CONSTRUIR
Sin hacer ruido.
Hablando en la pared
Estas tres hojas.
DECONSTRUIR
¿Cuál es el tema de este haiku?
No se menciona. ¿Por qué voy a mencionar lo evidente en una poesía tan austera como la del haiku, donde hasta se excluye el análisis de los sentimientos (aunque sean de unas hojas)?
¿Cuál es el tema de este haiku? ¿Por qué mencionarlo si está claro? Además, no mencionar lo evidente entronca con la vieja tradición de la estética de la alusividad que caracterizaba la poesía clásica japonesa de cuya genética comulga el moderno haiku.
¿Cuál es el tema de este haiku? No se menciona porque no se puede malgastar una palabra innecesaria en una poesía de tal brevedad, de solo diecisiete sílabas. ¿Por qué mencionarlo, además, si el sentido está claro?
Cero sentimiento, máxima brevedad y alusividad al límite…, tres razones para no menciona el tema de este haiku. Hago mías estas palabras de Jacqueline Pigeot cuando escribe lo siguiente sobre el waka, el abuelo del haiku, perfectamente extrapolables a este último: «La brevedad del waka, que excluye el análisis del sentimiento, conduce a una estética de la alusión, siendo la marca de un buen poeta de waka dar a entender más que decir por medio de la administración del “excedente de sentido” (amari no kokoro)»[1].
El “excedente de sentido”, en este haiku, es el tema… ¿Lo revelo de una vez?
¡La sombra! Es un haiku sobre sombras.
He aquí dos o tres haikus de ensayo que me condujeron al definitivo:
1.
La triste planta
Que vive en la pared
Con sus tres hojas.
2.
Solo tres hojas
Dando a la pared sombras.
Por la mañana.
3.
Blanca pared
Donde juegan las sombras
De tres hojas.
El primero lo deseché enseguida porque «triste» le daba un aire sentimental y en el haiku, los sentimientos se quedan a la puerta.
El segundo lo deseché por falta de ritmo poético y por mencionar ese “amari no kokoro” –la sombra–.
El tercero lo deseché igualmente por misma razón segunda del anterior.
Y me quedé con el de arriba, el de octubre.
Y, sin embargo, ¡qué poético es el término de «sombra»! Y en la historia de la cultura universal, ¡cuánto juego ha dado a poetas, novelistas, filósofos y teólogos! Y a estetas (ahí está el célebre breviario de estética nipona llamado Elogio de la sombra, del maestro Tanizaki: la sombra, la atmósfera que presta esa otra luz, más pura, más hermosa, a las cosas.)
La sombra. La gran metáfora, como la del sueño, de la irrealidad del mundo o, diría un metafísico, de la interdependencia ontológica de las cosas y seres del mundo.
He aquí dos haikus sobre «sombra» en Bashō en la excelente versión de Francisco Serrano. Los dos son deslumbrantes, quizás porque las sombras están contrapuestas al sol, el creador de sombra.
Sol invernal.
Montado en el caballo,
Mi sombra, helada.
Y este otro maravilloso, por su dinamismo y poderosa luz:
La mariposa
Vuela en el campo sola.
Sombra bajo el sol.
Pero en mi haiku de este mes, que podría titularse «Diálogo en la pared», he deseado resaltar la resistencia de esta triste planta, casi moribunda tras haber sufrido la embestida del calor estival. Una resistencia que, se me antoja a mí, intruso haijin, manifestada en el deseo de planta de comunicarse silenciosamente, “sin hacer ruido”, con la blanca pared, su única compañía en las mañanas de final del verano. De decirle a la pared algo así como «¡Eh, que aquí seguimos nosotras! No nos deis por muertas». Las sombras grises de estas tres huérfanas hojas proyectadas en la pared no son más que las palabras con que las tres se comunican, comunican su deseo de superviviencia.
Pero, insisto, el término de «sombra» no se menciona, aunque su realidad en el poema está tan presente que da vida y sentido al poema.
Ese sentido excesivo es el que yo he pretendido obviar en el haiku.
[1] La littérature japonaise, París, PUF, col. «Que sais-je?», 1983, pág. 16.
