ屋敷〱の梅やなぎ

kazohe kinu yashiki yashiki no ume yanagi

vine contando, residencia tras residencia, ciruelos y sauces

* El poema de Du Fu original es como sigue: 問柳尋花到野亭 lo que se expuso en el párrafo corresponde la lectura en japonés.

HAIKU 25

宿の梅折取ほどになりにけり

yado no ume oritoru hodo ni nari ni keri

El ciruelo de la casa
creció muy alto,
no puedo recoger sus flores.

El ciruelo florece a principios de febrero, a menudo mientras todavía está cubierta de escarcha. La madera de color marrón oscuro, los capullos de flores de color rosa oscuro y la nieve blanca son un retrato sorprendente de colores contrastantes. Como las flores no se ven afectadas por el hielo o el frío, las flores de ciruelo representan una buena salud y superan las adversidades.

La primavera marca el comienzo de la temporada agrícola, así como las cosechas rentables. Así, las flores del ciruelo se asocian con la riqueza y la buena fortuna, siendo heraldos de la primavera.

 

 

María Ángeles Millán (Hikari), II

Brilla el rocío.

En las piedras un ala

de mariposa

*

Nieve en las cimas.

Las plumas del cañar

giran al sur

*

Sol del ocaso.

El sendero cubierto

de moras blancas

*

Vuela un halcón-

La luz de la mañana

en los sembrados

*

Rocío en la hierba,

Cae otro pétalo

del ciruelo

*

Toque de difuntos –

en los brotes de azahar

la tramontana

*

Ocaso en el arrozal –

Hunde el pico

la cigüeñuela

*

Mengua la luz.

El rastro blanquecino

de un caracol

*

Puente de piedra.

Roza el agua un instante

la golondrina

*

Leña apilada.

Giran hacia el ocaso

los estorninos

*

Viento en las cañas.

Sobre el barro las huellas

de un petirrojo

*

Flor del guisante.

Se retuercen al sol

las lombrices

*

Entre el cañar

las violetas silvestres.

Canta un jilguero

*

Al sol resaltan

las costillas del bayo.

Tierra en barbecho

*

Noche estrellada.

El vecino regando

las tomateras

ENTRANDO EN AÑO NUEVO CON BUSÓN

   Ante el Año Nuevo que estrenamos, veo oportuno tratar dos temas:

  1. La estación climática y su celebración mediante el haiku.
  2. La escritura misma y su práctica en nuestra lengua española.

En cuanto a la estación, nosotros entramos en Año Nuevo siempre en invierno, aunque para los países del hemisferio Sur tales fechas coinciden con el verano.  Para los japoneses del siglo XVIII, que se regían por el calendario lunar, el Año Nuevo coincidía con la entrada de la Primavera.  De ello se desprende que las lluvias primaverales pudieran convertirse en tema de Año Nuevo, como símbolo –además- de fecundidad y buenos augurios.

  El tema de escribir sobre lo experimentado vivencialmente es muy propio del haiku, máxime cuando dicha experiencia brota de la contemplación de la naturaleza y la inmersión en ella.

  Hoy día vivimos una crisis de escritura manual.  He oído decir la frase –muy acertada, creo-: “Ya no escribimos; tecleamos”.  Efectivamente, usamos el ordenador o el móvil para poner mensajes.  Es un medio muy apreciable y eficaz,  pero es lástima que poco a poco vaya acabando con la “letra” propia de cada uno al expresarse por escrito, algo tan personal y posiblemente bello, si se cultiva.

   De mí sé decir que a mis 83 años trato de mejorar mi letra, y siempre escribo a mano mi primera traducción de un haiku, o la primera versión de un haiku mío propio.

   Paso a comentar brevemente el haiku de Buson que ahora presento, y al final añadiré algo de mi cosecha.  El haiku reza así (ver ic.1):

harusame ya
mono kakenu mi no
aware naru

  Lluvia vernal, 
¡pobre de quien no puede
escribir nada!

   Una traducción “gramatical” del haiku elegido, nos daría:

Primavera-lluvia- (marca de cesura: “ya”)

cosa – no poder escribir – persona – de

compasión- es

  Este haiku lleva un preescrito, que se lee “muchuugin”, y significa: “poema escrito en un arrebato de ánimo”.

 Sobre la interpretación del poema, hay detalles que deben puntualizarse.

  En primer lugar, el sexo de la persona supuestamente protagonista del haiku es un dato no definido.  Como nuestra palabra “persona” que –aun siendo gramaticalmente femenina- semánticamente abarca los dos sexos;  lo más cercano a dicho concepto en el texto  es “mi” en japonés, que significa ‘persona’ o ‘cuerpo’ (algo así como el “body” de “everybody” en inglés).  De ahí han partido dos interpretaciones:  la primera se basa en que el texto habla de alguien que “no puede escribir”, e interpreta que se trataría de una mujer del siglo XVIII, que hubiera recibido muy poca instrucción sobre la gramática y  la escritura.

    La segunda interpretación consiste en que puede tratarse de un hombre, incluso instruido, pero que por dificultades circunstanciales –desconcierto, turbación, emoción fuerte- se ve imposibilitado de tomar el pincel para escribir. De hecho, el preescrito ya referido apoya dicha interpretación. Y así como Buson confiesa en su preescrito haber compuesto el haiku en un momento de éxtasis, lo contrario le puede pasar a esa persona “que no puede escribir”, referida en su haiku.

  Como hemos dicho, los datos lingüísticos no resuelven el dilema.  Una emoción honda tiende a paralizar a cualquiera respecto a tomar iniciativas personales.

   De las dos traducciones inglesas de este haiku que aparecen en las obras de Blyth, en una se atribuye el protagonismo a una mujer, y en la otra puede referirse a hombre o a mujer: “one who cannot write”.  En este sentido va mi propia traducción.

  La edición más autorizada que he visto para este haiku es la de la editorial japonesa Iwanami.  Allí encuentro, en nota marginal, que no se trata de incompetencia lingüística o artística en cierta mujer, sino de una fuerte alteración del ánimo, atribuible a cualquiera de los dos sexos.  Asimismo encuentro que no se trata meramente de «escribir» -como dice Blyth, añado yo- sino de la forma potencial y negativa del verbo «kaku», a saber:  «kakenu» , “no poder escribir”.

  Abordando finalmente mi segundo tema ya presentado –a saber:  la práctica manual de la escritura, y no tecleando-, voy a ofrecer a los lectores de “El rincón del haiku” un haiku mío de 7/7/5 sílabas, que puede servirles para practicar las 27 letras de nuestro abecedario, sin que se repitan ni una sola vez las consonantes.  Ver ic. 2)

   Así pues, ¡despacito y buena letra!  Celebremos la entrada de 2021 escribiendo serena y alegremente.  No nos dejemos sobrecoger por la emoción, sino más bien disfrutémosla.  ¡Suerte!

                                    Fernando Rodríguez-Izquierdo y Gavala.
Universidad de Sevilla.

Febrero 2021

Haibun 15

Orbayu

Creo que anoche soñé con salamandras. Con la salamandra que vimos volviendo al albergue. Qué grande. Por un momento pensé que no era real. Que era el juguete de un niño olvidado en la acera, tras la lluvia.

Pensando en salamandras salimos al orbayu en la mañana. Apenas lluvia, apenas aire. Qué difícil salir de la ciudad, qué difícil encontrar el camino hacia la intemperie.

Capilla del Carmen en Llampaxuga. Amamos estos lugares. Pequeños, recogidos. La de peregrinos que se habrán asomado a la cancela de su puerta cerrada para ver la imagen de la Virgen. Y a los valles tan verdes al reemprender el camino.

Dekoboko, arriba y abajo. Recuerdo otros caminos, qué lejos… Cuesta arriba y cuesta abajo toda la mañana. El orbayu está y no está. En el brillo de las hojas de las plantas que no conozco. En el cielo tan blanco que rebosa sobre las montañas.

Boiguina. Una tostada y un buen café con leche justo a tiempo. Curioso nombre para un pueblo. Bromeamos. Los peregrinos van y vienen. Entran y salen de la posada junto al camino.

Es agradable esa sensación de pertenecer a una corriente. A veces pasamos nosotros a algún peregrino, a veces nos pasan ellos. Está sin estar la corriente que peregrina al corazón de las montañas. El tiempo y todos los pasos que fueron están aquí.

Flores en las mochilas. Lilas, tréboles, hinojo, menta. El orbayu no deja de caer…

Junto al río. En la fronda de viejos castaños que renuevan sus hijuelos pese al paso del tiempo y las tormentas parece que algo aguarde. Junto al puente.

Un peregrino más que mira la corriente desde el pretil. Solo un momento. En algún lugar de la enramada un mirlo canta.

Sin dejar de caminar nos rascamos la espalda mutuamente. Comemos moras. Sin dejar de caminar charlamos, callamos. El sonido de los palos sobre el camino al ritmo desigual acompasado de nuestros pasos

primeras moras,
el eco de un mugido
desde la montaña

                                       Chame

Paladín aparece en el fondo del valle, casas blancas sobre verde, como la maqueta de un niño.

Entre dos manzanos los colores de la ropa tendida. Un milano traza espirales más allá del bosque.

Villa Palatina. El pincho de tortilla recién hecho para nosotros. El acento de la señoruca es cálido y musical. Antiguo. Un niño grande caza moscas por el jardín con una raqueta. Se está bien aquí. Las mochilas cargadas de flores prendidas parecen no pesar tanto cuando reemprendemos el camino.

Arroyo y sendero parecen entrecruzarse por momentos. Serpentea bordeando prados con vacas echadas que miran sin mirar el pie de las montañas. A veces el bosque es tan espeso que el sendero parece horadar la fronda. Un túnel donde hasta el aire es verde.

Mojados por la llovizna,  caracoles arracimados en la grieta de un poste de madera.

Grado. Qué cansancio. Al final del día el albergue municipal está lleno y buscamos alternativas. La Quintana. Una antigua casa de indianos con la fachada carmesí y molduras blancas. Dos torres. Es magnífica. Mientras espero hago tiempo charlando con el dueño. La historia de una casa, la historia de una familia. En el suelo de la cocina, naranjas madurando sobre papel de periódico.

Después de una vuelta por el pueblo cenando al caer la tarde.  La tranquilidad de haber caminado lo suficiente.

Se está bien aquí. En este lugar y en este momento. Las comadres charlan y juegan al parchís en una mesa no lejos de nosotros. Ríen como niñas. La vida. ¿Será esto?

 Caminar lo suficiente. ¿Existe eso realmente?

De vuelta en el albergue charlamos sentados en el jardín, palabras pequeñas, risa sencilla, silencios.  Qué noche tan serena… Las naranjas caídas en el suelo pierden su color al pie de los árboles.

una vuelta en el aire
el milano
desaparece en la niebla

Félix Arce Araiz (Mômiji) 
Santander (España)

Febrero 2021

 Hitogomi ni chichi no te sagasu Awa-odori

 Entre la gente
que baila el Awa-odori
busco las manos de papá.

Niño japonés (7 años)

                En esta nueva entrega queremos compartir algunos haiga y  el proceso de escritura de un haiku que surgió en el aula de 5º grado de la mano de una jovencita haijin que tiene tan solo 9 años.

                A diferencia del relato del instante que les acercamos en la entrega anterior, Aylin optó por hacer una especie de lista o enumeración de lo que consideró más importante para escribir su haiku. Primeramente reconoció sus sensaciones y luego realizó sus apuntes:

Aware: tranquilidad

A la tarde, pocas hojas, árbol medio pelado, escuela, viendo un árbol peladito en la ventana del colegio, caen las últimas hojas que quedan en el árbol.

 A partir de estos escritos se sucedieron distintos intentos:

Árbol pelado
última hoja cae,
tarde en la clase

                 Como se aprecia en la imagen, intenta la brevedad contando las sílabas aunque en ningún momento se le solicitó que se acercara a las 17 sílabas de las cuales habíamos estado conversando previamente.   Ante la sugerencia de que parecían tres versos desconectados entre sí, Aylin fue por otra reescritura.

Durante la clase,
la última hoja cae,
del árbol detrás de la ventana.

                 Esa versión fue descartada por falta de brevedad, notó que era muy larga y entonces volvió a construir una nueva versión:

Durante la clase,
del alto árbol,
la última hoja cae.

                 En esta última versión le propusimos que lo lea en voz alta y luego que lo diga como si se lo contara a una amiga. Después  le pedimos que comparase esas dos maneras. A partir de como sonaba, el verbo “cae” del final,  hubo un cambio y pasó al segundo verso.

Finalmente la versión definitiva quedó:

Durante la clase
cae del árbol alto
la última hoja.

                 Cuando no podíamos salir a recorrer, evocábamos días de receso, de caminatas, de tardes en el campo de deportes, en fin, distintos lugares en los que los chicos identificaran un instante percibido con mucha emoción y por eso lo atesoraban vívidamente. A partir de esos momentos también podían crear sus haiku. Estos ejemplos que están a continuación fueron instantes de sus vacaciones de verano.

Haiga de Gaspar

 

Brisa de la tarde,
vuela en círculos
un gran cóndor.

Haiga de Mora:

Tarde de sol
Mariposas naranjas
sobre el manubrio

  Haiga de Bianca:

Atardecer
Escapa de las olas
mi perro fiel

El poeta peregrino

Los meses y los años son viajeros de la eternidad […]
Para aquellos que dejan flotar sus vidas
a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos,
todos los días son viaje y su casa misma es viaje.
Basho, Las sendas de Oku

El día veintisiete del tercer mes Basho dejó su choza a la sombra de un banano (Basho, de donde adoptó su nombre literario) y emprendió una peregrinación junto con su discípulo Yosa a las tierras del norte que le tomó más de dos años. El producto de este viaje fue Las sendas de Oku (Oku no Hosomichi), un diario de viaje en formato de haibun (o sea, que mezcla prosa y poesía).

Basho partió con la conciencia de que los caminos cobran su peaje en vida y que semejante aventura podría implicar que nunca volviera a ver su hogar o a sus viejos amigos. Pero el riesgo valía la pena para buscar los restos de aquel Japón perdido de los poetas y los monjes. En su camino Basho buscaba la piedra donde el maestro meditó, el templo en que se guarda aquella reliquia, esa choza, esta montaña o este lago o este pino al que los poetas arcaicos cantaron. Muchos de estos antiguos templos eran ya ruinas, ya habían cortado los pinos,  y muchos otros prodigios de otrora ya habían sido olvidados al punto que nadie podía dar pista de dónde estaban. Basho nos recuerda las palabras del poeta Tu Fu: “Las patrias se derrumban, ríos y montañas permanecen; sobre las ruinas del castillo, verdea la hierba, es primavera”. Conocieron a un Buda reencarnado en dueño de una posada, a unas cortesanas atrapadas por el complejo camino, a un pintor que aún recordaba la voz del pasado y a un montón de viejos amigos por el camino. Para ver con nuestros ojos los paisajes de los poetas o vivir las aventuras de los héroes o las travesías de los santos, el precio se paga en canas y en la incertidumbre de si volveremos a nuestra choza junto al río.

En su aportación a los debates de Superando la modernidad, una serie de debates convocados en julio de 1942 por el grupo literario de Bungakkai (Mundo literario) para debatir el lugar de Japón ante occidente, Kamei Katsuichiro dice un par de cosas referentes a la peregrinación de Basho. Piensa Kamei que el aumento en la velocidad de todo es una característica de la modernidad occidental. La consecuencia es que, por ejemplo, las sendas de Oku que le tomaron meses a Basho ahora se recorren por tren en unos días. “Vemos por la ventana con interés el paisaje, los pueblos y la gente pasando a toda velocidad. Pero que diferente es este mirar del mirar de Basho”. La velocidad moderna nos permite caminar con la mirada distancias impensables, desde el tren hasta el microscopio y el telescopio. Pero ¿es este mirar de la velocidad moderna el mirar de Basho? Para Basho este mirar era un peregrinar, y dicho peregrinar era, a la vez, un sacrificio. Basho dejó su vida en cada árbol, pagó cada laguna con sus canas, cada noche en una posada con el dolor de su estómago. Y es de este peregrinar, que no tiene la mirada puesta en el fin sino en el camino, de donde nace Las sendas de Oku. Oku no es el destino, es el camino mismo.

Heidegger sostiene en su famosa conferencia “La cosa” que vivimos en una época en que se ha perdido toda distancia. Con nuestros aviones y medios de comunicación ya nada queda lejos. Pero, en la medida en que hemos acabado con toda lejanía, hemos perdido también la cercanía con lo que tenemos delante. Nada en Japón queda lejos para el tren bala más que el tupido bosque de Tsutsujigaoka que nadie recuerda desde tiempos de Basho. La capacidad técnica de superar toda distancia nos condena también a pasar las cosas de largo.

Las sendas de Oku nos ofrece una visión peculiar de la trastienda del arte de hacer haiku. Para llevar el instante a la palabra hay que poder demorarse en sus signos. Hace falta establecer una relación íntima con este pino para poder verlo como algo más que una instancia del objeto llamado “pino”. Hay que sacrificarnos por la experiencia de este pino, de esta roca. Hay que darles nuestro tiempo para que nos interpelen. Y en este sacrificio dejamos algo de nosotros en el instante que plasmamos. Por eso un haiku sobre un bosque puede ser también un haiku sobre Basho.

En la época en que todo va cada vez más rápido, al punto que esa velocidad se vuelve imperceptible (como en el ciberespacio) ¿podemos todavía demorarnos en lo que existe entre el punto A y el punto B? Hay que sacrificar nuestro tiempo, nuestra vida, para ir más lento y ver lo que para la velocidad es invisible. Pero para eso necesitamos de poetas peregrinos.

A mí me gusta andar en bicicleta y no cabe duda que los caminos de la ciudad monstruo se ven muy distintos desde la ventana del auto o el camión que desde el manubrio de la bicicleta. Cada subida, cada textura, cada bache, la vegetación, los letreros por la calle, los aromas, todo lo que a la velocidad del automóvil desaparece, sale a nuestro encuentro en la bicicleta. Y no puedo más que repetir en silencio una plegaria al Buda Amida cada que veo una cruz con flores en la carretera o los restos de un perro, una víbora o un tlacuache arrollados tendidos en el camino. Aquí queda otro mártir de la velocidad, este lento peregrino te saluda.