CONSTRUIR
Enjalbegando
Entre flores de azahar.
Un día cualquiera.
DECONSTRUIR
Fue hace solo un par de semanas cuando compuse estos versos. ¿La ocasión?
Bueno, tiene su pequeña historia como todos los poemas. Disfruto haciendo algunas tareas de mantenimiento en mi casa –en realidad, la casa de mi hija y su familia– de El Real de San Vicente, en la sierra de Gredos. Tareas fáciles, como quitar hierba, regar las flores… y a veces enjalbegar muros. «Enjalbegar» es un término que no se usa mucho. Me parece que se emplean más los de «encalar» o «blanquear». Pero yo lo prefiero: tiene, por así decir, un sabor más tradicional y me evoca el recuerdo infantil de aquellas mujeres con pañuelos en la cabeza que al comienzo de todos los veranos años venían a «enjalbegar paredes» con cal viva. «Enjalbegando» es, pues, el primer verso del haiku de este mes. La actividad que yo hacía en ese momento.
Aunque, en mi caso, no enjalbegaba con cal como solía hacerse antes, sino con pintura blanca para exteriores. Además, el muro en cuestión estaba alto, tan alto que tuve que pintar desde una escalera y tan alto que algunas ramas superiores de un naranjo plantado al lado del muro estorbaban mi trabajo. Un estorbo que me obligó a cortar algunas de esas ramas y, sin duda por mi incuria, a manchar algunas hojas con alguna gota de la pintura.
El naranjo, qué generoso, contestó a la poda y a mi descuido regalándome el perfume suave de sus blancas, diminutas flores, algunas todavía abiertas hace dos semanas. Son las flores de azahar que aparecen en el segundo verso del haiku.
Leído ahora, se me antoja que este haiku es un homenaje a la cotidianidad: un día cualquiera. Es el tercero verso. Podía haber rematado el haiku con «en primavera», pero sería una obviedad –y la economía del haiku no aconseja caer en obviedades–, pues el azahar florece en primavera. Deseaba, más bien, resaltar esa cotidianidad del acto de enjalbegar.
Y me salió eso.
En una segunda lectura, veo que este haiku también es un homenaje al color blanco: el del color de la pintura y el de estas perfumadas flores. Pared blanca y blanco azahar. ¿Cuál es cual? Para mí, habían perdido su identidad, por lo que la pregunta es ociosa. Sus identidades respectivas están fundidas tanto en la cotidianidad de la acción como en el suave aroma envolvente. Es un haiku aromático a pesar de que ni el color blanco ni el término de «perfume» o «fragancia» se mencionan. No se mencionan porque no son necesarios; mencionarlos sería la forma más eficaz de quitar gracia y sabor al poema.
Esto de las identidades fundidas en un poema me recuerda algo.
La poesía cortesana, artificiosa y elegante del Kokinshū, la primera antología poética sobre waka –el bisabuelo del moderno haiku–, recurría a una figura retórica muy querida por aquellos lejanos poetas. Con ella expresaban también la fusión de las identidades de las cosas mencionadas en los versos. Se llamaba mitate: tomar una cosa por otra, o bien, expresado en términos de poética, «una translocación identificativa». Se creaba así una especie de «elegante confusión» muy del agrado de los lectores de entonces. Precisamente, ya que el haiku de este mes tiene como protagonista al blancor, hay un poema también sobre la primavera que pivota en torno a este color. Figura como el número 5 de dicha antología y es anónimo:
梅が枝に ume ga eda ni
来いる鶯 kiiru uguisu
春かけて haru kakete
鳴 けどもいまに nakedomo imada
雪は 降りつつ yuki wa furitsutsu
Esta es mi torpe traducción:
El ruiseñor
En la rama del ciruelo
A la primavera
Que llega canta y canta.
Mientras, cae y cae la nieve.
Dos aclaraciones: la flor del ciruelo, del ume japonés (en el primer verso del original), se abre por lo general a comienzos de la primavera cuyo comienzo, conforme al viejo calendario lunisolar empleado entonces –ss. IX-X–, caía en la primera quincena de febrero. El canto del ruiseñor estaba asociado tanto a la llegada de la primavera como a la floración de dicho árbol. Ahora bien, aunque no era infrecuente que por esa época –comienzo de febrero– nevara, el poema de estos versos recurre a la ficción poética de hacernos creer que los pétalos blancos de la flor de ciruelo son copos de nieve. En este intento del poeta de ficcionalizar la imagen descrita se cifraba aquella artística y celebrada elegante confusión. ¿Era nieve o eran simplemente los blancos pétalos? El lector «debe» estar confundido. ¡Mitate logrado!
Hay otro poema de la misma antología, este de Fujiwara no Okikaze, con hojas del otoño sobre las aguas y barcos de pesca; unas y otros, por distintos que parezcan, pierden también sus perfiles identificativos y aparecen confundidos en un instante a través de una maravillosa profusión cromática:
Hojas de otoño
Que sobre blancas olas
Cabalgáis rojas.
En barcos plateados
Los pescadores vuelan.
Shiranami ni
Aki no ko no ha no
Ukaberu o
Ama no nagaseru
Fume ka to zo miru.
El haiku, al contrario de aquel retórico, elaborado waka de hace mil años, no busca ninguna elegante confusión, sino simplemente retratar al instante. Sin artificio, ni dobleces, ni alardes de ingenio. El haiku no-mente busca hacer que hablen las cosas. En este haiku, desea que hable el COLOR BLANCO. Y que lo haga un día en que no hay ruiseñores posados en floridas ramas ni un bello paisaje de la costa con arces de hojas otoñales, sino en un DÍA CUALQUIERA.