CONSTRUIR
Frío en las manos.
Una silla de ruedas
Abandonada.
DECONSTRUIR
Fue a primera hora de la mañana. En la entrada de un pueblo o «lugar» de no sé que concello de la provincia de Lugo, en la ruta del Camino de Santiago, cuyo tramo gallego recorrí la primera quincena de octubre. Tal fue la visión: una silla de ruedas, algo maltrecha y sin duda abandonada por alguien, en el borde de un verde prado. ¡Qué insólita aparición!
Llevo una semana “toqueteando” este haiku hasta conseguir esta versión final que ahora brindo a los lectores del El Rincón. Solo hasta ayer, me parecía mejor esta otra:
Silla de ruedas
Abandonada en el prado.
Frío de otoño.
Y unos días antes, esta:
Silla de ruedas
Sobre el verde prado.
Abandonada.
O esta:
Silla de ruedas
Que alguien dejó en el prado.
Pasando frío.
¿Cuál te gusta más? Evidentemente, a mí la primera, la que encabeza esta entrada.
Como si fuera la rama de un árbol, es el resultado de un proceso de exfoliación, de llevar al límite la poda de lo innecesario, de los elementos que distraen de la esencia del poema: el alma de un objeto abandonado y la consiguiente intimación con su corazón. Hubiera sido más pintoresco mencionar «verde» o, al menos, el lugar en donde estaba la silla –un prado– o incluso mencionar el anonimato de la acción de abandonar, «alguien», o la referencia a la estación del año, el otoño. Pero me pareció mejor prescindir de todos estos términos. Porque, para mí, el haiku es un arte de ascesis, de desnudez, de sencillez evocadora al límite. Y el alma del objeto evocado, una silla de ruedas, me había «dicho» que eran innecesarios. Y en el haiku son las cosas las que hablan.
La referencia al frío, como kireji y alusión clara a una sensación táctil, no es infrecuente en haikus de grandes maestros. He aquí algunos ejemplos entresacados de mi reciente publicación El camino del haiku (Satori Ediciones):
Frío en la piel
En el monte de bambús talados,
Hojas carmesí.
(Nozawa Bonchō)
Si hay una isla
Es que hay pinos. Del viento
El fresco rumor.
(Masaoka Shiki)
Y este, precioso, del novelista Ozaki Kōyō:
Con boca abierta
La isla de Sado veo.
¡Qué fresco hace!
En mi haiku, ¡que nadie me pregunte por qué he escrito «manos» –y no «prado», ni «abandonada», ni «otoño»–¡ O ¿por qué he asignado a las manos la sensación del frío? No sabría responder. Tal vez, en un instante, pensé en las manos de la persona que tiempo atrás empujaban penosamente las ruedas de esta silla. ¿Qué será de tal persona? ¿Qué será de la persona o personas que en esta silla se sentaron?
Pero la vida de la silla, en el momento en que capturó mi atención, sigue… en el borde de un verde prado de Galicia por el que acerté a pasar hace dos o tres semanas. El aquí y el ahora.
