CONSTRUIR
El primer sol
En las hojas del roble.
Fin de verano.
DECONSTRUIR
Caminar en medio de la naturaleza es para mí una gran fuente de inspiración para componer haikus. La naturaleza que me rodea no es espectacular: no tengo el mar, ni grandes montañas, ni vistas maravillosas, ni paisajes grandiosos. Es simplemente una sierra, la de San Vicente, primeras estribaciones de Gredos, en el macizo central de la península ibérica. Pero tiene un entorno muy arbolado de castaños, robles y enebros; y salpicado con cerros de alturas medias, entre 800 metros, donde está mi casa y 1.360, el punto más alto, el Alto de las Cruces. Ayer precisamente, 1 de septiembre, me llevaron mis pasos a este alto: una caminata, ida y vuelta, de unos 14 kilómetros, en los que empleé casi cinco horas.
Salí muy temprano, casi de noche. Más de media hora después, cuando acababa de salir el sol a mi espalda, saqué la foto que acompaña el haiku de este mes: los primeros rayos del sol, detrás de mí, llegando a las copas de los robles que tenía enfrente. Y, para colmo de sorpresa, la luna menguante en lo alto. Me sobrecogió la emoción del instante. 
En realidad, desde hacía un par de días tenía preparado otro haiku para celebrar el fin del verano. Era este:
Una hoja tiembla
Al final del verano.
La soledad.
Pero, dándole vueltas, no me acababa de gustar. Tal vez intelectual, demasiado elaborado, buscando efecto con ese tercer verso. Lo deseché.
Así que al final me decidí por este otro del primer sol en las ramas del roble. Quizás porque fue fruto de un visión tan… impactante e instantánea, sin tiempo apenas para la elaboración. Tenía claro que deseaba reflejar, fuera el haiku que fuera, el final del verano: el aire ya era fresco y el cielo tenía otro color. Sin embargo, estuve tentado de variarlo por este otro:
Se vierte el oro
En las hojas del roble.
Fin de verano.
Pero rápidamente lo deseché también. Por dos motivos: intelectual en exceso debido a la metáfora de «oro» para significar «la luz del sol recién salido», y demasiado… bello. Eran como dos “yo” –el yo intelectual y el yo estético– que se habían asomado, casi inconscientemente, en mi idea de lo debe ser un buen haiku.
Hoy quiero detenerme en comenta el «yo estético». Y su peligro. La belleza. Es la gran tentación del haijin: la sirena que nos seduce con su canto. Pero yo me esfuerzo, con más éxito, creo, a medida que cumplo más años, en no hacerle mucho caso. No es fácil. Porque el yo estético siempre está, como un ángel de la guarda, a nuestro lado cada vez que componemos un haiku. Queremos, casi instintivamente, que sea bonito. Siento decepcionar a los que piensan que el haiku debe ser bello. Cada uno tiene su propia idea de lo que es un buen haiku, casi igual que cada tiene su propia idea de lo que es un buen vino.
Para mí, el esfuerzo consciente de dotar de belleza a un haiku es un error de principio. La belleza debe brotar de manera inconsciente, de lo contrario, para mí, el haiku deja de ser bello. Escribir «dorado» o «de oro» para representar el efecto cromático de la luz del sol a esa hora temprana sobre las hojas del árbol traiciona, por así decir, el espíritu ascético, espontáneo y libre del haiku. Por eso y no por otra cosa, lo deseché.
El «yo estético» es enemigo jurado del haiku, como lo es el «yo intelectual», por no hablar del «yo moral o didáctico»… ¿Os imagináis un haiku que dijera:
El primer sol
En las hojas del roble
Su verdad halla.
¡Horroroso! ¿Acaso hay una verdad en el hecho de cómo se derrama la luz del sol en las hojas?
También es enemigo del haiku el «yo sentimental». ¿Os imagináis otro haiku que dijera:
El primer sol
En las hojas del roble.
Un viejo amor.
O este:
Melancolía.
En las hojas del roble
El primer sol.
A mí me parecen los dos haikus sentimentales. Y el haiku, arte de ascesis, pura desnudez, no transmite sentimientos, como hace por lo general la poesía occidental, sino percepciones, instantáneas, visiones relampagueantes de una realidad superior.
Asimismo, es enemigo del haiku el «yo ansioso». Por eso, quiero significar el deseo natural de llenar con demasiadas cosas el haiku. Como un ansia. Obedece este deseo a la especie de necesidad de no dejar espacios vacíos, de llenar los espacios, como si se tratase de aquel horror vacui del que hablaban los escolásticos. Es mejor siempre lo incompleto en este arte ascético. Si yo hubiera escrito este otro haiku:
El primer sol
En las hojas del roble.
La luna arriba. / Luna menguante.
habría incurrido en, para mí, este defecto. Primero, ¿no es bastante presencia ya la del sol y las hojas? ¿Para qué mencionarla? Segundo y traducido en términos formales, es mejor, a mi juicio, marcar una cesura, un kireji, hablando en un tercer verso de algo que no sea el paisaje. De cambiar de tema. Aunque quien mire la foto podrá distinguir una bella luna menguante sobre el ramaje de los árboles. Su presencia, sin duda, añadía fuerza la belleza de la visión que recibí ayer mientras caminaba hacia el Alto de las Cruces. Pero, ¿para qué mencionarla, si lo que yo quería celebrar era la llegada del fin del verano? Dejaré la luna para otra ocasión. En tercer lugar, «luna» en el mismo haiku que «sol» ofrece, a mi juicio, una simetría paisajística demasiado evidente. No me convence. Mejor sin luna. El sol y las hojas se las arreglan muy bien solitos.
Así, pues cinco enemigos contra los que hay que estar en guardia. De los cinco, el segundo, el «yo estético», me parece el más insidioso, el más difícil de evitar –aunque el «yo ansioso» también se las trae–. Como demostración de mi antipatía por los haikus «bonitos», remito al lector al «feo» haiku de la pala vieja abandonada en la cuneta de un camino que mandé al Rincón el pasado mes: ¿es que hay algo de bello en esa visión? No, nada.
¿Es que había algo de bello en una rana que saltaba? No, nada.
Dicho esto, cada uno que escriba el haiku que quiera; y que san Pedro se lo bendiga.




